Islas Canarias

Escrito por: Edward Readicker-Henderson el 04 de Abril de 2007 | 10:42 pm
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Fotografía de Justin Guariglia* Foto: National Geographic

El lugar más silencioso de la tierra

Sin megáfonos y sin karaoke. Sin altavoces escondidos en los elevadores. Sin patinetas, ni motores. Mi coche no suena cuando lo cierro. No habrá ningún tipo de alarmas a menos de que toquen Vivaldi. Los restaurantes estarán provistos de agentes del orden; cinta adhesiva a la mano para cualquier persona que use su teléfono celular. Nadie tendrá que oír ninguna de esas molestias otra vez. Nadie. Nunca. Mientras aún conservo mi cordura, me dedicaré a encontrar el lugar más silencioso de la tierra.
A decir verdad, sólo me toma aproximadamente una hora de investigación para encontrar algunos de los lugares más tranquilos del mundo. Los sitios más convenientes para mí son un par de territorios en el Gran Cañón. Los dos son tan silenciosos que mi propia respiración sería tres o cuatro veces más ruidosa que los lugares en sí. Sin embargo, Bernie Krause, experto en paisaje sonoro, me dice que tales lugares ‘‘podrían llevar literalmente a una persona a un estado de locura, si es que permanecieran ahí más de unos cuantos minutos’’. Resulta que la persona termina escuchando el flujo de su propia sangre, ‘‘y ese sonido, por sí sólo, es bastante abrumador’’.

Entonces, tal vez lo que quiero realmente no es el silencio absoluto sino lo que Rilke, el poeta, llamó: ‘‘el ininterrumpido mensaje que emerge del silencio’’. Quiero que el mundo suene como lo hacía cuando era nuevo y brillante. Por lo que empiezo a consultar con mis amigos, los que más han viajado. ¿La Antártida?, ¿Mongolia?, ¿qué tal las Hébridas, o Santa Helena o Namibia donde el desierto se encuentra con el océano? Mi esposa sugiere el territorio aislado de Islandia, donde el sol de medianoche se filtra a través del vapor volcánico, y el viento suena como las voces de los elfos en el paisaje encantado.

Casi la única hora en que mi cerebro realmente se tranquiliza es cuando me estoy quedando dormido, enroscado alrededor de la mujer que amo, cuando mi mundo consiste en poco más que su calor y el suave subir y bajar de su pecho mientras duerme.

Busco mapas y hablo con expertos. Me desespero y estoy a nada de rendirme. Entonces, por accidente, me parece que encuentro lo que busco: un lugar donde se dice que la gente local se comunicó silbando cuando Colón hizo su última parada antes de que se perdiera por completo. Doblo mis mapas y reservo el vuelo.

Esto no va bien. He soportado once horas en un avión, luego cuatro más en otro. E incluso en La Gomera, un par de cientos de kilómetros fuera de la costa noroeste de África, una parte de las Islas Canarias que se encuentra bastante lejos de los veraneantes que se tuestan lentamente como perros calientes en el sol de Tenerife y Gran Canaria, sigue habiendo mucho ruido.

Dos cosas me trajeron a este lugar. Primero, el descubrir que ningún avión vuela sobre las Canarias externas. Segundo, que La Gomera tiene un lenguaje silbador tradicional que se escucha desde tres kilómetros a la redonda. Cualquier lugar desde el cual puedas escuchar un silbido a tres kilómetros de distancia tendría que ser bastante tranquilo y silencioso ¿no es cierto? Pero el puerto de La Gomera, San Sebastián, es tan sólo otro pequeño pueblo más, lleno de ruidos, de bares y televisores que sintonizan los canales de noticias que informan sobre alguna tormenta inesperada que se acerca. Media docena de cláxones se disparan cada vez que trato de cruzar las estrechas calles, mientras los autos rondan cuales tiburones al acecho de un lugar disponible para estacionarse.

Ah no, esto no es lo que quiero. Consulto el mapa y me subo al coche rentado. La ruta que sale de San Sebastián cruza campos de plátanos, y la brisa llega desde la Playa Santiago. Me detengo a observar a un par de pescadores que descargan medio océano desde su canoa azul y blanca, pero no encuentro ningún pescado. Cangrejos negros se escabullen entre las oscuras piedras. Las gaviotas se persiguen unas a otras. En un café al aire libre, mi hamburguesa es de verdadero jamón y los perros aguardan pacientemente por las sobras. El sonido más fuerte proviene de un par de hombres viejos que discuten alegremente. ‘‘Esta bien’’, me susurro a mí mismo. ‘‘Ya casi’’.

