
Es una sofocante tarde de junio en la zona de los muelles de Hampton, Virginia, y una multitud se reúne en torno a una improvisada sala de operaciones. Ahí, un desventurado marinero cubierto con harapos del siglo XVIII está a punto de que le cercenen una pierna con una sierra.
Hay quienes buscan árboles cada vez más altos para trepar
a ellos –y protegerlos–. Un equipo dirigido por el becario Roman
Dial, de la Universidad de Alaska Pacífico, subió a un Koompassia
excelsa que se yergue por encima de una plantación de palmas
de aceite, en el noreste de Borneo.

Es regordete y dormilón. Come con las manos y vive con su madre. No es exactamente el tipo de personaje que uno esperaría encontrar en el centro de transacciones económicas de alto nivel, de la diplomacia internacional, la adoración pública, la vigilancia gubernamental y la fascinación científica. Pero Tai Shan es más que un osito común y corriente.