Maine
![]()
Fotografía de David McLaine Foto: National Geographic
Frente a sus costas
‘‘Hay viento’’, anuncia en grandes letras una nota manuscrita pegada a la puerta de mosquitero, como si fuera suficiente explicación para cerrar una tienda a mitad del día. En letras más pequeñas, por si quedaba duda: ‘‘Salí en velero, regreso…’’, con una interrogación final.
Así es el horario insular, donde las horas transcurren de manera muy diferente al territorio continental de Maine. El tiempo tiene su propia cadencia, un hondo pulsar, como si la caricia del agua que separa una isla del resto del mundo la desanclara del ritmo de la vida.
No obstante, elegir una isla para alejarse del mundo es casi como elegir una estrella en el cielo nocturno de Maine. ¿Por dónde empezar? Desde Kittery Point hasta Quoddy Head, alrededor de tres mil islas constelan las frías y azules aguas de la costa de Maine, más que en cualquier otra región de la costa estadounidense.
Unas son grandes, como Mount Desert, tierra del Parque Nacional Acadia y sus hordas de visitantes o Vinalhaven, con interminables kilómetros de costa rocosa. Otras son tan pequeñas que parecen desvanecerse en la bruma matutina. Hay islas bulliciosas y famosas como Monhegan, donde se han inspirado las paletas de generaciones de artistas; otras sólo experimentan el roce de las alas de aves marinas y el lento vaivén de las olas.
Para empezar, le ofrecemos aquí un vistazo de cuatro experiencias insulares en Maine. Elija su favorita y emprenda la travesía. Sólo recuerde ajustar su reloj al horario isleño.
Isle au Haut
Bitácora del vigía, faro de Isle au Haut, agosto 18. Cielo: despejado. Viento: ligero. Olas: a sesenta centímetros del muelle. Nada rompe el caparazón de silencio de la mañana, excepto el pataleo de las aves marinas que se preparan para remontar el vuelo y el ronco retumbo de un lejano barco langostero.
En realidad, escribo mi diario, pues en Isle au Haut no ha habido un vigía oficial en setenta años. Sin embargo, es hermoso soñar y, para algunos, el sueño de habitar un faro en una lejana isla de Maine es tan seductor como una cabaña en la playa.
‘‘Recibimos a muchos amantes de los faros’’, señala Jeff Burke quien, junto a su esposa Judi, es propietario y administrador de Keeper’s House Inn, hostería situada junto al faro de Robinson Point en Isle au Haut.
Como una ola verde a punto de romper a trece kilómetros frente a la costa de Stonington, Isle au Haut es una de las islas exteriores más altas de Maine. En su extremo norte se levanta el monte Champlain, de más de 167 metros de altura.
La punta sur, administrada casi en su totalidad como parte del Parque Nacional Acadia, termina en escarpados riscos con profundas caletas y altos acantilados que caen en picada hacia el mar. Alguna vez la isla tuvo 300 habitantes y contaba con barbería, tres tiendas generales y dos oficinas postales. En aquellos tiempos, el faro le servía de guía a veleros y barcazas, goletas y esquifes.
Hoy en día la actividad del faro ha disminuido mucho, pues las embarcaciones modernas permiten que los pescadores trabajen mar adentro durante el día y vuelvan a tierra firme al caer la tarde. Del mismo modo, la población ha menguado y, a la fecha, menos de cincuenta personas residen en la isla durante todo el año, aunque unas 300 veranean allí.
Los visitantes de fin de semana llegan a bordo del barco correo, Miss Lizzie, con la intención de recorrer los casi treinta kilómetros de senderos que serpentean por la sección de la isla ocupada por el Parque Nacional Acadia o para pedalear en bicicleta los veinte kilómetros de caminos (aún sin pavimentar) que circundan la isla. En la actualidad, el antiguo faro le sirve de guía a embarcaciones de placer más que a barcos pesqueros, pero para muchos sigue siendo el principal atractivo de la isla.
A casi quince metros sobre el agua, se levanta el blanco Faro de Robinson Point con su negra barandilla. Se trata del último faro tradicional construido en la costa de Maine y el cual todavía reluce con más de sesenta reflectores en operación. Su luz –roja con un sector blanco– ha alcanzado a los navíos que han seguido la costa central de Maine desde 1907.
Automatizado en 1953, el faro ya no requiere de la atención de un vigía, oficial o no. El reflector, que todas las tardes se encendía fielmente media hora antes del ocaso, es activado ahora mediante un interruptor de tiempo operado con energía solar. Sin embargo, eso no ha impedido que los visitantes hagan una escala obligada del lugar.
