California
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Foto: The New York Times
Costas de California
La playa de Jalama es impresionante a la luz de la luna llena. Bañadas por la pálida luminosidad de nuestro satélite, las oscuras aguas del Pacífico llegan a una costa clara y arenosa. Al norte, el litoral se curva contra un fondo de imponentes montañas, enormes y sombríos bultos en la penumbra. Al este y sur se extienden vastas tierras de pastoreo salpicadas de robles. Así es la costa de California, donde la noche en un hotel de las famosas ciudades costeras entre San Francisco y San Diego pueden costar cientos de dólares, y una semana en la más modesta cabaña de playa representa un desembolso de entre 1,500 y 4,000 dólares. Sin embargo, encontré alojamiento junto al mar por escasos 18 dólares.
Con esa cantidad, pagué una noche en los terrenos del campamento de Jalama Beach County Park, administrado por el Condado de Santa Bárbara y el único lugar accesible al público en la agreste costa de unos 65 kilómetros de extensión. Durante el verano, la estancia en ese lugar o cualquier otra playa pública de California resulta casi imposible, pues hordas de turistas se apropian de los campamentos tan pronto como se abre la oferta de reservaciones para los fines de semana del Día de Conmemoración a los Caídos y el Día del Trabajo, y quienes logran conseguir un lugar, se ven rodeados de campistas. Sin embargo, nosotros –mi esposa, Quinn, Lucy, nuestra hija de 18 meses y yo– viajamos a fines de enero y, en gran medida, pudimos conducir en el auto hasta la entrada tan sólo unas horas antes del atardecer para alquilar un lugar de primera.
Por supuesto, hablamos de acampar en invierno, pero también recorrimos los campamentos más meridionales y disfrutamos de algunos días soleados con temperaturas de entre 15 y de 25°C, ideales para practicar surf con traje de neopreno, caminar por la playa y visitar poblaciones costeras como Malibu y Laguna Beach. Por la noche, cuando la temperatura volvía a descender, nos abrigábamos bien para pasear en la arena a la luz de la luna o acurrucarnos en uno de los alojamientos de campamento más económicos que pueda imaginarse: una furgoneta Volkswagen 1973 reacondicionada. Le alquilamos el vehículo a Bill Staggs, surfista del Condado de Orange cuya compañía, Vintage Surfari Wagons, tiene una pequeña flota de estas reliquias retro, completamente equipadas, en espléndidas condiciones y remozadas. Conducir aquella singular casa rodante nos pareció la mejor manera de serpentear la Autopista de la Costa del Pacífico. Partimos de San Diego y Los Ángeles y continuamos hacia el norte, a través de una serie de campamentos bien equipados, todos con ducha caliente, cautivadoras hogueras al aire libre y secciones especiales para grandes remolques y pequeños campers o tiendas de campaña. Las playas en todos esos lugares eran hermosas y tranquilas.
San Onofre
Acunado entre la extensa base marina de Camp Pendleton y la encantadora población para surfistas de San Clemente, el parque San Onofre State Beach tiene una extensión aproximada de seis kilómetros que corren desde Cotton’s Point, sitio de la Casa Blanca occidental del presidente Richard M. Nixon, y continúan hacia el sur pasando por unos famosos rompeolas conocidos como los Trestles, antes de llegar al paraíso de palmeras y chozas con techo de paja, de casi dos kilómetros de longitud, que es la playa San Onofre Surfing Beach. Su agreste costa está interrumpida sólo por los ominosos domos de la Central Nuclear de San Onofre, antes de proseguir al sur por una larga franja de playas vírgenes, pero fácilmente accesibles, llamadas Trails.
Llegamos a la playa de surf el domingo a media tarde. Había poca gente y el sol brillaba. Me puse el traje de neopreno y me interné con la tabla en el agua de 15°C. Remonté la primera ola y un delfín se lanzó como cohete bajo el agua junto a mí. Un par de horas más tarde, Quinn y yo brindábamos por la puesta de sol con un chardonnay.
