Rajastán
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Fotografía de Palani Mohan Foto: National Geographic
Tierra de los marajás
El estado hindú de Rajastán ofrece un panorama de alegres festivales, santuarios pletóricos de vida salvaje y ciudades repletas de legendarios fuertes y palacios.
Parque Nacional Keoladeo Ghana
Se dice que India es un país ‘‘pobre’’, pero en el asiento trasero del bicitaxi que nos conduce por lugares recónditos, donde cada rama parece sostener un nido, Dharmendra Sharma niega esa afirmación.
Mi guía enumera las riquezas identificadas dentro de los escasos 18 kilómetros cuadrados de este tesoro natural: cerca de 400 especies de aves como el búho sombrío o de Coromandel (Bubo coromandus) y la cigüeña de cuello negro (Ephippiorhynchus asiaticus) que ya hemos avistado; 52 variedades de mariposas; 13 especies de serpientes (cobras incluidas); amén de diversos mamíferos como el nilgo (Boselaphus tragocamelus), el antílope más grande de Asia, y el amenazado gato selvático (Felis chaus).
Aunque parezca sorprendente, me encuentro a sólo cuatro horas de la enajenada construcción que se ha apoderado de Delhi, con una escala en el Parque Nacional Keoladeo Ghana de camino hacia Agra , donde iniciaré un circuito por el suroeste para deleitarme con las tonalidades rosa y plata de Jaipur y Udaipur, y luego recorrer en camello la ciudadela desértica de Jaisalmer.
Accesible aunque inexplorada, la región de Rajastán se extiende en el corazón mismo de la imagen que evoca India: una explosión de color, artesanía y tradición cortesana que desafía el escabroso entorno.
Impecable con sus tenis blancos y playera de polo, a pesar de los dientes teñidos de betel, Sharma tiene tres títulos de postgrado, así como 28 años de experiencia siguiendo los pasos de su padre en el servicio forestal. Dice que se emociona mucho en el invierno, cuando estos pantanos atraen parvadas migratorias de Asia Central y Siberia, como ha ocurrido desde tiempo inmemorial.
‘‘Pueden percibir la vibra incluso cuando pasan volando a ocho kilómetros de altura,”, explica Sharma al tratar de utilizar el lenguaje coloquial que ha aprendido de los 100 mil turistas y observadores de aves que visitan cada año este acuoso reino.
No hay motores que ahuyenten a los nerviosos pájaros, pues al parque sólo pueden ingresar bicicletas, bicitaxis y tongas: carretas tiradas por caballos. El ecoturismo estricto es particularmente adecuado en este lugar de gran interés para quienes aspiran a una transformación espiritual, perfecto símbolo de una nación fundada sobre el principio de no violencia de Mahatma Gandhi.
No hace mucho, este pantano artificial fue el coto de caza predilecto del maharajá de Bharatpur, escenario de cacerías de patos en las que personajes como los Lores Curzon y Kitchener abatían hasta 4 000 presas. El maharajá y sus invitados todavía tiraban al azar en 1972, pero diez años después se creó el parque nacional y, en 1985, fue declarado Patrimonio de la Humanidad.
Sin embargo, no es fácil evitar problemas con los humanos, como sucede con la desviación de las fuentes de agua. ‘‘La gente no es nuestra prioridad, sino crear el mejor hogar para las aves’’, señala Arun Prasad, director del parque. ‘‘Pero no podemos obligar a las aves a quedarse, sabe’’.
Igual que las aves, anido en otra antigua propiedad del maharajá: un hotel cercano erizado de espirales y cúpulas. Me conducen a la habitación más grande que haya visto en mi vida, con divanes de terciopelo, secreter y fuente octagonal de mármol. Tengo poco tiempo para descansar en la cama de dosel, otro indicio de la opulencia que impera en el recinto. La mejor hora para admirar maravillas aladas es las seis de la mañana, cuando Keoladeo abre sus puertas; y algo me dice que Sharma llegará puntualmente, ansioso de mostrarme más.
Luces, cámara… Rajastán. A simple vista, Jaipur, capital de Rajastán, parece singularmente bulliciosa. En cada tejado hay filas de mujeres acuclilladas, vestidas de rojo y adornadas con cuentas de espejo, y orgullosos varones cuyos bigotes realmente se curvan en las puntas. Mas no se trata de extras de Bollywood para la escena de una histórica batalla. Sucede que he llegado oportunamente para la Teej: procesión previa al monzón dedicada a la diosa Parvati.
Para la ocasión, las mujeres se arreglan más de lo habitual y hacen alarde de un estilo que muchas extranjeras tratan de imitar, con rojos diseños de alheña pintados en palmas y antebrazos. Los turistas comparten una terraza para admirar el desfile de danzantes que mecen caballos de juguete sujetos a sus caderas, seguidos de cerca por enjoyados camellos y bandas de metales maravillosamente disonantes.
