Irlanda
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Fotografía de Justin Guariglia Foto: National Geographic
El largo camino a casa
“¡Jesús! Mira quién es. Adelante, adelante”. Denis O’Callaghan me tiende su áspera mano. “Bienvenido otra vez”.
El corpulento hombre que atiende la barra, de casi setenta años y pelo siempre revuelto, parece más el granjero que fuera hace veinte años que el propietario del hotel en que se convirtió cuando se hizo cargo del negocio familiar. En 1938, los padres de O’Callaghan compraron a Lord O’Brien, lo que hoy se conoce como Ballinalacken Castle Country House, en el corazón de County Clare, Irlanda, y desde entonces han operado las instalaciones como un hotel familiar.
O’Callaghan siempre me recibe con una mirada que parece decir: “Sé dónde estuviste y qué hacías”. Nunca me queda claro si cuento con su aprobación.
He vuelto, mas no a la Dublín que se ha transformado en una de las principales ciudades de Europa, sino a mi Irlanda: a la de las diminutas aldeas y hermosos paisajes de County Clare. He venido en busca del lugar donde hace años me sentí tan misteriosamente en casa conmigo mismo (quizá por primera vez en mi vida).
A menudo ignorado, incluso por los propios irlandeses, County Clare se encuentra en el legendario oeste de Irlanda entre famosos vecinos: Galway al norte y Kerry en el sur. County Clare tiene una situación única en Irlanda, limitado al este por ondulantes colinas y Lough Derg; al oeste por los escarpados acantilado que se precipitan al Atlántico; al sur por el río Shannon; y al norte, por las pedregosas espesuras del Burren.
“No hay suficiente agua para ahogar a un hombre, ni bastantes árboles para colgarlo, ni tierra que sobre para enterrarlo”, escribió el teniente general Edmund Ludlow al describir Burren en 1651. El “lugar de piedra”, como indica su nombre en antiguo irlandés, es realmente una región inhóspita que parece yerma.
Los casi 161 kilómetros cuadrados de desnudos eriales de caliza, expuestos tras la última glaciación, han estado habitados durante más de cinco mil años y hoy son hogar de cerca de 100 especies de aves, 28 variedades de mariposas y una extraña combinación de plantas alpinas, árticas y mediterráneas que, en primavera, estallan en una floración de colores violetas y amarillos que se extienden por los agrestes confines del Burren.
Me encuentro a mitad de camino por la ladera occidental de Black Head Mountain, en el corazón del Burren, acompañado de un granjero local llamado Shane Connolly a quien, con base en nuestras conversaciones, he llegado a considerar un geólogo, botánico, historiador y folclorista autodidacta.
“Esa de allá, mordisco del diablo, cura la plaga, la fiebre y las mordeduras de serpientes”, informa el alto y esbelto Connolly, al indicar con su bastón lo que para mí no es más que un yerbajo. “Esa es la pimpinela escarlata. Cura la locura. Y esa amarilla es la hierba cuajadera. Si la pone entre las sábanas la noche de bodas, usted y su pareja se llevarán muy bien”.
El Burren también alberga por lo menos 22 variedades de orquídeas. “Son afrodisíacas”, asegura Connolly. “¿De veras funcionan?”, pregunto. “No sé”, responde. “Los hombres de Clare no las necesitamos”.
Uno de los muy diversos tipos de lluvia irlandesa comienza a caer y el viento aumenta su fuerza conforme más avanzamos en la montaña.
Connolly, criador de vacas y borregos, nació, creció y trabaja la misma tierra que su padre en Corkscrew Hill, cerca de Ballyvaughan, pequeña aldea costera en el límite norte de County Clare.
“Antes conocíamos a todos en el pueblo –dice–. Hoy sólo conozco a la mitad. La gente de Dublín con sus casas de campo…”, deja al aire el comentario. “Pero ya no podemos quejarnos de esta sociedad”. Levanta la mirada hacia el cielo. “¿Sabe? Un techo no vendría mal”.
Nos refugiamos temporalmente a sotavento de una antigua pared circular de piedra. “El viento sopla como loco aquí arriba”, grita. “¿En dónde estamos?”, pregunto. “Este era un antiguo fuerte circular”, vocifera en el vendaval. “Se dice que lo construyeron entre 400 y 1200 d. C. Hay cientos de ellos regados por todo Burren. Ahora las hadas viven aquí. No toque nada, a menos que quiera una maldición para su familia”. Dirige la mirada hacia la piedra con la que estoy jugueteando. “¿Crees en las hadas, Shane?” pregunto con incredulidad. No digo que sean hombrecitos con barbas y trajes verdes”, protesta. “Pero, ¿quién soy yo para decir si existen o no?. ¡¿Las has visto?!’’, exclamo mientras observo la piedra, pensando que tal vez ese granjero aparentemente pragmático me juega una broma. “No, pero la gente cree cualquier cosa. Cielo e infierno. Mundos paralelos y demás. ¿Quién soy yo para contradecirlos?”.
