Ouray, Colorado
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Foto: The New York Times
Invierno de hielo y vapor en Ouray
En la década de 1870, los mineros de los alrededores de Ouray, en Colorado, Estados Unidos, utilizaban picos para buscar oro y plata. Aún en la actualidad hay personas que utilizan los picos, pero no para desentrañar las vetas minerales, sino para ayudarse a escalar empinadas paredes de hielo. Cualquiera puede participar, incluso los novatos y, después de subir los acantilados, todos pueden relajarse en los humeantes manantiales de aguas termales, en Ouray.
El hermoso y pequeño Ouray (pronunciación: llu-rrei) se ubica a más de 2,300 metros, en un estrecho cañón en el suroeste de Colorado. Un anfiteatro de rosácea roca labrada por los glaciares, que se eleva a casi 1,300 metros, resguarda el pueblo: 50 manzanas cuadradas tachonadas de relucientes casas de estilo victoriano y antiguas cantinas transformadas.
En verano, Ouray atrae turistas a las Montañas de San Juan, más allá de viejas poblaciones fantasmas y prados alpinos repletos de flores silvestres. El invierno solía ser muy apacible, pero la situación está cambiando. Cuando visité Ouray con mi marido, Jeff, encontré numerosos entusiastas del frío que disfrutaban del agua en sus diversas manifestaciones: además del hielo y el relajante contraste de los manantiales termales, hay nieve para esquiar y caminar con raquetas.
En 1995, mediante un ingenioso sistema de tuberías e irrigadores, un grupo de lugareños creó el Parque de Hielo Ouray, en el extremo sur del poblado. Por la noche, 150 regaderas situadas en el borde de la Cañada Uncompahgre vierten agua que escurre y se congela sobre una superficie de más de un kilómetro y medio en los acantilados. Rob Holmes, quien se describe a sí mismo como ‘‘un creativo especialista en irrigación de gran altitud y baja temperatura’’, es el encargado de crear el hielo. De hecho, los escaladores de la localidad lo llaman el ‘‘granjero de hielo’’. Por la mañana, Holmes y su asistente cierran a mano las 340 válvulas que controlan el flujo. ‘‘No es mecánica de cohetes –reconoce–, pero el sistema es bastante complejo.’’ Una corporación no lucrativa es dueña del parque y cualquiera puede escalar el hielo sin costo alguno.
La escalada en hielo, en su forma más pura, se lleva a cabo en las áreas rurales. Para encontrar una cascada congelada de buen tamaño, los escaladores normalmente recorren muchos kilómetros hasta llegar a lugares recónditos. Tratándose de un deporte cuyos riesgos incluyen la caída libre de bloques de hielo de hasta 200 kilogramos, la perspectiva de encontrarse tan lejos de cualquier tipo de ayuda es muy perturbadora. En cambio, en el Parque de Hielo la experiencia resulta mucho más accesible y menos peligrosa.
Novatos como JoAnn Fleming, contadora de 52 años originaria de Brooklyn, han ido a probar suerte en Ouray. En enero pasado, Fleming se reunió con Jayson Stewart (35 años), oficial de inteligencia de la Fuerza Aérea, procedente de Pensacola, Florida, y Matt Sims (43), empleado del Departamento de Seguridad Nacional en Dallas, para un viaje de dos días de alpinismo en hielo, organizado por una compañía denominada San Juan Mountain Guides. Varios meses antes de la expedición, Fleming había colocado en su escritorio un recorte de periódico que hablaba de Ouray. ‘‘Visito lugares que no son demasiado turísticos –explicó–. Y una de las cosas que más disfruto son los deportes de invierno.’’
Los aprendices se reunieron en un sótano donde había un viejo sofá de terciopelo rojo, un ruidoso horno y paredes tapizadas con cuerdas para escalar, hachas para hielo y arneses. Allí recibieron cascos de plástico, rígidas botas para escalar y crampones de metal, tan afilados que podían rasgar fácilmente un pantalón para esquiar. El guía les llevó hasta una zona conocida como South Park, donde cada ruta tiene el nombre de un episodio de la famosa serie de televisión. A veces es mejor no saber que uno está subiendo por una ruta llamada ‘‘Kenny muere’’. Los escaladores se colgaron de cuerdas situadas a, más o menos, cada 6 metros de altura, como un equipo SWAT de mineros en un programa de suspenso. Aparte del eco de la nieve y el hielo al caer, así como las instrucciones que se perdían en el vacío, reinaba una espeluznante quietud. ‘‘Es un deporte silencioso –comentó Fleming–, pero yo no lo soy.’’ Al segundo día, ya había conseguido escalar un velo de hielo azul de 21 metros de altura, clavando sus hachas y crampones con toda facilidad. Fleming y sus compañeros de clases aprendieron a usar cuerdas y anclas para trepar a la cumbre de una cascada congelada de siete pisos, y descender nuevamente a rapel.
La vertiginosa emoción de escalar el hielo no es para todos. Muchos asisten como espectadores para admirar el Parque de Hielo desde uno de los dos puentes que cruzan la cañada o desde una serie de plataformas de metal incrustadas en los farallones de roca. De camino a Box Canyon Falls, la siguiente gran atracción de Ouray, Jeff y yo nos detuvimos a observar a un escalador que subía por una chimenea de hielo, de 60 metros de altura, como si fuera una araña. Luego, nos dejamos impresionar por la geología mientras recorríamos una pasarela de metal adosada a las paredes del cañón, en dirección a las cascadas. Durante la primavera, el agua tiene una espectacular caída de casi 87 metros, pero en invierno, oculta detrás del hielo y la roca, brota un poco más abajo, aunque no por ello el ruido es menos ensordecedor.
