Londres

Escrito por: Patrick J. Kelly el 03 de Julio de 2007 | 8:25 am
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Fotografía de Will Van Overbeek Foto: National Geographic

Londres al habla

Después de 12 horas de viaje desde Houston, no sé dónde termina mi trasero y dónde empieza mi asiento de clase económica. A la mitad de mi vida, finalmente he logrado cruzar el charco para explorar Londres, la única ciudad europea con la que siento alguna relación. Durante mi infancia en Texas, mi padre –enviado a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial– me contó innumerables anécdotas sobre esta capital que Alemania trató de destruir. En aquellos turbulentos días, me dijo, el mundo libre estaba pendiente de las transmisiones de radio de la BBC, que siempre empezaban con ‘‘Esta es Londres al habla.’’

Mientras mi avión aterriza en la pista del aeropuerto Gatwick, miro una vieja foto de mi padre posando junto a la estatua de Eros, en Piccadilly Circus. La noche que tomaron esa foto, unas bombas alemanas V-1 cayeron en la ciudad y mi padre pasó el resto de la velada sacando cuerpos de entre los escombros del sótano de una iglesia, donde unos niños habían celebrado una fiesta de cumpleaños. Ahora, en mi primera noche londinense he encontrado la estatua de Eros, iluminada con un deslumbrante anuncio de neón, al estilo de Times Square.

Según el folleto informativo que llevo en la mano, alguna vez se dijo que la escultura representaba al ángel de la Caridad Cristiana y no al dios griego del amor, aunque tengo la impresión de que los jóvenes que están a sus pies, besándose, no están enterados. El folleto agrega que los londinenses consideran Piccadilly Circus como un ‘‘rincón de mal gusto’’ para turistas. Puede ser, pero no puedo ignorar las multitudes. La verdad es que experimento la dulce sensación de cerrar un ciclo, parado justamente donde lo estuviera mi padre hace 60 años.

Al día siguiente me encuentro a más de 130 metros sobre el Támesis, montado en el Ojo de Londres, una futurista rueda de la fortuna con abombadas cápsulas de vidrio para pasajeros. La vista me permite tener una idea de mi ubicación en la extensa metrópolis de 7.500,000 habitantes. Veo claramente las dos ciudades que, junto con 31 municipios, conforman Londres: a la izquierda, al otro lado del río, se encuentra Westminster, con el Parlamento, la Abadía de Westminster y Somerset House, y a la derecha está la Ciudad de Londres, centro financiero mundial repleto de bancos y corporaciones, donde eligen a su propio alcalde y se encuentra el sitio que diera nombre a la ciudad, Londinium, un asentamiento romano fundado hacia el año 50 d.C.

Londres creció de manera impresionante durante los 274 años que separan a sus dos desastres más espantosos: el Gran Incendio de 1666, que destruyó 80% de la ciudad, y el Blitz (bombardeo aéreo estratégico) de la Segunda Guerra Mundial. Pese a esto, la ciudad moderna todavía conserva su trazo medieval: un caótico laberinto de calles que cambian de nombre constantemente y se trasforman en medialunas, con plazas llamadas norte, sur, este y oeste. Las calles conducen a patios y claustros, palacios y castillos, relucientes distritos comerciales, vecindarios de diversidad étnica e, invariablemente, a parques y jardines hermosamente diseñados.

No hace falta un automóvil. Es tan agradable caminar en Londres que resulta muy fácil perderse sin darse cuenta. Mientras recorro Oxford Street hacia el Museo de Cera Madame Tussauds, me siento atraído hacia el bullicio de una elegante zona llamada Mayfair, donde la arquitectura georgiana se encuentra atrapada entre galerías comerciales y callejones empedrados. Tom Jones es el primer maniquí que reconozco en la fiesta de famosos que me recibe en el museo de cera. El galés resplandece con su impecable traje de etiqueta y casi puedo ver el sudor que perla su frente. Cuando retrato a Morgan Freeman, me parece tan real que juro que lo vi pestañear. Nicolas Cage, Brad Pitt y Susan Sarandon tienen aspecto enloquecido, femenino y aburrido, respectivamente. En el piso inferior, en el salón Escenario Mundial, los turistas hindúes posan junto a Gandhi; los africanos, con Mandela, y todos hacen fila para tomarse una foto con la familia real.

