India occidental

Escrito por: Donovan Webster el 27 de Abril de 2007 | 10:34 am
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Foto: National Geographic

India: las maravillas del occidente

La dinámica ciudad de Mumbai es el eje de la costa occidental de India, hogar de las frondosas y cálidas playas de Goa con sus iglesias portuguesas, las frescas estaciones montañosas del Ghat Occidental y los impresionantes altares de las cavernas de Ellora y Ajanta.

Mumbai: ciudad de sueños
‘‘Podría decirse que Mumbai es la Ciudad de Nueva York de India’’, señala Divya Abhat, oriundo de la ciudad antaño conocida como Bombay (el nombre cambió en 1995 en honor de la diosa hindú Mumba, lo cual refleja la tendencia nacionalista de abandonar los apelativos de la era colonial).

Es muy difícil describir Mumbai en unas cuantas palabras y si a ello añadimos que es la capital del estado de Maharashtra, vecino del estado de Goa, cualquier descripción se queda corta. La región es una extensa y caótica mezcla de riqueza y pobreza, de poderío comercial y financiero que contrasta con un recóndito paraíso de apacibles playas, agrestes montañas y reposadas tierras agrícolas.

La ‘‘Ciudad de los Sueños’’ de India es la primera escala natural de cualquiera que visite la costa occidental. Aunque mejor conocida como la capital empresarial de India y sede de la industria cinematográfica más grande del mundo, Mumbai ofrece mucho más.

Mi viaje inicia en uno de sus íconos, la Puerta de la India, colosal arco de factura inglesa que se levanta en el límite del puerto de Mumbai y conmemora la visita de los monarcas Jorge V y María en 1911. El Imperio Británico tenía grandes ambiciones cuando dio a la Compañía de Indias Occidentales licencia para todo tipo de comercio en la región, incluyendo la serie de islas que conformaban la Bombay original (islas que eventualmente se fundieron).

Fue en esa Puerta donde las embarcaciones depositaron a los renombrados mercaderes, dignatarios y emigrantes que dieron forma a la aturdidora ciudad en que se ha convertido Mumbai. Hoy día, la Puerta y su parque sirven de escenario a encantadores de serpientes, malabaristas, magos y diversos actores callejeros.

Los emigrantes tuvieron un papel señero en la historia de Mumbai. Cruzo la calle de la Puerta hacia el Hotel Taj Mahal, belleza victoriana construida en 1903 por el industrial persa-hindú Jamsetji Tata a quien, según cuenta la tradición, le fue negado el acceso al hotel más lujoso de la época, el muy británico Watson, exclusivo para blancos. Su reacción: decidió construir el Taj Mahal afirmando que ofrecería el mejor servicio del mundo. Desde entonces, el Taj ha formado parte de la lista de los mejores alojamientos del mundo. ¿Y qué fue del Watson? Pasó al olvido.

En el Taj, me reúno con mi guía, Suresh, y emprendemos el viaje por la Calzada Colaba, pasando frente a infinidad de tiendas y mercaderes callejeros, con rumbo a la zona residencial de la ciudad y hogar de los parsis, Malabar Hill.

Originarios de Irán, los inmigrantes parsi se establecieron y prosperaron en la costa occidental de India y, cuando los británicos finalmente llegaron a colonizar la ciudad, los parsis ya eran los principales capitalistas de India y financiaban numerosas instituciones culturales de Mumbai.

A fin de tener cerca a sus amigos, los parsis formaron una comunidad cerrada en Malabar Hill, península que domina el mar. Elegantes mansiones a la sombra de frondosas higueras reflejan la prosperidad de sus residentes, y son algo que rara vez se ofrece en venta al público: muchas son transferidas en privado a otros parsis con objeto de asegurar la exclusividad de Malabar Hill. No obstante, la península también alberga uno de los sitios más antiguos y sagrados de Mumbai: Banganga, complejo de templos de 400 años de antigüedad construido en torno de un estanque de agua sagrada que, se dice, procede del venerado río Ganges. Otro sitio popular es el Templo Jain, caprichosamente decorado y construido en 1904 por los seguidores del jainismo, secta hindú que predica la no violencia y la abstinencia.

‘‘Es hora de ver cómo vive la otra mitad de Mumbai’’, anuncia Suresh. Al oriente de la ciudad se encuentra el bullicioso Mercado Crawford (ahora llamado Mercado Mahatma Jyotiba Phule, aunque la mayoría sigue utilizando el nombre anterior), policroma exuberancia de frutas, especies y mucho más, exhibida en el interior de un vasto edificio de estilo gótico colonial con detalles hindúes. Es impresionante presenciar el intercambio entre comerciantes y clientes que regatean por el precio de mangos y caléndulas, pero más lo es el friso que adorna la entrada principal del mercado, diseñado por John Lockwood Kipling, maestro y padre de Rudyard (autor de ‘‘Kim’’ y ‘‘El libro de la selva’’, nacido en Mumbai).

