Gales

Escrito por: Michael Shapiro el 08 de Abril de 2007 | 11:46 pm
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Fotografía de Vincent J. Musi Foto: National Geographic

En algún lugar fuera del tiempo

‘‘Ven, me gustaría mostrarte algo’’, me dice Jan Morris, la eminente autora galesa. Estamos en Pen-y-Gwryd, un hotel con 200 años de antigüedad que se sostiene en las faldas del Monte Snowdon, el pico galés donde los alpinistas Edmund Hillary (el primero que logró alcanzar la cima de la montaña más alta del mundo) y John Hunt, entre otros, se entrenaron para la expedición al Monte Everest de 1953.

Después de un almuerzo de bistec, tarta de hongos y cerveza Guinness, Morris me guía a través de techos bajos a otra parte del hotel. El olor a leña quemada se mezcla con el aroma de la cerveza fermentada. ‘‘Mira hacia arriba’’, me indica Morris. Inscritas en el techo encima de nosotros están las audaces firmas de los alpinistas del Everest: E.P. Hillary, John Hunt y Charles Evans, junto con la propia firma de Morris. En ese tiempo, Morris era la corresponsal para el Times de Londres y la única periodista en la expedición de 1953. Al preguntarle ¿qué tan alto escaló?, se ríe y me responde ‘‘cada año está más alto’’.

Conocí a Morris por primera vez en 1992 y quedé impresionado con su pasión por Gales. Es por eso que decidí venir al país de Gwynedd, donde se sigue hablando galés y la cultura galesa permanece, para conocer el lugar del que Morris había escrito tanto. Esperaba poder explorar algunos de los imponentes castillos que bordean la costa galesa, ver el gran puerto de Porthmadog; andar en el clásico tren de vía estrecha hacia las minas de pizarra de Blaenau Ffestiniog; y, finalmente, rastrear las huellas de Morris hacia Yr Wyddfa (Monte Snowdon). Pero sobre todo, esperaba que Morris me pudiera ayudar a comprender cómo la pequeña nación de Gales ha sobrevivido con su lengua y cultura intacta a pesar de los siete siglos de dominación inglesa. Con unos 209 kilómetros de largo y apenas unos 64 kilómetros de ancho, Gales es una tierra de tan sólo tres millones de personas. Los borregos, que parecen cubrir cada ladera, superan en número a los humanos por más de tres a uno.

Personificando la hospitalidad de Gales, Morris me invita a conocer su hogar en Llanystumdwy. Después de rebotar por el camino hacia su casa, Morris para el motor y puedo oír al Río Dwyfor cantando dulcemente cerca de nosotros. Arriba de la casa de piedra de gruesos muros hay una chirriante veleta, símbolo de la ascendencia dual de Morris, que es tanto inglesa como galesa. La E y O marcan el Este y Oeste, la G y la D representan Gogledd y De, palabras galesas para Norte y Sur.

Morris, quien cumple 80 este año, ha dedicado gran parte de su vida a viajar. En las últimas décadas siempre ha regresado a esta pequeña casa en la remota parte noroeste de Gales. ‘‘Para mí, la esencia de Gales es el conflicto’’, me cuenta Morris mientras tomamos té. ‘‘Mantener viva la cultura galesa es una lucha constante’’ porque cada vez más y más familias inglesas se establecen en Gales con sus costumbres. El lado bueno, señala, es que todos los niños galeses que van a la escuela aprenden su lengua materna, por lo que el conocimiento de Gales está en ascenso. Las raíces de la lengua se remontan al lejano pasado céltico de Gales. El país ‘‘ha cambiando tan poco, en esencia, a través de los siglos que un galés educado todavía puede leer, sin mucha dificultad, el galés de la Edad Media’’, escribió Morris. ‘‘La misma existencia del galés, aún desafiante después de tantos siglos de presión extranjera, es un acto de magia en sí mismo’’.