La hostería opera ‘‘fuera de la red’’ con energía solar y un pequeño generador de viento. No tiene teléfono, televisor o conexiones para computadoras. Incluso la comida de calidad gourmet –pomelo con salsa de eneldo, langosta al ron, pasta y panecillos fineses– se prepara en estufas de gas y se sirve en un salón iluminado por el sol poniente y lámparas de aceite. Hay agua corriente, pero no encontrará luces eléctricas en su habitación.
Quizá por eso es que, al caer la noche, la ilusión del ‘‘vigía’’ nos resulta más palpable. Me encuentro sentado en el Salón del Vigía, bañado cada pocos segundos por la luz rosácea del faro, y escribo la última entrada en mi maltrecho cuaderno: Bitácora del vigía, Isle au Haut, agosto 19. Cielo: despejado con rutilantes estrellas. Vientos: serenos. Olas: de 30-60 centímetros. Sirenas: todavía ninguna, pero no pierdo la esperanza de verlas.
The Keeper’s House 1-207-460-0257. Abierto desde mediados de mayo hasta fines de octubre. Estancia mínima: tres noches. Ofrece una cabaña de una habitación para estancias semanales. Puede llegar a la isla abordando el barco correo en Stonington, de lunes a sábado; 207-367-5193.
Islesboro
Veraneantes que visten Ralph Lauren abordan el trasbordador en tierra firme. Las membresías en el club de yates son herencias familiares y las mansiones de más tres mil metros cuadrados se conocen como ‘‘cabañas’’. Incluso las cosas más simples resultan excesivamente costosas: en Dark Harbor Shop verá el letrero: ‘‘Caramelos, dos centavos la pieza’’.
Como un diamante en las aguas de la céntrica Bahía Penobscot, la isla de Islesboro tiene la reputación de ser uno de los lugares de veraneo más exclusivos de Estados Unidos. Desde principios del siglo XIX, sus brisas marinas, espléndidas condiciones para navegar a vela, y la natural intimidad de sus profundas y ocultas ensenadas han hecho de éste uno de los destinos de verano predilectos de los ricos y famosos.
Nombres como J. P. Morgan y Jacqueline Kennedy Onassis formaron alguna vez parte de la lista de invitados. En la actualidad, los clientes habituales de Dark Harbor Shop incluyen a estrellas de cine como John Travolta y Kirstie Alley. Pero este lugar es más que sólo celebridades o gente adinerada, asegura Billy Warren, quien veraneaba allí con su familia cuando era niño y ha vivido en la isla desde hace más de treinta años. ‘‘Es indiscutible que hay mucha gente rica aquí’’, afirma. ‘‘Pero vivir en una isla es como vivir en un barco: todos somos iguales. La otra mañana vi a Arthur Schlesinger, historiador que ganó el premio Pulitzer, desayunando con un lugareño que se gana la vida pescando almejas. Islesboro es un estupendo crisol.’’
Con una extensión de 22.53 kilómetros, estrechándose en el centro como si usara corsé, Islesboro se encuentra a escasos cinco kilómetros del territorio continental, entre Camden y Belfast. Gracias a su énfasis en la privacidad, cuenta con pocas instalaciones turísticas: un puñado de casas de playa para alquiler y dos pequeñas hosterías. El lugar ideal para constatar la elegancia que ha popularizado Islesboro entre la elite acaudalada es la suntuosa Dark Harbor House. En esta mansión de estilo georgiano construida en 1896, la estructura de color amarillo claro encarna el abolengo de Islesboro con su elegante recibidor, salón tradicional, salón comedor oval y un par de majestuosas escalinatas curvas que suben hacia el segundo piso y sus once habitaciones, algunas con balcón y chimenea.
Grandes ventanales abren a la terraza, donde unas blancas sillas de mimbre y las suaves notas de las campanillas de viento le invitan a disfrutar de una copa de champaña mientras admira la vista de los jardines circulares. La cena demora no menos de dos horas: ensaladas de verduras orgánicas cultivadas en la isla; mejillones al vapor con salsa de ajo, vino blanco y especias; lomo de conejo a la cazuela con pato confitado, tocino ahumado y una salsa de aceitunas verdes sobre rigatoni y, para terminar, un postre preparado en casa.
