París
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Foto: The New York Times
En peregrinación por las catedrales del comercio
Las galerías parisinas del siglo XIX, también conocidas como passages couverts, son prueba de que cualquier construcción moderna que no haya sido tocada por las grúas de demolición puede ser un estímulo para la nostalgia. Cuando estas estructuras de columnas de hiero y vidrio comenzaron a aparecer por toda la ciudad, entre las décadas de 1820 y 1830, se les consideró como visionarios ejemplos de la tecnología de la era industrial, tan celebradas en su época como hoy lo es el titanio combado de Frank Gehry.
Diminutas catedrales del comercio y del ocio, las galerías le ofrecían distracciones nunca vistas antes a la emergente clase de consumidores burgueses. Iluminación de gas, refugio con calefacción contra la lluvia y el fango, una panoplia de bienes y servicios en un espacio cerrado, cafés y restaurantes donde uno podía descansar y observar a otros paseantes, sin duda una experiencia muy superior a la de hacer las compras por toda la ciudad.
La Guía ilustrada de París, publicada en 1852, resumía de manera sucinta el atractivo: ‘‘al hablar de los bulevares interiores, debemos mencionar una y otra vez las galerías instaladas en ellos. Esas galerías, reciente invención del lujo industrial, son corredores de mármol con techo de cristal que se extienden a través de cuadras enteras de edificios cuyos propietarios se han unido para manejarlas. A ambos lados de dichos corredores, iluminados desde arriba, se encuentran las tiendas más elegantes, de modo que cada galería es una ciudad, un mundo en miniatura donde los clientes encuentran todo lo que necesitan’’. Sin embargo, su época dorada duró poco. Tendencias posteriores en la arquitectura dirigida al consumidor –en particular la tienda departamental de mediados del siglo, otra creación parisiense– volvieron obsoletos aquellos arquetipos en pequeña escala. Mas eso no impidió que otros países copiaran el comprobado modelo. En todo el mundo comenzaron a aparecer bazares envueltos en vidrio e iluminados por el sol. Todo centro comercial suburbano donde el consumidor camine a través de una conejera de elegantes tiendas, protegido de los elementos, es descendiente de las galerías parisinas.
Durante algún tiempo, los asiduos de los pasajes eran estudiantes de arquitectura e historiadores sociales intrigados por ver el lugar donde nacía el centro comercial. No obstante, en decenios recientes, la ciudad ha hecho el esfuerzo de conmemorar su relevancia cultural (casi todos tienen marcadores históricos en la entrada) y restaurarlos como cúpulas de placer. Varios más han experimentado renovaciones y vuelven a ser elegantes destinos comerciales. Aun cuando no vaya de compras, la reverberante acústica y la luz filtrada de cualquier galería hará meritorio cualquier recorrido. Como el ático fabril y los canales de barcas, éstas son ruinas sentimentales del pasado industrial y, como tales, están llenas de ambiente para el turista postmoderno.
El Passage des Panoramas, junto al bulevar Montmartre, es el lugar idóneo para iniciar el paseo. Se conservan menos de 20 de las 150 galerías construidas en la primera mitad del siglo XIX y muchas de ellas, como es el caso de ésta, se encuentran en el Second Arrondissement (Segundo Distrito). El pasaje, que recibe su nombre de los panoramas pintados (uno de ellos, una vista aérea de la ciudad y el otro, mostraba la evacuación de los ingleses de Toulon en 1793) diseñados para las rotondas gemelas del interior, es uno de las más antiguos (la versión original fue construida en 1800) y el primer espacio público de París que contó con iluminación de gas (1817). Tras su destrucción, en 1831, las multitudes se dispersaron, pero gracias a lugares como Le Cafe Vernon, Marquis Chocolates y La Patisserie Felix, la galería mantuvo su popularidad con los flaneurs (término no del todo halagador cuya traducción aproximada es holgazanes y mirones) durante muchas décadas. El arquitecto Jean-Louis Victor Grisart añadió tres galerías en la década de 1830 y una de ellas, Galerie des Varietes, comunicaba con el Theatre des Varietes, donde se estrenaron muchas de las óperas de Offenbach en la década de 1860. Declarado monumento histórico en 1975, el teatro fue propiedad de Jean-Paul Belmondo hasta hace algunos años.
Hoy en día, el laberinto de silenciosos y cubiertos pasadizos lucha por mantener las apariencias. Stern, venerable establecimiento de grabado y papelería, ha operado allí desde 1834, mientras soporta la presencia de nuevos inquilinos que incluyen restaurantes asiáticos y tiendas de artículos de oficina. Desde siempre, las galerías han sido escenario del comercio filatélico, y muchos escaparates de las diminutas tiendas ofrecen estampillas y postales usadas. Ahí pude comprar unas vistas del Parc des Buttes-Chaumont, creadas a mediados del siglo XX, las cuales muestran el parque artificial de forma espiral tan preciado por los surrealistas.
Al avanzar en las entrañas del lugar y al alejarse del bulevar, la cantidad de escaparates vacíos aumenta. Los intentos por revitalizar la actividad en este lado de la avenida han sido parcialmente exitosos, de allí que su frágil existencia resulte en verdad conmovedora. El Passage Jouffroy, al otro lado del bulevar Montmartre, es mucho más bullicioso y uniformemente próspero. La primera galería construida completamente de acero y cristal, y también la primera con calefacción, ha sufrido menos altibajos que su vecina. Restaurada en 1987, está repleta de interesantes tiendas especializadas de alto nivel. Las mujeres pueden visitar la Boutique des Tunique, en un negocio establecido allí desde 1903, mientras que los hombres que aspiran a ser boulevardier, o grandes señores, pueden ir a M. G. W. Segas, afamada por su selección de bastones. Más adentro se encuentran dos paraísos para niños: Pain d’Epices, con sus juguetes y muñecas hechas a mano, y La Boite a Joujoux, una especie de Home Depot para miniaturistas que ofrece docenas de casas de muñecas en diversos estilos victorianos y la misma variedad de puertas, ventanas, escaleras, libreros, e incluso, parquet.
