Costa galesa
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Fotografía de Nigel Dickinson Foto: The New York Times
Los caprichos de un hombre en la costa de Gales
Durante el paseo de una hora por la ciudad de Portmeirion, aldea situada en una colina junto a un estuario en el extremo noreste de Gales, encontrará un mirador de estilo chino con forma de pagoda, algunas torres góticas, bosquecillos de eucalipto, un castillo almenado, un campanario mediterráneo, una alcaldía jacobina y una atalaya cilíndrica de estilo art decó. Y cuide la cabeza cuando cruce algunas arcadas y puertas, porque son cuatro quintos de la escala normal.
En realidad, Portmeirion es un centro turístico donde nadie ha vivido jamás. Fue construida por un arquitecto autodidacta galés llamado Sir Clough Williams-Ellis, quien utilizó restos arquitectónicos rescatados entre las décadas de 1920 y 1970, y se basó en sus recuerdos de diversos viajes a Portofino, en la Riviera Italiana. El creador siguió mejorando Portmeirion hasta su muerte en 1978, a la edad de 94 años. Durante su larga carrera no produjo más diseños memorables más que algunas casas de campo para aristócratas británicos.
Hoy día, Portmeirion pertenece a una organización de caridad que administra el nieto de Sir Clough, Robin Llywelyn, novelista galés y coautor de una animada historia hermosamente ilustrada y titulada ‘‘Portmeirion’’ (Antique Collectors’ Club 2006). La familia mantiene de forma cuidadosa los 50 edificios de intenso colorido e incluso los ha modernizado un poco en los últimos años, para lo cual contrató los servicios de Sir Terence Conran, quien redecoró algunos espacios públicos en tonalidades de gris pardo y verde grisáceo. No obstante, ninguna renovación ha mellado la perdurable rareza del lugar, rodeado de colinas gris pizarra y poblaciones del mismo color. Cuando mencioné a un amigo galés mi proyecto de visitar Portmeirion, temí que me dijera que se trataba de una trampa para turistas como Disneylandia, pero para mi sorpresa, sus ojos adquirieron una expresión ensoñadora y nostálgica. ‘‘Es un lugar de locos –declaró–. Nosotros nos casamos allí’’.
En la temporada alta de verano, cerca de 200 visitantes se apropian cada noche de los dos hoteles y las docenas de cabañas de alquiler de Portmeirion. Otro centenar paga sólo para recorrer la propiedad. En su autobiografía de 1971, Sir Clough (se pronuncia CLOF) escribió con ironía que los visitantes encontrarían Portmeirion ‘‘insoportablemente caótico, artificioso, caprichoso o fuera de lugar’’, y no obstante su objetivo era hacer que recordaran aquella obra que llevaba el objetivo implícito de protestar contra la arquitectura modernista tan en boga en la época.
Cuando inició la construcción, las rectilíneas paredes de vidrio de Le Corbusier y Mies van der Rohe estaban de moda, pero ‘‘su trabajo me resulta carente de emoción’’, declaró. Así, el centro de recreo se convirtió para el arquitecto galés en un ‘‘hogar para edificios en desgracia’’, y su abigarrado perfil y angostos pasadizos pretendían brindar ‘‘más diversión a más personas’’.
Aristócrata descendiente de un monarca del siglo XII, Sir Clough era un neotradicionalista tan comprometido que usaba bombachos y chalecos, y cuando no estaba ocupado con Portmeirion, a menudo hacía proselitismo altruista por causas ambientales: fue uno de los primeros promotores de granjas de viento, senderos para bicicletas, parques nacionales y la prohibición de vallas publicitarias.
Aunque críticos modernistas como Lewis Mumford caracterizaron Portmeirion como ‘‘un absurdo monumental’’ o una ‘‘ridícula fantasía galesa’’, el gobierno británico lo declaró monumento protegido en 1971 y desde entonces ha gozado de gran popularidad turística. ‘‘Su éxito económico me ha dejado pasmado’’, expresó Sir Clough hacia el final de su vida. El libro de Llywelyn, que contiene un amoroso ensayo de la autora viajera Jan Morris, vecina de la región, enumera visitantes de renombre como Bertrand Russell, el duque de Windsor, el rey Zog de Albania y el actor Patrick McGoohan (su siniestra serie televisiva de los años sesenta, ‘‘El prisionero’’, fue rodada en Portmeirion). Noel Coward escribió ‘‘Blithe Spirit’’ en una cabaña de la aldea durante una estancia de cinco días en 1941 (su inspiración se había agotado en Londres, donde su hogar fue destruido durante el Blitz) y el representante de los Beatles, Brian Epstein, pasó algunas vacaciones de verano en una suite ubicada sobre una arcada de Portmeirion.