Morris me recuerda que Gales, a pesar de que sigue siendo parte del Reino Unido y está gobernada principalmente desde Londres, hace poco formó su propia asamblea nacional. ‘‘Tenemos un estado-nación’’, explica. ‘‘Yo amo a la nación (de Gales). La parte que no me gusta es la parte del estado. Estoy harto del patriotismo y nacionalismo, pero de alguna manera tenemos que preservar la cultura’’, agrega, y resalta que la palabra galesa para Gales, Cymru, significa camaradería. ‘‘Me gusta la naturaleza de la civilización galesa, la cual es básicamente muy amable, ni ambiciosa ni brusca. Se basa en cosas como la poesía y la música, las cuales siguen enraizadas en la cultura’’. Antes de partir, le pregunto a Morris de lugares y personas que podría conocer. Esquiva mi pregunta pero al despedirnos me dice, ‘‘Ah, tal vez deberías de buscar algo sobre el archidruida’’.

Encuentro al archidruida, el Dr. Robyn Lewis, cerca del pequeño pueblo de Nefyn, en la costa Norte de la Península de Lleyn en Gales. Lewis ha dirigido ceremonias en la Eisteddfod Nacinal, una celebración anual que se remonta al siglo XII y que honra a los máximos poetas y escritores en lengua galesa. El animado festival cultural, el más importante de Gales, está lleno de representaciones poéticas y musicales. Se lleva a cabo en una región diferente cada año, alternándose entre el norte y el sur, para así exponer la cultura galesa a la mayor cantidad de gente local posible.

Imagino al archidruida viviendo en una pequeña choza rodeada de un círculo de piedras, pero Lewis, quien ha vivido en Nefyn desde los tres años, vive una casa contemporánea con increíbles paisajes del norte de la costa de la península. Un dragón de vidrio rojo, símbolo de Gales, cuelga desde su ventana frontal, y cientos de libros galeses decoran las paredes. ‘‘Compro libros galeses para apoyar a mis compatriotas’’, me comenta Lewis. ‘‘Los de habla inglesa los saco de la biblioteca’’. Alto, delgado y con anteojos, Lewis –un distinguido autor y juez retirado– me muestra una silla de madera casi tan alta como el techo; el premio de poesía de Eisteddfod, 1890. Al autor ganador de mejor prosa se le entrega una medalla de oro, premio que Lewis ganó en 1980; al ganador del mejor poema de verso libre se le obsequia una corona; y la gran silla es para el autor que mejor escriba un poema con métrica estricta, una forma compleja de poesía galesa.

Refiriéndose a la larga dominación de su nación por los ingleses, Lewis me comenta, ‘‘tenemos una riqueza impresionante en castillos, lo cual significa que les costó mucho trabajo mantenernos reprimidos’’. A pesar de que la mayoría de los castillos fueron construidos por los invasores ingleses, Lewis está orgulloso de las ciudadelas que fortifican la costa, incluido Caernarfon, la famosa antigua ciudad amurallada.

Creo que un archidruida debe de conocer bien sus fortificaciones, por lo que conduzco unos kilómetros por la costa hacia Caernarfon, mejor conocida por su castillo del siglo XIII. Construido por el Rey Eduardo I con el fin de aplastar la rebelión galesa contra la ocupación inglesa, la ciudadela –con sus torres octagonales y muros serrados– se levanta como un puño hacia el Estrecho Menai. Camino a través del Estrecho Afon por el Puente Aber, el cual puede rotar para permitir el acceso de barcos al puerto. Mientras la oscuridad se apodera de Caernarfon, rayos anaranjados bañan al castillo, suavizando su amenazante fachada. Un cisne vuela tan cerca de mí que puedo oír el sonido de sus alas. Dos jóvenes con botas Wellington suben a un bote de remos, uno de ellos se quita la gorra para saludarme cuando parten debajo del puente.

Conduzco hacia Porthmadog, un viejo pueblo portuario apenas a 11 kilómetros de la casa de Morris y con vista al Monte Snowdon. En el puerto, donde hace un siglo barcos con altos mástiles transportaban pizarra, una media docena de embarcaciones privadas se balancean arriba y abajo en el agua. Me echo el impermeable al hombro y camino a lo largo del Cob, el dique que cruza un estuario del Río Glaslyn.

