Aïna

Escrito por: Reza Deghati el 28 de Mayo de 2007 | 4:22 pm
Etiquetas: Ninguna

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Reza Deghati Foto: National Geographic

Una aventura humana en Afganistán

Sucedió hace veinte años. Me encontraba en medio de una guerra impuesta por el ejército más grande y poderoso del mundo: el ejército ruso. Con el paso de los meses, escondido entre montañas, aldeas y trincheras, y al lado de hombres, mujeres y niños, descubrí un magnífico país. También encontré personas con almas magníficas. Sus ojos lo expresaban todo: hablaban de profundidad interior, de belleza y sufrimiento a causa de años de guerra, exilio y hambre. Conocí a gente que había vivido guerras, no sólo de su propia historia sino de la historia del ser humano.

En aquellos años, en Afganistán y otros lugares, descubrí, como joven fotoperiodista, la guerra y la palabra en su estado más cruel; no sólo en Afganistán sino también en África, en las aldeas de Pakistán, Rwanda, Líbano, la tragedia de Pakistán, Karabag, Filipinas y Sarajevo. Ante estos acontecimientos, es imposible permanecer como simple espectador. Empecé, entonces, a pensar de manera más profunda sobre las guerras, la opresión, el exilio y las innumerables muertes. También descubrí a personas con soluciones: los trabajadores de la Cruz Roja, pioneros de la humanidad. Estos doctores franceses, como bien se les llamaba en los setenta, acogieron la tarea de reconstruir físicamente a aquellos que más lo necesitaban. Pues cuando las armas se silencian y los ejércitos se retiran lo que más se necesita es una reconstrucción tangible.

Algunas organizaciones no lucrativas construyen caminos, casas, escuelas, clínicas y demás infraestructuras. Otros se dedican a curar el sufrimiento corporal al ofrecer operaciones, vacunas, vendas y muletas para superar minusvalías y el sufrimiento causado por la guerra. Pero también existe una forma invisible de destrucción aún más difícil de curar: el daño a la dignidad del alma herida, el daño a la cultura herida. Las heridas en el alma enterradas en lo más profundo del ser pueden, a largo plazo, socavar la fuerza para reconstruir físicamente el país e impedirle a toda una nación recuperarse por completo.

La cultura de guerra trae más guerra. Las personas que no reciben beneficios intelectuales ni culturales tiene sólo una diferencia: los diferentes sonidos de las armas. Es así como Aïna inició. Aïna significa espejo y previsión. Es un espejo que se sostiene ante todas las personas que buscan encontrar una identidad perdida en los años de guerra, para recuperar su propia herencia perdida. Aïna ayuda a crear una expresión de cultura en todas sus formas, una organización de medios de comunicación independiente en lugares donde la libertad de expresión continúa siendo un concepto frágil. Aïna se llama a sí misma organización humanitaria de tercera generación, cuyas actividades buscan curar almas heridas al proveer apoyo logístico y entrenamiento para los lugareños que trabajan en la cultura de medios.

Hoy, en Afganistán, Aïna apoya la democratización y la creación de una sociedad civil después de más de dos décadas de guerra, y tiene centros de cultura y medios en Kabul y otras siete ciudades: Mazar-e-Sharif, Heart, Kunduz, Ghazni/Bamyan, Jalalabad, Khost y Kandahar. Esperamos que otras ciudades cuenten pronto con sus propios centros de cultura y medios. En estos centros, cientos de afganos trabajan en cultura y medios en distintas áreas. Ha apoyado ocho publicaciones, incluyendo las revistas para mujeres Malala y Seerat, el periódico semanal Kabul Weekly, la revista para niños Parvaz, así como revistas de sociedad, una revista satírica, la primera revista francesa en Afganistán Nouveles de Kaboul y la primera revista inglesa. También se vende un diario internacional semanal para que los afganos puedan leer sobre lo que el mundo piensa y escribe de ellos y de su país.

En cuanto a video, Aïna busca entrenar mujeres afganas para que puedan contar la historia de su país en los últimos veinte años, basadas en las historias de otras mujeres afganas (las cuales constituyen 50 % de la población). Así descubrimos otro Afganistán, visto a través de los ojos de las mujeres, con un punto de vista sobre la guerra que se ha mantenido oculto durante muchos, muchos años.

También están los fotoperiodistas. Son alrededor de quince hombres y mujeres jóvenes que se encuentran entre los primeros fotoperiodistas de Afganistán. Aïna ha establecido un departamento de radio dirigido por mujeres afganas que lleva el nombre de Afghan Women Voices (Voces de Mujeres Afganas). Está diseñado para viajar de aldea a aldea y educar a aquellos que no pueden leer ni periódicos ni revistas. Estos casetes educativos son una genuina forma de educación visual e informal para los que habitan en los lugares más remotos del país.

Aïna está abierta a todo tipo de actividades culturales: exhibiciones de fotografías, pintura, conciertos y todo aquello que provea de vida cultural a la gente afgana.

En la producción y actividades de entrenamiento, Aïna utiliza la última tecnología disponible entre la brecha de profesionales de medios del mundo occidental y de aquellos en Afganistán; en cuanto a apoyo logístico, busca proveer estas herramientas de libertad a Afganistán —me refiero a las herramientas de la libertad, a aquellas que tenemos en Occidente y que los afganos todavía buscan obtener—; apoya a un grupo de personas cuyas actividades en la vida cultural y periodística del país son parte de la educación de paz y libertad afgana.

Recuerdo un día en 1990, mientras trabajaba para Naciones Unidas, que mientras estaba repartiendo trigo a la gente que construía caminos, canales de irrigación y clínicas, escuché a un niño reír. Volteé y lo vi salir de la escuela con una pequeña planta en la mano. Tenía un poco de agua y tierra y de ahí había brotado la planta. Había aprendido a cuidarla. Estaba tan orgullosa de ella que le brillaban los ojos. Le pregunté, ‘‘¿qué piensas hacer con tu planta?’’ —su respuesta es tal vez una de las razones por las cuales fundé Aïna y por lo que sigo regresando al país y continúo haciendo lo que hago—, él me contestó, ‘‘voy a hacer crecer un árbol de la planta’’. Hoy día, Aïna es como la planta; sus raíces se enriquecen con tierra cultural afgana. Y en el futuro podría convertirse en un árbol de paz y cultura en Afganistán, así como en todos los países donde la libertad de expresión continúe frágil.

Un comentario

  1. Escrito por Obed:

    Muchisimas gracias por este reportaje, me parecio estupendo, soy cubano y por no tener la libertad de expresion que quizas muchos no sepan lo que es no tenerla, si no es que la han vivido,es por eso que vivo en exilio aqui en USA, y gracias a USA, ahora sé lo que se llama LIBERTAD DE EXPRESION. Una vez mas, gracias

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