Continuamos el recorrido hacia el sur, hasta otro espectacular legado de la arquitectura colonial, la Terminal Victoria (ahora llamada Terminal Chhatrapati Shivaji), exquisita estación de trenes edificada en 1888. Repleta de domos, arcadas, torrecillas y filigrana, fue designada Patrimonio de la Humanidad en 2004 como ‘‘ejemplo sobresaliente de la arquitectura renacentista gótica victoriana… fusionada con temas que derivan de la arquitectura tradicional india’’. Aún utilizada como estación ferroviaria, alberga a viajeros de todos los estratos sociales que recorren sus pasillos para abordar los trenes.

La tarde termina en la playa Chowpatty, más que un lugar para bañarse, un popular punto de encuentro donde se dan cita los habitantes de Mumbai al caer la noche. Familias, amantes, socios comerciales… todos pasean en la arena mientras saborean condimentados bocadillos de arroz inflado servidos en conos de papel. Es el equivalente vespertino de las multitudes matutinas que se congregan en la Puerta y un perfecto cierre para el círculo de la vida que es Mumbai.

Ajanta y Ellora: obras maestras en piedra
Me encuentro en una gruta del tamaño de un salón de baile, labrada hace unos mil quinientos años en la ladera de una montaña. La oscuridad se rompe con el eco del agua que gotea de las elegantes columnas que sostienen el techo. Las paredes están perforadas por pequeñas habitaciones que alguna vez sirvieron de celda a los religiosos. Es un lugar que evoca un sentimiento de eternidad, cómo sólo pueden hacerlo los edificios de piedra.

Son las Cuevas de Ajanta, situadas a unos 100 kilómetros al norte de la ciudad de Aurangabad (que se encuentra como a 380 kilómetros al noreste de Mumbai). Complejo de 30 cuevas labradas y decoradas por monjes y obreros entre los siglos II a.C. y VI d.C., Ajanta contiene magníficos ejemplos del arte budista.

Este Patrimonio de la Humanidad no podría estar emplazado en un lugar más impresionante: las cavernas se abren en un acantilado con forma de herradura labrado por el río Waghora, pero lo más notable son las pinturas hechas con témpera molida a mano y aplicada sobre el yeso y barro que recubren el lóbrego interior e ilustran lecciones de la vida del Buda.

‘‘Ésta es la historia del Buda cuando ve morir a un hombre por primera vez’’, informa Suresh (es muy recomendable viajar acompañado de un guía, no sólo para conocer detalles de cada caverna sino para abrirse paso entre la multitud de visitantes). ‘‘De esta forma el joven Buda aprendió que la vida es sufrimiento’’.

Identifico a un bodisatva que lanza rayos, y en otra parte lo veo sosteniendo un loto que representa la compasión. En otra habitación encuentro al Buda, en tonalidades doradas, dividiéndose mil veces. Diversas pinturas plasman acontecimientos significativos en la vida del Buda durante su evolución de un príncipe mortal a un ser trascendental.

La escala, antigüedad y mano de obra de cada una de las cuevas de Ajanta es incomparable. Hay algunas que contienen enormes estupas (altares budistas), mientras que otras lucen fachadas muy elaboradas, bajorrelieves y artesonados. Todo aquello quedó abandonado durante más de mil años, hasta que una partida de cazadores de tigres, dirigida por el oficial británico John Smith, entró accidentalmente en la cañada de Waghora en 1819 y encontró la entrada de varias cavernas ocultas bajo milenios de escombros.

Las cuevas de Ajanta se cuentan entre las maravillas del mundo, pero a los alrededores de Aurangabad se reservan otro prodigio. A unos 30 kilómetros al noroeste de la ciudad, llegamos a las Cuevas de Ellora, otro sitio declarado Patrimonio de la Humanidad. Abiertas a medio camino en una colina, Ellora alberga 34 grutas labradas y decoradas entre los siglos VII y XI d.C. Sin embargo, a diferencia del arte budista de Ajanta, las cuevas de Ellora contienen representaciones artísticas de tres religiones: budismo, hinduismo y jainismo.

Región vinícola: una nueva frontera
Como todo buen Sauvignon Blanc, éste es bien frío, seco y un poco áspero. ‘‘es uno de nuestros vinos más populares’’, apunta Sushane Joshi, con quien recorro los Viñedos Sula en las afueras de la población de Nashik, a unos 160 kilómetros al noreste de Mumbai. ‘‘Dígame… ¿puede apreciar el regusto de pimienta y especias?’’.

