Sri Lanka
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Fotografía de Mary Beth LaRue Foto: National Geographic
Belleza profunda
‘‘Bienvenida, señora’’, me dijo un joven soldado con metralleta en mano cuando entré al área de equipaje del Aeropuerto Internacional de Bandaranaike, aproximadamente a 32 kilómetros afuera de la capital de Sri Lanka, Colombo. Su amable bienvenida adelantó lo que sería mi odisea de 1 174 kilómetros en dos semanas a través de Sri Lanka.
En un país que en los últimos años ha sufrido tanta agitación y la seguridad sigue siendo rigurosa, me encontré rodeada de gente cálida y atenta (aunque, a decir verdad, algunos armados). Lo que pondría feliz a mi madre. Después de los reportajes sobre la lucha entre los insurgentes Tamil y el gobierno de Sri Lanka, que estuvieron en las noticias el otoño pasado, no quería que viniera aquí bajo ningún motivo. Le aseguré que viajaría en un grupo de ocho personas guiadas por un renombrado operador turístico con base en San Francisco, Geographic Expeditions (‘‘Sri Lanka: la Isla de Serendipity’’, 16 días; $4 050 dólares; www.geoex.com ). Como muchas madres, la mía cree que hay cierta seguridad en los números. A mí, al contrario, casi me da un ataque de nervios imaginarme pasar un periodo de tiempo con un grupo. Pero el impulso de conocer esta isla, que cuelga de la punta del sudeste de la India como un gordo mango verde, era irresistible.
Sri Lanka es justo el tipo de destino ‘‘nuevo’’ que se ha empezado a promocionar en los catálogos turísticos. En el 2002, el gobierno y los rebeldes Tigres de Liberación de Tamil Eelam acordaron cesar el fuego y así dar fin a más de 20 años de guerra civil. Poco después, los descuidados hoteles en la playa, favorecidos por los veraneantes europeos, dieron lugar a las renovadas casas de huéspedes alemanas coloniales, y a los exclusivos lugares de vacaciones. Poco a poco los viajeros occidentales, que viajaron a la India en grupos enormes, comenzaron a cruzar el Estrecho de Palk para llegar a la exuberante isla vecina.
El resurgimiento tuvo una corta vida: el tsunami del 2004 devastó las costas del este y sur de Sri Lanka y dejó a más de 30 000 muertos. Mientras que las famosas estaciones de montaña, sitios culturales y antiguas ruinas salieron ilesas, el país se convirtió en sinónimo de tragedia; lo que atrajo a varios auxiliadores extranjeros pero a pocos turistas que ayudaran a revivir la economía. Aunque el cese al fuego sigue vigente por el momento, en los últimos meses la lucha se ha intensificado entre el gobierno y los Tigres de Liberación en las áreas rebeldes del norte y del este. Aún así, el turismo se recupera poco a poco.
Antes conocido como Serendip, luego como Ceilán, el país se independizó de Gran Bretaña en 1948 y se renombró Sri Lanka en 1972, que significa isla resplandeciente. Pero el legado colonial permaneció y, desde entonces, los turistas británicos siguen visitando Sri Lanka de manera constante. Algunos de los pueblos turísticos a lo largo de la popular costa sureña pueden ser invadidos por la versión europea de los spring-breakers. Cada nación tiende a visitar ciertos pueblos (el italiano es la lengua predominante en Dikwella y, más al oeste, en el Hotel Taj Exotica escuché principalmente acentos británicos, espolvoreados con algo de alemán).
Nuestro grupo aterrizó corriendo. Luego, dentro de la confusión del cambio de horario, conversamos alegremente mientras almorzábamos en el buffet (el primero de, ay, aproximadamente 40) del Cinnamon Grand Hotel en Colombo. Nuestro líder de la expedición era Sarah Timewell, una ingeniosa inglesa que, durante nuestro viaje, soportó inyecciones para la rabia sin siquiera parpadear en un hospital de Sri Lanka y quien resultó ser una experta para hacer malabarismos con las diferentes expectativas de siete norteamericanos enérgicos dentro de una cultura donde, según bromeaba nuestro guía, Akthar Mohamed, ‘‘si un tren llega a tiempo probablemente sea del día anterior’’.
