Viaje en auto por Connecticut

Escrito por: Barbara Lazear Ascher el 18 de Julio de 2007 | 1:05 am
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Fotografía de David McLain Foto: National Geographic

El misterio de la salida 69

Un neumático desinflado. Era de esperarse. Salgo a la carretera por capricho, sin plan ni destino, esperando que todo salga a las mil maravillas, tal y como pasaba tiempo atrás, pero de eso nada.

Me remonto a la época en que tenía 18 años, viajando en el descapotable y con las ventanas abiertas. Íbamos adonde nos llevara el camino. Seguramente también hubo varios neumáticos desinflados, pero todo se solucionaba al abrir una bebida fría, mientras esperábamos a que el calor disminuyera para luego quitar los pernos, poner la rueda de refacción y emprender nuevamente el viaje en nuestro sedán VW o Chevy Impala convertible.

Pero ya no tengo 18 años. Empieza a caer la noche y mi vista no es la de antes. Me encuentro acompañada de un hermoso caniche negro, llamado Hugo, varados en una carretera de asfalto y dos carriles que todavía conservan el calcinante calor del día. Fue una decisión intempestiva. En realidad, más un impulso que una decisión. Acababa de visitar a mi madre en la institución de cuidados a la salud donde vive, en Connecticut, y tomé prestada su confiable camioneta Volvo Cross Country para volver a Manhattan.

¿Por qué di vuelta a la izquierda, en vez de seguir por la derecha? ¿Qué me impulsó a continuar hacia el este en vez del oeste, la ruta que lleva a casa? El hecho es que lo hice y aquí me encuentro ahora, después de tomar la salida 69, donde los árboles crecen muy juntos formando una acogedora bóveda sobre el camino. Cambio el neumático, guardo la rueda dañada atrás y enfilo hacia el horizonte mortecino.

Estamos en la Ruta 44 del este de Connecticut, con dirección noreste. Pasamos frente a una solitaria casa del siglo XVIII que se levanta junto al camino. El aire huele a forraje y el fondo musical es cortesía de algunas cigarras y aves nocturnas. El placer de aquel camino disipa la irritación del neumático averiado. Hago lo que tantas veces he soñado cuando los días se vuelven más largos y un rayo de luz sesgado cruza el suelo de la cocina causándome desazón. He escapado.

Viajo con lo que llevo puesto, un poco de comida para perro y una botella de agua. No estoy preparada para una aventura ‘‘oficial’’. No hay ningún plan, ninguna escala programada para comprar el periódico, nada de ‘‘¿me llevaré estos zapatos, por si acaso?’’. En cierta ocasión, una madre de los suburbios –amiga mía– confesó: ‘‘a veces, cuando conduzco de vuelta a casa, tengo la fantasía de pasar de largo por la salida y desviarme en otra completamente distinta’’. ¿Quién no ha sentido ese impulso al volante?

No importa que el perro y yo pasemos la noche en el auto. El aire es tibio, los asientos reclinables. Como muchos ‘‘adultos’’, tengo hipoteca y jefe, pero lo que me hace falta es tiempo; se me está acabando. Por ello, me aferro a lo poco que queda y me dejo llevar adonde sea durante los próximos días. Un letrero: Abingdon. Jamás había escuchado el nombre. La espesura se vuelve más tupida conforme el camino se empina y las curvas son más cerradas. Otro letrero: Putnam. ‘‘Eso sí lo he oído mencionar’’, digo a Hugo, quien se incorpora en el asiento del pasajero, mueve la nariz, sacude la cabeza y estornuda. Se trata de un antiguo pueblo molinero en el noreste de Connecticut, convertido en una meca de las antigüedades. Sigo por esa desviación del camino.

Cruzamos un río y entramos en una población de antiguas fábricas y tiendas de ladrillo. Un letrero de descolorida pintura anuncia ‘‘Montgomery Ward’’ en la parte superior de un edificio situado en una esquina. Me estaciono en el terreno de una antigua estación de trenes, saco a Hugo del auto y caminamos por la acera, donde varias familias comen helado en las mesas de diversas cafeterías.

