Amazonas

Escrito por: Carl Hoffman el 14 de Julio de 2007 | 12:00 pm
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Fotografía de David Alan Harvey Foto: National Geographic

El Amazonas: llévenme al río

Estoy aquí en cuerpo y alma. Aquí y en ningún otro lugar, sobre el techo de una barca de madera del río Amazonas, envuelto en la selva tropical más grande de la Tierra.

El río, reluciente y terroso, se extiende por más de 2,200 kilómetros frente a mí y otros 4,000 kilómetros a mis espaldas bajo un cielo inalcanzable, vasto, épico, donde la brisa sopla como un gigantesco ventilador a baja velocidad. El ritmo de dos tiempos de una samba, interpretada con acordeón, flota hasta nosotros desde la cubierta inferior, y un pescado de río que se asa en la parrilla me hace agua la boca. He leído a Peter Fleming, Tobias Schneebaum y Joe Kane; vi ‘‘Aguirre, la ira de Dios’’ de Werner Herzog. Me he empapado del Amazonas desde hace una década y estaba allí afuera, todavía.

Iquitos, la principal avanzada peruana en el Amazonas, se encuentra a 3,700 serpenteantes kilómetros de la desembocadura de río en el océano Atlántico y sólo es posible llegar aquí por aire o agua. Hace calor, y el vapor de agua huele a humo, pescado y lluvia sobre concreto. Llego justo cuando el sol empieza a ponerse y me parece que toda la ciudad se ha congregado en el paseo ribereño para admirar un humedecido circo con malabaristas y un payaso travestido; parejas tomándose las manos; vendedores de globos y chicles y zarcillos; limosneros y limpiabotas.

Por la mañana compro un boleto para ir a un rápido, una lancha de motor que me llevará a la mañana siguiente, al amanecer, a la frontera de Perú, Brasil y Colombia, a unos 480 kilómetros río abajo. Camino junto al río hasta el mercado de Iquitos: laberinto de puestos que se apretujan en sinuosas calles y provocan una sobrecarga de humanidad, con sus necesidades y deseos. Encuentro un lugar donde venden carne ahumada de presas salvajes: mono y ciervo, caimán y tortuga; cabezas de cerdo y salchichas hechas con blancos intestinos. Naranjas, limones y papayas; especias y utensilios; hojas de coca y pirañas; y cuadras enteras dedicadas exclusivamente a medicinas exóticas y afrodisíacos.

A las 6:30 de la mañana siguiente, mi rápido se lanza por el legendario río. Ésta es la primera etapa del viaje hasta la frontera y espero encontrar una embarcación más grande, lenta y relajante para navegar el río. El rápido es largo, estrecho y techado; un caparazón de fibra de vidrio con siete filas de asientos, como un autobús escolar, pero impelido por motores Yamaha fuera de borda de 225 caballos de fuerza. Sin embargo, mi ventana es grande y está abierta, y me encuentro apenas a 30 centímetros del agua. Diez minutos después de partir, hemos perdido de vista el pueblo y sólo hay agua, selva y cielo.

He encontrado un buen lugar en el techo; las nubes pasan flotando, la lancha avanza sin tropiezos y la brisa es refrescante y perfecta. Pequeños delfines saltan del agua. Martines pescadores se lanzan de los árboles volando rápido sobre la superficie del río. De vez en cuando pasamos junto a una piragua, o un par de casas con techo de paja y niños que saludan desde la orilla. Por lo demás, nada excepto cielo, río y selva, hora tras hora. Es entonces cuando me doy cuenta de las dimensiones de la Cuenca del Amazonas. Una vastedad inimaginable. Muchos de los habitantes de la región jamás han visto un rascacielos. Guacamayos y loros, jaguares y perezosos. ¿Qué importa si no puedo verlos? He venido aquí para olvidar mi vida durante una semana, y lo asombroso es que puedo hacerlo sin dificultad en este mundo donde el río y el cielo se transforman rápidamente en el único mundo que hay. Observo fijamente la selva; se apodera de todo, incluso de mi imaginación.

Hacia las 4:30 de la tarde reabastecemos el combustible en una pequeña y limpia aldea y seguimos adelante. El río deslumbra. El atardecer ecuatorial llega de pronto y la noche se cierra. Una tenue luna creciente brilla en el horizonte y la Vía Láctea es tan visible que parece una nube blanca tan próxima que podría arremolinarla con los dedos. En la oscuridad, privado de la vista, percibo los olores: ricos, fecundos, húmedos.