El libro de Morris, The Matter of Wales, describe la extraordinaria habilidad de los mineros y canteros galeses, así como las brutales dificultades que tuvieron que soportar. Para ver dónde trabajan me subo al tren de vía estrecha Ffestiniog, el cual recorre 21.7 kilómetros de Porthmadog a las minas de pizarra en Blaenau Ffestiniog. Una réplica de la máquina de vapor del siglo XIX jala al tren de cuatro vagones a lo largo de vías de 60 centímetros de ancho. Construido alrededor de 1830 para transportar pizarra de las montañas a la costa, el Ferrocarril Ffestiniog es una de las nueve líneas de vías estrechas que se han construido en la historia para llevar viajeros a remotos rincones de Gales.

Durante los primeros kilómetros del viaje pasamos tan cerca de las casas de la gente del pueblo que me es posible ver las fotos en las mesas de noche. Subimos hacia el bosque que rodea lagos turquesa. Después del viaje de 75 minutos a Blaenau Ffestiniog, tenemos unos cuantos minutos para explorar las viejas minas. Todavía se pueden ver las montañas de los desechos de pizarra y los caminos por los cuales los hombres bajaban al terminar sus turnos.

De vuelta en Porthmadog observo la filmación de una serie dramática de televisión del Canal 4 galés en la parte exterior de Y Llong (El Barco), un bar junto al hotel donde me estoy quedando. El diálogo es en galés excepto por un expletivo en inglés. ‘‘Rezamos en galés y maldecimos en inglés’’, me explica Pat Hughes, el hermano del dueño del bar, mientras miramos al equipo volver a filmar la escena.

El último día de mi viaje me despierto con un cielo azul. Me amarro las botas y me preparo para escalar el Monte Snowdon, el pico más alto de Gales con 1,085 metros de altura. Una pequeña montaña comparada con las grandes montañas del mundo, Snowdon ofrece un desafío de escala relativamente moderado a través de senderos rocosos. Subo por el popular sendero Pen-y-Gwyrd: un ancho sendero pedroso que comienza empinado y luego alcanza una meseta con vista a dos profundos lagos azules. Después de dos horas de escalar llego a la cima de Snowdon. Por fin entiendo por qué Morris, que a menudo escribe de su Gales ‘‘imaginado’’, no quería definir mi itinerario; no quiso confinarme a una sola visión de Gales. Quiso que encontrara la mía. Desde la cima de Snowdon alcanzo a ver varios kilómetros de distancia: al oeste, las faldas de la montaña chocan con el Hotel Pen-y-Gwryd; al distante sur, el ruidoso puerto de Porthmadog; al lejano norte, la ciudad amurallada de Caernarfon y su ciudadela. A la Península de Lleyn, al este, la cobija las nubes.

Exceptuando la primera década del siglo XV, los galeses han vivido bajo el gobierno inglés por más de siete siglos. En muchas ocasiones la lengua y cultura galesa han estado al borde de la extinción. Con la creciente ola de inmigrantes ingleses, el siglo XXI trae una nueva amenaza al rico patrimonio de Gales. Durante el tiempo que pasé con Morris le pregunté si son estos buenos tiempos para Gales. ‘‘Están mejor que otros tiempos, pero mientras más lo pienso más me preocupo’’, me dice. ‘‘Lo único que podemos hacer es seguir sonriendo y combatiendo. Siempre estamos luchando’’.

Morris describe el concepto galés de hiraeth, como anhelo inefable. ‘‘Siempre estamos anhelando algo’’, explica, ‘‘pero no siempre estamos seguros de si es un pasado ideal o un mejor futuro’’. Tal vez es esta ‘‘visión perenne de una edad de oro, una edad a la vez perdida y venidera: una visión de otro país en algún lugar fuera del tiempo, e incluso de la geografía’’, tal como escribe Morris en The Matter of Wales, esto es lo que les da a los galeses la fuerza y creatividad para seguir avanzando en la historia.

(Michael Shapiro es el autor de a A Sense of Place: Great Travel Writer Talk about Theri Craft, Lives, and Inspiration).

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