Un pizarrón anuncia: ‘‘Raw Bar’’. Pido una mesa cerca de la puerta abierta. Hugo se acuesta afuera y ordeno un martini Grey Moose. Sin hielo. Con tres aceitunas. ‘‘Muy seco’’, le digo a la camarera, pues he aprendido que muchas pequeñas poblaciones tienen la costumbre de usar mucho vermut en sus martinis. Antes de la gran inundación de 1955, me explica la camarera (refiriéndose a la inundación fluvial provocada por una serie de huracanes), algunos obreros y molineros, resistiéndose al impulso de emigrar al sur donde la mano de obra es más barata, decidieron permanecer en la población. Pero cuando las aguas retrocedieron, los molinos habían desaparecido. Supongo que en aquellos días, en este lugar, ‘‘Raw Bar’’ era el nombre de una cantina con camareras medio desnudas.

Pero eso es cosa del pasado. La renovada y revitalizada Putnam, Connecticut, celebra ahora el festival de las ‘‘Luces del río’’, durante el cual homenajean la belleza del caudal que antaño acabara con la economía de la población. Puedo oír a mi abuelo decir, ‘‘¿hay algo que supere eso?’’ He descubierto algo: cuando se viaja solo, los fantasmas vienen a visitarle a uno. El abuelo y su sentido del absurdo; papá con sus canciones, recuerdos de su voz en la noche mientras hacíamos otro viaje familiar por el interior. Viajar es, sin duda, salir a la carretera con el pasado en el asiento trasero.

El tazón de agua para Hugo y mi trago llegan al mismo tiempo. Ambos damos un sorbo y luego bebemos de buena gana. Estiro las piernas, me reclino en la silla y brindo por mi fuga. Nadie sabe dónde estoy. Nadie me conoce. Voy de paso. A las 9 p.m. soy la única comensal. Jóvenes de entre 20 y 30 años ríen a carcajadas en el bar y hablan con enorme cuidado para no revelar que están ebrios. Al verme, uno de ellos se aproxima a la mesa para preguntar si estoy bien. Bien, muy bien, respondo, pero ¿podría sugerir un lugar donde pasar la noche? Se va por un momento y regresa con una lista de albergues tipo bed-and-breakfast de la zona.

Subimos al auto y llegamos sin previo aviso a Woodstock, donde las únicas luces que brillan son las de las habitaciones del piso superior de elegantes casas, rodeadas de frondosos árboles. La noche es oscura y el aire denso, con el olor de granjas y pinos. Mi auto es el único que circula a esas horas. La silueta de Hugo se perfila erguida y oscura en el asiento del pasajero. Un letrero anuncia: ‘‘The Inn at Woodstock Hill’’. Continúo por la empinada pendiente hasta una extensa mansión del siglo XIX, enmarcada por jardines y prados.

Aunque de decoración un poco cargada, nuestra habitación al pie de la escalera, junto a una cómoda sala, tiene cuatro ventanas que permiten el paso del aroma a heno recién cortado. Las luciérnagas rompen el silencio con su luz. Las estrellas titilan. Me deslizo bajo las sábanas murmurando: ‘‘esto es agradable, Hugo. Es suficiente’’. Y me embarga la felicidad, la certeza de saber qué tenemos y dónde estamos.

De día, Woodstock es lo que podríamos llamar ‘‘pintoresco’’, si la gente no estuviera de verdad viviendo allí y administrando una tienda de té, el correo, una biblioteca y una tienda de antigüedades. Hasta podría decirse: ‘‘vaya, es tan lindo como una postal’’. El viaje de salida es también como una postal. Dos niños descamisados, como de siete años, marchaban junto al camino llevando sendas cañas de pescar. Un señalamiento nos invita a recoger bayas. Mejor no. Vamos a viajar sin rumbo; seguiremos por apacibles caminos rurales durante el día que se abre ante nosotros, sin plan alguno.

Las tierras de cultivo se extienden a ambos lados. Vacas moviendo rabos contra las inevitables moscas. Los dos carriles descienden hacia la sombra de los árboles; vuelven a subir y nos hallamos en las cuatro esquinas donde se unen a las rutas 244, 44 y 169 en Pomfret, Connecticut. Otra ciudad pequeña, otra aldea verde con iglesia congregacionalista y casas de contraventanas verdes. Y como existe la suerte del viajero, encuentro el anuncio de Vanilla Bean Cafe. Percibo el acre aroma al entrar. Antes de sentarme a una de las pequeñas mesas, tomo un diario local y algunos folletos amontonados en una repisa de la pared. Según la lectura, me encuentro en el ‘‘Rincón apacible’’ de Connecticut, rincón del noreste que limita con Massachusetts y Rhode Island. Y (a menos que me parezca que no encontraré acción en este lugar) los numerosos caminos que serpentean por esta campiña ofrecen infinidad de diversiones, incluidas dos vinaterías y un negocio de importación de cerámica italiana que opera en un establo.

