Norteamérica: tierra de cañones

Escrito por: Mike Edwards el 01 de Marzo de 2007 | 7:59 am
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Fotografía de Frans Lanting

Historia pétrea

En las remotas regiones de la Meseta del Colorado, el tiempo casi se detiene. Año tras año, la erosión allana ligeramente las mesetas y hace más profundos los cañones. El mar de roca colorida que cubre grandes extensiones de terreno en Utah, Arizona, Nuevo México y Colorado, en Estados Unidos, se ve casi como era antes de la llegada de los pioneros, de los conquistadores españoles, de los primeros inmigrantes al Nuevo Mundo.

Si medimos el tiempo en términos geológicos y no a partir de la escala humana, veremos que la historia de estos ondulados paisajes rocosos está hecha de enormes transformaciones que han tomado cientos de millones de años. Los especialistas hablan del tiempo geológico, largos periodos durante los cuales las fuerzas más sutiles pueden rehacer por completo un paisaje, como es posible apreciar en la región de los cañones.

En cada época, la Meseta del Colorado fue creciendo con capas de arenisca, piedra caliza, barro y pizarra. Estos lechos –depositados a lo largo del tiempo por océanos, ríos y vientos– quedaron sometidos a las violentas fuerzas tectónicas, las cuales los elevaron, hundieron y retorcieron. Los volcanes hicieron su parte y arrojaron lava sobre ellos, mientras que el viento y el agua los embistieron, un claro ejemplo de los procesos geológicos del planeta Tierra.

Hace más de un siglo, los geólogos comenzaron a estudiar las decenas de lechos de arenisca que pueden observarse a lo largo de los cañones y las mesetas, y les asignaron nombres. La Arenisca Navajo, de unos 180 millones de años de antigüedad, se formó capa por capa durante 15 millones de años con arena depositada por el viento. En algunos lugares tiene más de 600 metros de grosor y debe sus colores, que van del rosa tenue al naranja intenso, a los óxidos de hierro, además de estar cortada por innumerables cañones.

¿De dónde salió tanta arena? Mucha de ella, aparentemente, vino de los lejanos montes Apalaches, en el este del territorio estadunidense. El geólogo Jeffrey Rahl y sus colegas encontraron indicios de sus orígenes en los diminutos cristales de circón incrustados en la arenisca. Los radioisótopos en los circones de la Arenisca Navajo concuerdan con los hallados en los circones de los Apalaches, que alguna vez fueron tan altos como los Alpes.

Se cree que los ríos transportaron hacia el oeste la arena que se erosionó de esos picos, donde luego el viento esculpió un fantástico cono de arena. También se cree que en aquella época la meseta se encontraba en alguna parte cerca del centro de México, y se desplazaba hacia el norte (conforme se movía la placa continental sobre la que se encontraba) a razón de unos cuantos milímetros al año, hasta ocupar su sitio actual.

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