Florencia

Escrito por: Lorenzo Carcaterra el 04 de Julio de 2007 | 10:19 pm
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Foto: National Geographic

Al acecho de Miguel Ángel

Más de 400 años después de su muerte, la presencia del artista florentino aún cubre esta ciudad de Italia central; su grandeza la realza, su trabajo la domina.

Es imposible moverse a través de las piazzas y caminar entre las calles estrechas –entre tiendas de diseñadores que venden bolsas de cuero elaboradas a mano, trajes confeccionados por sastres y zapatos trenzados– sin sentir que éste es un pueblo dominado por lo que la gente local todavía llama ‘‘el divino’’. ‘‘Miguel Ángel era un florentino en el sentido más puro’’, dice Paolo Murino, un miguelangelófilo que ha leído todos los libros italianos que ha encontrado sobre él. ‘‘Fue más que un artista que intentó plasmar su esencia en su obra y en su tiempo. Fue también –como buen florentino– un hombre de negocios. Comprendió que la mejor forma de hacer que el trabajo perdure es vendiéndolo y colocarlo en las áreas más visibles de la ciudad. El mundo lo ama por su arte. También los florentinos lo aman por lo que desde siempre ha traído a la ciudad: dinero y prestigio’’.

Quedé fascinado por Miguel Ángel Buonarroti desde adolescente, cuando visité por primera vez Florencia desde las calles del Bronx. Desde ese entonces he regresado docenas de veces, suficientes como para ahora considerarla mi segundo hogar. Cada visita me impresionó más la vida y obra del genio introvertido, quien influyó, con su magnífico talento y obras de arte, profundamente en la ciudad. Pero nunca pensé en mirar la ciudad únicamente a través de los ojos del maestro, de visitarla como si él fuera yo; el guía que arroja tanto luz como aprendizaje sobre la belleza embrollada de esta pieza renacentista.

Visitar a Miguel Ángel en Florencia –desde su pintura lírica Tondo Doni: Famila Sagrada, considerada su primera obra maestra que se encuentra en la Galleria degli Uffizi, a la Biblioteca Laurenciana que diseñó para la Basílica de San Lorenzo– es caminar los pasos de un hombre extraordinario.

Ciertamente algunas cosas se han estropeado por la intervención de lo moderno, pero si extraes los coches, motocicletas y antenas, la ciudad de Florencia es casi la misma que cuando Miguel Ángel recorría sus calles. La mayoría de mis amigos en Florencia hablan de Miguel Ángel con intimidad, como si fuera parte de la familia. Es una súper estrella; fue tratado en su tiempo ‘‘como si fuera un ídolo de rock’’, me comentó mi amiga y estudiosa de Miguel Ángel, María Mallardi. ‘‘Se le reconocía en todas las calles, pero él nunca hizo caso a las miradas o a las respetuosas inclinaciones de cabeza. Se conformaba cuando su trabajo hablaba por él; es como si supiera que iba a resistir la prueba del tiempo que lo convertiría de hombre a leyenda’’.

Con una mirada fresca, comienzo el tour en el lugar donde cuelga una de las primeras obras de Miguel Ángel que se conoce: Santo Spirito. Iglesia color crema del siglo XV diseñada por el florentino Filippo Brunelleschi, quien también planeó el gran domo que corona el Duomo, la catedral central de la ciudad. Dentro encuentro la obra –un simple crucifijo de madera pintado con un Cristo que acepta su muerte, y que le fue comisionado a Miguel Ángel cuando tenía apenas 17 años– en la sacristía. Historiadores lo descubrieron en 1963. Es una obra básica, la cual no me da, por lo menos a mí, ninguna pista de las grandes obras que después surgirían de su creador.

Fue la ebullición creativa de Florencia medieval la que desató el genio de este joven que nació el 6 de marzo de 1475, en la aldea florentina de Caprese. El segundo de cinco hijos. Se dice que demostró una vena de independencia desde temprano. Su padre, un pequeño terrateniente, quería que su hijo optara por una profesión tradicional, pero el niño se rehusó. En vez, fue aprendiz de Domenico Ghirlandaio, quien en ese tiempo fue uno de los artistas más influyentes de la ciudad. ‘‘No pasó mucho tiempo antes de que el alumno superara al maestro’’, me explica Mallardi. Estamos en la Casa Buonarroti, ubicada en el número 70 de Vía Ghibellina (cerca de la Piazza dei Ciompi), la cual hoy en día es un museo dedicado a Miguel Ángel. Miguel Ángel compró la casa en 1508 pero la habitó por muy poco tiempo. ‘‘Prefirió vivir libre de la carga de los gastos de la casa y comida’’, continúa Malardi mientras caminamos a través de los estrechos pasillos y viejas escaleras. La casa expone numerosas obras de Miguel Ángel, e incluye una de sus primeras obras ‘‘La Madonna de las Escaleras’’, un bajorrelieve influenciado por los bajorrelieves de Donatello, y una maqueta de madera del diseño de la Iglesia de San Lorenzo.

