Zambia
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Fotografía de Frans Lanting Foto: National Geographic
El último rincón de la auténtica África
‘‘Si los leones saltan sobre nosotros, no se mueva –me susurró Robin Pope–. Yo le diré qué hacer.’’ Se volvió entonces hacia los felinos: tres hembras y seis crías que se encontraban como a 20 metros de distancia. Íbamos a pie y nos habíamos alejado de cualquier árbol al que pudiéramos trepar. Los leones no nos quitaban la vista de encima, levantaban las orejas y sacudían la cola. Un cachorro juguetón dio unos pasos hacia nosotros y la madre se incorporó. Yo conté mentalmente los saltos que nos separaban.
Acercarse caminando a los leones puede parecer una locura, pero en el Valle de Luangwa, en Zambia, esta experiencia forma parte de un singular y tradicional safari originado aquí hace medio siglo y que Robin Pope conoce a la perfección. Junto con otras tres personas, me uní a Robin para realizar un safari a pie de tres días, recorriendo las márgenes del Luangwa, un río de aproximadamente 800 kilómetros de largo que serpentea a través de un recóndito valle cubierto de maleza, el cual cubre más de 50 mil kilómetros cuadrados, en el corazón de la región centro-sur de África. Situada entre las grandes llanuras de África Oriental y las áridas tierras del Kalahari, la región de Luangwa ha recibido poca atención durante muchos años. Pero la situación está cambiando rápidamente y he venido a explorar las peculiaridades de esta región. Detrás de su anonimato se esconde un lugar que muchos han descrito como ‘‘el último rincón de la auténtica África’’.
Hace casi tres decenios, Robin Pope, nacido en Sudáfrica y criado en Zambia, fue contratado para dirigir los safaris a pie que organizaba Norman Carr, un guardabosques que se valía de la caza como mecanismo de control de animales, convertido posteriormente en conservacionista y pionero del ecoturismo. Su influencia aún se refleja en cada albergue y campamento del Valle de Luangwa. Carr concibió la idea de los safaris a pie, así como su código de ética, y entrenó a una generación de guías que continúan la tradición. Una de las características más singulares –y emocionantes– del recorrido son los encuentros cercanos con animales. Pero aunque a Robin le gusta acercarse, no corre riesgos innecesarios. ‘‘Hay que estar siempre a la expectativa, con los sentidos alertas para lo inesperado –señala cuando emprendemos la marcha, al amanecer–, y hacer caso a nuestro sexto sentido.’’
Recorrer a pie la selva africana agudiza todos los sentidos. Los sonidos y olores se vuelven más intensos –como el estrepitoso ruido al pisar las hojas secas del árbol de salchichas (Kigelia pinnata) o el abrumador aroma a gardenias de los capullos de la Holarrhena antidysenterica. Todo adquiere importancia: el crujido de una rama, la voz de alarma de un impala, el tenue olor a muerte que flota en el viento desde alguna parte; ¿qué significa?, ¿hay leones cerca?
Robin avanza con paso firme mientras cruzamos sotos de sauces rojos (Combretum imberbe) y caobas, secos mopanes (Colophospermum mopane) y enmarañados macizos de alcaparros (Capparis spinosa). Pero también se detiene ante cualquier cosa interesante: un montón de moteadas plumas de gallinas de Guinea (lo único que queda), unas cuantas agujas de puercoespín (parece que logró escapar), heces de hienas (tan blancas como los huesos que comen) y estiércol (fresco) de león. Caminar con Robin es tan interesante que a veces olvido el peligro, pero con nosotros se encuentra una quinta persona, cuya presencia hace posible el safari a pie (y acercarnos a los leones): un explorador armado de la Autoridad para la Vida Salvaje de Zambia. Toda excursión incluye un guía y un explorador que porta un rifle con suficiente poder como para frenar a un elefante, en caso de que fuera necesario.
