Venezuela demoníaca

Escrito por: Simon Romero el 11 de Agosto de 2007 | 8:00 pm
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Fotografía de Michael Stravato Foto: The New York Times

Venezuela realiza una danza macabra para promover el turismo

San Francisco de Yare, Venezuela – Con atuendos de color sangre e infernales máscaras de papel maché que pondrían a temblar a una gárgola, cientos de fieles disfrazados de demonios bailaron por las calles de esta ciudad en uno de los rituales religiosos más apoteósicos del país. Tradición afro-venezolana de fines del siglo XVIII, peculiar de las parroquias próximas a la costa del Caribe, los ‘‘Diablos Danzantes’’ han obtenido el apoyo del presidente Hugo Chávez y su gobierno para crear conciencia del folclore venezolano y promover nuevas formas de turismo.

Fundada en 1718 por esclavistas que controlaban las plantaciones cercanas de cacao y caña de azúcar, hoy día la pequeña población atrae miles de visitantes que cada año van a presenciar las festividades católicas del Día de Corpus, en las que los demonios giran al ritmo de tambores durante un ritual que los residentes describen como una danza de resistencia cultural. ‘‘Hay muchas historias sobre sus orígenes, pero sabemos que era, en esencia, la manera como nuestros antepasados participaban en la vida de la Iglesia’’, explicó Pablo Azuaje (57 años), capataz de la danza.

Los historiadores y antropólogos que han estudiado a los Diablos Danzantes afirman que había tradiciones similares en la Europa medieval y que aún se pueden observar en países como Bolivia y México. Los Diablos Danzantes se transformaron en símbolos de la lucha del bien contra el mal en las pequeñas parroquias venezolanas, e incluso en la propia Caracas, hasta finales del siglo XIX.

Aquí, en Yare, como se conoce a esta ciudad al sur de la capital venezolana, los demonios bailan por toda la plaza antes de descansar a la entrada de la iglesia encalada. Tras la misa matutina se postran en un acto de sumisión frente a la eucaristía, que es la representación del cuerpo y la sangre de Cristo en la hostia y el vino, y luego bailan por toda la ciudad deteniéndose a rezar en docenas de altares.

Rafael Strauss, historiador que ha estudiado a los Diablos Danzantes en varias comunidades venezolanas, comenta que estos personajes surgieron del esfuerzo de los esclavos de desempeñar un papel importante en la vida religiosa, ya que el rígido sistema colonial de castas los había condenado al ostracismo. Aunque, en principio, la Iglesia se opuso a los Diablos Danzantes, terminó por tolerarlos y finalmente aprobó las celebraciones. ‘‘Los Diablos Danzantes del siglo XVIII eran muy parecidos a los participantes del reggaeton moderno’’, comparó Strauss, autor del libro El Diablo en Venezuela, refiriéndose a una forma de danza contemporánea con manifiestas insinuaciones sexuales que se popularizó en Puerto Rico y luego se extendió a otras partes de América Latina y Estados Unidos.

Aunque ha persistido la prohibición de que hombres y mujeres bailen juntos como Diablos Danzantes, lo cual preserva una tradición iniciada cuando el ritual se consideraba excesivamente sensual, Strauss explica que el baile ha evolucionado desde que Venezuela abolió la esclavitud en 1854. A pesar de que en algunas ciudades pequeñas sólo los negros participan en el ritual, personas de diferentes etnias suelen bailar en poblaciones más grandes como Yare, que organiza el ritual de Diablos Danzantes más importante del país.

Mediante la promoción de sus demonios, particularmente con publicidad, el gobierno de Chávez imita el ejemplo de Rómulo Gallegos, novelista que ocupó la presidencia de Venezuela en 1948 y fue derrocado por un golpe de estado. Los demonios alcanzaron reconocimiento nacional cuando el gobierno de Gallegos los llevó a Caracas para una presentación que formaba parte de su esfuerzo para dirigir la atención hacia las tradiciones folclóricas en una época en que la creciente captación de ingresos petroleros contribuía a modernizar el país. ‘‘Ahora intentamos fomentar un turismo de inclusión’’, declaró Teorggeena Pérez, coordinadora de turismo de Yare, y explicó que, al invitar a los visitantes a hospedarse con los danzantes y demás residentes de la población, apoyan el esfuerzo de ‘‘desarrollo endógeno’’ de Chávez: iniciativa para erradicar la pobreza al fomentar el crecimiento económico de las comunidades marginadas.

El color rojo no es exclusivo de la ropa de los demonios, sino que también se utiliza en camisetas y sombreros decorados con eslóganes chavistas e iniciales del partido Socialista, usados por muchas de las personas que acuden a presenciar la danza y vender sus productos a otros visitantes. ‘‘Es un día hermoso para negociar y ver algo nuevo’’, dijoó Irma Romero (55 años), integrante de la Cooperativa Pioneros de la Resurrección, organización caraqueña que fabrica ropa y comercializa sus productos en eventos culturales de todo el país gracias al financiamiento que recibe del Ministerio del Poder Popular para la Economía Comunal.

Las autoridades del Estado de Miranda, que incluye Yare y que está gobernado por un aliado de Chávez, distribuyen panfletos que incluyen un listado de los apellidos de las familias esclavistas de la región y describen en detalle los orígenes y características de los Diablos Danzantes. Quienes participan en el ritual parecen olvidarse, por lo menos ese día, de los polarizantes cambios políticos que sacuden Venezuela, tal como la decisión de Chávez de crear un partido Socialista único para sus simpatizantes. Entre los individuos vestidos de rojo se encontraban los empleados de Brahma, fabricante de cerveza que vendió enormes cantidades a los visitantes de Caracas y otras ciudades.

Con pequeñas cruces de hoja de palma prendidas a la camisa, los demonios sudaron y bailaron casi en estado de trance y luego tomaron un descanso a mediodía para comer mondongo, sopa de tripas de ternera y patas de cerdo cocida a fuego lento, antes de proseguir con su danza hasta caer la tarde. ‘‘Llevo toda la vida dedicado a los diablos’’, cuenta Juan Vicente Morgado (53 años), uno de los fabricantes de máscaras más importantes de Yare, en cuyo taller cuelgan docenas de caretas de las paredes. ‘‘Es una de esas cosas de la vida que nos permiten explorar lo grotesco para encontrar algo positivo’’.

(Fuente: Way to Go, The New York Times)

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