Estambul
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Foto: National Geographic
Un viaje en alfombra mágica
Decidido a conseguir el tapete perfecto, nuestro autor viaja a Estambul y desentraña la antigua cultura de las alfombras.
La alfombra es idónea. Con el diseño tribal de los kurdos iraníes, medidas aproximadas de cuatro por tres metros, y unos 80 años de antigüedad, fue teñida con tintes naturales en tonalidades de óxido, granada, lapislázuli, pistache y azafrán. Yace extendida en el piso de uno de los negocios de alfombras más antiguos del Gran Bazar de Estambul.
Afuera, el pasillo de mármol resuena con voces que regatean y el tintineo de los vasos de té, como ha ocurrido desde hace más de 550 años. ‘‘Vamos –exclama el tendero, Hasan Turkeri–, le hemos ofrecido un buen precio. Terminemos de una vez.’’ Sólo necesito estrechar su mano, anotar mi dirección en Virginia, EUA, y como dice el hombre, ‘‘la alfombra llegará a la puerta de su casa antes que usted’’.
Pero me estoy adelantando mucho en el relato. Desde hace años he anhelado la alfombra oriental perfecta para el despacho que tengo en el tercer piso de mi casa. Imaginaba una alfombra tan grande y gruesa que ahogara los molestos ruidos de los pisos inferiores producidos por niños, perros y un estentóreo piano de cola. Sería suntuosa y evocadora, y pondría fin a la lamentable simplicidad de mi lugar de trabajo, con terminados en madera y yeso. Hace mucho precisé las dimensiones de la alfombra e incluso tenía cierta idea del diseño. Por fin, la primavera pasada, terminé de reunir el dinero para comprarla y llegaba la hora de adquirirla. Por supuesto, nada de visitar un centro comercial, no. Aprovecharía la ocasión (o mejor dicho, el pretexto) de regresar a Estambul, una de mis ciudades predilectas, para zambullirme en su antigua tradición cultural.
La capital histórica de Turquía ha sido denominada ‘‘la ciudad deseada por el mundo’’. Más populosa y exótica que Nueva York e indiscutiblemente más antigua, esta urbe de 10 millones de habitantes, otrora conocida en distintos momentos como Bizancio, Constantinopla y Stamboul, fue el punto histórico de encuentro de docenas de culturas del Mundo Antiguo. Dividida por el Bósforo, este canal es, de hecho, la frontera que separa Europa de Asia. Antigua encrucijada, Estambul es ante todo un mercado. Si usted necesita algo, aquí lo puede encontrar, o se lo consiguen. Los vendedores hacen todo lo posible por entablar una conversación, y cuando lo logran, le invitan a su tienda a tomar té y negociar. Pero no se ofenda por su actitud directa: es una antigua costumbre.
Mi rincón favorito y donde siempre me hospedo cuando visito la ciudad es Sultanahmet, el barrio más añejo de Estambul, que data de 660 a. C. Forma parte del Estambul antiguo, rodeado por una muralla de la época romana, con hoteles cómodos, aunque pequeños, y siete colinas: cada una coronada con una enorme mezquita de aguzados minaretes. El distrito posee una complaciente majestuosidad que evoca el pasado.
Para explorar este sitio que la UNESCO ha declarado Patrimonio de la Humanidad, comienzo por el magnífico santuario abovedado de Hagia Sophia (Iglesia de la Divina Sabiduría), colosal catedral edificada por el emperador romano Justiniano en el año 537. Hasta 1453 fue la iglesia más impresionante del orbe, pero luego Mehmed el Conquistador la convirtió en la mayor mezquita del mundo islámico. A unos pocos metros, la Mezquita Azul, de escala comparable y mayor elegancia, se encuentra en el extremo de un parque repleto de fuentes, el cual cruzo para llegar a otra joya de la ciudad: el Palacio Topkapi, histórica morada de los sultanes otomanos quienes, en su mayoría, enriquecieron esta maravilla arquitectónica. Topkapi tiene patios, un harem, habitaciones para eunucos, una biblioteca, jardines en terrazas y cocinas. Si no toma un recorrido guiado, fácilmente podría perderse en su interior por varios días.