Antes de regresar al campamento para el receso de mediodía, Robin nos conduce por un empinado barranco hasta el río, donde docenas de hipopótamos se refrescan cerca de la orilla en una poza en la que el agua les llega a los ojos. Nos aproximamos en fila, agachados, y de pronto Robin e Ison Simwanza, nuestro explorador, se dan vuelta rápidamente y señalan con la cabeza una nube de polvo que se levanta en la orilla opuesta, donde una gran manada de búfalos del Cabo camina por la arenosa llanura como una parda muralla y se aproxima al río a beber agua.
Los búfalos son, al mismo tiempo, muy asustadizos y agresivos, y aunque acercarse a ellos suele ser difícil, hoy tenemos el viento a favor. Robin e Ison se agazapan codo a codo; detrás de ellos, los otros dos compañeros se agachan, con la cabeza baja, y sujetan a los líderes por la cintura. Me acuclillo en el centro y avanzamos juntos, arrastrando los pies por la orilla del río y mostrando el perfil (al menos eso deseamos simular) de un búfalo. La manada no se percata de nuestra presencia. Nos detenemos como a 20 o 30 metros de distancia, directamente enfrente de ellos, y nos tendemos boca abajo para observarlos mientras beben agua, resoplan y chapotean en la orilla del río. Nos encontramos tan cerca que podemos percibir su almizclado aroma bovino y admirar los poderosos músculos debajo de su piel.
Té con las jirafas
‘‘¿Le sirvo un poco?’’, pregunta Babette Alfieri, sosteniendo un humeante termo con té. Por encima de sus hombros, como a 15 metros de distancia, un grupo de nueve jirafas contempla lánguidamente a nuestro grupo de seis, sentados debajo de un viejo árbol de salchichas y descansando en compañía de los animales que hemos seguido a pie durante toda la mañana.
Phil Berry, nuestro guía, sabe más sobre la historia natural del Valle de Luangwa y probablemente ha recorrido a pie más de este territorio que cualquier otra persona. Además de ser una autoridad en la endémica jirafa de Thornicroft, Phil ha seguido a estos rumiantes durante más de 40 años en lo que tal vez sea el estudio ininterrumpido más prolongado que se haya realizado.
Nuestra excursión ha sido de lo más placentera, con largas y reposadas caminatas entre la hierba seca y en ángulo oblicuo al que siguen las jirafas, interrumpida a ratos por contemplativas pausas a corta distancia para observarlas pastar. Cruzamos un paisaje africano de cuento, con altos pastizales y majestuosos árboles de salchichas de los que cuelgan alargados frutos que las jirafas mordisquean si son pequeños.
Phil y su compañera, Babette, crean un ambiente muy grato mientras seguimos a las jirafas, acompañados por Moses Zulu, quien se hace cargo del té, un porteador llamado Joseph Changa-changa y el explorador Isiaih Nyirenda, cuyos ojos están en constante movimiento, escudriñando el terreno. A la sombra de un árbol, Phil se relaja mientras disfruta del té y un pastelillo, con la mirada fija en la hembra #F20, que nos observa entre las hojas de un cercano árbol de salchichas.
‘‘La vi por primera vez hace cinco años –recuerda Phil–. No formaba parte de mi estudio original, pero sigo tomando notas sobre ella y otras hembras.’’ Phil está interesado en las hembras debido a sus interacciones con las crías a lo largo del tiempo. ‘‘He observado que las crías y sus madres vuelven a juntarse en la naturaleza. En algunos casos he presenciado el reencuentro, semanas después de haberse separado, de hasta cinco crías con una madre y vuelven a viajar juntas –explica–. Creíamos que el hombre era el único animal con emociones, pero ahora sabemos que no es así, los primates y los elefantes son los mejores ejemplos. Estoy seguro de que jirafas, leones y leopardos también pueden reconocerse después de mucho tiempo de haber estado separados’’.
Un vuelo sobre el paisaje de la vida
‘‘¿Lista?’’, pregunta John Coppinger y pocos segundos después de mi respuesta afirmativa, enciende el motor y emprendemos la carrera por una pista de tierra en su avión ultraligero, remontando el fresco aire del amanecer. Ascendemos en una espiral de amplios círculos, como una cigüeña que aprovecha las corrientes térmicas, y luego enfilamos hacia el sinuoso río Luangwa. Sobrevolamos Tafika, el campamento selvático instalado en un recodo del río y propiedad de John y su esposa, Carol. Ambos han administrado diversos campamentos en el Valle de Luangwa desde hace 22 años, y se han establecido en la región para criar a sus dos hijas.