Los ríos son caminos milenarios. Francisco de Orellana, explorador español, percibió el mismo olor y vio la misma luna en 1542; también el naturalista Alfred Russel Wallace, en 1850; y lo mismo Tobias Schneebaum cuando se quitó la ropa y desapareció varios meses para vivir con los nativos en 1955. El tiempo se detiene en los ríos; sólo se nota el paso de los siglos. Muy pocos lugares permiten ver y experimentar el mundo como fue alguna vez.

Llegamos a Santa Rosa, Perú, hacia la medianoche, con diez horas de retraso. La pequeña Santa Rosa es una población fronteriza, y frente a ella titilan las luces de Leticia, Colombia y Tabatinga, Brasil. Un policía del muelle flotante de la aldea recoge nuestros pasaportes a la luz de una linterna y lo seguimos por un tablón de 15 centímetros de ancho hasta la orilla del río a cubierto de la calurosa oscuridad. Descubrimos entonces que el encargado de estampar los pasaportes está borracho. Recogemos los documentos y alquilamos una embarcación para cruzar el río a esa hora. El trayecto parece irreal en aquella oscuridad; enjambres de mosquitos vuelan atraídos por la luz, pero muy pronto llegamos a Brasil. Las calles de Tabatinga están desiertas y silenciosas. Veo un letrero (Hotel) sobre un restaurante y golpeo la puerta.

Al salir por la mañana, el lugar parece muy distinto. Me encuentro en la intersección más bulliciosa de Tabatinga. Detengo un taxi y llego al puerto en cinco minutos. Mis sueños se han vuelto realidad. Amarrado al muelle hay una lancha de río de 30 metros de eslora llamada Almirante Monteiro; la embarcación de madera tiene tres cubiertas de altura, una elegante proa y una cintura baja que termina en la popa curveada. ‘‘Zarpamos a la tres de la tarde –informa un hombre sentado a una mesa plegadiza donde cobra el pasaje–. La hamaca cuesta 70 dólares’’.

A las 3:40 p.m., con un aviso de tres bocinazos, el Monteiro sale de puerto y enfila río abajo. La primera cubierta está repleta de carga: cajas, motocicletas, racimos de plátano verde. La segunda es un espacio abierto para colgar las hamacas; coloco la mía cerca de popa. La cubierta superior está vacía, excepto por un bar con unas cuantas mesas y sillas de plástico. Pido una cerveza fría y me apoyo en la barandilla; nada mejor que el rumor de los motores que hace vibrar la madera bajo mis pies. Ese barco es mi mundo y no hay otro lugar adonde deba ir ni nada que hacer durante cuatro días.

El río mide más de un kilómetro y medio de ancho y su longitud ahora me parece interminable. De nueva cuenta, me asalta la idea de un planeta definido y dominado por el agua, con continentes como islas en un gigantesco estanque de líquido que es más camino que cualquier carretera. Desde aquí podemos flotar hasta el océano Atlántico y, una vez allí, podemos ir a cualquier parte. Aunque estoy en las entrañas de la selva tropical, me siento extrañamente conectado con todo.

La noche cae alrededor de las 6:30 p.m., pero la cubierta superior es un hervidero de actividad con deslumbrantes luces blancas y rojas, música de samba en el sistema de sonido. Me quedo a disfrutar de la tibieza del aire nocturno con mis compañeros de a bordo: el treintañero Lawrence, contador de nacionalidad inglesa que cambia continuamente de empleo; Astrid, austriaca que trabaja para Naciones Unidas en Nueva York; Kwang Hee, viajero surcoreano de 26 años cuya melena me recuerda a Einstein; y Fernando, quien viaja a Manaos con sus sobrinas, Jesse y Deborah, para comprar ropa para su negocio. Estamos como en una burbuja, flotando en una liberadora desenvoltura que sólo propician los largos viajes. Ningún jefe al que llamar, ninguna cuenta por pagar. La campana suena a las seis de la mañana anunciando el desayuno, y de nueva cuenta a las once del mediodía y las seis de la tarde, para invitarnos al almuerzo y la cena. Comemos sentados a una larga mesa que acomoda 10 comensales y nos sirven enormes tazones de arroz, frijoles, tallarines y pollo sazonado con abundantes cantidades de farina y salsa picante casera, rematando el festín con café negro tan dulce y espeso como un helado de crema.

Hacemos escalas en poblaciones donde las multitudes casi hunden los muelles flotantes para recoger sacos de carbón, bolsas de hielo, cazuelas y utensilios de cocina, y personas. En una aldea, el sonido de nuestra bocina es recibido con el estallido de fuegos artificiales. Pasamos kilómetros y kilómetros, horas y horas de nada más que enredijos de verdes árboles. A veces nos acercamos a pocos metros de la ribera; otras más estamos a mitad del cauce, en un remolino de lentas corrientes e islas flotantes de jacintos de agua.