Entre una y otra escala, saboreo una brocheta de cordero y disfruto de un baño turco (con la mejor rasurada de barbero en todo el mundo) en el Cagaloglu Hamami , un sauna de 265 años de antigüedad construido con mármol blanco. Luego tomo una cerveza y leo el International Herald Tribune en un café al aire libre situado enfrente de Hagia Sophia. Hacia la tarde, he terminado por readaptarme al ambiente mercantil de Estambul y llega la hora de ir al Gran Bazar para hacer negocios.
Visto desde cualquier calle o callejón, el Gran Bazar tiene un aspecto bastante humilde: el acceso es un portal de mármol con forma de arco, en un costado de una alta muralla de piedra. Sin embargo, las 3,300 tiendas que ocupan una kilométrica cuadrícula de pasillos de piedra y mármol son un ataque a los sentidos. Multitudes de lugareños y turistas, por igual, abarrotan un mundo de brillantes luces, joyería de oro, antigüedades de bronce, narguiles, solideos, diamantes, camisetas de fútbol, cajeros automáticos, mezquitas, mapas antiguos, restaurantes, zafiros, rubíes, chaquetas de piel, lámparas viejas y cimitarras para turistas. Todos en el Gran Bazar están empeñados en vender, comprar o regatear.
El incesante murmullo del comercio, la esencia de Estambul, se eleva hacia el alto y abovedado techo. El secreto para disfrutar la experiencia de comprar en este lugar es encontrar vendedores de personalidad agradable. Siempre hay que regatear pero, aunque usted no lo crea, la actividad puede producir buenas amistades. Me abro camino hacia varias tiendas de alfombras donde, con la consabida taza de té, me ofrecen exhibiciones de 15 a 30 minutos.
Algunos negocios tienen costosas alfombras de seda pura, tejidas a mano y concebidas para lucirlas en una pared, de modo que son demasiado finas para tenderlas en el suelo de mi despacho. Otras tiendas muestran tapetes de precio más accesible, hechos de algodón o lana, con diseños florales, medallones o estampados geométricos copiados de antiguos tapetes. No hay duda de que son atractivos, pero no lo bastante originales para mí. Sin embargo, muy pronto topo con un grupo de hombres que charla frente a Kemal Erol, el negocio de alfombras más antiguo del bazar, según dicen.
‘‘Entre a dar un vistazo’’, invita un joven de cabello negro. ‘‘No, ya es muy tarde –interpone otro– . Y acabaremos llorando’’. Decido seguirles el juego, ‘‘¿Por qué van a llorar?’’, pregunto. ‘‘Porque no habremos vendido suficientes alfombras –responde–, o bien, porque las venderemos tan baratas que no ganaremos suficiente.’’ En un abrir y cerrar de ojos, me encuentro sentado en un sofá de piel, bebiendo té con sabor a manzana, con un tipo de unos 30 años llamado Hasan Turkeri, uno de los socios de Kemal Erol. Al otro lado de la habitación, dos hombres empiezan a bajar montones de alfombras dobladas para mostrármelas. Le digo a Turkeri las dimensiones, los colores y el diseño que tengo en mente. ‘‘Sólo mire un poco –sugiere–. Las buenas alfombras siempre aparecen por sorpresa, si alguna es para usted, esta casi gritará su nombre’’.
Antes de iniciar el viaje, comparé precios de alfombras en los negocios especializados cerca de casa y estudié una copia del libro Alfombras orientales: de las carpas, chozas y talleres de Asia, de Jon Thompson. Excepto por eso, poco sé del tema, así que Turkeri se arma de paciencia para educarme un poco. Por ejemplo, me explica que casi todos los diseños son decorativos o abstractos porque la ley islámica prohíbe hacer representaciones de personas y animales. El diseño de cada alfombra, agrega, tiene un colorido y una personalidad propios, desde refinado hasta atrevido. Las alfombras más finas, con rebuscadas volutas, medallones o delicados adornos, fueron creadas para la nobleza o la alta sociedad. Las alfombras que usan intensos colores primarios y diseños caleidoscópicos con ‘‘agradables irregularidades’’ son típicamente tribales. ‘‘Las alfombras más duraderas son de lana –prosigue Turkeri–, y están teñidas con colorantes naturales que se desgastan con más elegancia que los tintes químicos’’.
