México: viaje en motocicleta
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Fotografía de Justin Guariglia Foto: National Geographic
Nacidos para la libertad
Hace 24 horas no era más que un manojo de nervios y estrés que trataba de reunir la energía para ordenar una pizza y quedarme dormido en el sofá. Hoy, ‘‘Born to be Wild’’, una canción de Steppenwolf, resuena en mi mente mientras conduzco mi corcel de metal por el puente de Eagle Pass, Texas, hacia Piedras Negras, en México.
Conocí a Tim Bearden hace 30 años en una universidad de Texas y pronto descubrimos nuestra pasión por el motociclismo. En esta ocasión, Bearden insistió en que celebráramos la fecha con un colosal viaje por las ciudades coloniales mexicanas: ruta de más de 4,000 kilómetros por las montañas y el alma cultural del país. Y Bearden me tenía reservada una sorpresa: ‘‘Murdoch vendrá con nosotros’’. James Murdoch III, otro camarada de la universidad. Nos encontramos en un motel de Piedras Negras al caer la noche.
Temprano por la mañana, salimos como bólidos bajo un cielo azul y despejado, en el calor del impresionante desierto del estado de Coahuila. Bearden, en una Triumph Tiger, acelera como loco. Murdoch lo sigue en su Yamaha FJ 1200 y yo cierro la fila con ‘‘Liebchen’’, mi veterana BMW. Al atardecer hemos cubierto más de 560 kilómetros de las montañas del centro de México, subiendo por la agreste Sierra Madre Oriental, donde lo único que nos separa de los precipicios son los señalamientos amarillos de precaución. Muy pronto aprendo a identificar el letrero en español que anuncia ‘‘curva peligrosa’’ y los símbolos universales del zigzag y las curvas cerradas. La peor parte son los topes que infestan el sistema carretero mexicano. Los obstáculos incluyen mojones piramidales que arruinan los neumáticos y racimos de tortugas de hierro en filas irregulares.
Tomamos la carretera de dos vías que lleva a Real de Catorce, con una altitud aproximada de 2,750 metros. El antiguo pueblo minero que floreciera con la extracción de plata a fines del siglo XIX, se ha convertido en un imán para viajeros y cineastas que quieren ver el auténtico México Antiguo. Desde la azotea del Hotel Corral del Conde podemos admirar las colinas y los derruidos edificios de piedra que dan a la ciudad un aire de opulencia perdida. La iglesia parroquial es una belleza neoclásica que atrae incontables peregrinos ansiosos de visitar la imagen de San Francisco de Asís, situada junto al altar, para verla realizar un milagro.
Afuera, con camisas y sombreros multicolores, se encuentra un grupo de huicholes. Esta etnia considera a Real de Catorce como el hogar espiritual del sagrado maíz, el peyote y el venado, que forman parte integral de su cultura. Cada año, los huicholes viajan cientos de kilómetros para recoger brotes de peyote que crecen en las colinas cercanas. El cacto alucinógeno también atrae a otro tipo de peregrinos, como la pareja europea que encuentro tendida en la banca de un parque. Tenía más o menos su edad cuando leí Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, popular novela de los años sesenta a la que se atribuye la aparición de Real de Catorce en el mapa mundial. Hoy en día, numerosos inversionistas están transformando en hoteles y restaurantes los antiguos edificios coloniales de Real. Asimismo, la comunidad artística va al alza desde que Hollywood descubrió el lugar. Hace varios años, Brad Pitt y Julia Roberts filmaron ‘‘La mexicana’’ en Real de Catorce.