Uno de los mejores aspectos del Passage Jouffroy es que los restauradores no trataron de ‘‘embalsamarlo’’ con buen gusto. En un extremo de la galería se encuentra la salida del artificial Musée Grevin, con réplicas en cera de personajes históricos y famosos (una de las más recientes es la de la estrella del baloncesto francés-estadunidense, Tony Parker), mientras que en el otro extremo se encuentra el Hotel Chopin, con económicas habitaciones en un ambiente bastante singular. Cinedoc se cuenta entre los principales recursos de libros, carteles, fotografías fijas y recuerdos, todo relacionado con la cinematografía, lo cual es suficiente razón para visitar el negocio.
Varias cuadras al este, en el número 23 de la rue St. Augustin, el Passage Choiseul podría beneficiarse de una buena limpieza. Louis-Ferdinand Céline, cuya madre tuvo una exitosa tienda de encajes en ese lugar, durante la década de 1910, escribió espantosas descripciones de la galería (‘‘la más peor de todas’’) en sus novelas. Aunque carece del encanto de otras galerías, este pasaje es un centro vital de comercio para muchos consumidores. Operada en gran medida por y para inmigrantes, la galería tiene el ruidoso ambiente de un zoco oriental, otro prototipo de los mercados cubiertos que sin duda sirvió de inspiración a los arquitectos parisinos del siglo XIX.
Por otra parte, la Galerie Viviente, exquisitamente restaurada, es tan inmaculada y reluciente que los mortales comunes parecen fuera de lugar. Con una de tres entradas en el número 4 de la rue de Petits-Champs, está ubicada justo al norte de las galerías de piedra de Palais Royal donde, en la década de 1780, surgió el concepto de buscar artículos de moda en una serie de comercios bajo un mismo techo. Construida en 1823 y abierta al público tres años más tarde, se convirtió rápidamente en la galería favorita de los parisinos, sobre todo del grupo de artistas. Berlioz dirigió a las multitudes cantando ‘‘La Marsellesa’’ para celebrar la revolución de la monarquía de julio en 1830. No obstante, hacia fines de siglo, quedó casi desierta y, a fin de devolverle su antigua gloria, junto con su vecina la Galerie Colbert situada al oeste, los franceses gastaron enormes cantidades a principios de este decenio. Hoy se encuentra abastecida de boutiques de ropa de alto nivel (como Natalie Garçon y Jean-Paul Gaultier), lugares divertidos donde comer y beber (Bistrot Vivienne, La Bougainville y A Priori The), una de las vinaterías más antiguas de París (Legrand Filles & Fils) y una excelente galería fotográfica (Serge Plantureux).
Un paseo por la Galerie Vero-Dodat (19 rue Jean-Jacques Rousseau) cierra el recorrido de galerías. Las tiendas definen la personalidad de estos espacios y dos importantes distribuidores de arte del siglo XX –Galerie Eric Philippe y Galerie du Pasaje– permiten que Vero-Dodat proyecte una sensibilidad más sutil, aunque no menos refinada que Galerie Viviente. El suelo de mármol blanco y negro, sus lámparas de bola y las columnas corintias pintadas fueron restauradas en la década de 1980, después de casi un siglo de abandono (fue inaugurada un 1826). Para mantener el nivel de elegante decoro entre los diversos propietarios, el comerciante Robert Capia, cuya tienda de curiosidades y muñecas antiguas es una escala muy popular, ha establecido tres reglas: ‘‘no se admiten perros, no se admiten fonógrafos, no se admiten pericos’’.
El crítico literario y cultural alemán, Walter Benjamin, invirtió los últimos 13 años de su vida (murió en 1940, tratando de escapar de los nazis) en el esfuerzo de desarrollar una teoría de modernidad fundamentada en las galerías. Explicó cómo, dada su ambigüedad espacial, los visitantes se encuentran al mismo tiempo bajo techo y recorriendo un segmento de la calle. Con la deslumbrante variedad de impresiones que creaban en los consumidores, Benjamin creyó que había encontrado una historia secreta del siglo XIX. Es poco probable que lo lograra o tuviera la posibilidad de hacerlo. Inconcluso al momento de su muerte, el proyecto consistió sobre todo de citas de sus numerosos años leyendo en la Bibliothèque Nationale. Organizó sus recortes bajo 36 encabezados, tales como ‘‘Moda’’, ‘‘Aburrimiento’’, ‘‘Publicidad’’, ‘‘Prostitución’’ y ‘‘Teoría del Progreso’’. No obstante, sus influyentes escritos legitimaron el movimiento de las décadas de 1970 y 1980 para preservar las galerías y, por tanto, es tan responsable como cualquier planificador urbano de su actual adoración y recuperación. En una ironía que podría no haber apreciado y que quizá sólo puede darse en París, este feroz marxista y crítico de la burguesía ha ocasionado que las compras en la Ciudad de la Luz vuelvan a ser una búsqueda intelectual que está indiscutiblemente de moda.
(Fuente: Way to Go, The New York Times)