Más allá de las cascadas, congeladas y líquidas, la región tiene mucho más que ofrecer. Después de su experiencia de montañismo, Fleming pretendía pasar algunos días practicando esquí y montando motonetas de nieve en Telluride, una hora al oeste (los esquiadores más agresivos van a la cercana Silverton, área de esquí rural con servicios de guía y ascensores). Pero antes se descomprimió dando una vuelta por la linda calle principal de Ouray, con sus centenarios edificios victorianos que incluyen desde el restaurado Hotel Beaumont hasta el derruido y encantador Livery Barn, de 1883. Gracias al encanto de la década de 1880, que emana de todos los tejados de metal corrugado, la población ha sido designada Distrito Histórico Nacional.
El nombre de este pueblo deriva del Jefe Ouray, diplomático indígena ute, célebre por mantener la paz entre blancos y nativos. Durante mucho tiempo, los ute habían ido a ese sitio para bañarse en los manantiales de aguas termales, que consideraban sagrados y curativos. Ahora, Ouray cuenta con una enorme Piscina de Aguas Termales al aire libre, inaugurada en 1927: un estanque ovalado de 45 por 76 metros, que contiene casi un millón de galones de agua mineralizada baja en azufre. La piscina está dividida en secciones que van de los 15 a los 41 °C, y donde los visitantes pueden relajarse, nadar y zambullirse.
Durante nuestra visita, un fin de semana invernal, la piscina estaba repleta de gente muy diversa, desde esquiadores tatuados hasta niños pequeños con salvavidas. La ambientación era casi etérea, con farallones anaranjados y rosados rozando el cielo y vapores que se elevaban y mecían sobre la superficie del agua. Para una experiencia más privada, los bañistas pueden visitar el Manantial Termal Orvis (donde la ropa es opcional), justo al norte de Ouray. El lugar ofrece cuatro piscinas termales al aire libre, incluido un estanque de 40 °C, rodeado de peñascos y cascadas.
En las entrañas del Spa y Albergue Wiesbaden Hot Springs, en Ouray, se encuentra una caverna de vapor con una somera piscina para relajarse. La cueva fue descubierta en la década de 1880 por unos mineros que buscaban oro. Roland McCook, tataranieto del Jefe Ouray, aún va allí a bañarse, entonar cánticos y quemar salvia; otros visitantes acuden a esas aguas con la esperanza de que les cure diversos padecimientos, desde artritis hasta cáncer. La propietaria de Wiesbaden, Linda Wright-Minter, quien visita todos los días la caverna, no promete resultados, aunque siempre surge la duda al constatar su tremenda energía e impecable cutis. ‘‘Nadie diría que tengo 69 años –afirma–. Y me siento como de 30.’’
Ouray atrae una ecléctica colección de individuos. Mientras revisamos el arco iris de adornos de Ouray Glassworks, conocemos al propietario y artista Sam Rushing (54 años), escalador de hielo, de canoso cabello recogido en una cola de caballo. Miembro de la décima generación de una familia nacida en Misisipi, hace 16 años abandonó el calor y los mosquitos de su viñedo en el delta para establecerse en Colorado. Allí se gana la vida produciendo vidrio soplado, pero también es un gran conocedor del hielo. Según Rushing, Ouray tiene el microclima ideal para producir hielo, lo bastante frío para helar las cascadas, pero suficientemente tibio como para que el agua no se congele en las tuberías.
Conducir un auto en las montañas que rodean la población es toda una aventura. Con las manos sujetando fuertemente el volante, entramos en la autopista Million Dollar, antiguo camino de carretas, hoy pavimentado, que conecta Ouray con Silverton, a unos 30 kilómetros al sur. La angosta franja de asfalto se adhiere a la ladera en una serie se sinuosas curvas rodeadas de profundos precipicios. Si tiene el valor de apartar la mirada del camino, podrá admirar una impresionante vista de cumbres y hondonadas nevadas que recuerdan a los Alpes.
En el paso Red Mountain, los esquiadores trazaban suaves arcos en la nieve fresca, mientras las motonetas de nieve pasaban como exhalaciones entre los árboles. Caminamos con raquetas de nieve entre centenarios restos de campos mineros. Quienes gustan de esta práctica, así como los esquiadores, suelen reunirse en el centro nórdico de Ironton Park, a unos 15 kilómetros al sur de Ouray, construido en el sitio de un pueblo minero de 1883. Las pistas de esquí cruzan montones de escombros y serpentean entre viejos caballetes y tiros de mina.
Al final del viaje, nos sentimos revitalizados por el ciclo de calor y frío, hielo y vapor. Vamos a cenar con Fleming, Stewart y Sims en el Bon Ton, el restaurante más famoso de Ouray, donde escuchamos el recuento de sus aventuras en el hielo: ‘‘En verdad lo hicimos solos –insiste Fleming, quien tenía las rodillas amoratadas de tanto golpearlas contra el hielo–. Me alegro de que haya terminado, pero también me alegro de haberlo hecho’’. ‘‘¡Por el hielo’’, brindaron. En cierto momento, Sims miró su vaso de agua y comentó: ‘‘jamás volveré a ver el hielo de la misma manera’’.
(Fuente: Way to Go, The New York Times)