Después del almuerzo, Akthar –cuyo dominio de idiomas, historia, botánica y religiones resultó asombroso– nos llevó a dar un rápido tour alrededor de la ciudad. Las calles de la capital están repletas de transportes de tres ruedas: rickshaw motorizados que entran y salen del tráfico zumbando y que por milagro evitan las multitudes de perros callejeros, los cuales parecen ser copias al carbón uno del otro: todos de color canela y con orejas puntiagudas. El paseo marítimo Galle Face Green, estaba palpitante con vendedores ambulantes, puestos de comida y jóvenes enamorados paseando bajo el sol. En el hotel colonial Galle Face, tomamos té en un patio con vista al Océano Índico.
No fue sino hasta el siguiente día cuando, durante un viaje de seis horas en camión al centro y corazón cultural de la isla, obtuve toda la información sobre mis compatriotas. Rodney Moll, un estudiante autodidacta de las religiones mundiales, proveniente de San Diego, estaba aquí para comprender a fondo el budismo. ‘‘La meditación ha cambiado mi vida’’, me contó Moll mientras pasamos rápidamente junto a arrozales y escenas de vida aldeana cotidiana: un hombre en lungi (especie de pareo usado por ambos sexos) separando cocos; una mujer lavándose el pelo junto a un pozo. Aunque han viajado extensamente, este es el primer tour organizado de Moll y su esposa Ann, ambos con cuarenta y pico años. Liliana y Harry Novak, de San Francisco, han viajado alrededor del mundo desde que se retiraron hace varios años. Lis Calise, de Manhattan, y Kenn Pfrengle, de Florida, se conocieron en un tour hace cuatro años y ahora viajan juntos por varias semanas al año.
Mientras que nuestro conductor evitó con destreza los vehículos virando dentro y fuera del camino, así como a los elefantes que aparecían esporádicamente, Akthar nos explicó que los budistas sinhaleses (que supuestamente habían migrado al norte de la India) constituyen 74 % de la población de Sri Lanka. Los tamils –principalmente hindúes– se concentran en las tierras altas al norte, este y centro, donde muchos trabajan en la industria del té (se prefiere a las mujeres gracias a sus delicados dedos perfectos para manejar el té). También hay musulmanes entremezclados, descendientes de los comerciantes árabes que navegaron hasta acá en busca de especies en la Edad Media. Y luego están los burghers, descendientes de los colonizadores alemanes, ingleses y portugueses.
Esta fuerte mezcla cultural produjo algunas experiencias realmente sorprendentes, que nuestro operador turístico se encargó de planear. En Kataragama –donde algunos peregrinos se cuelgan de ganchos de acero para purgar sus pecados– tocamos las campanas durante Puja, una ceremonia de veneración de las deidades, y tratamos de no observar a uno de los creyentes envuelto en un febril trance. En Kandy, fuimos testigos de una danza del diablo que algunos todavía creen que funciona como ritual de exorcismo.
También, al norte de Kandy caminamos a través de vestigios de elaborados jardines que suben a Sigiriya, un monolito de piedra roja de 182 metros –uno de los siete sitios de Patrimonio Mundial de la UNESCO del país–; fortaleza construida por un rey sinhalese después de cometer parricidio. El palacio en lo alto de la roca ha desaparecido, pero quedan unos 20 frescos a mitad de la pared de piedra que representan a dotadas ‘‘doncellas de las nubes’’. Otros reyes sinhalese tuvieron más deber cívico y construyeron hospitales, bibliotecas, parques y reservas. También construyeron impresionantes iconos y stupas: santuarios que contenían reliquias o restos sagrados de Buda. Uno de los más famosos es Ruwanweli Seya en la cercana Anuradhapura.
Mientras nos aproximamos al enorme domo blanqueado, lleno de banderas de oración y de monjes con túnicas naranjas que han venido a rendir homenaje, Akthar nos explicó que un monje siempre debe solicitar comida y que su túnica nunca debe parecer ni hermosa ni lujosa; en vez, debe verse desgastada, como símbolo de falta de ego. En el famosos Gal Vihara, en la antigua ciudad de Polonnaruwa, yo también quise participar un poco en la supresión del ego. Pude haberme quedado toda la tarde con esa pacífica sensación a la sombra de los cuatro Budas esculpidos en granito. Pero para ese punto, ya me había acostumbrando al ritmo del tour: buffet/camión/visitas/camión/buffet, y su repetición, lo cual me dejó poco tiempo para momentos como ese.
