Submarinismo antártico

Escrito por: Boyd Matson el 10 de Mayo de 2007 | 11:33 pm
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Foto: National Geographic

Punto de congelación

Recordatorio personal: la próxima vez, haz que alguien analice tus fantasías antes de tratar de hacerlas realidad. ¿Qué rayos me pasó por la cabeza?

Desde hace por lo menos una década, he tenido el sueño recurrente de bucear en el Antártico (¡llamada para el doctor Freud!), y aquí me encuentro ahora, sentado en una diminuta balsa inflable frente a las costas de la Península Antártica, mientras contemplo el gélido panorama de icebergs, pingüinos y copos de nieve que revolotean bajo un cielo acerado.

Estoy a punto de lanzarme de espaldas en aguas cuya temperatura es de -1.11°C. En condiciones normales, como el agua se congela a los 0°C, la caída me provocaría una conmoción cerebral, pero el agua salada permanece en estado líquido hasta los -1.94°C. Por cierto, la sangre se congela a -3.06°C (dato interesante que descubrí durante mi primer matrimonio). Me preocupa que alguien vaya a decir, ‘‘ese Boyd tiene agua en las venas’’, y no será un cumplido sino un informe de autopsia.

Antes de emprender una nueva aventura, siempre escribo una lista de dos columnas que digan ‘‘riesgos’’ y ‘‘recompensas’’. Eso me ayuda a sopesar el factor de diversión contra el factor de ‘‘tiro por la culata’’. Por el momento, sólo hay un elemento en la columna a favor: los buzos del Antártico ven cosas que muy pocos verán en sus vidas.

En el lado negativo de la ecuación se encuentra, además del agua helada, una visibilidad limitada: en esta época del año los témpanos suelen romperse y pueden matar a un buzo desprevenido; además, una foca leopardo podría morderme. Ah. ¿Ya mencioné que hace mucho, pero mucho frío? El regulador de mi tanque podría congelarse interrumpiendo el suministro de aire. Quizá sea mejor vaciarme una cubeta de hielo en los calzoncillos que bucear en el Antártico.

Me encanta bucear, pero prefiero hacerlo en ambientes templados donde, al salir, encuentro mujeres tomando el sol en la playa, en vez de regordetas focas de Wedell retrepadas en un témpano flotante. Bajo la escafandra llevo ropa interior térmica, calcetines de lana y guantes de vellón, la versión antártica del bikini.

Una manguera conecta la escafandra con el tanque, lo que me permite soltar aire para mayor flotación y aislamiento. Pero eso también es muy peligroso y, a fin de explicar la razón, compartiré con ustedes casi lo único que aprendí en las clases de física de bachillerato: el aire es más ligero que el agua y por consiguiente, sube hacia las partes de la escafandra que están más cerca de la superficie. Si tratara de sumergirme con la cabeza por debajo de las piernas –como es de esperar–, el aire dentro del traje se irá a los pies, inflando las botas y poniéndome de cabeza.

A la larga, saldría disparado a la superficie con los pies por delante, como un misil Polaris lanzado desde un submarino, y semejante ascenso descontrolado puede tener graves consecuencias médicas, amén de la vergüenza de quedar flotando con las aletas en la superficie mientras me retuerzo bajo el agua como el ejecutivo de una compañía petrolera diciendo al jurado que no tuvo la culpa del desastre.

Por ello, los buzos llevan plomadas para que su masa sea mayor que la del agua. Ahora bien, la flotación adicional en el agua salada y las escafandras requieren de peso adicional, y las personas que tienen un alto porcentaje de grasa corporal necesitan mucho más (si sigo así, regresaré a la escuela para pedir que aumenten mi calificación de física).

Dadas mi complexion gruesa y mi obsesión por los ascensos descontrolados, he decidido cargar 25 kilogramos de plomada, más que suficiente para hundir dos vacas en el Río Hudson. Si sumamos a esto el resto del equipo, llevo encima más o menos 55 kilogramos de peso.