La ciudad de Jaipur, diseñada en 1727 por el marajá Jai Singh II –un iluminado ‘‘guerrero-astrónomo’’ (intenta poner algo así en tu currículo)–, conserva los rectos bulevares y las ordenadas arcadas del trazo original a pesar de su sobrepoblación actual.
En 1876 sus descendientes, en homenaje a la visita de Eduardo, príncipe de Gales, decidieron volver ‘‘rosada’’ la ciudad. Por suerte, la tonalidad real nada tiene que ver con mosaicos para baño o canastillas de bebé. El más decorado es el ‘‘Palacio de los Vientos’’, cuya ornamentada fachada contiene centenares de ventanas por las que asomaban las damas de la realeza.
Otros monumentos del pasado incluyen Jantar Mantar (primero de varios complejos surrealistas para hacer mapas celestes) y el Palacio de la Ciudad (donde exhiben algunas fotografías antiguas de un tal príncipe Rajput). La presencia, igualmente singular, de los gemólogos de callejón que comercian con joyas envueltas en tela, es testimonio de la larga tradición de la ciudad como capital asiática del corte de gemas.
Mi curiosidad aumenta cuando un guía del impresionante Fuerte Ámbar de Jaipur hace mención de un extraño cálculo matemático. Mientras indica unas agujas de piedra que parecen retorcerse en el árido cañón que se abre a nuestros pies, murmura: ‘‘El antiguo pueblo de Ámbar, ¡900 personas y 300 templos!’’
Después del recorrido de diez minutos a lomos de elefante para subir al fuerte, decido escapar cuesta abajo. Docenas de niños en pantalones cortos regresan de la escuela cruzando el asentamiento de Ámbar, donde antiguamente el agua no sólo llegaba a las rodillas, sino hasta el cuello. Altares de Ganesh alternan con anuncios de Coca-Cola y ruinosos palacios, mientras las amas de casa chismean junto a sabios que meditan a la sombra del frondoso baniano del pueblo. Es así como, lejos de la multitud, descubro mi festival particular, otra memorable adición a mi India personal.
Udaipur
Al caer la noche, toda Udaipur se dirige al agua. Desde los voluminosos palacios en los riscos o las ondulantes ventanas de los elaborados hogares de mercaderes; junto a un antiguo puente, un templo abandonado o un chirriante dique: todos gozan de la comunión cívica en esta ciudad del centro-sur de Rajastán, alrededor de los lagos creados por los maharajaes.
Fuertes, batallas, geopolítica. Todo eso es ajeno a este lugar, creado con el único fin de dar placer. En el crucero vespertino por Pichola, el más evocador de los lagos de Udaipur, la primera escala es Jag Mandil, refugio de mármol que refrescan las aguas. Los lugareños afirman que el sha Jahan concibió la idea del Tah Mahal cuando estuvo allí como invitado, ya que hay que visualizar Jaipur como un paraíso en un pequeño lugar. Si no es posible tener al cielo en gran escala, al menos se puede reproducir en miniatura.
De allí a que el principal activo de la artística entidad sea la pintura en miniatura. No importa que algunos artesanos sean cachemires exiliados ni que la mayoría de los estudiantes de las ‘‘escuelas de arte’’ se hayan graduado de maestría en alguna escuela de la exageración: ‘‘Dígame, bondadoso caballero, ¿cuál es el nombre del país que sufre sin usted? Por favor, caballero, ¡visite mi tienda! ¡No hay que pagar por mirar! ¡El rostro de Bill Clinton en una lenteja!’’.
Por alguna razón, no me siento tentado –aunque tampoco me causa repulsión– a recorrer la vieja población empinada, donde castas de alfareros compiten en sus pregones. Seguimos hacia la circundante cordillera Aravalli y el ambiente se torna más exuberante. Fateh Sagar, otro lago muy popular, le pertenece a la gente: calles de comida y globos infantiles rodean su elegante presa arqueada. Incluso hoy, el Jardín de las Damas de Honor, que data del siglo XVIII, evoca a las consortes jugueteando ante los príncipes.
De todos los aspirantes al título de ‘‘La Venecia del Oriente’’, Udaipur es la más meritoria, aunque carezca de canales. Los islotes de piedra que emergen de espejismos, las ventanas redondeadas que buscan una vista, incluso las partes enmohecidas, hablan de una necesidad comunal de ilusiones que sólo puede crear el agua.
