Austin

Escrito por: Carl Hoffman el 25 de Abril de 2007 | 7:45 pm
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Fotografía de Will Van Overbeek Foto: National Geographic

La mejor ciudad pequeña de Estados Unidos

Es jueves por la noche en Jovita’s, restaurante tex-mex y club de música en vivo de Austin, Texas, y acabo de hacer un maravilloso descubrimiento: Estados Unidos sigue sano y salvo.
Un estuche de violín yace abierto en el bar. La camarera que me atiende está cubierta de llamativos tatuajes y su negro cabello corto me hace pensar en Cleopatra. Pero mi mirada está fija en una mujer que lleva puestos unos pantalones blancos con estampado de flamencos y una blusa adornada con un collar de piedras negras. Tiene largo cabello canoso y baila despreocupadamente. Debe tener casi ochenta años.

‘‘Un boggie texano es lo mejor para atrapar a los becerros descarriados’’, anuncia Cornell Hurd desde el escenario, vestido con jeans negros, camisa vaquera y enorme sombrero Resistol. La banda de diez integrantes incluye una guitarra eléctrica y un saxofón tenor que interpreta Del Puschert quien, en sus buenos tiempos, acompañara al propio Elvis en varias ocasiones.

‘‘¡Levántense a bailar bien apretaditos con ésta!’’, grita Hurd cuando la banda cambia de ritmo y empieza a tocar ‘‘I want to play with your poodle’’ (Quiero jugar con tu perrito).

Lo más notable de Jovita’s es que pasa completamente inadvertido en Austin. Norte, sur, este y oeste, en cualquier momento de cualquier noche hay música y gente bailando. Austin es conocida como la meca estadounidense de la música en vivo, pero después de empaparme de su vida nocturna y descubrir otros atributos de esta singular ciudad capital, me atrevería a afirmar que Austin es la mejor ciudad pequeña de Estados Unidos.

Por supuesto, no es del todo pequeña. Con una población de 657 mil habitantes, es más grande que Washington y Boston, pero conserva el aire de ‘‘pueblo’’. Jovita’s es un negocio de vecindario en un extenso paisaje de vecindarios que, de alguna manera, se fusiona en una comunidad grande e íntima.

Austin también es sede de la legislatura del estado y hogar de cerca de 48 mil estudiantes de la Universidad de Texas. La estrella de cine Matthew McConaughey estaciona allí su casa rodante Airstream; Lance Armstrong, siete veces ganador de la Tour de France, pedalea por las calles de Austin donde no hay sólo uno, sino dos enormes supermercados de alimentos naturales que pondrían en ridículo al Jardín del Edén: Whole Foods y Central Market. Hay una descomunal librería independiente, una piscina pública con agua de manantial cerca del centro de la ciudad y una sensibilidad muy típicamente texana que fusiona lo rural con lo urbano.

Me he hospedado en el famoso Hotel Driskill, construido por un magnate ganadero, rodeado de suntuoso mármol y sofás de cuero. Es allí donde LBJ cortejó a Lady Bird y donde se han pactado más acuerdos políticos que en el edificio del Poder Legislativo de Texas.

Pero la mañana siguiente, me reúno con la antítesis del ganadero texano, Eddie Wilson, hombre corpulento de canoso vello facial y camisa hawaiana que se describe a sí mismo como ‘‘promotor de Austin e inventor del laboratorio de artes culturales’’. ‘‘A la gente le gusta quejarse del tráfico’’, comenta mientras conducimos al sur por Congress Avenue en su SUV negro, ‘‘pero es que jamás han estado en Los Ángeles’’.

No hay duda de que Austin es una ciudad floreciente. El precio de los bienes raíces se ha disparado, igual que el tráfico; por otra parte, el festival anual de música y la conferencia llamada South by Southwest ya no son tan “’’locales’’ como antes: este año hubo alrededor de mil 500 artistas que actuaron para 10,821 representantes de la industria disquera de todo el mundo. Tal vez por eso los residentes más viejos se lamentan de que la ciudad se ha vuelto corporativa y ha dejado atrás sus días de gloria.

En el centro de la ciudad, la Sixth Street, área del centro de la ciudad que abarca siete cuadras de cantinas y clubes de música instalados puerta a puerta, ahora tiene que competir con cualquier cantidad de distritos aburguesados. Abundan los bares de azotea donde sirven appeltinis y deliciosas margaritas. Cruzamos el Río Colorado hacia el sur de Austin, antaño denominada ‘‘Bubba-land’’, pero hoy conocida como SoCo (South Congress), elegante distrito de clubes, tiendas de antigüedades y boutiques.