Año con año, los famosos regresaban para ver qué hacía Sir Clough, quien tenía siempre dispuestos a sus equipos de carpinteros y albañiles. Nunca se sabía qué tipo de rescate llegaría al lugar: estatuas doradas de diosas birmanas, cañones del siglo XVIII, una chimenea victoriana de piedra caliza, la bóveda de un salón de baile de la década de 1640. Cuando no conseguía una antigüedad adecuada, Sir Clough improvisaba: muchas ventanas y pilastras son trompe l’oeils, caprichos pintados, y los domos del faro y la alcaldía fueron hechos con cazos invertidos donde solían cocer cerdos.
Entre tanto, los jardineros bordeaban senderos con setos formales y palmeras. También reservaron 28 hectáreas para macizos de helechos, secoyas, ginkgos y rododendros (las corrientes del golfo en el estuario generan un microclima subtropical). El contraste entre la arquitectura y los exóticos sotos es surrealista: en un ensayo del libro de Llywelyn, el autor británico Stephen Lacey, especialista en jardines, describe ‘‘la mágica sorpresa de cambiar la bulliciosa Riviera por una silenciosa selva tropical con sólo dar un paso’’.
En mi brevísima visita de dos días, que hice hace unos meses, caminé principalmente por las cerradas curvas de las calles empedradas de la aldea, mientras reflexionaba en los inventos de Sir Clough, sus trucos teatrales y yuxtaposiciones. Después de un tiempo, compadecí a los equipos de mantenimiento y así se lo dije a Llywelyn cuando fui a su oficina para entrevistarlo después de mi viaje de incógnito. ‘‘Creo que mi abuelo no imaginó cuánto duraría la popularidad de este lugar, cuánto tiempo tendrían los edificios que resistir la brisa marina y los vientos de la región’’, comentó con tono triste. Por otra parte, el mobiliario que eligiera su abuelo tampoco ha resistido muy bien: ‘‘Sobre todo las camas con columnas en las habitaciones de huéspedes que, por desgracia, eran muy ruidosas, estrechas e incómodas’’, agregó. No tuve el valor de decirle que las camas con que las habían sustituido, de estilo modernista con cabeceras forradas de piel, resultaban de lo más insulsas en un lugar tan abigarrado como aquél.
Sin embargo, parece que los habituales y los famosos no se dejan ahuyentar por esos cambios. Las reservaciones en Portmeirion están agotadas hasta fines de agosto; familias galesas e inglesas regresan cada año a las mismas cabañas con nombres como Salutación, Neptuno y Unicornio (piense en viajar en otoño, para reflexionar en los días cada vez más cortos de una población que lucha continuamente contra la decadencia).
Aunque Llywelyn me contó que en los últimos años se han dejado ver personalidades como Jude Law y Liam Neeson, en mi visita no pude ver a alguien remotamente famoso, sólo excursionistas con botellas de agua colgadas de las mochilas mientras se internaban en la falsa espesura, y huéspedes de hotel con ropa caqui y mocasines que se fotografiaban entre las columnatas o curioseaban en las tiendas de regalos.
Descubrí que los souvenirs eran bastante comunes y corrientes, por lo que opté por un minúsculo trozo de turquesa cubierta de yeso que encontré entre los desechos de frondas y piedras que había barrido un ama de llaves. Nadie me vio embolsar aquel tesoro, pero de cualquier manera me sentí obligada a confesar el saqueo a Llywelyn, a quien no le importó en absoluto, pues ya le habían contado anécdotas parecidas. En todo caso, me sentí mucho mejor sabiendo que él estaba enterado de que un pedacito de la operación de rescate en la que su abuelo invirtiera 50 años de vida había llegado a Nueva York. Conservo el artefacto junto a mi computadora, por si acaso me asalta la duda de que mi viaje a Portmeirion fue nada más un sueño.
Información turística
Portmeirion se encuentra a dos horas en auto de Manchester, Liverpool y Birmingham y a casi cinco horas de Londres (visite www.portmeirion-village.com para consultar indicaciones). Hay trenes hasta la estación importante más cercana, Bangor, a unas tres horas y media de Londres. El hotel en Portmeirion puede organizar un servicio de taxi para el recorrido de una hora desde Bangor.
El hotel de Portmeirion cuenta con restaurante formal, pero encontrará media docena de bares y tiendas de comida dispersas por toda la aldea.
(Fuente: Way to Go, The New York Times)