Pasé una tarde reclinado contra la puerta del puente de mando del Monteiro mientras Calisto Medina Ucer pilotaba la embarcación. El puente de mando es pequeño y elemental: un gran timón de bronce, dos aceleradores y un sonar de profundidad. Medina Ucer tiene unos cincuenta años y ha pasado más de 20 en el río. A veces pasa semanas enteras en el agua, viajando de Tabatinga a Manaos y Belem y de vuelta, con ocho días de descanso entre recorridos. El río está en constante cambio, pero el marinero no usa cartas de navegación. ‘‘Sólo leo el viento y el agua’’, explica encogiéndose de hombros. El Amazonas, agrega, ‘‘me alimenta el alma. La vibración del barco, los delfines, la luz: todo eso es bueno para mi espíritu. Después de ocho días en casa, quiero regresar’’.

Los relámpagos rasgan el negro horizonte toda la noche, pero el cielo que nos cubre está perfectamente despejado y la Cruz del Sur me brinda consuelo. Al amanecer de mi cuarto día en el Almirante Monteiro y el quinto en el Amazonas, me invade un sentimiento de tristeza, pues esa noche llegaremos a Manaos, nuestro destino final.

Manaos, todavía a 1,600 kilómetros del océano Atlántico, es un lugar impresionante. Millones de luces, rascacielos, grandes buques de carga. Se interrumpe la samba que resuena en nuestra embarcación, cierran el bar y nos deslizamos junto al muelle. De inmediato, como si despertáramos de un sueño, comenzamos a dispersarnos; el barco queda vacío en cosa de 10 minutos y abordo un taxi que me conduce a un hotel con aire acondicionado. La mañana siguiente, no puedo contener el impulso de volver al muelle. Una vieja escalera de hierro conduce al improvisado tablón que termina en un largo muelle flotante de acero. Hay cinco embarcaciones fluviales tan grandes como el Monteiro. El sol es agobiante, el aire denso y húmedo. Música de samba, con sus rápidas y exuberantes cadencias, que incitan a mover hasta las caderas y pies más flemáticos, resuena en los altavoces de un hermoso y antiguo barco con puertas y mamparos de madera barnizada. Percibo un rico aroma de cerveza, pescado, sudor, fruta madura y humo, un olor grato y ahora familiar.

Los barcos tienen muchos destinos en esas vastas tierras: siete días río arriba está Tabatinga; cuatro días río abajo se encuentra Belém. Ahora sé que cada uno es un pequeño universo dinámico, una obra de teatro que se recrea nuevamente en cada viaje. Los pasajeros han empezado a untarse el cuerpo con aceites, destapan cervezas, se menean al ritmo de la samba, todos preparándose para un viaje que no será de unas horas, sino de varios días. La travesía es nada más una pausa. Si no hubiera tomado un barco para llegar aquí, a este muelle, la escena no tendría significado para mí. Pero haber pasado cinco días en uno de los ríos más poderosos del planeta me hace creer que he circulado por la palpitante arteria del mismísimo Amazonas y ni siquiera llevaba conmigo un mapa.

Texto tomado de: Take me to the River [Llévame al río]

Información básica
Para llamar a Iquitos, marque el código de acceso internacional 011, la clave de país, 51, la clave de ciudad 95 y el número que desea; la clave de país para Manaos es 55, la clave de ciudad es 92. El principal aeropuerto internacional para Iquitos es el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez de Lima; hay vuelos nacionales a Iquitos. El principal aeropuerto para Manaos es el Aeropuerto Internacional de Manaos. La moneda peruana es el nuevo sol (PEN); la moneda brasileña es el real (BRL).

(El editor colaborador Carl Hoffman escribió sobre Austin, Texas, para National Geographic Traveler. El galardonado fotógrafo David Alan Harvey exploró la diáspora española y portuguesa en su libro Divided Soul [Alma dividida]).

2 comentarios

  1. Escrito por Roy Guido de Jesus:

    La narrativa de Carl Hoffman, en este ariculo es genial, pues veo la verde y tupida selva, y la enorme extencion del ancho del rio, huelo la brisa y siento la humedad, me imagino el colorido de Manaos, en fin muy bueno el articulo.Mi pregunta que sigue? Felicidades.

  2. Escrito por Lourdes Morales:

    Maravilloso viaje sin duda no tengo idea de quién
    es el autor, pero compartimos el gran amor por el amazonas con la diferencia que para el es una realidad y para mi es todavía un sueño surcar sus aguas y venerar su belleza, darle gracias por permitirnos respirar cada día.

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