Al salir de Real, nos dirigimos al suroeste y, al caer la tarde, estamos rodeados por el tráfico de otra de las ciudades coloniales de México. Zacatecas, construida entre áridas montañas con una altitud de casi 2,500 metros, fue alguna vez el principal productor de plata en el mundo. Dicha riqueza se pone de manifiesto en la arquitectura local. Como ejemplo, la Catedral de Zacatecas es, posiblemente, la estructura más ostentosamente barroca del país. En la actualidad, esta ciudad universitaria de 120,000 habitantes posee el aire y atractivo de una elegante ciudad europea con estrechas y sinuosas calles, muy limpias y bien preservadas. Elegantes estudiantes pasean por las aceras y charlan en cafeterías al aire libre.
Al llegar el ocaso nos detenemos en el Cerro de la Bufa, prominencia rocosa donde, en 1914, las tropas de Pancho Villa aniquilaron a las fuerzas leales del dictador Victoriano Huerta durante una batalla de la Revolución (1910-1921), que se conmemora con tres estatuas colosales. Me detengo a contemplar la puesta del sol y emprendo el camino hacia la noche. Después de un recorrido entre veredas de tierra, salgo a una vía pavimentada donde se lleva a cabo una callejonada, especie de fiesta con música en vivo. Al parecer están celebrando una boda, y los asistentes hacen girar pañoletas azules mientras sacuden las caderas al ritmo de una banda de metales que abre el paso por las sinuosas calles.
La mañana siguiente hacemos una visita guiada por la Mina del Edén, antaño un rico yacimiento de plata que funcionó durante casi 400 años. Nos ponemos cascos de minero, entramos en un ascensor que desciende cuatro niveles y luego seguimos a nuestro guía (quien habla en español) a través de una especie de parque temático que describe la historia de la mina.
De vuelta en la superficie, nos vestimos para el viaje y continuamos hacia el sur. A media tarde estamos nuevamente bajo tierra, perdidos en el laberinto de túneles de la ciudad de Guanajuato, nuestra siguiente escala. Es una ciudad pintoresca de gran importancia cultural, y sería muy agradable poder verla antes de morir asfixiados por el monóxido de carbono.
A fin de orientarnos mejor, vamos al monumento más importante de Guanajuato, la colosal estatua del Pípila. Guanajuato se labró un sitio de honor en la historia mexicana el 28 de septiembre de 1810, cuando un improvisado ejército dirigido por el sacerdote rebelde, Miguel Hidalgo, trató de capturar la ciudad. La guarnición española se retiró a la Alhóndiga de Granaditas, almacén de grano inexpugnable para los rebeldes. Parecía que el movimiento independentista iba a fracasar hasta que un joven minero, apodado ‘‘El Pípila’’, se ató un bloque de piedra a la espalda y así caminó entre las balas para incendiar la puerta del granero, y de esta forma permitió que las fuerzas rebeldes masacraran a la mayoría de los ocupantes y dieran a México su primera victoria en la lucha por liberarse de España. El folleto que proporciona esta información también menciona que, en menos de un año, los españoles habían retomado Guanajuato y que la cabeza del padre Hidalgo, así como las de otros tres rebeldes, fueron exhibidas en garfios desde las cuatro esquinas del granero durante 10 años.
Hoy en día, la Alhóndiga de Granaditas es un museo de arte e historia, pero los garfios siguen en su lugar. La ciudad que vigila El Pípila es una majestuosa confusión de iglesias, museos, teatros, plazas, hoteles y edificios de oficinas que representan diversos estilos arquitectónicos –barroco, art nouveau, neoclásico– y están rodeados de viviendas pintadas en colores pastel. Incrustada como está en un estrecho valle, Guanajuato tiene el aspecto de una ciudad de cuento de hadas.
Estudiantes de la Universidad de Guanajuato componen más de la cuarta parte de los casi 80,000 habitantes de la ciudad y parece que por lo menos unos 20,000 han salido a las calles esta tarde: es la única explicación para la multitud que se arremolina a nuestro alrededor mientras permanecemos atrapados en el tráfico. A mi derecha se encuentra el Jardín de la Unión, céntrico sitio de reunión guanajuatense con una amplia variedad de restaurantes y cafeterías al aire libre. A mi izquierda está el Teatro Juárez, estructura neoclásica cuyo techo está coronado con estatuas de las musas en tamaño natural. Al avanzar lentamente entre el río de peatones vemos –como si flotara sobre la muchedumbre en regia procesión– a la Santa Virgen de Guanajuato.
