Eslovenia

Escrito por: Keith Bellows el 25 de Julio de 2007 | 10:10 am
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Foto: National Geographic

De repente, Eslovenia

No estaba en mis planes ir a Eslovenia, pero entonces conocí a Rok Kvaternik, quien simplemente me dijo: ‘‘Ven a mi país y jamás lo olvidarás. La comida te asombrará’’. Y él debe estar bien enterado, si consideramos que publicó 24 Finest Flavours of Slovenia [Los 24 mejores sabores de Eslovenia]. ‘‘Verás castillos y monasterios, cuevas de piedra caliza y escenarios alpinos… y quién sabe qué más.’’ Fue entonces cuando acepté. Cuando se trata de viajar, el mayor incentivo es el potencial de una sorpresa.

Una búsqueda en Google reveló que la sal eslovena es muy cotizada en los grandes centros culinarios del mundo, desde Manhattan hasta Tokio, y que karst (palabra que significa piedra caliza y deriva de una región del país) es una de las principales contribuciones de Eslovenia al vocabulario mundial. Antigua integrante de Yugoslavia, nación que ha desaparecido de los mapas, Eslovenia fue dominio de la Casa de Habsburgo y formó parte del Sacro Imperio Romano. Independizada en 1991, asumirá la presidencia de la Unión Europea en el año 2008. Pero, por supuesto, la sorpresa está reservada para el menos preparado.

Una hora después de aterrizar en el Aeropuerto Brnik y reunirme con Rok, volví a elevarme 1,800 metros en helicóptero para sobrevolar este ‘‘agujero de dona’’ europeo, idóneamente situado entre Viena y Venecia. ‘‘Eslovenia es apenas más grande que una granja ovejera australiana, con una población de dos millones de habitantes’’, me explicó Rok. Pasamos sobre un arrugado tapete de cumbres (y de un valle mencionado en la novela Adiós a las armas, de Hemingway) y continuamos hacia las fronteras alpinas que Eslovenia comparte con Austria e Italia, hasta su angosta franja costera en el Adriático. Rodeamos el monte Triglav (2,865 metros), que adorna la bandera eslovena; zigzagueamos sobre la frontera con Croacia y luego regresamos a casa cuando el sol se ponía a la izquierda del helicóptero y la luna asomaba a la derecha.

Después visitamos los castillos medievales de Bled y Ljubljana, y dimos un paseo por Pleterje, monasterio cartujo de seis siglos de antigüedad y cuyos residentes todavía guardan el voto de silencio. Exploramos durante horas la caverna Postojna, laberinto subterráneo de piedra caliza, de gélida belleza y fantasmal silencio. Dormí en albergues alpinos, uno de ellos custodiado por una pareja de inmensos perros Terranova y otro donde había cinco hermosos y renegridos caballos Lipizzaner, raza originaria de Eslovenia. Desde mi hotel en el Lago Bled, cerca de la casa de descanso del antiguo dictador yugoslavo Marshal Tito, pude contemplar la única isla del país.

Y, por supuesto, comimos exquisito salami, struklji (strudel de queso cottage), mantequilla, jaleas y quesos caseros, pescados preparados de formas que jamás habría imaginado y un pan con el que todavía sueño. Y todo el tiempo me deleité con la líquida magia de un vino de clase mundial. En mi última noche, tuvimos mi cena de despedida con un grupo que incluía a un aventurero decidido a circunnavegar el planeta pasando por los Polos, y el antiguo Primer Ministro del país, quien tocó la armónica acompañado por un veterano campeón mundial del acordeón.

Sin embargo, aquella no fue mi noche más memorable en Eslovenia. No, fue esa hermosa velada que pasamos en Pikol, donde Rok me llevó al que él consideraba uno de los mejores restaurantes del país. Mientras servían una serie de platillos exquisitamente preparados, charlé más detenidamente con Rok. Durante el viaje, nuestras conversaciones pasaron de comentarios superficiales a itinerarios y política mundial. Pero esa noche, el ambiente se volvió profundamente personal. Las nacionalidades no importaban, los temas eran universales. Se disipó la relación de invitado y anfitrión. Recordé mi primer encuentro con Rok, ese hombre entusiasta que sólo quería compartir su patria conmigo. No lo conocía entonces, pero creo que ahora sí. Los viajes engendran intimidad. En cinco breves y espontáneos días descubrí más que un país. Hice un nuevo amigo.

(Keith Bellows es editor y vicepresidente de National Geographic Traveler).

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