Una pregunta sin respuesta. El viento ulula. “Conozco a dos amigos que las han visto”, agrega como una confidencia. Suelto la piedra.
En Ballinalacken le pregunto a Marian O’Callaghan, hija de Denis, qué opina del asunto. Mujer delgada y también pragmática, con un destello provocador en la mirada, siempre tiene algo que opinar sobre cualquier cosa. ‘”Ah, sí, son puras tonterías”, responde. “¿Así que puedo llevarme una piedra de recuerdo?”. “¡Ni se le ocurra!”, exclama. “¿Está loco?”.
Desde mi habitación en Ballinalacken tengo una amplia vista del mar hasta las Islas Aran. Mejor dicho, habría tenido una estupenda vista si el clima irlandés, haciendo honor a su fama, no oscureciera el mar de tal manera que sólo puedo dar por hecho que está allí. Empiezo a acostumbrarme a la ropa húmeda cada mañana y al incesante golpeteo de los limpiaparabrisas cuando, de pronto, el clima cambia y aparece el sol como si las nubes jamás hubieran existido y nunca volvieran a formarse.
Me apresuro a llegar al transbordador en la cercana Doolin con la intención de visitar Inisheer, la más pequeña y próxima de las tres Islas Aran. Al llegar al muelle me recibe Mary Fitzgerald quien, con la característica franqueza local, informa que el servicio se ha interrumpido por el resto de la temporada, tres semanas antes de lo programado. “Estamos recibiendo los restos de sus huracanes, muchas gracias. Ya sacamos los barcos del agua”.
La única alternativa es el transbordador de Rossaveel, el cual opera todo el año y se encuentra pasando Galway en el camino a Clifden, a más de dos horas de viaje. Pero como tengo fiebre isleña emprendo el camino hacia el norte.
Las islas Aran se encuentran frente a la costa occidental, en la bahía de Galway. Formadas de la misma caliza estéril del Burren, parecen flotar fuera del tiempo. La población habla gaélico, se encuentra aislada: es verdaderamente insular.
No hay servicio de transbordador a Inisheer sino hasta el día siguiente, así que abordo el primer barco que sale del puerto para ir a Inishmore, la más grande y poblada de las tres. Al llegar, encuentro que la isla está de luto. Unos días antes, cuatro pescadores de la localidad murieron en un accidente náutico frente a la costa y uno de los cuerpos sigue desaparecido. La tragedia es el único tema de conversación y nadie es ajeno a la tristeza. Durante los dos días de estancia en Aran, como los lugareños llaman a su isla, descubro que todos están emparentados o conocían por lo menos a uno de los difuntos.
“Eran amigos y colegas”, explica Rory Conneely, camaronero durante los meses de invierno, acerca de dos de las cuatro víctimas. “2Fue un terrible golpe para la isla”. Creig’s, una de las seis tabernas del lugar, ha cerrado en señal de duelo por la pérdida de un miembro de la familia. “Ha sido una semana difícil”, afirma Treasa Joyce, mi mesonera en Kilmurvey House, edificio de 150 años de antigüedad donde alguna vez se hospedara Leon Uris mientras escribía Trinity. Joyce, aficionada al teatro y de naturaleza fatalista, habla con la celeridad de un colibrí en un suave y agradable acento. “En fin, así es la vida en la isla”.
Kilmurvey House ocupa el lugar más envidiable, o maldito, de Inishmore: depende del punto de vista. Se levanta al pie de Dun Aengus, gran fuerte semicircular que data de la Edad de Bronce, según indican unos estudios recientes.
Todos los visitantes de Inishmore invariablemente llegan a ese sitio. Algunos lo hacen en bicicletas de alquiler y otros en alguna de las incontables camionetas que aguardan para recibir a los viajeros del transbordador y llevarlos en un rápido recorrido de tres horas por la isla antes de regresar al barco para la hora de la cena. La magia de Dun Aengus, y de la isla en general, se pone de manifiesto sólo después que disminuye la afluencia de turistas, cuando vuelven a reinar el silencio y el viento. Dun Aengus se yergue en lo alto de un escarpado acantilado que cae en picado casi 92 metros hacia el mar. Es un lugar único, lúgubre y solitario. Al atardecer encuentro un redondeado peñasco y me siento a descansar. Con la única compañía del viento, las rocas y el mar, el ocaso es una experiencia obsesionante.