El campamento San Mateo, uno de los dos que ocupan el parque, se encuentra casi oculto en un bien preservado valle ribereño bordeado de robles. A casi dos kilómetros de la playa y separado de la costa por la Interestatal 5, parece otro mundo. En una apacible noche de domingo, el lejano ronroneo del tráfico quedó ahogado bajo las notas de guitarra que llegaban hasta nosotros desde el campamento vecino y los cíclicos aullidos de una lejana jauría de coyotes. Salí de la furgoneta poco antes del amanecer del día siguiente, deseoso de surfear frente a la antigua propiedad de Nixon. Caminé hasta la playa compartiendo los dos kilómetros de sendero bordeado de chaparrales (pasa por debajo de la autopista, junto a las márgenes de arroyo San Mateo) con infinidad de conejos, un búho y un coyote. Después de una hora de memorables olas, caminé de regreso y me topé con un gato montés, así como un grupo de asustadizas codornices.
San Onofre es el quinto parque estatal más popular de California, pero actualmente existe un proyecto para construir una autopista de cuota de seis carriles que pasará cerca del campamento. De ser aprobado, dicen los opositores, el paisaje cambiará de forma irremediable, por lo que nos alegramos de haberlo visto antes que eso ocurra.
Leo Carrillo
A unos 160 kilómetros de San Onofre, subiendo por la Autopista de la Costa del Pacífico, se encuentra el Parque Estatal Leo Carrillo, sentado al pie de las montañas de Santa Mónica y a un lado del arroyo Sequit cuyo lecho, bordeado de robles y sicomoros, suele permanecer seco aunque se transforma en un torrente tras las tormentas invernales. El arroyo se une al Pacífico en una playa de 1.6 kilómetros de largo, con forma de media luna, sombreada por las montañas, barrida por un fuerte oleaje y salpicada de pozas de marea repletas de anémonas, cuyos residentes fascinaron a mi hija, Lucy.
Estuvimos completamente solos en la playa y casi igual en el campamento, oculto entre árboles al pie de un largo y frondoso cañón. Estacionamos el vehículo y nos instalamos cerca del lecho de un arroyo. Después de la cena, preparada en la estufa de gas de la furgoneta, nos dispusimos a dormir, el camper tenía una cama matrimonial que se desdobla del asiento trasero y una litera en la parte superior. Nos quedamos dormidos con el arrullo de los búhos y coyotes.
La mañana siguiente recorrimos los boscosos márgenes del arroyo. Los árboles estaban repletos de azulejos (pájaros cantores) y vimos una escandalosa parvada de loros verdes silvestres, a los que un gran gavilán de cola roja (Buteo jamaicensis) observaba con desdén. Por cierto, el parque lleva el nombre de un conservacionista y actor californiano, mejor conocido por su papel de Pancho en la serie de televisión ‘‘The Cisco Kid’’, de los años cincuenta.
Carpintería
La costa de la Playa Estatal de Carpintería ha sido llamada el sitio donde el asfalto se encuentra con el mar, no por la moderna carretera, sino por un antiquísimo pozo de brea que la naturaleza puso justo enfrente de uno de los mejores sitios de surf de la población. En el pasado, los indios chumash utilizaron la brea para sellar sus canoas. Cerca del agua, Lucy pudo cavar en la blanda arena, cortar margaritas, perseguir grandes parvadas de gaviotas y contemplar admirada una gran garza azul que caminaba en las dunas.
En Carpintería, extraña aunque sofisticada población de playa como a unos 20 kilómetros al sur de Santa Bárbara, dimos un paseo por la Avenida Linden y admiramos bonitas tiendas, viviendas de artesanos y centenarias palmeras que tenían como fondo las montañas de Santa Ynez, de 1,200 metros de altura. En la tienda para surfistas Rincon Designs, Lucy se probó cerca de 10 pares de chancletas.
