90800 Una isla dentro de otra isla

Escrito por: Martin Lopez el 01 de Noviembre de 2005 | 9:15 pm
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Foto: National Geographic

‘No sé cómo pueden vivir en ese lugar’, es la expresión de cualquier santiaguero.

Entre sus pobladores, los mayores conocieron, a la Cuba prerrevolucionaria y vivieron en distintos lugares antes de llegar para inaugurar los edificios del complejo. Los más jóvenes, en cambio, nacieron allí, han vivido toda su vida en sus calles y sólo conocen la Cuba socialista.

El Abel Santamaría fue proyectado y construido por el Estado cubano desde 1982, como parte de un programa general de desarrollo orientado a resolver importantes deficiencias habitacionales y a contener el crecimiento demográfico desmedido de la capital. Entre los antecedentes históricos de los monobloques se cuentan los grandes proyectos urbanísticos de las administraciones socialistas europeas. En la actualidad cuenta con 207 bloques edilicios y 8,854 apartamentos en los que viven no menos de 36 mil personas, según las cifras oficiales, y cerca de 50 mil según cálculos informales. Las construcciones están organizadas en tres grandes grupos, identificados en los transportes y conocidos popularmente como Micro 1, Micro 2 y Micro 3.

De pie en la escalera B del edificio número 11 del Micro 2, Ariatna resume: ‘‘Aquí hay de todo: profesionales, viciosos, estudiantes, vagos, dirigentes, seguidores de la religión de Bob Marley, militares, raperos, jineteras y amas de casa. Todos diferentes y todos convivimos de igual manera. Para mí, es un lugar encantador’’. Este orgullo de pertenecer al ‘‘Abel’’ es compartido por muchos, como Renaldo Laurduet, un hombre con una larga historia y la responsabilidad de presidir el consejo que administra el Reparto. Renaldo suspende una partida de dominó para introducirnos en los pormenores de su funcionamiento. Cuenta que existen tres delegados, electos por los habitantes de cada uno de los micros. En su origen, los edificios habían sido asignados de acuerdo con las ocupaciones de aquellos que los habitarían: uno para quienes trabajaban en la construcción, otro para quienes trabajaban en la pesca, otro para militares. Sin embargo esta diferenciación es menos clara en la actualidad, porque algunos se fueron mezclando y otros se mudaron a la cercana ciudad de Santiago.

Cuando la conversación, cálida y dilatada como es habitual en Cuba, se hace más personal, nos enteramos de que la larga trayectoria que hoy encuentra a Renaldo dirigiendo este complejo incluye su desempeño como militar en Angola, aunque no en los tiempos del Che, a quien hubiera deseado acompañar, sino más tarde. Muchas de las historias que cuenta quedaron registras en un grueso álbum de fotos. Y es posible que la más sorprendente no sea aquella que lo muestra posando en la Plaza Roja de Moscú. El hombre que acaba de interrumpir su partida de dominó para regalarnos sus anécdotas ha sido testigo de una Historia que nos lleva muy lejos del Abel.

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