También se exhiben interpretaciones de otros artistas sobre Miguel Ángel y sus obras maestras, así como obras de arte de la familia Buonarroti. Los muebles del siglo dieciséis parecen pequeños y delicados, las paredes de piedra son frías al tacto, y las pantuflas y el bastón del maestro descansan en un rincón. Casi puedo visualizarlo abriéndose camino a lo largo de la Via Porta Rossa, hacia el ayuntamiento Palazzo Vecchio. La casa perteneció a la familia Buonarroti hasta 1858, cuando su descendiente, Cosimo Buonarroti la donó al público. ‘‘Por lo general, Miguel Ángel veía los bienes inmuebles como inversión’’, dice Mallardi. ‘‘Se hizo rico gracias a todas las casas que compró y poseyó en Florencia’’.

Más tarde, Mallardi y yo nos dirigimos hacia el Ponte Vecchio; puente construido hace 661 años y que todavía hoy en día funciona como conducto primario y lugar de reunión tanto para los florentinos como para los turistas. ‘‘Este espacio tenía muchos usos para Miguel Ángel, tal como lo tiene hoy en día para la gente que trabaja en él’’, me explica Mallardi mientras paseamos por el bazar al aire libre que bordea el puente, y que expone joyería lujosa mezclada con imitaciones Gucci. ‘‘Aquí nos reunimos con amigos, al igual que, seguramente, Miguel Ángel lo hizo. La diferencia es que sus amigos eran algunos de los artistas más importantes del Renacimiento’’.

Me deja en el corazón político de Florencia, la Piazza Della Signoria –la plaza de los magistrados– enfrente del ayuntamiento, Palazzo Vecchio. Una copia del ‘‘David’’ de Miguel Ángel, probablemente la estatua más famosa del mundo, está parada al frente y ocupa el espacio que tenía el ‘‘David’’ original en 1504. Para ver el original, me dirijo hacia la Galleria dell’Accademia, junto a la Piazza San Marco. Fundada en 1563, la Accademia contiene algunas de las piezas más importantes de Miguel Ángel, entre ellas los ‘‘Quattro Prigioni’’, las esculturas inacabadas de cuatro prisioneros, o esclavos, que fueron comisionaron para la tumba del Papa Julio II, el proyecto se abandonó cunado Julio cambió sus planes.‘‘Ya veo’’, escribió más tarde un Miguel Ángel amargado, ‘‘que perdí toda mi juventud encadenado a esta tumba’’.

El ‘‘David’’, algunas veces también llamado el ‘‘gigante’’, se encuentra en un espacio específicamente diseñado, en 1882, para él. Miguel Ángel comenzó a esculpir la figura cuando tenía 26 años; al terminarla, tres años más tarde, se selló su reputación, y los encargos pronto superarían su habilidad para completarlos a tiempo. Cinceló al ‘‘David’’ de una pieza de mármol que había sido rechazada, entre otros, por Leonardo da Vinci, y logró de ella una obra que ha llegado a encarnar la definición misma de escultura.

Otra obra maestra de Miguel Ángel que permanece en la ciudad, por cierto una de mis favoritas, es la ‘‘Pieta Florentina’’, ahora en el Museo dell’Opera del Duomo (el museo del Duomo). Esculpida por Miguel Ángel cuando rondaba alrededor de los setenta años, probablemente para su propia tumba, en un momento la obra le llegó a irritar tanto que tomó un martillo y rompió el brazo y la pierna izquierda de la figura del Cristo (el daño se reparó más adelante por uno de los estudiantes del artista). Nadie conoce realmente la razón del arrebato, aunque Vasari, el amigo y biógrafo de Miguel Ángel dio a conocer tres posibilidades: Miguel Ángel pensó que la obra era inferior; el mármol era difícil para trabajarlo, o la insistencia de su sirviente para que terminara la pieza hizo que el artista perdiera el control.

Cuando me detengo en una de las farmacias herbales más antiguas de Europa (y del mundo, si haces caso a los florentinos), la Officina Profumo-Farmaceutica de Santa María Novella del siglo XVII y forrada de frescos que se encuentra al lado de la Piazza di Santa Maria Novella, imagino otra posible razón para el arranque de Miguel Ángel: la acidez. ‘‘Los problemas de estómago eran una queja común en ese tiempo, como lo es hoy en día’’, me explica Graziella Zacchini, para quien su trabajo en la farmacia es su vida. Observo las paredes perfumadas cubiertas de jabones, cremas y geles que garantizan aliviar al cuerpo de dolores y achaques. ‘‘La élite florentina de ese tiempo, que incluye al mismo maestro, venía a este lugar para adquirir botellas de Liquore Mediceo o Elisir di Stomatico que ayudan a la digestión. Los dolores musculares eran otra fuente de irritación, especialmente entre artistas. Hoy, los trabajadores que restauran las grandes piezas de arte en nuestros museos, incluidas las de Miguel Ángel, vienen aquí y piden los mismos ungüentos que él recibía’’.