La mañana siguiente visitamos una de las atracciones turísticas más extrañas de México. El Museo de las Momias exhibe cadáveres extraídos del cercano cementerio municipal. Los cuerpos fueron exhumados después que las familias de los difuntos incumplieran con el pago de sus lotes. El origen del museo se remonta a 1894, cuando obreros del panteón se percataron de que los cadáveres habían experimentado una forma de momificación (entre las causas naturales se encuentran la baja humedad y el contenido mineral del suelo). En vez de desechar los cuerpos, los obreros decidieron exhibirlos y cobrar unos cuantos pesos para verlos. Al entrar, evito pensar en la historia de Ray Bradbury que me asedió durante la juventud, inspirada en las momias de Guanajuato. Pero empiezo a estremecerme de horror aun antes de llegar a los cadáveres. La primera exhibición: ‘‘Angelitos, tradición y muerte’’, es una colección de fotografías formales, en blanco y negro, de padres que llevan en brazos a sus hijos muertos.
Después de Guanajuato continuamos al oriente por una serpenteante carretera de dos vías que se eleva casi 2,500 metros y conduce a través de un fresco bosque de pinos. Bearden nos lleva a la ciudad colonial mejor conocida de México: San Miguel de Allende, centro de las artes e imán para los extranjeros. La presa lleva el nombre de Ignacio Allende, hijo dilecto de la ciudad, quien fuera un personaje fundamental para el levantamiento inicial de 1810 y cuya cabeza terminara exhibida en la alhóndiga de Guanajuato. La reputación de San Miguel como colonia artística cobró auge después de la Segunda Guerra Mundial, cuando soldados retirados, escritores y bohemios estadunidenses comenzaron a emigrar al sur para asistir a las renombradas escuelas de artes e idiomas de la ciudad. Hacen falta muchos días para visitar todas sus galerías de arte, librerías, museos y cantinas. El Jardín, plaza principal y punto focal de San Miguel, está dominado por la Parroquia de San Miguel Arcángel, iglesia de estilo neogótico que parece la creación de un pastelero loco.
Al caer la tarde del día siguiente, nos encontramos a unos 800 kilómetros al norte de San Miguel, desafiando un calor de casi 50°C mientras corremos para llegar a la frontera antes del anochecer. Regreso a Texas con mucho más que un efímero atisbo de mi juventud. Vuelvo con una parte del alma que había perdido sin saberlo. Nos encontramos en el punto de vigilancia del ejército mexicano, donde los soldados nos registran en busca de contrabando. Al prepararnos para partir, un joven oficial a cargo ordena: ‘‘¡Levántela para arriba!’’. Bearden obedece con una pirueta en la que apoya la rueda trasera y casi cae de espaldas con su Triumph. Los soldados lanzan vítores.
Durante esos segundos, bajo el calcinante sol mexicano y observando a Bearden desafiar al peligro, toda la experiencia adquiere perspectiva para mí. Cuando finalmente alcanzo a Bearden, vuelvo a escuchar ‘‘Born to Be Wild’’ en mi mente, pero en esta ocasión el viejo himno de los años sesenta adquiere un ritmo latino y trato de inventar una letra que rime con ‘‘curva peligrosa’’, ‘‘topes’’ y especialmente con ‘‘¡levántela!’’.
(Patrick J. Kelly y Justin Guariglia son colaboradores de National Geographic Traveler.)





ojala y la proxima vez me inviten a pasear con ellos; yo tengo mi propia motocicleta y quiero salir en noviembre proximo de ensenada a huatulco. se animan?????