
Mientras yace recostada sobre su espalda, sedada pero alerta, Gloria Stevens observa fijamente una imagen de su propio corazón latiendo. Aunque, metafóricamente, el corazón es el centro de su yo emocional, de manera literal no es más que una bomba llena de sangre del tamaño de un puño, cuyas rítmicas contracciones la han mantenido viva durante 62 años y que, con unas cuantas reparaciones, servirá por un número indeterminado de años más.

En el sur de Nigeria, el petróleo lo corrompe todo. Se derrama de las tuberías y contamina la tierra y el agua. Mancha las manos de los políticos y militares que desvían las utilidades.

Las lombrices de tierra son valiosas pero, sin duda, no son tan auténticas como sus primos, los gusanos marinos, cuya diversidad es asombrosa. Estas criaturas realizan un trabajo tan importante como el de sus consanguíneos, expertos excavadores subterráneos, pues filtran y alimentan el ecosistema, pero lo hacen con una elegancia fuera de este mundo.

Uno se da cuenta de que ha llegado al corazón del desierto chihuahuense cuando tiene la sensación de ser Alicia y estar en el País de las Maravillas: nada es lo que aparenta.