Los parques nacionales, un concepto en peligro
Fotografía de Peter Essick
El futuro para muchas areas protegidas es incierto
La creación de un parque nacional es, más a menudo de lo que se creería, el resultado de intereses contradictorios agrupados en un objetivo colectivo: un acto caprichoso pero a la vez práctico, egoísta pero que implica sacrificios, local pero global por su trascendencia. A diferencia de un himno o una bandera, un parque nacional existe tanto en las dimensiones precisas de la geografía, la biología y la economía, como en las del simbolismo. Alberga residentes y fronteras; representa costos y beneficios; tiene amigos y a veces enemigos, y posee un aura de sacra perpetuidad, pues se trata de un sitio que la sociedad ha escogido proteger por siempre.
Pero, ¿cuánto es por siempre?
Durante los dos últimos decenios, ha surgido una especie de reacción adversa hacia el concepto de parques nacionales, por lo menos en su forma más rígida y atrevida. En otras palabras, se habla de ‘’parques contra población’’. Quienes están en contra de los parques nacionales argumentan que las metas de conservación no pueden alcanzarse con tan sólo delimitar el territorio, denominarlo parque y luego desalojar o excluir a las personas necesitadas que buscan ahí un medio de subsistencia. Visto de esta manera, tienen razón. Pensar en la conservación como un acto que únicamente implica aislar ciertas áreas no sólo es políticamente inviable en un planeta con 6 500 millones de seres humanos: es inhumano e injusto. Los beneficios en su mayoría son disfrutados por visitantes adinerados que residen en lugares lejanos, mientras que los costos les corresponden a los habitantes de escasos recursos de los sitios cercanos, que nada pueden hacer al respecto. ‘’Salven a los animales, mantengan fuera a los humanos’’ es una estrategia que no va a funcionar, y no debería funcionar. Y si llevamos este argumento al extremo, nos daremos cuenta de que proteger el entorno y la diversidad biológica mediante la creación de parques nacionales es sólo otra forma elitista, de ejercer el imperialismo cultural.
El punto de vista contrario, también llevado al extremo, sostiene que los parques deben ser parques, la protección debe proteger, y que si es necesario cercar estos sitios con alambre de púas y guardias armados, pues que así sea.
Ambos puntos de vista podrían ser válidos, pero conciliarlos no ha sido fácil. Como lo señalan Kent H. Redford, de la Sociedad para la Conservación de la Vida Salvaje, y dos de sus colegas, ‘’el discurso sobre los parques se ha llevado a un punto en que se vuelve frágil’’. Este comentario, recientemente publicado en la revista Conservation Biology, es parte de un ensayo que lleva por título ‘’Parks as Shibboleths’’ (Los parques como shibboleths), palabra proveniente del Antiguo Testamento que, incorporada al idioma inglés, se refiere a un uso que denota pertenencia a algún grupo o a cierta ideología.





Releyendo este número me encontré con un sensacional artículo que describe casi como una fotografía la actual problemática de las áreas protegidas en nuestro país.