Thomas J. Abercrombie, in memóriam

Escrito por: Don Belt el 17 de Enero de 2007 | 10:06 pm
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Foto: National Geographic

Algunos sueñan con el mundo de National Geographic. Abercrombie vivió ese sueño.

“Poco tiempo después de que la Sociedad comenzó a publicar su revista, hace más de un siglo, se le preguntó a su fundador, Alexander Graham Bell, qué temas incluiría la publicación. Contestó: ‘El mundo y todo lo que hay en él’. Un encargo vasto y tentador. Durante estos años, Lynn y yo hicimos todo lo posible por cumplirlo. Trabajamos en cada uno de los continentes y dejamos estelas en los siete mares. National Geographic fue testigo de un siglo —el más significativo de la historia humana, según se afirma— y tuvimos la suerte de pasar casi la mitad de él ahí. Nuestra historia, una historia de imágenes, es la de dos personas ante las que se desplegó el más grande de los tesoros: nuestro planeta Tierra. Durante cuatro decenios viajamos a bordo de esa alfombra mágica con marco amarillo.

Gran parte de ese mundo ha cambiado desde nuestros días de expediciones, aunque no siempre para bien. Muchas de las sonrisas que capturamos ya no existen, palidecidas por el turismo, golpeadas por la guerra. Líbano, alguna vez tolerante con sus credos, está dividida por una ira sectaria; Arabia Saudí, más limitada que nunca, pues un gobierno de príncipes ricos se enfrenta a sus ciudadanos más fanáticos; Camboya lucha por deshacerse de una pesadilla que ha durado lustros; Afganistán sangra por las invasiones extranjeras y por sus propios fundamentalismos medievales; Irán sigue en pugna con Occidente, e Irak yace en cenizas. Por eso, en cierto modo, mi trabajo registra tanto la historia como la geografía. Como se ha dicho a menudo: el pasado es otro país”. —Thomas J. Abercrombie, mayo de 2005.

Hace seis decenios, un muchacho de 15 años, oriundo de Stillwater, Minnesota, acompañó a su hermano mayor a presenciar el desfile de los leñadores que se celebraba en su pequeño pueblo. Recién llegado de la Wegunda guerra Mundial, donde se había desempeñado como piloto, el hermano –llamado Bruce– llevó una cámara Leica que había comprado en Italia, y comenzó a tomar fotografías de los carros alegóricos. Su hermano menor lo observó durante un rato, pero se aburrió y se fue en busca de algo más interesante. Entonces vio sobre una acera a un chico que hacía muecas a las muchachas de los carros alegóricos. “¡Oye, Bruce! –gritó el hermano menor–, ¡esto es lo que deberías fotografiar!”. Días después, tomó prestada la Leica de su hermano, la dibujó y construyó una cámara con espejos, lentes viejos y pedazos de plástico. La primera fotografía que sacó fue de su novia, Lynn.

Así nació la pasión periodística de Thomas J. Abercrombie, quien murió recientemente a los 75 años, luego de que se retiró en 1994 de una monumental carrera en National Geographic. Gracias a esta, viajó por todos los continentes, aprendió cuatro idiomas, estuvo a punto de morir, más veces de las que pudo contar, y entregó 43 artículos para la revista, entre ellos, algunos de los más ambiciosos jamás publicados. Durante sus 38 años en el equipo, Tom reporteó como escritor y fotógrafo desde Japón y Camboya, el Tíbet y Venezuela, España y Australia, hasta Alaska y Brasil, y fue el primer fotoperiodista en llegar al Polo Sur. Sin embargo, su contribución más importante y duradera reside, sin duda, en los 16 reportajes que llevó a cabo sobre el mundo musulmán, entre 1956 y 1994.

En memoria de Tom por los cambios que él y Lynn vieron a lo largo de sus 38 años de carrera en National Geographic. Pocos conocieron el mundo mejor, o amaron más a su gente, que Tom Abercrombie.

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