La mañana siguiente me detengo frente al Palacio de Buckingham para esperar el cambio de guardia, preguntándome si tendré oportunidad de ver de cerca a la realeza. El acto dura unos 40 minutos: estampido de botas, gritos de órdenes ininteligibles, armas presentadas y puestas al hombro y melodías marciales, todo está allí. Sigo a la banda por el Mall, majestuosa avenida bordeada de árboles que, durante los acontecimientos de estado, se engalana con banderas del Reino Unido. Al cruzar el Parque St. James encuentro a unos altos y distinguidos individuos que parecen miembros del Parlamento y hablan de temas importantes mientras hacen ademanes con sus paraguas. Incluso las palomas del parque caminan por doquier con resolución.

Decido darme el lujo de una consagrada tradición inglesa: el té de la tarde. Lo tomaré en Harrods, la tienda departamental más importante de Londres, donde espero que me traten a cuerpo de rey. Cuando veo Harrods, lo primero que me llega a la mente es el Palacio de Buckingham. Es un edificio de seis pisos, muy ornamentado, que alberga 330 departamentos y que antaño tuviera el lema: Omnia Omnibus Ubique (Todo para todo el mundo, en todas partes). En la época de mi padre, algunas secciones de Harrods fueron ocupadas como cuarteles militares. Los trabajadores producían allí uniformes, paracaídas y piezas para bombarderos. Accedo por una entrada lateral y cruzo los pasillos de alimentos hasta la Escalera Egipcia, que me conduce hasta el restaurante del cuarto piso. Un hombre con traje de etiqueta arranca suaves melodías a un piano de cola. El té de la tarde incluye emparedados en miniatura recién preparados, bizcochos rellenos de crema cuajada y frutas en conserva, además de tres o cuatro rebanadas de magníficos postres. En el transcurso, consumo cuatro teteras de Earl Grey. De lo más civilizado.

Abordo el autobús y me dirijo al este, al hito histórico más famoso e infame de Gran Bretaña, situado a orillas del Támesis: la Torre de Londres. La fortaleza, construida en 1066 por Guillermo el Conquistador, ha sobrevivido más de 900 años haciendo las veces de palacio, prisión, lugar de ejecuciones, arsenal, casa de moneda, depósito de joyas y zoológico. Ha sido una popular atracción turística durante siglos. Sigo a la más reciente hornada de visitantes a través de la Torre Central, que protege el puente que cruza el foso (hoy lleno de hierba) y continuamos hasta la Torre Byward, que se eleva sobre la entrada de la muralla defensiva exterior. Aunque he entrado como hombre libre, me embarga un sentimiento de temor en este complejo de 7 hectáreas.

