
Hace 60 millones de años, en un planeta de mamíferos que reptaban, sobresalió un arborícola de finas alas: breve estampa de los murciélagos ancestrales que, dotados del vuelo y de la ecolocación, un sexto sentido, dominaron el cielo nocturno y medraron.

En una gélida tarde de mayo, me deslicé por una grieta en el hielo marino y me sumergí en el océano Ártico. El golpe del agua helada en mi cara y mi capucha de neopreno fue tan violento que creí que vomitaría.

Aun en su mejor época, la zona de esquí de Chacaltaya no competía con Aspen. Enclavada en un inhóspito valle en lo alto de los Andes bolivianos, contaba con una pista de 8 km, un columpio inestable para el ascenso y té de hojas de coca para el dolor de cabeza causado por la altitud.