Futbol
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Marco Anelli Foto: National Geographic
El hermoso juego
Introducción de Juan Villoro
Si hubiera un campeonato mundial de aficiones de futbol, una final posible sería México-Escocia. Se trata de países que nunca han tenido protagonismo internacional y quizá por ello han buscado el placer compensatorio de llenar estadios. Desde niño sé que no soy testigo de los mejores partidos. La sensación de estar lejos de los empeines prodigiosos se recrudeció cuando empezamos a ver goles por televisión satelital. De cualquier forma, en mi calidad de aficionado mexicano, sabía desde un principio que la pasión por el juego no puede depender de los resultados, tantas veces adversos. El sentido de la tragedia inventa insólitos recursos; sin embargo, a veces el futbol se parece a la canción ranchera y lo bueno consiste, precisamente, en salir ultrajado: “¡Qué manera de perder…!”
Colombia ha aportado lo suyo a la psicología de la derrota. La selección dirigida por Pacho Maturana venció 0-5 a Argentina en vísperas del Mundial de 1994 y parecía candidata a logros superiores. Desde cuatro años antes había representado una coreográfica amenaza, cuando ostentó las melenas más densas y las barbas más ralas de Italia 90, desproporción capilar digna de los mosqueteros y los piratas. Además, contaba con jugadores negros que parecían dormidos y de pronto corrían 100 metros en tiempo récord. Los emblemas del equipo, Higuita y Valderrama, pertenecían a esa clase de genios latinoamericanos a los que les convendría ponerse nerviosos para demostrar que en verdad les importa lo que hacen. Dueños de una seguridad sin fisuras, Higuita y Valderrama saltaban al campo como si ya hubieran jugado. (Continúa)
COSTA DE MARFIL
Brujería: qué forma de ganar
Por Paul Laity
La fiesta empezó a las 5:50 p.m. Costa de Marfil acababa de calificar por primera vez para el Mundial. La ciudad de Abidjan se llenó al instante de personas y animado bullicio. Los aficionados, vestidos de anaranjado, blanco y verde, se volcaron hacia las calles; los automovilistas hacían sonar sus bocinas; se oía música zouglou a todo volumen y con júbilo se golpeaban ollas y cacerolas.
Las personas que festejaban bailaban una nueva danza, el “Drogbacité”, llamada así en honor del delantero estrella del equipo, Didier Drogba: imitaban sus fintas, sus jugadas y los movimientos característicos de sus tiros imparables. Otros practicaban el fouka-fouka, el festivo quiebre de cadera típico de Drogba: un pedacito de cultura marfileña conocido por los aficionados del futbol de todas partes. Los maquis –cafés al aire libre, bares y miniclubes nocturnos– permanecieron abiertos toda la noche sirviendo “Drogbas”, botellas de cerveza llamadas así en alusión al tamaño y potencia del futbolista. Varios de los bebedores tenían pintado en el pecho el apodo del equipo nacional: “Les Éléphants.” Los elefantes representan el poder y se dice que también son de buena suerte, pues están protegidos por un hechizo. El equipo había sufrido varias decepciones, pero finalmente la buena fortuna de su nombre parecía estar de su lado. Los entusiasmados aficionados anunciaban que el futbol podía hacer más que cualquier político para poner fin a la guerra civil. (Continúa)
Introducción adaptada del libro Dios es redondo, editado por Planeta, y publicada con permiso del autor.
Los demás textos, adaptados de The Thinking Fan’s Guide to the World Cup, editada por Matt Weiland y Sean Wilsey, HarperCollins, 2006, también publicados con autorización.