Inicio el descenso en un lugar llamado Fuelle de Neptuno (Neptune Bellows, en inglés) y mi plan para compensar la flotación funciona demasiado bien: en menos de dos minutos pierdo de vista a mi compañero de inmersión, David Cothran. Habíamos acordado parar a una profundidad de 6 metros, pero ya llegué a 18 y sigo bajando rápidamente.

Estamos en un bosque de algas con visibilidad de un metro y Cothran lleva consigo todas las luces. Suelto un poco de aire dentro de la escafandra para frenar mi descenso y pasan varios minutos antes que pueda encontrar a mi compañero. Lo veo enfocando un haz de luz hacia una pared cubierta de esponjas, una de las cuales mide casi dos metros de largo.

Más tarde, Cothran comenta: ‘debe tener mil años para haber alcanzado ese tamaño’’. Excelente noticia para los fanáticos de la criogénica, cuyos cuerpos están enfriándose en refrigeradores de carne de Arizona. Al parecer, la congelación permite vivir eternamente o al menos mil años.

No he venido a bucear sólo para participar en una versión masoquista de ‘‘La venida del hombre de hielo’’. Uno de mis objetivos es ver los tipos de criaturas que pueden sobrevivir en este congelador todos los días de sus vidas. Encontramos al bacalao del Antártico, de entre 8 y 13 centímetros de largo, color rojizo y con el equivalente químico de calzoncillos térmicos, o como explica Cothran: ‘‘para evitar que la sangre se congele, sus cuerpos producen glicoproteínas, que desde el punto de vista químico son el equivalente al anticongelante de los autos’’.

Observamos a las lapas del Antártico (moluscos cuyos caparazones miden entre 5 y 8 centímetros de largo), ocupadas en desovar durante nuestra inmersión. Por cierto, el mismo animal puede soltar huevos y fecundarlos, evitándose la molestia de recurrir a servicios como eHarmony o Matchmakers.com.

En el sitio de inmersión encontramos estrellas quebradizas (Palaeocoma egertoni) y otras estrellas de mar, caracoles, gusanos, arañas marinas, pepinos de mar, anémonas, erizos, isópodos y pingüinos buceadores. La variedad de colores, formas, tamaños y conductas tiene un efecto calidoscópico y cautivador.

Pero después de unos 40 minutos, se me congelan los dedos y vuelvo a la realidad de que estoy buceando en aguas gélidas y no de paseo en un acuario. La presión del agua ha expulsado el aire aislante de mis guantes y el frío penetra el forro de vellón. Levanto un brazo y luego el otro, tratando de desplazar aire hacia las manos. Pareciera que estoy agitando desesperadamente las manos, como pidiendo permiso: ‘‘¡Porfavor, maestro! ¿Puedo salir a la superficie para tomar café y darme una ducha caliente?’’. Cuando cumplimos 50 minutos bajo el agua, eso es justo lo que pido.

De regreso en la balsa, mientras la sensibilidad regresa dolorosamente a mis dedos, vuelvo a repasar la lista de pros y contras. En el lado negativo, agrego que el morado no va bien con mis labios. En el positivo, en el renglón de ‘‘ver algo que pocos han visto’’, agrego ‘‘ver algo tan especial que quiero verlo una y otra vez’’. Y es justo lo que hacemos con seis inmersiones más en este viaje. De hecho, fue una experiencia tan especial que estoy haciendo planes para regresar al Antártico, aunque antes voy a comprar guantes más gruesos.

(El aventurero Boyd Matson, antiguo anfitrión de National Geographic Explorer, recorre el mundo para la serie Crónicas Salvajes, de PBS).

Un comentario

  1. Escrito por Carolina Rodríguez:

    Que tal Boyd!, felicitaciones por tan osada aventura. Cuéntame por favor ¿que tipo de traje y de cual espesor utilizaste?, ¿que requerimientos tuvo tu equipo?…quiero probar una experiencia similar en los fiordos australes…. preciso tu valioso consejo.
    Saludos y salud!

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