La Gomera no es el final del mundo, pero está a sólo unas islas de distancia de serlo, por lo menos de acuerdo con la geografía de Ptolomeo del siglo dos. Aún así, por siglos La Gomera fue casi la última parada en el borde del mapa. Se rumora que Colón rezó aquí mismo, justo antes de hacerse famoso por sufrir una confusión geográfica. A través de la era de la exploración, los barcos llegaban a las Canarias para abastecerse de barriles gigantes de malvasía, el vino blanco y dulce local.

Hoy en día, las siete Islas Canarias son parte de una España que al mismo tiempo aparenta tener poco que ver con la propia España, exceptuando la lengua y los hábitos para conducir. ‘‘Cuentan con los mismos beneficios que la Unión Europea (UE)’’, explica Heikki Lappalainen, un finlandés transplantado. ‘‘Pero están lo suficientemente lejos como para poder ignorar ciertas reglas de la UE’’.

La isla La Gomera es prácticamente circular y cuenta con tan sólo 25 kilómetros a lo largo, pero, para llegar a cualquier parte, uno requiere conducir una cantidad considerable de estrechas carreteras serpenteantes. Las rutas vertiginosas van desde las tierras bajas del desierto, llenas de palmeras gordas y euforbiáceas suculentas, hasta el bosque de nubes, un sitio en la punta de la isla que ha sido declarado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y luego baja otra vez hacia el agua. Esta accidentada geografía hizo que la lengua aborigen, silbo, fuera una necesidad. La leyenda cuenta que cuando Colón embarcó aquí, la noticia cruzó a través de los valles, de una estación de silbido a otra, hasta que, en tan sólo unos minutos, toda la isla sabía lo qué pasaba.

Silbo es un lenguaje construido a base de sustitución: hay sólo seis notas, cada una representa una serie de vocales o consonantes. Esto significa que cada silbido es simplemente la aproximación fonética de una palabra. La comunicación moderna casi llevó a la lengua silbo a su extinción. Aún así, como constituía una parte intrínseca de la identidad de los gomeranos, en 1999 se convirtió en materia obligatoria en las escuelas locales. ‘‘Es como el teléfono celular de antaño’’, comenta el profesor Lino Rodrigues Martín en su aula en San Sebastián. Mete un puño a su boca y guía las pautas de los niños mientras les silba las instrucciones. Los estudiantes suenan como una bandada de aves que aparte de silbar, ríen. La clase es claramente el punto culminante del día. Un profesor de la escuela me cuenta que los niños usan silbo todo el tiempo fuera de la escuela, para llamar a sus amigos, para jugar. ‘‘Es un juego, pero es bastante útil’’. Para mí eso significa que, no importa qué tan ruidosa parezca la ciudad a primera vista, es lo suficientemente silenciosa como para que el silbido importe. Ya me siento mejor respecto a este lugar.

Pero la demostración de silbo se corta repentinamente por otro tipo de silbido; mientras que el viento se acelera comprendo de pronto aquellos boletines de la televisión, a los cuales no les puse atención la noche anterior. El viento es el principal actor de la tormenta tropical Delta, una corriente de final de temporada que empezó desde el Océano Atlántico y luego dio vuelta al Este, en vez de dirigirse hacia el Caribe. Delta aparece posicionada como la primera tormenta tropical que ataca las Islas Canarias.

Cae una lluvia tibia, luego llueve con fuerza. Los árboles se azotan por el viento, la escuela cierra y la isla entera se guarda; se le dice a los residentes que permanezcan bajo techo y que tengan velas a la mano. Me quedo el resto del día dentro de mi cuarto en el hotel, donde abro las puertas del balcón y escucho. Quiero escuchar la forma que escuchaba antes de que me enseñaran a escuchar, antes de que aprendiera a bloquear sonidos. Quiero oír como oye un animal en la naturaleza, sin ignorar nada, porque todos los sonidos son importantes.