Nacido y criado en Zambia, John ha recorrido todo el mundo, desde las minas de diamantes de Namibia hasta los yacimientos petrolíferos del Mar del Norte, para luego volver a casa y retomar su pasión por la vida salvaje. Ha viajado por el sur de África, navegando en canoa desde el nacimiento del Luangwa, en el extremo noreste de Zambia, hasta su confluencia con el Zambesi.
Al ascender cada vez más, sobrevolamos una fila de personas que recorre el sendero que comunica Tafika con Mkasanga, una aldea cercana de aproximadamente 1,500 habitantes, 100 de los cuales trabajan en Tafika, la principal fuente de empleo en la localidad. Mkasanga es vital para el campamento y tiene un lugar especial en la historia de la exploración, pues fue allí donde el doctor David Livingstone cruzó el Luangwa, en 1866, para aventurarse al interior de África. Nos alejamos de la aldea y continuamos hacia el norte por una sinuosa sección del río, pasando sobre los meandros que surgieron cuando el Luangwa cambiaba de curso. Hoy convertidos en aisladas lagunas, se han ido secando poco a poco y han dado paso a exuberantes pastizales donde se alimentan impalas, pukus (Kobus vardonil) y otros animales salvajes.
‘‘El hábitat es muy variado y, como el suelo del valle es muy llano, el río cambia de curso fácilmente –dice John–. Cuando se desborda, inunda toda la zona, como un lago, y entonces sus nutrientes se dispersan por la llanura.’’ El Valle del Luangwa tiene un clima con una voluntad tan fuerte como la de algunos de sus habitantes, lo que preserva las condiciones agrestes del valle y limita la población humana. Dominado por cambios estacionales extremos, el valle se vuelve prácticamente intransitable durante medio año, cuando las lluvias anuales convierten los suelos negros de contextura algodonosa en un pegajoso fango que atasca los neumáticos, y el río crece de un minúsculo arroyo a un torrente que se desborda sobre las tierras circundantes.
Proseguimos hacia el norte hasta llegar a un lejano canal del río, donde volamos en círculo sobre las concentraciones de hipopótamos más espectaculares del valle: centenares de animales apretujados como gigantescos guijarros en un recodo del río. Es una escena clásica de la estación de sequía, cuando el río mengua y los hipopótamos se ven obligados a compartir las últimas charcas de aguas lo suficientemente profundas como para mantenerlos frescos.
Acecho nocturno
En la noche sin luna y con las luces apagadas, nos quedamos inmóviles escuchando. Sólo puedo percibir el latido de mi corazón, pero Derek Shenton oye a un leopardo. Después señala con un dedo la dirección de donde proviene la voz de un impala. Una señal de alarma: el leopardo está cerca.
‘‘Los felinos avanzan en línea recta’’, explica Derek, mientras maniobra el vehículo entre la maleza hasta un punto donde podemos interceptar el camino del leopardo. ‘‘Ha salido de cacería –agrega Derek–, y no hay luna. Es una noche ideal para los leopardos.’’ Los movimientos del animal van acompañados de nuevas llamadas de alarma: los pukus emitiendo un agudo y cavernoso silbido; más allá, un babuino lanza un ronco ladrido como el de un perro. El leopardo avanza de prisa.
Seguimos adelante. De pronto, Derek frena y enciende el reflector. Su luz ilumina un túnel de polvo. Mueve el haz luminoso y detecta la larga cola del leopardo justo cuando desaparece tras una oscura muralla de espesa maleza. ‘‘Lo perdimos –dice–. No podemos seguirlo por allí.’’
Rodeamos un amplio sector de la maleza hasta llegar a un soto de árboles donde descubrimos lo que ocurrió: en lo alto de un árbol de salchichas vemos un impala, recién derribado y arrastrado hasta una fuerte rama, oculto parcialmente por las hojas. Mientras observo con los binoculares, asombrada por el espeluznante poder del felino, una enorme pata moteada se extiende sobre el impala, sujetándolo con actitud posesiva.
