Quebec

Escrito por: Margie Goldsmith el 16 de Mayo de 2007 | 10:45 am
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Foto: National Geographic

48 horas: Quebec, ciudad de cuento de hadas

Un tendero local pedalea por las calles empedradas del Puerto Viejo de la ciudad de Quebec; un radio de transistores asoma de su canasto mientras se escucha la famosa canción de Charles Trenet, “Que reste t-il de nos amours” (¿Qué queda de nuestros amores?). El ciclista va cantando con absoluto desenfado.

Esta escena captura lo mejor de la ciudad de Quebec: su artístico, románticamente parisino y nostálgico ritmo de vida provinciano. Quebec, la ciudad más antigua de Canadá, protege orgullosamente su historia de las banalidades de la modernidad.

Evan Price, propietario de Auberge Saint-Antoine y québécois de sexta generación (sus antepasados galeses llegaron a la ciudad de Quebec hace 200 años y fabricaban mástiles de pino para la flota británica), comenta: ‘‘no tenemos cafeterías Starbucks y las cadenas de tiendas son contadas. Todavía se siente la calidez del tendero de barrio’’.

A pesar de su población (unos 530 mil habitantes), así como de una creciente cantidad de hoteles pequeños y restaurantes de lujo, la ciudad parece una aldea europea diseñada por Playmobil. ‘‘Se han llevado a cabo muchos desarrollos urbanísticos en el Puerto Viejo –dice Price–, pero aunque la ciudad se moderniza, no cambia. Aquí, la evolución es gradual. La altura de los edificios no aumenta, tenemos muchos árboles y un vasto cielo rodeados de granjas y áreas verdes.’’

Datos rápidos
Ubicada en la ribera norte del río San Lorenzo, la ciudad de Quebec –fundada en 1608 por Samuel de Champlain como un punto para el comercio de pieles– fue el primer asentamiento de la Nueva Francia. Una vertiginosa escalinata llamada L’Escalier Casse-Cou (Escalera Rompecuellos) conecta la cumbre del acantilado de la Haute-Ville (Ciudad Alta), histórica sede de dignatarios políticos, monjas y jesuitas, con la Basse-Ville (Ciudad Baja), un conjunto de calles estrechas a orillas del río, antiguo hogar de mercaderes y comerciantes.

A finales del siglo XIX, la Basse-Ville empezó a caer en el abandono (los bancos se fueron y entraron los burdeles), pero hacia fines de la década de 1960, el gobierno local invirtió millones de dólares para restaurar el área. Sin embargo, agrega Price, el Puerto Viejo apenas ahora empieza a renacer. ‘‘Hace 15 años, la gente no se habría arriesgado a entrar en la zona’’, pero hoy en día es un lugar impecable; incluso en la temporada alta del turismo, las calles están tan limpias que dan la sensación de estar bajo la dirección artística de los Estudios Universal. La mejor manera de recorrer la ciudad es a pie y quizá el otoño sea la época más hermosa para una visita, cuando los arces avivan sus colores. Si viaja en invierno, tome sus precauciones: en Quebec, la estación no es tan hospitalaria como sus habitantes. Durante varios meses, densas capas de nieve cubren las calles y los carámbanos adornan los campanarios de las iglesias, mientras que los residentes, con las mejillas enrojecidas por el frío, enfrentan el clima hostil con parkas rellenas de plumón.

Visitas obligadas
‘‘La ciudad de Quebec está llena de historias y secretos’’, asegura Richard Seguin, ejecutivo de medios. Inicie su cacería personal de tesoros con una visita al lugar de nacimiento de la ciudad, Place Royale, donde Champlain se estableció inicialmente con 26 hombres. La plaza ostenta fachadas de piedra caliza en estilo normando, con escarpados tejados de alegres tonos esmeralda y rojizo (los colores fueron elegidos originalmente para que la gente pudiera identificar sus casas desde el río San Lorenzo, incluso en los nevados inviernos). Toda visita a la plaza conlleva un breve paseo por el barrio Petit-Champlain, repleto de galerías y boutiques. Suba por la Casse-Cou (labrada en la ladera del Cabo Diamante) y continúe por la Rue St. Louis para admirar el Parlamento, un colosal edificio de estilo renacentista neo-francés inspirado en el Louvre. Después, diríjase a las Planicies de Abraham, el equivalente québécois del Central Park neoyorquino. En 1759, esta majestuosa extensión de 108 hectáreas presenció la derrota francesa ante los británicos, batalla que representó el nacimiento de la nación canadiense. En el interior del parque se encuentra el Jardín Juana de Arco, un florido prado meticulosamente cuidado y bordeado de olmos: el mejor lugar para descansar y leer un libro durante la primavera. Incluya en su itinerario un paseo después de la cena. Podría escoger la Rue des Ramparts para disfrutar la vista de las fortificaciones o dar una romántica caminata por el puerto de San Lorenzo. Comience por Bassin Louise y diríjase al Transbordador Levis.

