
El padre de la evolución fue un papá en apuros: pocas cosas afligían más a Charles Darwin que tener que explicar cómo se crearon las estructuras más complejas de la naturaleza, como el ojo. ‘‘El ojo, incluso ahora, me hace estremecer’’, escribió a un amigo en 1860.

Zeresenay Alemseged tiene dos bebés: Alula, un niño que pasa la mayor parte de su tiempo en los brazos de su madre, en un cómodo búngalo en Adis Abeba, Etiopía; la niña, por su parte, tiene tres años, aunque ella es algo diferente, pues pasó 3 millones 300,000 años enterrada en la arenisca hasta que este científico etiope, junto con su equipo, descubrió sus restos y los extrajo meticulosamente de la roca.

En la frontera entre México y Estados Unidos, justo donde el río Bravo separa a Tamaulipas de Texas, existe un mundo desconcertante para los fuereños: en Laredo, los habitantes adinerados y de raíces mexicanas conmemoran el natalicio de George Washington, el padre de la patria estadunidense, con una celebración conocida como el Desfile y Baile Colonial.

El espectro de una rosa emerge en esta radiografía tomada por Albert G. Richards, profesor emérito de la Escuela de Odontología de la Universidad de Michigan. Aunque su cátedra versaba sobre la dentadura, las flores conquistaron su imaginación en 1960.

‘‘Mano cibernética’’, compuesta de alambre y metal, algún día acariciará, asirá objetos y se flexionará con la misma naturalidad que una mano de carne y hueso.