Derek Shenton es el guía perfecto para recorrer de noche el Valle de Luangwa desde su campamento, Kaingo (que significa ‘‘leopardo’’). Su padre, Barry Shenton, fue guarda de animales y jefe de guardabosques en el Parque Nacional Kafue. En 1950 trabajó con Norman Carr en la creación del primer campamento privado para safaris fotográficos en Nsefu, al otro lado del río, frente a Kaingo. A principios de la década de 1990, Derek trabajaba como guía independiente cuando se enteró de que el campamento de su infancia estaba disponible y, junto con su padre, lo solicitó en arrendamiento para construir el nuevo campamento que administra con su flamante esposa, Jules.
El viento nocturno agita los árboles y levanta nubes de polvo mientras viajo con Derek y Jules en el vehículo descapotado. Al conducir, Derek detecta animales con discretas ráfagas de luz –lo bastante prolongadas como para verlos bien, pero lo suficientemente breves como para no alterarlos de forma innecesaria– y utiliza filtros rojos cuando algún animal caza, pues esa luz no ciega al predador ni deslumbra a la presa.
Mientras buscamos al leopardo, encontramos animales que no podemos ver de día: dos puercoespines que corretean entre las hojas caídas, como gigantescos erizos de mar; una civeta que se oculta en la maleza, encorvada como un mapache; un búho pescador, con mirada de eléctrica intensidad, posado en lo alto de un árbol junto al río. Pasamos frente a un grupo de hipopótamos reunido bajo un árbol de salchichas en busca de frutos, luego rodeamos un recodo y encontramos siete jirafas sentadas en el suelo, como señoras tomando el té: escenas secretas, jamás imaginadas, ocultas en la noche africana.
Derek busca la manera de entrar inadvertidamente en el mundo de los animales. Al inicio de cada temporada, construye una red de escondites que le permite acercarse: una lona flotante en el Luangwa, justo frente a una colonia ribereña de abejarucos carmines; una plataforma arbórea en el bosque de ébano para observar el paso de los elefantes; un escondite junto al río donde, al caer la noche, una frágil división de juncos me separa de los 200 hipopótamos que he venido a observar mientras pacen en la orilla, con el cuerpo reluciente de agua y la luna brillando en sus lomos. Sentados en el escondite más reciente de Derek, en una charca fangosa junto a un tributario del Luangwa, observamos a una familia de elefantes que corre en tropel por la ribera para darse un baño de lodo.
Los paquidermos dejan caer grandes cantidades de fango en sus lomos; los más jóvenes se revuelcan y un bebé ni siquiera puede mantenerse en pie sobre el resbaloso cieno. Derek habla de la caza furtiva de elefantes. En las décadas de 1970 y 1980, Luangwa sufrió gravemente debido a esta actividad y perdió a todos sus rinocerontes y casi el 90% de sus elefantes.
La protección, así como la aplicación de las leyes y el cambio de actitudes, pusieron fin al problema, aunque siempre hay incidentes con los cazadores furtivos, sobre todo en la temporada de lluvias cuando la mayoría de los campamentos de safari interrumpe sus operaciones.
Esa noche me despierta un fuerte sonido. Me acerco a mirar por la ventana y encuentro un muro gris: una elefanta masca ruidosamente las ramas de un árbol que sombrea la cabaña. La luz de la luna ilumina a una pequeña cría entre sus patas, la cual aún está aprendiendo a utilizar su trompa. La madre se acerca y golpea la cabaña sin dejar de comer. La veo rumiar, escucho el gruñir de su estómago, la oigo respirar. Minutos después, se alejan silenciosamente.
(La autora Christine Eckstrom y el fotógrafo Frans Lanting son residentes de California. Eckstrom afirma que Zambia es ‘‘lo mejor del África salvaje’’.)





Hola mi nombre zoraida con mi familia queremos viajar a un safari pero no conocemos mucho sobre este tema pero de verdad queremos hacerlo.
preguntas cual es presupuesto par ahacer esta aventura.
gracias
EXISTE LEONES DE COLOR NEGRO?