El Ártico

Escrito por: Marguerite Del Giudice el 01 de Enero de 2007 | 8:10 am
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Fotografía de Mike Horn y Børge Ousland

Sueños y pesadillas

Espeluznante. Es la palabra que utiliza la gente cuando describe el Cabo Artichesky, la franja de tierra olvidada de Dios, donde comienza esta aventura ártica. Sólo hay hielo, el cual cruje como una puerta vieja y desvencijada golpeada por el viento, y osos polares hambrientos en busca de alimento que, en cualquier oportunidad y ante el menor descuido, podría ser uno mismo (por eso hay que portar un revólver Mágnum 44). Este desolado paraje en la cima del planeta es idéntico a cualquier estación fronteriza siberiana , excepto por una cosa: es el punto de partida de algunas de las expediciones más ambiciosas realizadas al Ártico por los exploradores más intrépidos de nuestro tiempo, un lugar en el que los profesionales se separan de los aficionados y de los payasos aventureros.
Lo difícil es salir del cabo y llegar a una superficie de hielo más sólida desde la cual comenzar la caminata hacia el Polo Norte . Dependiendo del clima, ese primer paso puede ser algo fácil o una trampa mortal. En ocasiones, la superficie del océano se congela en su totalidad y alcanza la costa; en otras, mar adentro hay kilómetros de banquisa, así como oscuras aguas libres (canales que se forman entre los bloques de hielo) donde, en el 2004, Dominique Arduin, un experimentado aventurero francés, desapareció sin dejar rastro. Es muy común que los exploradores sean rescatados vía aérea cuando se encuentran en alguna zona difícil o sufren un colapso nervioso.

En los primeros meses del año pasado, seis expediciones se prepararon para salir del Cabo Artichesky. Un aventurero solitario desistió tan pronto como se percató de la magnitud del reto, y otros tres grupos fueron rescatados por aire y llevados a un trozo de hielo más seguro. Dos expediciones permanecieron: el equipo formado por Børge Ousland y Mike Horn, quienes recorrieron 965 kilómetros hacia el Polo Norte en medio de la oscuridad del invierno polar, y Thomas Ulrich, quien quería cruzar 1,931 kilómetros del océano Ártico, desde Siberia hasta Canadá, cuando iniciara la temporada de luz permanente, pero en solitario.

Børge –de 43 años, cabello color canela, alto y delgado, seguro de sí mismo– era conocido, entre otras cosas, por su obsesión por los preparativos; tenía una personalidad fría y calculadora, considerada una característica de los escandinavos. Mike –suizo nacido en Sudáfrica, de 39 años, tez oscura, musculatura compacta y enormes muslos– tenía un espíritu entusiasta y vivaz; se consideraba a sí mismo como un latino ardiente, propenso a la espontaneidad. Thomas –de 39 años, un suizo parlanchín y de risa fácil– tenía una preocupación intransigente por la seguridad y un afecto hacia el detalle, característico del guía alpino.

Y así es como emprendieron sus respectivos viajes: ambas expediciones carecían de apoyo. No contaban con trineos con perros ni recibirían alimentos, equipo, comida o combustible vía aérea a lo largo del trayecto. Debían ir lo más humanamente posible preparados para circunstancias que prometían estar llenas de contratiempos: vientos helados, condiciones de visibilidad nula debido a las tormentas de nieve, temperaturas de -40 °C, osos polares, banquisas y mar abierto.

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