Noventa minutos después, he visto unas 80 alfombras y, como vaticinó Turkeri, una de ellas gritó mi nombre. Procede de la región históricamente kurda de Heriz, en Irán (antigua Persia) y tiene aproximadamente 80 años de antigüedad. Entonces veo la etiqueta: 16 mil dólares. ¡Ay! Cuando Turkeri nota mi interés, cambia inmediatamente la actitud de maestro por la de comerciante y me ofrece el descuento instantáneo para ‘‘nuevos amigos’’: apenas 14 mil dólares. ‘‘No hablemos de dinero todavía’’, le ruego. En vez de ello, invito a Turkeri a comer conmigo.
Me lleva a un pequeño restaurante en el piso superior, apartado del bullicio. ‘‘Es comida turca de estilo casero –me explica–. Esto es lo que comemos todos los días.’’ Sirven té, una canasta de pita, ensalada de berenjena y tomate, kofte (albóndigas condimentadas) con espinaca cocida y yogur, arroz, brocheta de cordero y un postre de bademli kek: pastel con almendras y miel. Mientras comemos, Turkeri, marido y padre, me cuenta que vive en la otra orilla del Bósforo, en el lado asiático de Estambul. ‘‘Mis padres son kurdos, del clan Gilkon –dice–. Cultivábamos albaricoques en Anatolia Oriental y vinimos a Estambul cuando yo tenía cinco años.’’
Las alfombras han sido muy generosas con Turkeri. Siendo adolescente, comenzó a trabajar en distintas tiendas sirviendo té a los clientes y cargando alfombras para exhibirlas. Por la noche, asistía a una escuela de idiomas y ahora habla inglés, italiano y español, además de turco y kurdo. ‘‘Pero siempre trabajé –recuerda–. Vendí muchas alfombras y con el tiempo me invitaron a ser socio de Kemal Erol, algo considerado de gran prestigio.’’ Hoy en día, Turkeri conduce un Range Rover, tiene intereses comerciales en Estados Unidos y ha ayudado a sus padres a construir una casa de retiro. ‘‘Ha sido difícil –apunta–, pero es también un sueño hecho realidad.’’
Mientras disfrutamos del postre, Turkeri enriquece mis conocimientos sobre las alfombras. ‘‘En un principio, sólo se hacían para protegerse del frío, ya que la mayoría de los pastores vivía en carpas. Las tribus desarrollaron diseños propios y, con el paso de los siglos, la confección de alfombras se transformó primero en un arte y luego en un negocio.’’ Las alfombras comenzaron a llegar a Occidente en los siglos XVI y XVII, continúa, y los turcos fueron los principales intermediarios. Enrique VIII de Inglaterra fue un ardiente admirador de las ‘‘alfombras de Turquía’’; de hecho, aparece en varios retratos posando con su colección.
Al llegar la época victoriana, los tapetes de Asia central, hoy llamados tapetes orientales o persas, adquirieron tremenda popularidad entre los integrantes de la clase media. Llegado el siglo XX, las alfombras viejas se volvieron muy valiosas, y los comerciantes sin escrúpulos comenzaron a visitar las provincias asiáticas para obtener objetos autóctonos de los pastores a cambio de alfombras nuevas de fabricación industrial. ‘‘Decían a los campesinos: ‘tus tapetes parecen muy viejos. Te los cambio por mis alfombras nuevas’ –cuenta Turkeri–. Aquellos comerciantes obtuvieron enormes fortunas y fue así como se creó una industria global que hoy representa miles de millones de dólares. Todo debido a que los pobres pastores de Asia central tenían frío.’’
Después de comer, me despido de Turkeri y doy un paseo para reflexionar. Voy del Gran Bazar a la orilla del Cuerno de Oro y abordo un transbordador que me lleva por el estrecho, en 15 minutos, hasta Harem, un activo puerto marítimo en el lado asiático, para luego regresar. Me asombra la variedad del tráfico del Bósforo: desde buques petroleros hasta pequeños botes para un solo pasajero. De vuelta en Sultanahmet, subo una colina junto al muro occidental del Palacio Topkapi y gratamente fatigado, me dirijo al hotel. Al ponerse el sol, un muecín inicia su adhan o llamado a la oración. Desde los altavoces situados en lo alto de los minaretes de la Mezquita Azul se escucha la frase árabe que proclama ‘‘Dios es grande’’: ‘‘Alllaaaahhh hu Akkbarrrr… Alllaaaahhh hu Akkbarrrr’’.