¿Fue gracias a estos elíxires que Miguel Ángel vivió hasta la extraordinaria edad de 89 años, cuando la expectativa de vida promedio de entonces era la mitad? Cuando murió, en febrero de 1564, su funeral en la Basílica de San Lorenzo fue el tema central de las conversaciones florentinas. Me dirijo hacia la basílica por la Via della Scala, y doy vuelta en la Via del Moro, hasta la Via del Giglio. La Basílica de San Lorenzo data del siglo IV d.C. y fue, en su mayoría, rediseñada por Brunelleschi en un estilo clásico renacentista, con excepción de la fachada que estuvo a cargo de Miguel Ángel. Realizó el borrador de un elaborado diseño, el cual quería que fuera, como más tarde escribió en una carta, ‘‘en arquitectura y en escultura’’ el espejo de toda Italia’’.

Para su gran pesar, el proyecto fue anulado por Giovanni de’Medici, quien se convirtió en el Papa León X. Aún así, él diseñó la biblioteca y escalera en un estilo manierista, así como dos tumbas para los Medici en la Sagrestia Nuova (Nueva Sacristía), famosas por sus esculturas de Alba y Crepúsculo, Noche y Día. Pero fue en la solemne Capilla de los Príncipes, el mausoleo de la familia Medici, que se honró al ‘‘divino’’ con el funeral más grande que se ha visto en la ciudad.

Miguel Ángel murió en Roma. El cuerpo fue transportado secretamente desde ahí, pues los romanos querían que estuviera enterrado en su tierra, a Florencia, donde su sobrino Lionardo quería que finalmente descansara. ‘‘Su ataúd llegó aquí en la primavera de 1564 y la Misa de Réquiem se llevó a cabo en julio. La gente se sigue formando para rendirle homenaje. No necesitan de un ataúd tal cual, sólo necesitan saber que una vez estuvo aquí, dentro de estas paredes’’.

Pero a veces me pregunto: ¿cuántos visitantes saben que a menos de cien metros de donde descansa su cuerpo, el artista vivió como fugitivo dentro de su misma ciudad?

Junto al altar en la Nueva Sacristía encuentro un pequeño cuarto acordonado. Cerca de la entrada, un guardia del museo hojea una novela. Junto a él se encuentra lo que parece un escotillón soldado al piso, con candado alrededor de su antiguo cierre. ‘‘¿Es aquí donde se escondió?’’, le pregunto. Miguel Ángel había apoyado al gobierno Republicano que gobernó Florencia entre 1527 a 1529; cuando los Medici fueron reestablecidos en 1529, expidieron un edicto para matarlo por su apoyo a los Republicanos. Fue entonces cuando Miguel Ángel se refugió en la iglesia bajo el auspicio del prior de San Lorenzo, quien era su amigo. ‘‘Según dicen, es ahí donde se escondió’’, me responde distraída el guardia. ‘‘Por seis meses’’, añado, ‘‘según dicen’’. Esboza una ligera sonrisa y dice, ‘‘Seis meses es mucho tiempo en un cuarto tan pequeño. Trabajó mientras estuvo ahí. Dicen que podía vivir sin comida o agua por largos periodos de tiempo, pero no podía vivir sin un cincel y un martillo, o algún otro instrumento para dibujar o pintar. Los dibujos en todo el altar se descubrieron en 1975, en el cuarto de abajo. Ahora generalmente se le atribuyen el trabajo a él. Miro fijamente los elementales borradores, martillados a los lados de la pared de piedra. Parece que se cincelan más por aburrimiento que por convicción, como una manera de pasar las semanas hasta que los Medici, que habían financiado su trabajo, lo volvieran a apoyar.

Mis viajes a Florencia suelen terminar en uno de mis lugares favoritos del planeta: la basílica gótica de Santa Croce. Alberga las tumbas y cenotafios de algunas de las mentes más brillantes del Renacimiento: Galileo Galilei, Dante Alighieri, Niccolo Machiavelli y Miguel Ángel, cuya tumba, diseñada por su buen amigo Vasari, es, a mí gusto, la mejor de todas. Observo el busto de mármol de Miguel Ángel, esculpido por Battista Lorenzi y posicionado en el centro del complejo de la tumba.

Pienso en todo lo que he leído: cómo Miguel Ángel peleó y discutió con todos, inclusive con Leonardo da Vinci. Cómo abandonó obras con las que no estaba satisfecho, ya sea por el progreso del arte o por el método de pago. Cómo desafío a sus benefactores, a pesar de que se enriqueció gracias a su dinero. De qué forma se burló del trabajo de otros y maldijo a aquellos que se atrevían a criticar sus piezas. La manera en que era introvertido, en muchas ocasiones hasta el extremo. Pero nada de eso importa, no en esta iglesia, mientras me paro frente a su tumba. Lo único que me importa es que este hombre, hijo de un padre dominante, haya luchado por lograr lo que se había propuesto hacer: plasmar su enérgica y creativa esencia en la ciudad, y por consiguiente en el país entero, al producir obras que sobrevivirán al tiempo.

*(La séptima novela de Lorenzo Carcaterra, Chasers, se publicará en el 2007. Su octavo libro, Midnight Angels, será ambientado en Florencia).

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