De inmediato percibo las delicadas notas de sabor. Estamos en el salón de catado del viñedo con vistas panorámicas de las 14 hectáreas de la propiedad Sula, cuyo intenso verdor se extiende por un paisaje que se pierde a lo lejos en el lago Gangapur y en el fondo, las bajas montañas volcánicas conocidas como Ghats Occidentales parecen agazaparse en el horizonte.

Mientras Joshi sirve una nueva copa de vino, me cuenta que en 1997 el dueño del viñedo, Rajeev Samant (nacido en India, educado en Stanford y antaño administrador financiero de la compañía de software Oracle, en California) decidió abandonar el cultivo de mango en la antigua propiedad familiar para producir vinos.

‘‘El año próximo, con la adición de un nuevo edificio y 121 hectáreas que estamos cultivando fuera de la propiedad’’, continúa Joshi, ‘‘podremos procesar casi 2 millones de litros (más de 500 mil galones) anuales de vino’’.

El movimiento vinícola en la región comenzó en 1997, cuando la visión de Samant coincidió con un viaje de los empresarios Kishore Holkar y Pralhad Khadangale (de Vinatera Vinsura) a Francia, donde estudiaron el proceso de producción de uvas de vino. Al volver a su país, los empresarios solicitaron al gobierno hindú que ayudara a crear el Parque Vinícola Vinchur, en las afueras de Nashik y en el transcurso de apenas un año, surgió la industria hindú del vino.

Goa: tierra de sabor portugués
La playa Vagator me ha seducido. Me encuentro en el Mar Arábigo, en el extremo norte del estado de Goa, a unos 500 kilómetros al sur de Mumbai. Frente a mí, las palmeras proyectan su sombra sobre la reluciente arena enmarcada por rocosas colinas y bordeada de hoteles y restaurantes al aire libre. Los arrozales y pantanos están salpicados de blanqueadas iglesias portuguesas y en el horizonte se balancean muchas otras palmeras.

La exuberante y relajada Goa, con su profusión de playas, tiene un sabor único gracias a más de cuatro siglos de dominación portuguesa (concluida apenas en 1961). Siempre había restado importancia a Goa debido a su dudosa reputación como guarida de encanecidos hippies y rutilantes ravers que se apropiaron del inmutable estilo de vida de Goa, lo cual se contraponía a mi imagen mental de India y era la razón por la cual evitaba visitar el estado. Pero ahora que lo conozco, me he enamorado de Goa. Por supuesto, todavía hay tremendas parrandas a la luz de la luna en la población playera de Anjuna, pero juzgar todo el estado por una situación aislada no sólo es un error, sino una injusticia.

‘‘Goa tiene una enorme alegría de vivir que la diferencia de otras regiones de India’’, comenta el visitante alemán Wolfgang Schaefer. ‘‘Tal vez se deba, en cierta medida, a su herencia portuguesa, la cual daba cabida a personas de otras culturas y estaba abierta a nuevas influencias. Goa posee un aire mundano que no se manifiesta en otras partes de India’’.

Tomemos el caso de la ciudad portuaria de la Vieja Goa, en la mitad norte del estado: la próspera capital de las Indias Portuguesas (que incluían Macao) era un luminoso faro de prosperidad en el siglo XVI.

En una época, cerca de 30 mil personas habitaban la Vieja Goa en suntuoso refinamiento, con una de las catedrales más grandes del orbe y majestuosas mansiones. Sin embargo, una serie de epidemias y la lenta decadencia de Portugal como potencia naval (aunada a las brutalidades de la Inquisición) condenaron el lugar a la ruina.

Hacia el siglo XVIII, conforme el acceso fluvial se redujo debido al depósito de aluvión, la Vieja Goa se convirtió casi en un pueblo fantasma. El desarrollo de la modernidad jamás llegó a la región y eso fue la salvación de muchas iglesias y conventos que hoy disfrutan de la condición de Patrimonio de la Humanidad. Dos visitas obligadas: la Catedral Se, monstruo del gótico portugués edificado en el siglo XVI, y la Basílica de Bom Jesús, cuyas riquezas incluyen altares en hoja de oro, puertas minuciosamente labradas y reliquias de la osamenta de San Francisco Javier, uno de los grandes misioneros católicos.

No obstante, la fama de Goa aún se fundamenta en sus playas, docenas de ellas, a lo largo de una costa de 113 kilómetros. Las poblaciones de Sinquerim y Fuerte Aguada ofrecen playas de clase mundial, hoteles de cinco estrellas y los deportes más modernos. Colva y Bogmalo, al sur de la Vieja Goa, son los destinos favoritos de familias y surfistas.

Pero si busca hipnóticas extensiones de suave arena, vaya a Vagator en el norte y a Palolem, en el sur. Los ocasos en esas playas son tan intensamente tropicales que casi parecen experiencias místicas.

(Donovan Webster es autor de El camino de Birmania).

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