Sofía, Bulgaria
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Fotografía de Zornitsa Lyubcheva Foto: The New York Times
De fiesta entre las ruinas de la Guerra Fría
En el extremo más meridional de Sofía, donde nuevos edificios de apartamentos y oficinas están en perpetua construcción, la Ciudad Universitaria o Studentski Grad permanece arraigada en su esqueleto de la Guerra Fría. Zona académica de seis universidades construidas entre las décadas de 1960 y 1970, los bloques de viviendas cubiertos de graffiti están desmoronándose, herrumbrosas cercas rodean campos de maleza y autos de factura soviética se descomponen en las fracturadas aceras. Las flamantes y orgullosas banderas azul y oro de la Unión Europea poco hacen para cambiar la impresión de un páramo abandonado –hasta que se pone el sol.
Por la noche, muchos de su 25,000 estudiantes, incluidos los que cursan especialidades en ingeniería y economía en la Universidad Tecnológica y la Universidad de Economía Nacional y Mundial, revitalizan la ciudad que alberga más de 30 bares y discotecas con luces de estroboscopio, muchos ocultos en vetustos dormitorios de la era soviética y sólo conocidos mediante rumores. ‘‘Es como un centro de clubes –explica el alcalde del distrito, Ventsislav Dudolenski, quien a sus 40 años posee una actitud muy abierta hacia el desarrollo–. A los búlgaros les gusta salir todas las noches’’.
Algunos de los clubes más populares se encuentran detrás de los bloques de dormitorios número 13, 14 y 15, donde las deslumbrantes luces y los estridentes DJ son la regla. Los fanáticos del changa –una especie de baile de discoteca con aires balcánicos, parecido al tema musical de Borat– se dan cita en Avenue (1A Calle Atanas Manchey; 359-898-553-086), club bien iluminado y de ambiente reposado donde encontrará amigos que bailan en grupo, con los brazos levantados y sacudiendo las caderas.
Quienes prefieren el rock alternativo van a Stroeja (Bloque 23B; 359-2-962-5977), un dive bar que, como indica el nombre búlgaro, recuerda un sitio de construcción con ventanas rotas, andamios y mesas de caballete. Los parroquianos beben cervezas Zagorka, escuchan rock post-Nirvana y juegan en la máquina de pinball de Pamela Anderson.
Si buscan música en vivo, la opción es Maskata (Bloque 19; 359-2-868-8079): vasto club en la planta baja de un activo dormitorio estudiantil. A modo de broma, en un rincón exhiben los retratos de los antiguos líderes comunistas de Bulgaria, pero el centro de la acción está en el escenario, donde actúan bandas de rock casi todos los fines de semana y los alumnos cantan melodías de Whitney Houston y Judas Priest cada lunes, en noches de karaoke que duran hasta las cinco de la mañana.
Studentski Grad también empieza a desarrollar su ámbito de restaurantes. Hasta hace poco, el distrito tenía sólo tres opciones: aburridas cafeterías estudiantiles, pizzerías y puestos de kebab, pero ahora empieza a surgir un puñado de restaurantes más formales y bastante aceptables como Borimechkata (Bloque 24; 352-888-222-124), una especie de taberna griega con parras colgantes, barriles de vino y una parrilla abierta para brochetas de carne, incluido el tradicional shish kebab de cordero.
Por supuesto, tanta parranda no presagia nada bueno para los estudios. ‘‘Cerca de 80 por ciento de los estudiantes se inscribe en la universidad para beber y beber –afirma Aleksaner Sirakov, de 21 años y alumno de la Universidad de Sofía–. Es divertido, pero resulta difícil aprender cuando amaneces con resaca todos los días’’.
(Fuente: Way to Go, The New York Times)