Aun cuando la isla se encuentra muy apartada de todo, las cosas empiezan a cambiar. El restaurante Pier House, uno de un puñado de establecimientos semejantes en la isla, ahora sirve codorniz asada con foie gras y coulis de mango. La televisión llegó a Creig’s hace algunos años. “Antes había estupendas charlas”, comenta Joyce durante el desayuno. “Pero la televisión acabó por destruir el arte de la conversación”. La población también ha disminuido, de mil habitantes a cerca de ochocientos en apenas diez años, ya que los jóvenes siguen abandonando la isla. Algunos, como Conneely, regresan a formar una familia, pero otros jamás vuelven.
Tras cuarenta minutos en el transbordador me encuentro de nuevo en el camino de regreso a County Clare, que se extiende hacia el sur rodeando la Bahía de Galway, hogar de la ostra del Galway. Su sabor dulzón la ha hecho tan famosa, que la gente de Dublín suele viajar hasta allá sólo para comprar una docena.
Confundo un aviso de salida y doy vuelta a la derecha hacia un serpenteante sendero de una sola vía. Como no encuentro la manera de dar vuelta, decido continuar por aquel camino que me parece interminable. A la larga, a mi izquierda aparece una presa, el camino se ensancha y llego, como predestinado, a la puerta de Moran’s Oyster Cottage. Me abro paso entre la multitud que, año con año, asiste al Festival de la Ostra y abarrota las largas mesas puestas en el exterior. Entro en el establecimiento para dar un vistazo y ocupo el último banco libre frente a la barra. Ordeno media docena de ostras a la parrilla y entonces veo un poema manuscrito sujeto con tachuelas en lo alto de la pared que tengo enfrente.
Vivas y violadas
Yacen en su lecho de hielo:
Bivalvas: el bulbo hendido
Y seductor suspiro del océano
Millones de ellas desgarradas, descascaradas y desparramadas.
El poema se titula “Ostras”, y el nombre garabateado al calce dice Seamus Heaney. Pregunto al tabernero si realmente fue escrito por el famoso poeta irlandés ganador del Nóbel. “El mismito”, responde. “¿Es su letra?”, insisto. “¿Por qué no va a preguntarle?”, sugiere. “Está sentado allá, junto a la chimenea”. De pronto, me asalta la timidez, termino de comer mis ostras y me marcho. Casi dos kilómetros más adelante, doy vuelta al auto decidido a que el hombre al menos sepa que tiene un admirador en Estados Unidos. Entro nuevamente en el local. El asiento junto a la chimenea está vacío y han retirado el servicio.
Son las 4:30 de la tarde del lunes y la pista de baile del Hotel Rathbaun en la ciudad-spa de Lisdoonvarna hierve con la música del hombre orquesta Peter Burke. Docenas de cincuentones y sesentones bailan durante el Festival de Emparejamiento, acontecimiento anual de un mes de duración.
Según diversos cálculos, cada septiembre la población de la apacible aldea aumenta de 882 habitantes a casi 20 mil, y lo que comenzara hace más de un siglo como un medio para que los granjeros locales conocieran esposas potenciales después de la cosecha, se ha vuelto un negocio redondo. Hablo con unas 12 parejas que se conocieron allí y posteriormente contrajeron matrimonio, pero ese grupo suele retirarse a dormir hacia las 9 de la noche y las festividades quedan en manos de un grupo demográfico muy distinto al avanzar la noche.
“Se ha convertido en un festival de bebida”, informa Declan O’Callaghan y esa noche de sábado, la calle principal parece más una ruidosa Times Square que un civilizado ritual de cortejo. No obstante, se establecen muchas conexiones: Willie Daly, comerciante de caballos y uno de los dos casamenteros tradicionales de la población, asegura ser respindabe de haber formado por lo menos dos mil parejas.
De pelo plateado y elegante barba, Daly recorre el festival con paso majestuoso y lleva en la mano su gastada, rasgada y reparada Biblia del Casamentero. “Perteneció a mi abuelo, luego a mi padre y yo la heredaré a mi hijo Henry. También tiene el don”. Daly me confía que “la labor del casamentero se facilita bastante con Guinness y whisky. Es duro tratar de hacerlo a las cinco de la tarde, pero para medianoche es facilísimo”.
Salgo del bullicio de Lisdoonvarna y me dirijo al oeste. Cualquiera que conduzca de noche por los oscuros caminos de County Clare, bordeados de setos, pensará que es la única persona en el condado, pero al abrir la puerta de casi cualquier taberna se verá envuelto en una explosión de vida.
La música es el principal atractivo. County Clare es, desde hace mucho, el epicentro del escenario de la música irlandesa tradicional y se le dedica una reverencia que no tiene igual en todo el país. Pero en ninguna parte de Clare se toma más en serio la música tradicional que en Doolin, minúscula aldea de una sola calle que conduce hacia el mar.