El recorrido termina en el muy fotografiado y cotizado Hotel Lake Palace, fantasía en blanco engastada en el centro de Pichola, que antaño sirviera de retiro veraniego real y alquilado al grupo Taj Hotel desde los años setenta. Una estancia allí me sumerge en un mundo de piedra con suites de mármol perfectamente preservadas (aunque hayan agregado televisores de plasma para proyectar Octopussy, una vieja película de James Bond rodada allí).
No obstante, con todos sus costosos mimos, la especial discreción y las bañeras dobles victorianas que se ofrecen a las parejas hospedadas allí para disfrutar de su luna de miel o aniversario, las mejores cosas de Lake Palace son gratuitas. Una es reposar en cojines dispersos en torno de elaboradas ventanas que dominan las serenas aguas. Otra, navegar en el crepúsculo en la embarcación privada del hotel hacia una rutilante y etérea mansión, a sabiendas de que, por una noche, uno es parte de la miniatura.
Jaisalmer
En alguna parte del desierto de Thar, junto a la costa noroeste de Rajastán, hay un camello reservado para mí.
‘‘Para llegar a Jaisalmer’’, dice un antiguo adagio, ‘‘hacen falta un caballo de madera, un corazón de piedra y ropajes de hierro’’. Hoy, lo único que se necesita para cruzar la ‘‘región de la muerte’’ al oeste de Rajastán, es un jeep de alquiler. Varias horas después, según la cantidad de escalas para tomar el té, los torreones de una solitaria fortaleza parecen brotar de la arena.
Mi visita coincide con el Día de la Fundación, que celebra los 851 años de existencia de Jaisalmer: apenas una gota en el mar de la historia hindú. Un descendiente del último maharawal ha ido al palacio para recitar cánticos e inaugurar un recorrido de audio por las habitaciones consteladas de palanquines.
Como único fuerte de Rajastán que circunda un asentamiento, todas las casas grandes de Jaisalmer se han transformado en casas de huéspedes; cada choza con vista del desierto es un restaurante; y las calles medievales que se extienden frente a los elaborados templos Jain están flanqueadas de textiles de intenso colorido.
Las exigencias hechas a los antiguos sistemas de desagüe han provocado el colapso de varias torres del castillo y la creación de un comité de administración británica, Jaisalmer in Jeopardy. Sin embargo, la población fuera de las murallas es menos populosa e igualmente escénica con sus edificios de arenisca. De magnífica ornamentación, Patwon ki Haveli, construida por una familia de mercaderes que se enriqueció en la antigua ruta de la seda, se yergue en una fila de siniestras mansiones donde los murciélagos duermen en vetustos salones para banquetes.
El desierto llama desde todos los rincones: en rutas ‘‘turísticas, semi-turísticas o no turísticas’’, como informa una de las agencias del lugar. Los encuentros suelen ser etnográficos: señoras que cargan vasijas, ataviadas en extravagantes colores y deseosas de mostrar sus casas de adobe y sus creaciones artesanales. Si usted prefiere opciones arqueológicas, hallará decrépitos cenotafios reales (mausoleos cubiertos con domos) a unos seis kilómetros del pueblo, muchos de ellos con estatuillas de palo que representan a las innumerables esposas que se lanzaron a la pira funeraria. O bien las ruinas de pueblos enteros que aguardan a ser descubiertos tierra adentro.
Todos los caminos, si así puede llamárseles, conducen a las suntuosas crestas de las dunas de Khuri o Sam. La primera tiene un gran arenero para jugar, pero la aldea ha sido arruinada con cajones de concreto. La segunda es perfecta para contemplar el atardecer al ritmo de los tambores gitanos.
En Sam me llega el turno de personificar a Lawrence de Arabia y me siento en la silla de llamativo decorado que va a lomos de una refunfuñona ‘‘máquina’’ del desierto, la cual es sorprendentemente grande. Después de un suave trote controlado por la cuerda del cuidador, me atrevo a contratar un paseo más largo en camello. Caminar a zancadas sobre inmóviles ondas de arena, con la vista entorpecida sólo por un cuello largo y adornado con cuentas, es una forma muy placentera de ir a ninguna parte.
En vista de que soy el único jinete que pasará la noche en una tienda de campaña bien equipada, empieza a preocuparme un poco la seguridad y pregunto a mi guía: ‘‘¿Quién más se queda aquí?’’. Con la idea errónea de que utilicé un tiempo pasado, el hombre responde: ‘‘Sting, Paul McCartney, el príncipe Carlos’’.
Supongo que el camello no llevaba mi nombre.
(Residente de Bangkok, John Krich es autor de Why Is This Country Dancing? A One-Man Samba to the Beat of Brazil (¿Por qué baila este país: samba de un hombre al ritmo de Brasil). Los libros de Palani Mohan, nacido en Madrás, incluyen: Hidden Faces of India (Los rostros ocultos de la India), colección de nueve ensayos fotográficos).