Wilson lo ha visto todo y por eso no le cabe la menor duda: ‘‘Austin está mejor que nunca’’, comenta. ‘‘Hay más música y dinero; la calidad de la música es mejor y hay más oportunidades para hacer lo que a uno le dé la gana’’. La historia de cómo ocurrió esto es la historia del propio Wilson, quien llegó a Austin en 1949, procedente de Misisipi, después de pasar una corta temporada en la ciudad de Texas. Años más tarde, conoció a un grupo llamado Shiva’s Headband. ‘‘Los primeros hippies que vi en mi vida’’, asegura. ‘‘Poco después renuncié a mi empleo y me convertí en representante de una banda de rock and roll’’.

Una noche de 1970, Wilson salió del edificio donde se llevaba a cabo una sesión de ensayo y descubrió lo que pronto se convertiría en la cuna del escenario musical de la moderna Austin. ‘‘Vi una enorme pared con ventanas rotas y pensé: ‘tal vez allí haya un salón de buen tamaño’. Así que me asomé y comprobé que tenía razón’’.

Wilson inauguró Armadillo World Headquarters y lo demás, como dicen, es historia musical. Durante los siguientes diez años, casi todos tocaron en el Armadillo: The Clash, Van Morrison, Stevie Ray Vaughan, Bruce Springsteen, Gram Parsons, ZZ Top, Willie Nelson, Ray Charles y sí, también Cornell Hurd, por mencionar algunos nombres.

Nos detenemos a almorzar en Threadgill’s, lugar que Wilson inauguró un día después la clausura del Armadillo, la víspera de Año Nuevo de 1980. Nos reciben su socio, el abogado Abe Zimmerman, y Joe Nick Patoski, autor y antiguo miembro del personal del Texas Monthly. El almuerzo con dos martinis puede haber pasado de moda en Washington, pero en Austin acompañamos el pollo frito y el guiso de quimbombó con tragos de tequila Patrón Silver. ‘‘Houston hace todo lo posible para crear ambiente en el centro de la ciudad’’, explica Zimmerman, ‘‘pero en Austin se da de lo más natural porque tenemos una larga lista de personajes. Michael Dell llegó y produjo mil dellionaires, y todos los días más gente con dinero se muda aquí’’.

La despreocupada Austin de antaño produjo una reacción de fisión, en la cual cada nueva generación ha contribuido a su energía y diversidad. Lo más sorprendente es que los jóvenes hacen eco de lo que las generaciones nacidas poco después de la Segunda Guerra Mundial dicen de la ciudad. ‘‘Desde hace años hemos recibido a los inconformes’’, interpone Patoski, escritor de la biografía de Willie Nelson, quien vive fuera de la ciudad en un antiguo club campestre.

Esa idea se vio reforzada cuando entré en el edificio de granito rojo del capitolio. Es más alto que el Capitolio de Estados Unidos, con unas dimensiones y un esplendor que pone de manifiesto el orgullo del estado. Camino bajo enormes retratos al óleo de Davy Crockett y Sam Houston, herido mientras acepta la derrota del general mexicano, Santa Anna. En la rotonda cuelgan, lado a lado, los retratos de dos antiguos gobernadores: la demócrata Ann Richards y el republicano George W. Bush, otro ejemplo del armonioso contraste de la ciudad.

Esa noche voy al Broken Spoke en South Lamar, un salón de baile texano tan auténtico que casi parece una imitación. El estacionamiento de tierra está repleto de baches, autos y camionetas de reparto estacionadas junto con un autobús Flyer 1948 saturado de luces navideñas. El edificio es largo y bajo, y en el interior aguardan el propietario James W. White y algunos de los mejores ejemplos de música country en el mundo, de martes a sábado.

El lugar es un verdadero museo de la música country. El cuarto trasero alberga rarezas, por ejemplo un medio habano que fumara Bob Wills, del famoso grupo Texas Playboys; un plato autografiado en el que Randy Travis comió milanesa de pollo frita; e incluso uno de los sombreros de LBJ. En las paredes hay fotografías autografiadas de Dolly Parton, Robert Duvall y el infaltable Willie Nelson en todos los atuendos imaginables, desde cuello de tortuga blanco hasta el envejecido hippie campirano.

La colección va de lo más elegante a lo vulgar y extraño. Ordeno codorniz a la parrilla y deliciosos tamales en Güero’s Taco Bar de South Austin, compro un par de botas Tony Lama de cuarenta años de edad en una boutique de South Congreso, y descubro una exótica tienda de taxidermia donde ofrecen pieles de cebra.

Al pasar debajo del puente de Congress Avenue salen más murciélagos de los que jamás habría podido imaginar. Le hinco el diente a unas costillas y a un buen trozo de falda en un sórdido, aunque sabroso, establecimiento en el lado este y ordeno un plato de sémola mientras me envuelven las melodiosas voces de ocho intérpretes de gospel que amenizan el brunch dominical de Stubb’s Bar-B-Q. Termino el día con un platillo de ‘‘chanterelle horneado servido sobre una cama de risotto’’ en un lugar muy de moda llamado Vespaio, donde todos los cantineros se han afeitado la cabeza.

