Cachalotes

Escrito por: Boyd Matson el 12 de Mayo de 2007 | 11:23 pm
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Foto: National Geographic

Encuentro cercano con un cachalote

El sol brillaba en el cielo azul y los delfines retozaban junto a la proa. Debía estar tomando una bebida con ron y un diminuto paraguas pero, en vez, rezaba en silencio: ‘‘Dios mío, por favor déjame salir de aquí con vida’’.

Me encontraba flotando a metro y medio de un gigantesco cachalote (Physeter macrocephalus) –la misma especie que Moby Dick– en el Mar de Cortés, México: un golfo de casi 100 mil kilómetros cuadrados que separa la península de Baja California del territorio continental mexicano. Nos encontrábamos frente a la isla de San Pedro Mártir, área a menudo repleta de cachalotes que van a devorar calamares gigantes (Dosidicus gigas).

Jamás ha grabado nadie a esos cetáceos cuando comen, porque se alimentan a cientos, a veces miles, de metros bajo la superficie; han sido vistos a más de tres mil metros de profundidad. Por ello, un equipo de investigación nos acompaña en el Sea Voyager de Expediciones Lindblad, pues se pretende colocar una cámara en uno de estos leviatanes con la esperanza de que finalmente podamos verlo a la hora de cenar. Y es así como, indirectamente, llegué al agua.

Un poco antes, había visto a los investigadores del Crittercam en una minúscula balsa de motor Zodiac, en una lucha por colocar una cámara que pendía del extremo de un brazo mecánico en una ballena del tamaño de un submarino. Me levanté de un salto de la mesa donde comíamos, me puse el traje de buzo y trepé en otra balsa con el guía y camarógrafo submarino, Carlos Navarro-Serment, decidido a estar cerca de la acción. Navarro me miró con suspicacia. ‘‘¿Alguna vez has estado en el agua con un gran mamífero marino?’’, preguntó.

Me abstengo de contarle sobre una embarazosa noche de tequilas, durante una convención de Jenny Craig, que terminó en una improvisada fiesta en la piscina, así que respondo que nadé con ballenas jorobadas en los Bancos de la Plata, frente a República Dominicana, para un reportaje de National Geographic Explorer.

Por supuesto, aquel pequeño encuentro no estuvo exento de humillaciones. Cuando protesté acerca de lo gordo que luciría en cámara con el ceñido traje de buzo, mi esposa me tranquilizó, ‘‘vístete de negro. Comparado con las ballenas, serás una sílfide’’. Pero al parecer no fue así pues, en determinado momento, un macho de unas 40 toneladas se me acercó en postura de apareamiento.

Navarro encogió los hombros, poco impresionado, y mencionó algo que yo había tratado de olvidar. Aunque las bocas de cachalotes y jorobadas son enormes, en el segundo caso están llenas de barbas –en esencia, pelo–, en tanto que la boca de los cachalotes está repleta de dientes. Más o menos la diferencia entre los cepillos para lavar autos y un molino de carne de tamaño industrial. ‘‘Además, también puede haber tiburones’’, agregó Navarro con ironía, ‘‘así que mantén bien abiertos los ojos’’.

En el agua, con máscara, esnórquel y aletas, tenemos la misma protección que cualquier turista requemado al sol que busca abanicos de mar. Si tomamos en cuenta que un cachalote macho puede consumir hasta una tonelada diaria de alimento, seríamos simplemente un bocadillo. El mar era oscuro y la visibilidad tan mala que me pareció que sería más fácil hallar armas de destrucción masiva en Irak que una ballena. Pero sabía que frente a nosotros, en algún lugar, había un carnívoro de 30 toneladas y casi 15 metros de largo, sólo que no podíamos verlo.

Entonces, una gran sombra gris se materializó frente a nosotros. Al principio creí que era el casco del Sea Voyager, pero en un instante la realidad se hizo patente con espeluznante claridad. Estábamos cara a cara con un cachalote, habría dicho ojo a ojo, pero no podía vérselo. El animal nos examinó con ecolocación, una especie de sonar mamífero para precisar la posición de los objetos cercanos. El odontoceto emitía chasquidos fuertes y rápidos.

Con un leve movimiento de aletas habría podido alargar la mano para tocar su cabeza, pues el cetáceo parecía tan asombrado de nuestra cercanía como nosotros lo estábamos. Durante un mágico momento, los dos permanecimos inmóviles. La enorme cabeza parecía salida de la Isla de Pascua y la cara tenía más cicatrices que la de Mike Tyson; seguramente había sostenido varios encuentros con algún calamar gigante.

De pronto, una cortina de burbujas envolvió la ballena. Se movía no hacia delante, sino hacia abajo, pero acercándose a nosotros. Se volvió sobre un costado como si quisiera aplastarnos. ¡Por eso se había alejado la Zodiac! La sonrisa se congeló en mis labios. ¿Tendría tiempo de apartarme nadando?, pensé. ¿Había pagado mi seguro de vida? Fue en ese momento que comencé a rezar para salir vivo de aquella situación.

La ballena interrumpió el rodamiento repentinamente, se enderezó y comenzó a nadar hacia delante y por fin, pude verle un ojo. La cabeza del cachalote equivale más o menos a la tercera parte de su cuerpo y estábamos tan cerca que no habíamos apreciado realmente su inmensidad. Hasta entonces me di cuenta de que el ojo se encontraba mucho más atrás.

El cachalote pasó nadando, sin parpadear, mirándome fijamente como un padre que va a dar el visto bueno al novio de su hija. El cuerpo estaba surcado de largas arrugas verticales; como una locomotora al salir de la estación, se desplazaba lentamente y aumentaba poco a poco de velocidad. Luego vi la cola, moviéndose arriba y abajo, e impulsaba al animal hacia delante hasta desaparecer en las profundidades.

Saqué la cabeza del agua y con el puño en alto grité: ‘‘¡Fue estupendo!’’. Navarro asintió primero, pero luego negó con la cabeza. ‘‘La cámara no funcionó’’, comentó con irritación. ‘‘No logramos la toma’’.

Para mí, eso era lo de menos. Me sentía demasiado emocionado para dar paso a la desilusión y, si cree que esto es una lección acerca de no correr riesgos absurdos, olvídese. Al encontrarme ojo a ojo con Moby Dick confirmé mi opinión de que para experimentar el mundo, para viajar de verdad, hay que lanzarse por la borda a la aventura. Estoy ansioso por regresar al agua.

(El aventurero Boyd Matson, antiguo anfitrión de National Geographic Explorer, recorre el mundo haciendo reportajes para Wild Chronicles, de PBS).

4 comentarios

  1. Escrito por Erika:

    Podrian hacer mas investigaciones sobre los cachalotes y los calamares colosales, son de mis temas favoritos. Los mamiferos que mas me gustan son las ballenas a excepcion de las ballenas asesinas. Saludos

  2. Escrito por juanse:

    hagan un documental sobre la cultura rastafarai y van a ver como aumenta su audiencia mundialmente o porlomenos yo lo veria

  3. Escrito por juanse:

    esto esta muy bueno

  4. Escrito por DISHER:

    esta muy interesante solo le hacen falta mas imagenes, pero es muy bueno……………

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