Entra otro cliente. Alto, esbelto, manchado de pintura.
‘‘Buenas, Randy’’.
‘‘Buenas, Craig. ¿Lo mismo?’’.
De vuelta en el auto, me dejo llevar por el viento hasta la ruta 44 y cualquier prometedor camino de tierra que, como muchos, podría llevarme a otro camino secundario. Uno de ellos nos acoge a lo largo de casi 12 kilómetros y se interrumpe repentinamente en un gran peñasco.

Es hora de almorzar cuando entramos en North Grosvenor Dale, lóbrega y diminuta población fabril con edificios abandonados y el único atractivo de Jim’s Pizza. A fin de cuentas, Jim’s bien vale la pena el viaje desde cualquier parte. Otro feliz accidente. El anuncio llama mi atención, me hace dar una vuelta en redondo y regresar. ‘‘Estupenda pizza. Estupenda cerveza. Estupenda gente. ¡Ha pasado de largo!’’. Cierto, pero corregí el problema de inmediato. Cuatro hombres corpulentos están sentados a una mesa demasiado pequeña para sus cuatro pizzas y las botellas de Pepsi de dos litros de las que están bebiendo. Detecto a un hombre y una joven sudando en la cocina. Ordeno una pequeña pizza sencilla y pago 4.75 dólares. Cuando la llevo al auto y empiezo a comer, quedo asombrada con los sabores que percibe mi lengua y resuenan en el paladar. No se trata de una vulgar pizza comercial, es una pizza preparada con sumo cuidado. Muerdo la corteza. Regreso al establecimiento. ‘‘¿De dónde sacaron la receta?’’, pregunto a la joven.
‘‘Es de la madre de Jimmy, mi suegra’’.
‘‘Es la mejor que he probado fuera de Italia’’.

‘‘El secreto es la salsa de tomate y además, preparamos la masa nosotros mismos’’.
‘‘¿Podrían darme la receta?’’.
‘‘Es un secreto’’.
Y así debe ser. A veces lo único que podemos conservar es un secreto.

En los últimos tiempos poco ha habido que conservar en estos pueblos fabriles, donde la tristeza ahora se mezcla con el aire limpio. Abandonados a la vera de caminos muy poco transitados yacen éste y otros pueblos fantasmas de la costa oriental. Algunas fábricas han sido restauradas y transformadas en galerías de arte o tiendas de antigüedades, y algunas viviendas se han convertido en casas para personas de bajos ingresos. Pero muchos de los edificios de ladrillo que se levantan junto a los ríos parecen haber aceptado su derrota, con ventanas fracturadas que pestañean como ojos lastimados.

Al transcurrir las horas, empiezo a sentir como si condujera por un museo de la vida a principios del siglo XIX: pueblo verde tras pueblo verde, con su antigua iglesia, escuela y casas muy separadas entre sí a la sombra de robles y arces. La escénica Ruta 169 (según fuentes oficiales). La no oficialmente escénica Ruta 44. Prosigo al oeste hacia otra ruta no oficialmente escénica, la 197 y a la larga, llegamos a la entrada de Union. Doy vuelta en otro camino de tierra. Parece interminable. ¿Treinta minutos, tal vez? Y entonces, de pronto, nos encontramos en una bulliciosa carretera con un Dunkin’ Donuts. El primero que veo en dos días. Vamos a la estación de servicio más próxima.
‘‘¿Dónde estoy?’’, pregunto al dependiente.
‘‘Madame’’, responde con una inclinación, hablando con la suave entonación de un asiático oriental. ‘‘Se encuentra en Dudley, Massachusetts. El lugar más seguro de Estados Unidos’’.

Quiero preguntarle cómo salir de ese lugar tan ‘‘seguro’’ para regresar a los caminos rurales de Estados Unidos, pero el hombre agrega:
‘‘No está en Bangladesh. Tampoco en Pakistán. Esto no es Palestina ni Irak. Es usted una mujer muy afortunada’’.

Sólo puedo mirarlo, enmudecida. Luego, junto las manos y le hago una pequeña reverencia. ‘‘Sí –respondo–. Sí. Lo soy’’.

(Barbara Lazear Ascher es autora de Landscape Without Gravity: A Memoir of Grief [Paisaje sin gravedad: memoria del dolor]. El fotógrafo David McLain hizo las imágenes de ‘‘Off the Maineland’’ [‘‘Maine. Frente a sus costas’’] de la sección de Traveler).

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