Aguas de Marienbad

Escrito por: Craig S. Smith el 18 de Agosto de 2007 | 10:43 pm
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Fotografía de Michal Novotny Foto: The New York Times

Todavía se toman las aguas de Marienbad

Marianske Lazne, República Checa – Con un poco de dinero, cualquiera puede bañarse a cuerpo de rey en esta apacible y encantadora ciudad spa. El monarca británico Eduardo VII visitó este bucólico rincón de Bohemia en seis ocasiones durante su breve reinado y siempre ocupó la Cabaña Real, como aún llaman al salón privado del hotel Nove Lazne donde usted puede utilizar las mismas instalaciones por poco dinero.

Algo tienen la languidez del aire, la elegancia de los sanatorios del siglo XIX y las robustas mujeres de blancos uniformes que nos hacen reflexionar en el organismo y los poderes curativos de las aguas minerales. ‘‘No vine a tomar los baños, sólo a dar un vistazo’’, escribió Mark Twain cuando visitó la población en 1892. ‘‘Pero primero uno y luego otro se pusieron a hacerme insinuaciones y, en poco tiempo, empecé a preocuparme por la salud. Un gotoso dijo que yo tenía cara de gotoso; luego otra persona con catarro intestinal me preguntó si no sentía un ligero malestar estomacal cuando estornudaba. Jamás me había ocurrido, pero comencé a notarlo a partir de ese momento’’.

Pocas cosas han cambiado desde entonces, excepto por las nacionalidades de la clientela. Cuando Mark Twain visitó el lugar, la crema y nata de la sociedad europea iba a Marianske Lazne para recibir sus tratamientos. El emperador Francisco José y el zar Nicolás II se hospedaron allí; Friedrich Nietzche, Franz Kafka, Rudyard Kipling y Thomas Edison convalecieron en Marianske Lazne. El balneario fue popular entre los compositores, desde Strauss, Chopin y Mahler hasta Wagner, quien concibió ‘‘Lohengrin’’ mientras se curaba con las aguas. Freud también visitó la ciudad y en 1933, los agentes nazis asesinaron allí al filósofo judío-alemán Theodor Lessing.

Los alemanes dominaron la lista de huéspedes durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler anexó la región circundante (Sudetendland), y el spa fue conocido por su nombre germano, Marienbad. Luego llegaron los rusos durante la Guerra Fría, cuando la antigua Checoslovaquia era un satélite soviético.

Hoy día, la población atrae alemanes y rusos en igual proporción, pero la herencia de sus antiguas y rígidas sociedades aún se pone de manifiesto en diversos tratamientos. En Nove Lazne, la joya de la corona de los grandiosos y antiguos hoteles spa de Marianske Lazne, hay una habitación donde las enfermeras utilizan una manguera de bomberos para, desde una distancia de seis metros, dirigir el chorro de agua a gran presión que golpea a los pacientes sujetos a la barandilla de una pared de mosaicos.

Tomas Stransky, gerente del hotel con corte de cabello militar y relucientes espejuelos de marcos grandes como parabrisas, no puede contener su emoción al describir los efectos del tratamiento. ‘‘¡Se siente delicioso!’’, insiste. En otra blanca habitación antiséptica, los pacientes inhalan vapores fríos de agua de manantial, los cuales ayudan a tratar el asma o la bronquitis. El hotel ofrece masajes con aceite caliente, baños de lodo e irrigaciones colónicas. ‘‘Especiales para clientes rusos, porque tienen problemas de bebida y son buenos para el hígado’’, confía Stransky, con voz muy baja.

En habitaciones recién pintadas de amarillo claro y reservadas para baños secos con dióxido de carbono, una robusta enfermera bombea gas tibio de uno de los manantiales a través de una manguera de caucho colocada dentro de una bolsa de basura sujeta a la cintura del paciente con un cordón. El gas despide un sutil aroma a clavo. Como muchos de los tratamientos, el folleto que promueve éste en particular promete ‘‘una mejoría significativa de la actividad sexual’’. El mismo gas, inyectado en la piel con una aguja hipodérmica conectada con una manguera transparente que sale de un tanque, sirve para tratar trastornos como ‘‘isquemia cardiaca’’, término médico que describe un inadecuado suministro de sangre al corazón debido al bloqueo de una arteria.

En 1805, el prelado de un monasterio local estableció el primer chalet para huéspedes de la ciudad-balneario y, para mediados de siglo, el valle había experimentado un boom de construcción. Su nombre cambió a Marianske Lazne o Baño de María, en honor de la Virgen, cuya imagen colgaba cerca del edificio original del prelado.

En la actualidad el valle está repleto de casas de estilo art nouveau y neoclásico, pérgolas, pabellones y columnatas. Los huéspedes del spa van por doquier con las extrañas tazas de porcelana que mencionara Twain, con asas que hacen las veces de pajillas para sorber el agua de cualquiera de los 12 manantiales del lugar. El líquido de Nove Lazne, que proviene principalmente del manantial Caroline, posee un alto contenido de magnesio, el cual se dice ayuda en padecimientos urológicos como cálculos renales. En el bar, los huéspedes también pueden beber lo que denominan el treceavo manantial: Becherovka, amarga cerveza herbal.

El personal incluye a tres médicos que recetan tratamientos, aunque nunca recetan más de cuatro procedimientos de 20 minutos en un mismo día porque, según explican, puede resultar excesivamente fatigoso. El señor Stransky afirma que muchos rusos se hospedan hasta tres semanas.

La Cabaña Real de Eduardo VII, amplia suite semejante a un baño turco, está equipada con un tubo de aleación metálica y una silla de roble de aspecto medieval que hace las veces de retrete y báscula. Stransky se sentó en la silla y ajustó la balanza de metal a un lado para determinar su peso. ‘‘Siempre el mismo’’, anunció con un suspiro de satisfacción –o tal vez de consternación. Las ventanas están pintadas con la delicadeza de los vitrales de iglesia y las paredes, ricamente decoradas con un mural tropical, lucen como en la época del monarca. Ángeles tocados con mitras observan desde el techo.

Al tenderse en la bañera y observar el mismo loro azul que el rey Eduardo seguramente contemplara en la pared opuesta, es inevitable reflexionar en la igualdad de príncipes y mendigos y todos los que están de por medio. Diminutas burbujas, como el agua carbonatada de una soda, se adhieren a la piel y otras más grandes flotan alrededor del bañista produciendo una sensación particularmente grata. Un vetusto calentador retumba en un rincón de la habitación para mantener el agua a 36.11 grados centígrados, la temperatura ‘‘óptima’’ según el personal del hotel. El baño despide un olor sulfúrico y ligeramente metálico.

Mucha historia y muchos baños han pasado por aquí desde la última inmersión del rey. Y al final, todos han sujetado la misma agarradera de metal que él utilizara para levantarse y salir de la tina.

(Fuente: Way to Go, The New York Times)

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