“Los chicos que vienen las noches de domingo están en Quin, compitiendo en la final de ‘Seisiun na hEireann’, un festival de música irlandesa tradicional, pero este grupo también es grandioso”, asegura Jennie Browne, detrás de la barra de Gus O’Connor’s Pub, justo cuando el quinteto que está a mis espaldas empieza a tocar. Hay tres tabernas en Doolin y cada una ofrece música en vivo casi todas las noches del año.
“Los jóvenes de ahora están tocando esta música y lo hacen con mucho gusto”, comenta Manus McGuire de la banda Brock McGuire. “Hace 20 años, nadie se atrevía a caminar a casa con un estuche de violín bajo el brazo, pero eso está cambiando. Riverdance llevó esta música a un público completamente nuevo”.
En todo viaje memorable llega un cierto momento, que sólo se reconoce en retrospectiva, cuando nos damos cuenta de que el viaje que estamos realizando es distinto del que habíamos planeado y, entonces, realmente empezamos a viajar en vez de simplemente hacer turismo.
Volví a tomar una salida equivocada cuando trataba de llegar a Kilkee, famoso centro turístico. Como muchas playas de veraneo fuera de temporada, la ciudad y su paseo parecían sucios y abandonados. Me resultó difícil visualizar Kilkee como el próspero destino turístico que describen los libros de viaje.
Al llegar al estacionamiento del golfito local, abro la puerta del auto. Aparece entonces un perro labrador que me conduce a ladridos hacia lo que parece una vereda. Cerca del mar, la niebla es mucho más densa. Parece como si la lluvia flotara y se moviera en todas direcciones al mismo tiempo. Echo a andar cuesta arriba, alejándome de la ciudad a través de la bruma. No puedo ver a más de tres metros de distancia, pero por el sonido de las olas me doy cuenta de que el mar está muy cerca: a mis pies y a la derecha.
Los acantilados de Kilkee, que conducen hacia el solitario faro en la punta de la península de Loop Head, a unos 25 kilómetros de distancia, son el punto más meridional de County Clare. Se dice que son casi tan empinados, y sin duda más agrestes y apartados, que los Acantilados de Moher, sus famosos primos del norte. En efecto, no hay ni un alma. Mientras continúo subiendo con el perro, la niebla se disipa por momentos dejándome entrever los escarpados precipicios y el embravecido mar gris al fondo.
Como muchas veces en mi vida, el momento que buscaba, el momento en que encuentro mi ritmo, mi paz mental, mi sentimiento de pertenencia, surge sencillamente tras poner un pie frente al otro, sin más propósito que ése. El cabello se adhiere a mi rostro, mi alma remonta el vuelo. Mi amigo canino corre hacia la bruma y reaparece, minutos después, desde otra dirección. Camino así varios kilómetros, con el velo de niebla que se abre y cierra, liberándome y envolviéndome una y otra vez.
“¿Disfrutó de nuestro hermoso día?”, pregunta el propietario del restaurante Fennell’s Seafood, en la apartada aldea de Carrigaholt. Empapado y feliz, respondo que sí. “Pues me alegro y bienvenido”.
El propietario me presenta a Michael O’Connell, caballero de cabello canoso y ojos azules. Mientras disfrutamos de un potaje de mariscos y cordero, la conversación deriva de la quema de turba al arte de “cortar pasto” y cómo los pantanos “podrían agotarse en los próximos 12 a 15 años”, para luego continuar con los clanes O’Connell y McCarthy. Es una charla intrascendente, memorable sólo por las circunstancias y por el fino arte de la conversación que caracteriza al tipo de hombre que aún es posible encontrar en algunas partes de la Irlanda rural.
Más tarde, O’Connell me acompaña al auto en silencio. Nos envuelve la niebla. Hace una pausa y vuelve el rostro hacia el viento nocturno. “Ah, la noche es agradable y espléndida”, comenta. Se vuelve a mirarme por última vez y alarga su mano. “Que llegue bien a casa”, dice.
Él no lo sabe, pero ya estoy en casa.
(Andrew McCarthy es actor, director y escritor. El fotógrafo Justin Guariglia vive en Nueva York y Taipei).





Hola
Quisiera preguntar por que no hacen un reportaje o documental sobre las orquideas en español?
Entiendo que se venderia muy bien, ya que hay muchos latinos interesados en estas plantas y en revista casi no aparece nada en este tema que sea de lenguage español
gracias
Marilyn
quisiera preguntarle como son las caracteristicas de un borrego doper de 40 kg. que fue mordido por alguna serpiente venenosa. como se comporta y que tiempo tarda en morir o no muere