A diferencia de otras islas de Maine, Islesboro no se retira a dormir después de la cena. Asistí a una serie de conferencias dictadas por luminarias de la localidad. Galerías y tiendas invitan a curiosear, amén de los placeres más simples: un paseo junto al mar o dibujar las olas que rompen en Pendleton Point, una de las pocas playas públicas de la isla. ‘‘Allí el tiempo parece escaparse como agua entre los dedos’’, comenta Paula McNamara. Una sensación que ni siquiera el dinero puede comprar.
Dark Harbor House 207-734-6669. Habitaciones incluyen desayuno. Islesboro forma parte de la ruta programada del Servicio de Transbordadores el Estado de Maine (207-789-5611), con hasta nueve travesías diarias durante el verano.
Matinicus
Si es de mañana y está en Matinicus, sin duda Bill Hoadley tendrá algo que contar. El parlanchín y campechano propietario de Tuckanuck Lodge, el único albergue de la isla, pocas veces se queda sin palabras. El tema de esta mañana: el arte de regatear. ‘‘A la gente del continente le gusta regatear’’, dice casi antes que servirme una taza de café. ‘‘Un huésped me dijo: ‘¿Noventa dólares la noche? ¿No puede mejorar el precio?’ ‘Por supuesto que puedo mejorarlo’, respondí. ‘¿Qué le parecen 100 dólares?’ ‘’.
Independiente, peculiar, bonachón, Hoadley se parece mucho a la propia Matinicus. A treinta y cinco kilómetros frente a la costa de Rockland, ese banco de arena de 283.28 hectáreas es la isla habitada más aislada de Maine. Me refiero al Maine de antaño, donde el trasbordador llega una vez por semana, si el tiempo lo permite.
El único camino de grava cruza casi toda la isla de poco más de tres kilómetros de longitud y está moteado de carrocerías de viejos autos abandonados en el sitio donde se detuvieron, como puntos suspensivos de una oración. Cubos apilados de trampas para langostas proyectan sombras en los desgastados tablones del antiguo muelle, donde los barcos de pesca tiran impacientemente de sus líneas.
No hay tiendas de abarrotes ni restaurantes. La única tienda de regalos de la isla, Fisherman’s Wife, trabaja con base en el sistema de honor: ‘‘Pase a mirar’’, invita un anuncio en la puerta abierta. ‘‘Si encuentra algo que le interesa, deje una nota y yo me comunicaré’’.
Si el tiempo se vuelve más lento cuanto más nos alejamos de la costa, en Matinicus parece haberse detenido casi por completo. Caminé todo el día por la isla, siguiendo el mapa que Bill Hoadley entrega a cada uno de los huéspedes de Tuckanuck Lodge, a quienes prácticamente obliga a salir del albergue para ir a explorar. Seguí la suave curva de Markey Beach y el largo sendero de Cato Cove, donde un par de antiguas bicicletas convencionales descansan en sus soportes en la hierba de la playa. Llegué a un campo donde jugaban softball, un partido abierto a cualquiera y en el cual jóvenes y viejos intercambiaban guantes y turnos al bate mientras el enorme sol se hundía como una bola lenta en el mar azul.
En la oscuridad que siguió al encuentro estudié el mapa de Tuckanuck para encontrar el camino de regreso al albergue y me percaté entonces de que Hoadley había escrito algo en el margen. ‘‘Tal vez el mapa no sea muy preciso, así que no lo garantizo’’. Parado en la oscuridad de aquella isla donde el tiempo se detiene, habría jurado que lo escuché reír suavemente.
Tuckanuck Lodge 207-366-3830. Habitaciones incluyen desayuno. Puede hacer arreglos para la cena, pero los huéspedes deben llevar su propio almuerzo; Matinicus no tiene restaurantes. Alquiler de cabañas: Matinicus Island Vacations, 603-487-3819. Para servicio de trasbordador: Servicio de Trasbordadores del Estado de Maine, 207-596-2202.
Thief Island
Se asoman cautelosas desde las grisáceas y oscuras aguas a sotavento de Cow Island: son focas, de ojos negros tan grandes como pelotas de tenis. Hemos rodeado la punta de la isla en nuestros kayacs marinos y sorprendimos a una manada de focas tomando el sol en las rocas. Llevados por la marea, focas y navegantes nos observamos en silencio en la superficie. ‘‘Me pregunto cómo nos ven’’, murmura el guía Marc Bourgoin. En breve, la rápida corriente nos aleja lo suficiente para no ahuyentarlas con nuestros remos y continuamos la travesía.