Debo admitir que tenía dos razones más para venir a las Islas Canarias además de encontrar el lugar más silencioso de la tierra. Una es que apenas hablo español, tan sólo sé algunas palabras. No me preocupa tanto la distracción de otros hablando, sino de la mía. Si no puedo decir nada, claramente debo permanecer callado. La otra razón es el sonido del océano. Una vez que renuncié a la idea de un silencio absoluto, y me concentré en lugares accesibles sin la intromisión del sonido humano, me pregunté: ¿qué sonidos requerimos? ¿Qué sonidos son buenos para nosotros? Y en lo primero que pensé fue en el agua en movimiento. Murray Schafer, quien más o menos inventó el estudio de la ecología acústica, señaló, ‘‘es la idea básica del paisaje sonoro original y del sonido que, sobre todos los demás, nos proporciona el máximo placer’’. Los océanos son como cargadores de batería para el alma. Además, mientras pretendo lograr algo, esto me da la excusa para detenerme unos cuantos días en la costa.

Después de visitar las dos playas de San Sebastián, ambas con arena negra y repletas de perros que ignoran los letreros de: ‘‘No se permiten perros’’, recorro el borde del pico central de la isla y conduzco a través de aldeas que aunque tienen como camino principal un ancho carril, hay coches estacionados a lo ancho y flujo en ambos sentidos. Las palmeras le dan sombra a los porches y balcones. Equipos remueven las rocas que cayeron por la tormenta. Pasando la aldea de Hermigua aparece el océano, tan grande y salvaje como jamás lo había visto. La playa aplastada por olas gigantes que no han tocado tierra firme desde Islandia.

Extiendo mi picnic de queso de cabra local. El primer bocado me hace retorcer, porque el queso es realmente fuerte y salado. El segundo bocado me convence de que es una de las mejores cosas que he tenido en la boca. Y cada vez se pone mejor: la mezcla de sal en mi lengua, el olor a sal del océano en el aire y el sonido de las olas, es todo lo que escucho.

Me toma kilómetros cubrir el territorio que los silbadores podrían haber acortado en segundos. Lo que queda de la tormenta se sigue moviendo a través de las tierras altas de La Gomera. Me detengo en Punta de Agando que asemeja un pulgar de 1,182 metros de altura. El viento sopla con fuerza por lo que me toma un minuto abrir la puerta del coche. Y cuando me paro al borde del mirador, con poca visibilidad dado a que la roca desaparece entre una nube, tengo que atorar un pie en el barandal para evitar que el viento me empuje sobre la orilla.

A menos altitud, el viento mejora, y cuando las nubes finalmente se apartan, entreabro los ojos debajo de los lentes de sol. Me pregunto cómo sería vivir en alguna de esas aldeas, en una casa brillante color ocre. Me sentaría en el balcón a observar a los vecinos, e iría a recoger el pan todas las mañanas al pie de la empinada colina, atado al poste de luz, donde el repartidor lo dejaría. Podría parar de vez en cuando en la pequeña Ermita Virgen de la Salud donde el jardín está cubierto de pétalos de flores rosas del tamaño de un colibrí. Pero sigo avanzando. No es el silencio que busco.

El océano aparece repentinamente en el valle Gran Rey, el cual según me dijeron, tiene la playa más hermosa de la isla. Camino hacia el cabo, paso una mujer en tanga roja que juega en las olas, a lo lejos El Hierro, la isla que Ptolomeo llamó el fin del mundo, juega a las escondidas detrás de las nubes distantes. Paso una hora casi totalmente solo con las olas. Cada una golpea la orilla de manera ligeramente diferente; me doy cuenta que es un tipo de hipnosis sensorial –quizá sólo el fuego puede lograr el mismo efecto–, que aunque no sea sonido puro, es un sonido que bloquea todo lo demás, incluso el pensamiento. No quiero ser hipnotizado. Quiero estar completamente despierto y estimulado. Cerca, muy cerca, pero esto tampoco es lo que busco.

Me subo al auto y me dirijo de nuevo a la carretera. A media montaña me detengo para mirar hacia atrás. No sé qué más intentar. Estaba seguro de que el agua era la respuesta, de que el océano sería el lugar donde finalmente encontraría mi refugio de silencio. Justo debajo de mí, y sin interesarse por mis problemas, un halcón vuela desde la ladera. Su cola roja atrapa la luz del sol mientras planea con la brisa del mar. Después me encuentro otra vez en el bosque, por la sencilla razón de que, tarde o temprano, es hacia ahí donde conducen todas las rutas de La Gomera.

