Majestuosa desolación
Fotografía de Jack W. Dykinga
Más allá del Big Bend
Uno se da cuenta de que ha llegado al corazón del desierto chihuahuense cuando tiene la sensación de ser Alicia y estar en el País de las Maravillas: nada es lo que aparenta. Quizá se deba a las características de su visibilidad, la cual en un día claro supera los 160 kilómetros, que, aunada a la escasez de caminos o edificaciones como puntos de referencia, hace de la distancia algo difícil de calcular; así sucede, por ejemplo, con los Picos Orejas de Mula, unos emblemáticos pilares de roca ígnea negra, que a veces parecen estar a 10 kilómetros de distancia y otras a 50. O tal vez sea porque las polillas son del tamaño de los colibríes, o porque es posible ver a un oso negro deambular por los cañones del alto desierto, escarbando alrededor de una yuca y un nopal, sin percatarse del hecho de que parece fuera de lugar en el paisaje.
En este sitio, el agua corre montaña arriba y los arcoíris deben esperar a que llueva. La delgada línea entre el mito y la realidad se desvanece. Si se observan fijamente y durante largo tiempo las Montañas Chisos o la Sierra del Carmen, cordilleras que delimitan el territorio y se conocen como islas montañosas, darán la impresión de que levitan sobre la llanura. Y esto sin haber ingerido una sola gota de tequila.
Sin embargo, uno se encuentra bajo el influjo de algo más fuerte. Intente inhalar el aroma de la gobernadora después de la lluvia y verá cómo se siente un poco mareado. Es un potente afrodisiaco. Al caminar 130 kilómetros de alto y bajo desierto, como lo he hecho, se aprecia lo que otros calificarían con desdén como un simple paisaje lunar. Sin árboles o arbustos que interfieran, se podrá apreciar al descubierto el resultado de 500 millones de años de agitación geológica y erosión sobre varios kilómetros de fina arena, grava, desechos rocosos, esponjosa bentonita y lava arrojada por erupciones volcánicas. Durante muchos años, al enorme Desierto de Chihuahua se le ha conocido como El Despoblado, pero en esta zona, a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México, otro nombre cobra fuerza: el Megacorredor Transfronterizo El Carmen-Big Bend , un apelativo que sólo un ecologista podría amar. Abarca más de un millón de hectáreas de una de las regiones desérticas biológicamente más diversas del mundo, la superficie más grande de tierra protegida, en el Desierto de Chihuahua.
La idea de preservar este lugar comenzó con un sueño. En la década de 1930, los conservacionistas en ambos lados de la frontera deseaban crear un parque internacional en conmemoración de la paz. La idea nunca prosperó; sin embargo, lo que ahora emerge en su lugar es, por mucho, más grande y ambicioso. En la mayoría de los mapas, el megacorredor es un espacio blanco, donde aparece solamente una línea sinuosa que representa al río Bravo, el cual funge como límite territorial. Le rodean seis áreas independientes de tierras protegidas que se extienden hacia el sur y el norte de dicho río. Del lado mexicano, están el Cañón de Santa Elena, en el estado de Chihuahua, y Maderas del Carmen, en Coahuila. Del lado texano, dos áreas estatales protegidas flanquean al Big Bend, un parque nacional cuyo nombre responde a la cerrada curva donde el caudal sureste del río Bravo da un abrupto giro hacia el norte.