Para cambiar de ambientes, salgo del Driskill y me registro en el San José en Congreso, antiguo motel de mala muerte transformado en un elegante retiro tipo zen con un patio donde sirven el desayuno. Al lado hay una cafetería completamente al aire libre –cosa que sólo permite el clima templado de Austin–, lugar ideal para iniciar la mañana, con posibilidad de consultar el correo electrónico y escuchar las noticias del New York Times en Wi-Fi.

Después de unos días comienzo a preguntarme si la ‘‘nueva’’ Austin de exitosas corporaciones como Dell y Motorola, e incluso Whole Foods, todavía guarda alguna relación con la singular ciudad musical donde tan bien la he pasado.

Me parece poco probable. Por ejemplo, alrededor del Distrito de Almacenes levantan infinidad de pisos y apartamentos de vidrio y acero con restaurantes de moda y bares de martini. El flamante ayuntamiento diseñado por Antoine Predock es una maravilla de arenisca y cobre, con un lujoso Hotel W como fondo. Sin duda los nuevos promotores corporativos de la ciudad dirán que los bailarines, músicos y vaqueros no son más que anacronismos en una ciudad que evoluciona rápidamente atrayendo nueva riqueza.

Pero cuando visito la sede política y administrativa de Austin, me llevo tremenda sorpresa al conocer a Toby Futrell, regenta de la ciudad, quien abraza ardientemente la excentricidad. ‘‘Si usted fuera un chico que no encaja en ninguna parte, encontraría lugar en Austin’’, afirma Futrell, quien llegó a la universidad a los diecisiete años, abandonó los estudios y luego pasó una ‘‘década perdida’’ como camarera, y en otras labores, antes de descubrir su vocación gubernamental. ‘‘El ecléctico grupo de personas que se han establecido aquí posee una intensa energía creativa’’, agrega. ‘‘¿Michael Dell? Pudo ir a cualquier parte, pero se quedó aquí. Lo mismo que John Mackey de Whole Foods, Willie Nelson, el cineasta Richard Linklater, todos y cada uno son un poco excéntricos, pero así es la gente que coleccionamos en esta ciudad’’.

Hoy día, la industria de alta tecnología en Austin ofrece una mayor diversidad de opciones profesionales, pero la música conserva su preeminencia, afirma Futrell. Como prueba me cuenta que en cada reunión del consejo municipal –sin excepción alguna–organiza un descanso con música en vivo, sólo para alegrar el ambiente.

No importa adónde vaya en Austin, es imposible escapar de la música. Pareciera que toda la ciudad es un gigantesco e interminable festival musical. La música es tan orgánica y contagiosa que se mete bajo la piel. Las opciones son infinitas, pero la última noche me asalta el deseo de regresar a Broken Spoke, donde el propio James White se pone a cantar con otra leyenda de la música country, Alvin Crow. No hay cover esa noche y los músicos sólo perciben las propinas que la pequeña Camille, de diez años, recoge en un frasco.

Parece una sesión de improvisaciones en la sala del vecino. Crow toca la guitarra y canturrea; su perforado hijo rasguea el bajo y White sube al escenario a cantar. Llega entonces Pinetop Perkins, de noventa y tres años, antiguo tecladista de Muddy Waters y entregan el micrófono a una tal Ariel Abshire, quien acaba de cumplir quince años. Los parroquianos guardan silencio. La voz de la joven es aguda, dulce y rica, una verdadera rival de Britney Spears. ‘‘Alvin la descubrió cuando tenía once años’’, informa White en un susurro.

Ahora, White me presenta con una camarera a quien llama la Vaquera Heidi. ‘‘Un día, subí a hacer una rutina de vaqueros y mientras cantaba ‘rolling, rolling’, Heidi Heinen cogió una rueda de vagón con un rayo roto y la hizo rodar adelante y atrás en el escenario. Eso fue hace veinte años’’, explica mi anfitrión. Ahora, como si reviviera la historia al sonar los primeros acordes de la guitarra, White sube al escenario para cantar ‘‘I’m back in the saddle again’’ (Estoy de nuevo en la silla de montar) y, al obedecer a su pista, Heinen toma la rueda y hace su parte frente a familias, parejas y jóvenes tatuados.

Es bastante trillado, no hay duda, pero tan genuino, intemporal y de moda como cualquier otra cosa en esta pequeña gran ciudad. Una vez más, me sorprendo sonriendo y pensando que así es como debía ser todo el país: una familia que ama la libertad y donde todos son bienvenidos. Si usted conoce algún otro lugar del que pueda decirse lo mismo, avíseme, porque quisiera comprar mi boleto.

(Carl Hoffman vive en Washington, D.C. Will Van Overbeek se ha establecido en Austin, Texas).

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