‘‘Si Ann y yo hubiéramos venido solos’’, comenzó Rodney Moll, ‘‘habríamos visitado un lugar al día en vez de cuatro’’. Y, a pesar de que los hoteles en los que nos quedamos no tenían nada de especial, la comida estaba sorprendentemente buena. Eran intentos de comida occidental, pero el siempre presente daal, arroz rojo y curries hechos con flor de plátano, castañas, pepino, berenjena, quingombó, plátano, calabaza, rábano –entre otros, cualquier cosa que crezca aquí se hace rickshaw– estaban demasiado ricos como para probar otra cosa.
Aún así, fue bueno salir del camión y escapar de la mayoría del grupo una tarde con Kenn Pfrengle y Liz Calise. ‘‘Con los tours sacrificas una cosa por otra’’, explicó Calise. Mientras que ambos disfrutaban de la conveniencia; ‘‘ningún occidental quiere manejar aquí’’ y la compañía ‘‘te mantiene tolerante’’. Pero realmente sufrían la falta de independencia. ‘‘Intentamos ir solos cada vez que se puede’’, me indicó Pfrengle.
En el pueblo de Nuwara Eliya, una antigua estación de montaña británica a mitad de la nación del té y al sur de Kandy, los tres nos deleitamos con el aire fresco de montaña, impregnado con olor de pollo asado que salía de los vendedores de comida. De vuelta en el camión con el resto del grupo, nos dirigimos a la costa sureña entre campos de caña de azúcar y tabaco, chiles secándose al lado del camino, niños con uniformes escolares limpios, y puesto tras puesto de mujeres haciendo cuajada (un tipo de yogurt elaborado de leche de búfalo) en vasijas de barro. También, es aquí donde la destrucción del tsunami se hizo evidente. Pasamos los esqueletos de pequeñas casas –tan sólo paredes y cimientos– y campos salpicados con carpas azules. Los letreros colgando de las construcciones anunciaban la presencia de varios grupos de auxilio.
120 kilómetros al Oeste, llegamos al puerto de Galle con su fortaleza del siglo XVI. Relativamente, la Fortaleza Galle se protegió del tsunami con las murallas construidas por los portugueses después de derrocar a los reyes Sinhaleses, en 1587. Pero fueron los alemanes quienes sitiaron Galle en 1640 y quienes realmente dejaron su marca. Lo tomaron como base para el comercio de canela. Los alemanes fortificaron las paredes de la ciudad utilizando esclavos –algunos importados de Mozambique–, además construyeron enormes almacenes para guardar las especies. A pesar de que algunas elegantes boutiques empiezan a aparecer junto a las polvorientas tiendas de antigüedades, Galle –sitio de Patrimonio Mundial de la UNESCO– todavía se siente como una vieja aldea. Estuve sola por unos cuantos minutos, y paseé por el laberinto de calles empedradas, mientras tomaba rápidas decisiones en cuanto a las compras para evitar el regaño de mis compañeros de grupo por llegar tarde.
Fuera de las quejas insignificantes, el grupo se aglutinaba alrededor de, imagínense, un diente. Mientras que la luna casi llena brillaba en el cielo, las nubes de cirro rosas que permanecieron en el cielo después del aguacero de la tarde, el sonido ensordecedor de los tambores y el silbido hipnótico de la flauta del encantador de serpientes, nos dirigimos hacia el Templo del Diente en Kandy; el cual supuestamente alberga el diente incisivo, de siete centímetros de largo, del Buda. Hombro con hombro con los peregrinos que llevaban ofrendas de flores de loto o las manos arriba de las cabezas en oración, nuestra pequeña banda de viajeros permaneció junta mientras la multitud nos empujó hacia una estrecha escalera. A través de una pequeña ventana, pudimos ver no el diente en sí sino el cofre dorado que lo guarda. En aquel surrealista e intensificado nanosegundo, el grupo aparentó más ser un grupo de amigos, que un grupo de extraños.
*(Margaret Loftus es editora colaboradora de National Geographic Traveler. Palani Mohan, un visitante frecuente a Sri Lanka, tiene su base en Malasia.)