Pero apenas me percato del hermoso clamor, pues sólo puedo pensar en la alfombra, aquella Heriz de 80 años que tanto me gustó. Mientras comíamos, Turkeri tocó varias veces el asunto del precio, pero yo insistía en cambiar el tema para evitar el regateo. El costo ahora es de 11,000 dólares. La siguiente tarde visito Capadocias, una tienda de alfombras en Sultanahmet administrada por Ali Ergolu, cuya familia es originaria de Capadocia, hermoso y desgastado distrito del centro de Turquía, donde tienen una fábrica de alfombras. Algunos de sus tapetes son imitaciones de factura industrial que copian diseños tradicionales.
Ergolu está orgulloso de su inventario y casualmente una de sus alfombras empieza a decir mi nombre. Es el tapete más singular que haya visto hasta ese momento, una nueva versión de una antigua alfombra dotal procedente de Ushak, en el oriente de Turquía. Tal vez no sea de origen islámico, pues el pelo teñido con colorantes vegetales muestra una primitiva aldea con personas, casas, ganado, corderos, aves, camellos, estanques y herramientas de labranza. Eroglu afirma que las alfombras dotales son sus favoritas. ‘‘La joven teje en ella el alma, el corazón y sus sueños –explica–. ‘¿Viviré en una granja?’, se pregunta. ‘¿En la ciudad? ¿Tendré hijos?’. Y entonces, cuando está en edad casadera, la familia cuelga el tapete frente a la casa como un anuncio publicitario. Los muchachos de la aldea lo miran para ver si sus sueños son comparables. La alfombra revela si la joven es alegre o aburrida. Todo está plasmado allí.’’ Hace una pausa, sorbe el té y aspira profundamente el humo de un cigarrillo antes de continuar. ‘‘Si después de ver la alfombra, un muchacho desea casarse –prosigue Eroglu–, pide a sus padres que lo acompañen a casa de la chica para hablar con los padres de ella mientras la joven va a la cocina a preparar café y escucha detrás de la puerta. Si los padres se entienden, el de la pretendida grita: ‘¡Trae café!’ y la chica sale, pero no puede hablar. Si el muchacho le gusta, le habrá puesto azúcar en el café. De lo contrario, su café estará muy salado. Todos observan atentamente su expresión al dar el primer sorbo. El muchacho se pone nervioso; la taza tiembla en el plato que sostiene en las manos. Si realmente está deseoso de casarse con ella, no importará que le haya puesto sal: sonreirá como si le hubiera dado azúcar.’’
Eroglu toma mi cuaderno de apuntes y agrega: ‘‘me doy cuenta de que le gusta esta alfombra, así que anotaré mi mejor precio en su libreta’’. Tiene razón. Me gusta el tapete, pero no tanto como el de Turkeri. Dos días más tarde, después de un par de visitas a Kemal Erol para evaluar mi compra (ahora el precio de Turkeri es de 9,000 dólares), me encuentro en su Range Rover saliendo a toda velocidad de Europa por el Puente del Bósforo. ‘‘Bienvenido a Asia’’, celebra un anuncio. ‘‘Iremos a Hereke, donde hacen las alfombras de seda más finas –informa Turkeri–. Hasta que se instituyó la democracia, en 1923, las mujeres de Hereke hacían tapetes sólo para la realeza y dignatarios extranjeros, pero el dinero es lo único que importa ahora. Si tiene suficiente, puede comprar lo que quiera.’’