En el campamento, conocimos a otra pareja, Libba y Laurie Padgett, que vivía en una furgoneta Volkswagen, un Westfalia 1989 cuyo odómetro marcaba 385,000 kilómetros. Los Padgett habían utilizado el vehículo durante una década para viajar desde su hogar en río Powell, Columbia Británica, hasta el desierto en el suroeste. En 1975, en otra furgoneta Volkswagen, cruzaron con sus cuatro hijos la frontera de México. ‘‘Todos éramos rubios y llamamos mucho la atención –recordó el señor Padgett–. Nos recibieron con cariño en todas partes.’’ En cuanto a los campamentos que han visitado, el señor Padgett opinó que Carpintería era, posiblemente, su favorito. ‘‘Es un lugar hermoso, y la población tiene todo lo que hace falta –afirmó–. Y no ha cambiado mucho con el paso de los años, a pesar de que el resto de California es ahora muy diferente.’’
Playa Jalama
El solitario y sinuoso camino de 22 kilómetros, que se desprende de la Autopista de la Costa del Pacífico y conduce a Jalama Beach County Park, es inquietante pero majestuoso una vez que cae la noche. Al norte del parque se encuentra la montañosa base Vandenburg de la Fuerza Aérea y al sur están las puertas del Rancho Bixby, de más de 10,000 hectáreas de superficie: propiedad de ondulantes colinas, vacas felices y extensos rompeolas, vendida recientemente a un grupo de inversionistas por la suma de 140 millones de dólares. La mañana siguiente, nos despertó el rugir del mar que entraba a través del techo corredizo de la furgoneta. En la blanda arena había huellas de por lo menos tres mapaches que habían ido en busca de algún desperdicio de comida. La luz del día nos brindaba una clara vista de la playa rocosa que barría el viento. Este diminuto parque de casi 9 hectáreas es, sin duda, uno de los campamentos más hermosos de todo el oeste.
En la fría playa, un arropado grupo de campistas lanzaba exclamaciones de admiración mientras observaba la poderosa marea del oeste. Cerca de allí, unos adolescentes de Los Ángeles rodeaban un sartén donde chisporroteaba el tocino mientras se disponían a practicar surfismo. Charlie Piechowski, de 17 años, dijo que había seguido de cerca la venta del rancho y confiaba en que la transacción daría mayor acceso público a rompeolas famosos y difíciles de alcanzar, como Cojo y Government Points.
Nancy Aardweg, administradora de la minúscula tienda de abarrotes del parque y su excelente restaurante, señaló que algunos residentes temían que la venta del rancho pudiera dar origen a grandes desarrollos urbanos y cambiar la naturaleza silvestre del lugar. Las paredes del restaurante hacen las veces de museo, con repisas donde la historia de Jalama se hace presente en fósiles, fotografías y palabras. El desastre de Honda Point, ocurrido allí en septiembre de 1923 y considerado el peor accidente de navegación en la historia de la Armada, quedó inmortalizado en las páginas de The Lompoc Record: ‘‘Los barcos iban a una velocidad tan pasmosa que al chocar, saltaron sobre los arrecifes y se abrieron enormes agujeros en el casco’’. Murieron 23 marineros y siete destructores casi nuevos se perdieron en la densa niebla cerca del Canal de Santa Bárbara.
El aire era frío, así que salí a caminar solo por la playa hasta Tarántulas, un rompeolas de espeluznante nombre que se encuentra a poco más de tres kilómetros al sur. En el camino encontré conchas, madera flotante, piedras de río y algas arrastradas por la marea al pie de los acantilados de arenisca, de aspecto bastante inestable. Multitudes de pequeñas aves marinas escarbaban la arena en busca de comida. Frente a la costa, los delfines nadaban y saltaban en el oleaje, y llegué a imaginar a un marinero náufrago que luchaba por llegar a la orilla. Me gusta el surf, pero no quise tener nada que ver con aquellas impresionantes y gélidas aguas. Me conformé con la magnificencia del paisaje.
(Fuente: Way to Go, The New York Times)