Muscongus Bay es uno de los mejores sitios de Maine para practicar el kayac marino. Al sur de Penobscot Bay, esta ensenada de casi veinte kilómetros de ancho en la costa central, alberga su propia constelación insular: Cranberry, Louds, Friendship, Long, Burnt, Hog y Thief Island, donde montaremos el campamento para este viaje guiado de cuatro días en kayac. ‘‘Es la mejor manera de apreciar las islas de Maine’’, afirma Bourgoin mientras nos abrimos camino entre las islas menores. ‘‘Una a la vez’’.
Serpenteamos junto a las islas Jims e Indian y pasamos Killick Stone hasta Thief. Como muchas otras islas de Muscongus Bay, Thief es una ‘‘Isla MITA’’, uno de 123 islotes que se extienden frente a los 564 kilómetros de la costa de Maine y que están bajo la administración de la organización Maine Island Trail Association. A pocos minutos de nuestra llegada, hemos formado una fila en la playa para descargar las embarcaciones. Aunque parecen pequeños, los kayacs marinos pueden transportar una asombrosa cantidad de equipo. Descargamos grandes tiendas de campaña, sacos para dormir, estufas de campamento, hieleras con alimentos frescos e incluso un retrete portátil para asegurarnos de sólo dejar las huellas de nuestros pies cuando abandonemos la pequeña isla. Cuando el sol finalmente empieza a ruborizar el horizonte, el campamento está montado y la cena casi lista. Esta noche cenaremos bajo las estrellas.
‘‘¡Epa!’’, Bourgoin levanta el remo sobre su cabeza y lanza un portentoso grito. ‘‘Esto sí que es navegar en kayac’’. Ha llegado la mañana y en algún momento, durante la noche, se levantaron los vientos: quince nudos desde el noroeste. ‘‘Los caballos blancos van al galope’’, comenta Bourgoin acerca de las olas cabrillas que espuman el agua. ‘‘Tal vez algunos se pondrán nerviosos, así que si prefieren quedarse en el campamento o recorrer la isla, no hay problema. Sin embargo’’, agrega, ‘‘un día como éste es justo lo que ansían los aventureros: salirse un poco de su nivel de comodidad’’. Al final, algunos deciden quedarse en la isla, pero los demás nos ponemos los chalecos salvavidas, abordamos los kayacs y zarpamos. El agua, de azul metálico, parece dura y encrespada. Bourgoin y su asistente nos ayudan a permanecer juntos, alentándonos a seguir adelante en el cruce hasta una isla que tiene el ominoso nombre de Wreck Island (literal Isla Naufragio). Nos reagrupamos a sotavento.
Una corriente aún más revuelta nos recibe cuando tratamos de cruzar de Wreck Island hacia South Gap. Descansamos un poco en Harbor Island, propiedad privada, y caminamos por silenciosos senderos que cruzan el bosque donde los hijos del dueño han construido ‘‘casas de gnomos’’ con palos y musgo. Cuando finalmente regresamos a los kayacs –después de calentarnos al sol cual focas en las piedras–, el viento ha amainado y es más fácil remar. Nos dispersamos sobre las serenas aguas, a solas con nuestros pensamientos, y bogamos frente a Black Island, Jones Garden y numerosas rocas sin nombre salpimentadas de cormoranes y gaviotas. En un día como éste, es fácil navegar en kayac hasta cada una de las islas de Maine para admirarlas ‘‘una a la vez’’, como dijo ayer Bourgoin. Tardaríamos una eternidad, pero sería una eternidad muy bien aprovechada.
Mientras reflexiono en ello, una foca asoma la cabeza en el agua a pocos metros de mi embarcación. Mira en derredor una vez, con absoluta seriedad y luego vuelve a desaparecer bajo la superficie. Observo los círculos de ondas que se extienden lentamente desde el punto donde se sumergió hacia otras islas, islas que aún no he descubierto.
Recorridos en kayac por Muscongus Bay: Compass Rose Expeditions 207-549-3270; www.compassroseexpeditions.com. Para más información sobre Maine Island Trail Association ( MITA), 207-761-8225.
(El libro más reciente de nuestro colaborador Jeff Rennicke Jewels on the Water, es un homenaje a las Islas Apóstol de Wisconsin. El fotógrafo David McLain vive en Portland, Maine. Él y su familia a menudo van de vacaciones a las islas Down East).
<span class=””negro””></span>