Conforme me adentro en este mundo cerrado, llego a la célebre Puerta de los Traidores, una entrada del río que utilizaron muchos personajes importantes condenados a ser ejecutados. En un tiempo, la puerta estuvo adornada con las cabezas cercenadas de los enemigos de la corona mientras que, como advertencia a los malhechores, los cadáveres y diversas partes del cuerpo de los criminales ejecutados se exhibían en los límites de la ciudad. Llego a la Torre Blanca, la estructura más antigua y que casi no ha cambiado en nueve siglos. En el interior hay diversas armaduras que incluyen equipos para caballos y niños, pero la más impresionante es la armadura personal de Enrique VIII, ante la cual la gente se detiene, ríe nerviosamente y señala con el dedo su enorme bragueta de armar. Más adelante veo una fila de turistas frente a una habitación del tamaño de un armario, con un letrero que anuncia Garderobe (guardarropa). Resulta que es un retrete real del siglo XI, perfectamente preservado, con un orificio abierto en la roca y un asiento de auténtico roble, además de una estrechísima ventana que domina el terreno, en caso de que hiciera falta disparar la ballesta. Por mucho, el atractivo más popular de la Torre son las joyas de la corona, magníficamente exhibidas en una espaciosa bóveda de alta tecnología, en el interior de las Barracas Waterloo. La muestra incluye cálices, jarras con tapa, vinajeras, espadas enjoyadas y una ‘‘gran ponchera’’ recubierta de plata, con forma de concha de almeja y cuya base simula el lecho marino con corales y percebes. Algunos de los invaluables objetos son tan populares que los visitantes deben colocarse sobre una banda transportadora para no quedar inmovilizados por el asombro, y no detener la fila.

Más tarde voy a Whitehall, el centro de gobierno. Está prohibido el acceso al hogar del Primer Ministro, en 10 Downing Street, así que prosigo hasta los Salones del Gabinete de Guerra, donde Sir Winston Churchill dirigió la nación insular en sus momentos más difíciles y estremeció a todos diciendo que sólo podía ofrecer ‘‘sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor’’. Gran parte de las 65 habitaciones situadas en el sótano se conservan como estaban el día en que se cerró del complejo de comando, el 16 de agosto de 1945, un par de días después que los japoneses aceptaran la rendición. Los mapas, gráficos, libros, archivos secretos y maniquíes uniformados que componen la exhibición permiten al visitante revivir el ‘‘momento de gloria’’ de Gran Bretaña.

Después me dirijo a Spearkers’ Corner que, durante siglos, ha sido el rincón londinense donde se ejercita el derecho de libertad de expresión. La tradición se remonta a la época en que miles de personas asistían a las ejecuciones públicas en la horca de Tyburn. Los condenados podían dirigirse a la multitud antes de colgar de la cuerda y, el acontecimiento se popularizó tanto que, a la larga, el gobierno empezó a temer posibles revueltas de los espectadores y decidió poner fin a las ejecuciones públicas. La horca se retiró hace mucho, pero la tradición de enfebrecida oratoria todavía se observa en Spearkers’ Corner, en Hyde Park, sobre todo los domingos. El primer orador que encuentro es un anciano parado en un taburete desde donde, con portentosa voz, insta a todos los malditos extranjeros que se encuentran en Londres a recoger sus pertenencias y regresar al maldito agujero del infierno de donde salieron.

Mientras hago las maletas para volver a casa, se me ocurre que Londres es la primera ciudad que he visitado donde me siento, al mismo tiempo, perdido y extrañamente en casa. Londres nos envuelve en una historia de dos milenos que todavía conserva un aire de ‘‘ciudad en crecimiento’’, una atmósfera casi tangible que sugiere que está por ocurrir algo que hará eco en todo el mundo. Mucho de Londres y de los londinenses ha cambiado desde los tiempos de mi papá, pero los monumentos clásicos perduran, y vale la pena visitarlos una y otra vez. También creo que mi padre reconocería algo de la estoica fortaleza, tan habitual en los espantosos días del Blitz.

Los londinenses siguen encarando el mundo con serenidad, sin importar las consecuencias. Y aunque los mentecatos que gritan desde sus taburetes en Spearkers’ Corner se indignen, regreso a Texas con la clara impresión de que, durante mi estancia, fui parte de la historia de esta gran ciudad y estuve tan cerca de su futuro como cualquier turista mortal. ¿Conoce usted otra capital mundial tan bien diseñada que ofrezca lo mismo?

(El autor Patrick J. Kelly y el fotógrafo Will Van Overbeek, ambos tejanos, opinan que Londres es una capital encantadoramente excéntrica.)

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