Annie Griffiths Belt
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Foto: National Geographic
Una mujer con una misión
Annie Griffiths Belt es una verdadera profesional con la calidez de una gran amiga. Sus créditos editoriales abarcan desde revistas (como Life y Stern) hasta exhibiciones (Nueva York, Moscú, Tokio) y libros. Su publicación más reciente, con Barbara Kingsolver, es Last Stand: America’s Virgin Lands. Nacida y criada en Minnesota, Belt ha realizado docenas de reportajes para la Sociedad National Geographic desde su primera asignación, en 1978, en la costa norte del Lago Superior, Estados Unidos. Recientemente terminó un trabajo para National Geographic Traveler en España y Marruecos, y ahora trabaja con la revista para preparar un Seminario de Fotografía de Viajes que permitirá que las familias se congreguen en torno de la fotografía.
Pregunta. ¿Cuándo se dio cuenta de que quería ser fotógrafa?
Respuesta. En una ocasión me dejaron la tarea de tomar fotografías con la luz disponible o ambiental. Cavilé sobre el asunto durante días y terminé yendo a un campo de golf en St. Paul, Minnesota, al amanecer. Pensé: ‘hay luz de mañana y hay luz de tarde’. No sabía más del tema. Era otoño y había bruma. El sol salió y vi un árbol que fragmentaba la luz en un patrón hermoso y con movimiento; algo cambió en mi interior. Me encontraba acostada sobre una espita, de pronto el sistema de riego se activó y quedé completamente empapada. Mientras volvía a casa en el autobús, mojada y sucia, me sentía extasiada. Supe entonces que quería ser fotógrafa. Todavía conservo aquella imagen en mi oficina.
P. ¿Cuál es su filosofía como fotógrafa?
R. Quiero comunicar con mis imágenes; mis fotografías deben ser útiles además de hermosas. Deben estar cargadas de contenido emocional para que los demás entiendan algo que hasta entonces no comprendían. Trato de humanizar las situaciones y me esfuerzo porque mis fotos mejoren al mundo, aunque sea un poquito.
P. ¿Cuál es el mejor consejo fotográfico que ha recibido?
R. Mi primer empleo fue en un diario rural, en una región donde nada ocurría. Pero, para los lectores, aquella vida era importante y necesitaban verla plasmada en papel. Observé a un colega que hacía sentir importantes a los agricultores, aunque sus fotografías o comentarios no fueran publicados. Es imprescindible que el fotógrafo tenga interés en las personas. No siento la necesidad de mantener una distancia emocional prudente cuando trabajo. Cuando enfoco la cámara, río, lloro y festejo como ellos. El escritor John McPhee me causó una honda impresión porque logró expresar en palabras lo que yo sentía cuando me encontraba en medio de la nada. Quiero dar voz y rostro a la gente común. Quiero iluminar lugares que nadie aprecia, porque provengo de un lugar así.
P. ¿Cree que los cambios en la tecnología fotográfica nos permitirán hacer más y mejores imágenes?
R. Será cien veces más probable que tomemos fotos. Y desarrollaremos un gusto fotográfico más sofisticado. Cuando descubramos nuestra capacidad para experimentar y divertirnos, nos sentiremos más cómodos haciendo fotografías creativas. Antes, la gente dudaba de tomar fotografías innovadoras que presentaban una extraña combinación de exposición o mostraban sólo las partes de un paisaje o las partes de una persona. Pero cuanto más experimentemos, más apreciaremos la creatividad fotográfica.
P. ¿Qué es lo que más le molesta de las fotografías publicadas?
R. Que todo el mundo trate de hacer fotos perfectas. Siempre he celebrado la imperfección de la vida y la fotografía. Con la tecnología digital, existe el peligro de que las imágenes pierdan credibilidad. Quiero que la gente sepa que una fotografía que hice en Mozambique –la duna de arena, la pequeña barca, el ambiente– es completamente real.
P. ¿Si no le pagaran para viajar, de cualquier manera te gustaría?
R. Mi madre educó a cuatro hijos con la amenaza: ‘‘si alguno se casa antes de los 30 años, lo rapo. Salgan a ver el mundo’’. Eso hago y estoy fascinada. Sin los viajes, es muy difícil poner en perspectiva la propia cultura. Si uno no viaja, se pierde de muchas cosas. Sería como comer siempre los mismos tres platillos o mirar las mismas cinco películas una y otra vez.
P. ¿Hay algún lugar que ansíe por conocer, pero no haya visto aún?
R. Mongolia. Soy hija de las praderas y me encanta la luz que baña la tierra y el agua. Mongolia tiene llanuras impresionantes, me ha fascinado desde hace años. Si debo ir a cierto lugar y por alguna causa cancelan el viaje, me quedo con la sensación de que el mundo me debe ese lugar. En tres ocasiones han cancelado un viaje a Turquía, así que tengo que ir allá. He trabajado en casi todos los estados del país, pero no he visitado Yosemite o el Gran Cañón.
P. ¿Alguna vez deja la cámara en la maleta?
R. Claro, aunque me causa conflicto. A veces, cuando he salido sin la cámara, tropiezo con una escena verdaderamente mágica y trato de celebrarla, de sentirme feliz sin la obligación de capturarla con la lente.
P. ¿Por qué pondría una cámara en manos de un niño?
R. Es difícil buscar una actividad que pueda compartirse con los niños, sobre todo conforme van creciendo. Una cámara puede ser un pasaporte familiar a la aventura, a un recuerdo compartido. Hoy día, la fotografía digital vuelve a los niños más avispados que sus padres y, los jóvenes, que son más diestros en muchas cosas que los adultos, se complacen en enseñar cosas a sus progenitores. Los adultos leen manuales y se frustran con facilidad; los niños descubren cosas haciéndolas. La fotografía digital ofrece gratificación instantánea y eso propicia el diálogo instantáneo.
P. ¿Tiene alguna fotografía de sus hijos que no pueda olvidar?
R. Un día se desató una tremenda tormenta de polvo a mitad de una boda beduina que había ido a fotografiar. Todos corrieron a refugiarse y yo recogí mis cámaras para protegerlas. A la larga, el polvo se asentó, y fui en busca de mi hijo Charlie. Lo encontré en brazos de un beduino muy inteligente, bondadoso y cariñoso, que lo había envuelto en un keffiyeh. Charlie estaba feliz, y la seguridad que vi en él en ese instante es el regalo que quisiera dar yo a nuestro país en este momento. Han clasificado a todos los árabes como un grupo espeluznante y los estadunidenses poco entienden de su cultura, comunidad, imperativo familiar, humor y ternura.
(Keith Bellows es editor y vicepresidente de National Geographic Traveler).





me gusta mucho como ella se interesa por la fotografia y por el mundo. es una persona interesante hojala algun dia pueda tomar las fotos como lo ha de hacer ella. me despido su amigo jose angeL ;D
el leer éste artículo me ha emocionado mucho, y me ha inspirado a seguir un camino de fotografía q no me había animado a tomar. Comparto el mismo punto de vista de Annie Griffiths. Y me enriquece ver su entuciasmo y ganas de mostrarle a la gente lo maravilloso y asombroso que puede ser el mundo!
Encuentro que la fotografía ayuda a que la gente abra más los ojos y vea cosas que no está en su diario vivir.
adios.