Dónde comen los lugareños
Sin duda, Panache es el restaurante más exclusivo y acogedor de la ciudad, con sus muros de losa, una escalera de hierro forjado y atractivas bancas cubiertas con cojines color carmesí, como los que habría encontrado en el boudoir de Colette. François Blais, el chef del Panache, ofrece una opípara versión de los platillos tradicionales de Quebec, tales como escalopes princesa servidos en media concha y aderezados con champagne, codorniz rellena con trufas y tártara de emú acompañada con mostaza, alcaparras y ensalada de pepinillos. Blais es categórico en cuanto a su lugar predilecto: ‘‘Initiale es el mejor; Yvan Lebrun nació para ser chef’’. En el encantador Puerto Viejo también se encuentra Laurie Raphael, domicilio del célebre chef Daniel Vezina, quien tiene un programa de televisión, una línea de productos gastronómicos y libros de cocina. El menú de Vezina rinde homenaje a los agricultores de la región. ‘‘Nos han malcriado con los magníficos productos de L’Ile d’Orléans’’, afirma Vezina. Si quiere pasar algunas horas degustando los manjares de Quebec, vaya con el estómago vacío al Mercado del Puerto Viejo, donde los agricultores ofrecen frutas, queso, pan y vino. Si prefiere los clásicos del bistro francés, encontrará unas excelentes papas fritas en Le Cafe du Clocher Penche.

De compras
La Rue Saint-Paul es una calle adoquinada y abarrotada de boutiques, cuyo encanto y apariencia rivaliza con cualquier pasaje parisino. Una serie de pequeñas tiendas con pisos de madera cautiva a los ávidos anticuarios y buscadores de recuerdos. Las callejuelas de este Distrito de Antigüedades hacen gala de nombres encantadores (por ejemplo, Passage Demi-Lune: Pasaje de la Media Luna) y parecieran estar habitadas por duendes de madera. Uno de los negocios más vanguardistas de la zona es Machin Chouette, donde hallará antiguas cajas de manteca transformadas en reposapiés forrados de cuero, o pizarrones demasiado elegantes como para escribir prosaicas listas de compras, a menos que la suya incluya croissants et vin rouge.

La Rue Saint-Jean, principal bulevar de la gastronomía gala, representa aquello que mejor caracteriza a los québécois: el romance y la comida que engorda. J. A. Moisan, el negocio de comestibles más antiguo de América del Norte, adornado con techos de estaño labrado, ofrece delicias listas para disfrutar en un día de campo (salami, paté y sidra helada, el dulce elíxir de Quebec). Los gastrónomos serios tienen que ir a Epicerie Europeenne para deleitarse con la impresionante variedad de quesos artesanales hechos con leche entera (maravillas que jamás encontrará en Estados Unidos). Los amantes del dulce deben visitar Choco-Musée Erico , galería del chocolate que fabrica allí mismo todas sus barras, galletas y gelatos. Si prefiere algo con un poco menos de calorías, trote hasta Le Temps Retrouvé, negocio de libros y muebles usados que le inspirará fantasías dignas de las novelas francesas.

Vida nocturna
Considerados más alegres que los franceses, los québécois poseen un talento incomparable para la algarabía. Grande Allée es posiblemente la avenida más bulliciosa (y a veces irritante) durante la noche, de modo que si prefiere disfrutar de una bebida sin la compañía de hordas de estudiantes, vaya a Le Boudir en el barrio Saint-Roch, que está rejuveneciendo paulatinamente. El elegante establecimiento ofrece un ambiente más sofisticado y menos popular. También en Saint-Roch encontrará el Largo Resto-Club, donde podrá acompañar su martini con una buena dosis de jazz en vivo. Los enamorados tienen que ir al Bar St-Laurent del Frontenac, que brinda una espléndida vista del río a la luz de las estrellas.

El mejor hospedaje
Con su mágica ambientación en lo alto del Cabo Diamante, el Château Frontenac ha sido más fotografiado que la mayoría de las divas de Hollywood. Esta maravilla de 618 habitaciones es a la vez un monumento histórico y un cómodo refugio para decir bonne nuit. El Château Laurier, pese a su nombre, no aspira a tener la misma grandeza que el Frontenac, pero su ubicación es muy cotizada.

Los edificios más íntimos y encantadores se encuentran en el Puerto Viejo. En términos de tradición y exquisitez, reserve en el histórico Auberge Saint-Antoine , que exhibe 750 objetos arqueológicos en toda la propiedad. El Hotel Dominion 1912 logra un hermoso equilibrio entre minimalismo y sensualidad, con sus techos muy elevados, los mullidos sillones y las oscuras maderas que evocan el chocolate amargo. El Hotel Le Priori , antiguo hogar del famoso arquitecto Jean Baillairge, es otra confortable opción; sus suites de dos pisos son ideales para quienes viajan en familia.

Un comentario

  1. Escrito por maria fernanda alcantar:

    Me parece algo maravilloso !!, me encantaria ver mas articulos sobre la ciudad de quebec, ojala algun dia tenga la dicha de esta en el château frontenac, pero me gustaria que fuera en invierno.
    Me encanto
    Merci…..

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