Érase una vez en que las costas de casi toda la cuenca del Mediterráneo estaban cubiertas con laurisilva: un húmedo bosque de laureles, acebos y otros árboles. Hoy, La Gomera alberga el último pedazo decente de flora original, escondido entre las nubes que al parecer siempre rodean el pico central de la isla, el Alto de Garajonay. Mientras conduzco hacia el Parque Nacional Garajonay, las secuelas de la tormenta siguen afectándome. Mi auto es el único en el estrecho camino; está completamente cubierto con hojas. En medio de la niebla, por poco ignoro dos curvas porque no puedo ver dónde acaba el camino y dónde empieza el bosque.

Encuentro un sitio con suficiente espacio para estacionar mi coche y poder caminar hacia los árboles. Rápido, la carretera desaparece detrás. Hace quinientos años, hace cien años, algún lugar de este sitio pudo ser una estación oficial, donde un hombre se para y aguarda el momento de transmitir mensajes a través de la isla en la lengua de silbo. ¿Sonaría su silbido como el silbo propio de la naturaleza, el viento hablándole a las plantas que crecen en la neblina de la montaña: la jirdana, más parecida a la leña que a una planta viva; el madroño con su corteza lisa y rosada; la magarza, que parece como si hubiera querido ser un árbol pero luego simplemente se acostó y se rindió?

Me muevo con cuidado y despacio a través de las hojas caídas, camino hacia la nube hasta que mi corazón me dice que es tiempo de parar. Me doy cuenta de que no he pronunciado una sola palabra en todo el día, excepto para ordenar el almuerzo. Lao Tzu enseñó, ‘‘mantén la boca cerrada y adopta una vida sencilla’’. No tengo nada que decir, soy incapaz de apurarme. Descanso en un cómodo tronco. Cada vez que pienso en continuar, me convenzo de permanecer un poco más sentado.

Sigo sentado hasta que dejo de pensar en la forma en la que voy a describirles esto a las personas en casa. Sigo sentado hasta que dejo de imaginar qué voy a cenar, o si me va a costar trabajo volver al auto. Permanezco sentado hasta que logro escuchar la música en los árboles. Los niveles variantes del viento tienen diferentes notas: una para cuando pasa las ramas desnudas, o las hojas, o el pálido musgo verde que cubre los primeros 6 metros de los delgados troncos; la otra, cuando tan sólo brinca a través de las copas de los árboles como una piedra sobre el agua. Estoy sentado hasta escuchar los tonos de todo lo que está a mí alrededor. Aproximadamente cada 15 minutos, un pájaro, a quizá medio kilómetro, emite un único pío. Permanezco sentado hasta que simplemente estoy aquí.

Si Darwin estaba, aunque vagamente, en lo cierto, esta es nuestra memoria genética del paisaje más antiguo. Mucho tiempo antes de que camináramos derechos en la sabana, mucho tiempo antes de que las campanas de la iglesia definieran un territorio o una creencia, mucho tiempo antes de que resurgiera Abba en Las Vegas, nos agarrábamos de nuestras ramas y escuchábamos el viento moverse a través de los árboles de nuestro alrededor. Y estábamos en casa, seguros, perfectamente tranquilos, perfectamente.

Esto es. Esto es exactamente lo que estaba buscando. El lugar más silencioso. El sitio donde el mundo suena exactamente como sonaba cuando el mundo era nuevo y brillante. El viento se alza y cae, los árboles crujen, las ramas friccionan, las hojas susurran; en cuanto a mí, el latido de mi corazón es lento, fuerte y regular, y estoy tan en paz como cuando me enrosco alrededor de la mujer que amo, con la cara pegada a su cuello.

*(En su búsqueda de silencio, Edgard Readlicker-Henderson se ha mudado de Scottsdale, Arizona, a Alaska. El fotógrafo Justin Guariglia vive en Nueva York. Se especializa en temas asiáticos).

Un comentario

  1. Escrito por Francisco:

    Sí, cuando uno está en la laurisilva de las Canarias se experimentan esas sensaciones; aunque no se si al viajero que lo ha escrito le compensó por el resto del viaje.

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