Una hora más tarde, subimos por una estrecha calle lateral empedrada, donde las casas dañadas por el terremoto de 1999 han sido remendadas con piedras y bloques de cemento prefabricado. Turkeri detiene el auto. ‘‘Llegamos’’, anuncia y como respondiendo a una señal, un hombre bajito de unos 65 años enfila hacia el auto y nos indica que lo acompañemos. Nos acercamos y estrechamos manos. Su nombre es Hasan Ibis, gerente de producción de una compañía local de alfombras de seda, Sirinoglu. Lo seguimos al interior de un edificio y subimos por una angosta escalera. En su oficina, donde las paredes están adornadas con patrones para alfombras, Ibis toma tres velludas bolas blancas con forma de uva y me las entrega. ‘‘Son capullos de gusano de seda –explica–. Cada capullo produce aproximadamente 1,600 metros de fibra de seda y está hecho con una sola hebra. Para hacer el hilo, trenzamos 40 hebras y luego las teñimos con tintes naturales. Tenemos más de 150 telares donde tejemos alrededor de 30 alfombras al mes.’’ ‘‘¿Cuánto cuesta una buena alfombra de seda de Hereke?’’, pregunto. ‘‘Depende del tamaño, la cantidad de nudos por centímetro, la calidad de la seda.’’ ‘‘¿Pero cuál es el precio base?’’ ‘‘¿En dólares estadunidenses? Alrededor de 5,000 por un tapete pequeño.’’
Ibis nos conduce por la calle hasta una residencia a medio reparar con las paredes fracturadas. Nos quitamos los zapatos, y al entrar nos recibe una mujer llamada Sudamin. La seguimos por la cocina hasta la habitación principal de la casa, donde hay una estufa de carbón en un rincón y un televisor en el otro. En medio, apoyado contra una pared, se levanta un telar de 1.20 metros de ancho por 1.80 metros de alto, donde reluce la luminosa superficie azul, blanca, roja y amarilla de una alfombra a medio confeccionar. ‘‘Aquí lo tiene –anuncia–. Este es mi trabajo. Miro la televisión mientras tejo. El trabajo exige demasiada atención para hacerlo de una sola vez, así que tomo descansos para cocinar y limpiar la casa, y luego regreso al telar. Así me paso el día.’’
Sudamin, quien demora cinco meses en terminar una alfombra, se aproxima al telar para hacer una demostración y con gran destreza levanta un trozo de pelo, hace un nudo doble y lo corta a la altura adecuada. Cada centímetro cuadrado de esa alfombra, explica, contiene 20 nudos pequeños y bien apretados, característicos de los tapetes más duraderos del mundo. Termina una urdimbre completa en cuestión de minutos; si yo tuviera que hacerlo, me habría tomado casi todo el día. Sudamin gana 800 dólares mensuales por su trabajo (buen dinero en esa región) y ha desempeñado su oficio durante 20 años, desde que tenía 15. ‘‘Mis alfombras son mis bebés –agrega–. Cada vez que termino una, le hago una fotografía para recordarla y luego envío a mi bebé al mundo para que alguien lo adopte.’’
Mientras conducimos de regreso a Estambul, hablo con Turkeri de alfombras, historia y la conjunción de estos temas. Por fin pregunta: ‘‘acerca de la alfombra de la sala de exhibición, ¿ya está listo para cerrar el trato?’’. Se hace un largo silencio. ‘‘¡Me está volviendo loco! –exclama Turkeri, con la voz entrecortada–. ¡De acuerdo! 8,000 dólares. ¡Es mi mejor precio!’’
No, no era su mejor precio, pero estuvo en lo cierto en otro sentido. Cuando regreso a Virginia, encuentro que la alfombra ya llegó. Ahora casi cubre el suelo de mi despacho, mucho más silencioso y elegante que antes. ¡Ah!, y mi nuevo amigo, el vendedor de alfombras Hasan Turkeri, vendrá este año a Estados Unidos para visitarme.
(El autor Donovan Webster siguió el rastro de la ruta migratoria de su ADN en ‘‘Las huellas de mis antepasados’’, artículo publicado en nuestra edición de octubre de 2005. Las fotografías de Sri Lanka de Palani Mohan aparecieron en octubre pasado en el reportaje “Belleza profunda”).





ME GUSTARIA SABER UN POCO MAS SOBRE LA ANTROPOLOGIA SOCIAL DE LOS TURCOS, COMO SUS COSTUMBRES Y COMO ACTUAN ANTE LA SOCIEDAD, COMO SE MANIFIESTAN SENTIMENTALMENTE Y COMO PERSIVEN O CUALES SON LOS CONCEPTOS QUE TIENEN DE LOS PAISES LATINOS.