Berlín
![]()
Fotografía de Mark Simon Foto: The New York Times
En bicicleta por una ciudad renacida
Un clarinetista solitario tocaba una llorosa melodía en un prado frente a la Cancillería Federal, sobrio edificio de mármol y concreto que se levanta sobre el río Spree. Era una mañana nublada y yo montaba en bicicleta por la Spreepromenade, sendero de grava que serpentea por el corazón legislativo de Berlín, la capital alemana. Al otro lado del río se levantaban impresionantes edificios nuevos que confirmaban el sitio que ocupa la ciudad a la vanguardia de la arquitectura moderna: Reichstag con su domo de vidrio y Paul-Lobe-Haus, anexo del Parlamento alemán.
Mientras pedaleaba bajo los cipreses frente a un jardín de cerveza llamado Capital Beach, y los barcos de turismo se deslizaban por el Spree, me resultó fácil olvidar que, no hace mucho, ese camino fue parte de la infame ‘‘franja de la muerte’’ berlinesa. De pronto, mis ojos volaron hacia un conjunto de discretas cruces grabadas en una lápida de mármol al borde del paseo, cada cual en memoria de un berlinés oriental y también de una ‘‘víctima anónima’’ acribillada en ese preciso lugar mientras intentaba cruzar el Muro.
Berlín es una ciudad en transición, y no hay mejor manera de observar los cambios y la forma como el turbulento pasado ha moldeado el desarrollo de la ciudad, que durante un paseo en bicicleta. La capital está repleta de joyas arquitectónicas ocultas y rincones históricos casi desconocidos que descubrí a lo largo de un recorrido de un día y 32 kilómetros desde los restos del Muro de Berlín hasta el extremo más occidental de la ciudad. Muchas vistas no son accesibles al transporte público y están demasiado dispersas para abarcarlas a pie, así que la bicicleta es la solución perfecta.
Además, Berlín fue diseñada para circular en dos ruedas. La ciudad es una de las más verdes de Europa y se encuentra casi completamente llana. Los carriles para ciclistas, claramente marcados, se extienden por las principales calles de la entidad, sobre todo en los frondosos y apacibles vecindarios de la antigua Berlín Occidental, de manera que no hay que vivir la angustiosa experiencia de esquivar el tráfico, como sucede en ciudades como Nueva York o París.
En el lúgubre Berlín Oriental de antaño, el paseo puede consistir en un recorrido improvisado por callejones sin salida, a lo largo de fragmentos del Muro, restaurados jardines, polvorientos sitios de construcción y lotes baldíos que aguardan desarrollo. Partes de esta sección de la ciudad todavía parecen desorientadoras y ominosas, como Alexanderplatz, dominada por una colosal torre televisiva que se eleva sobre el vasto perfil arquitectónico comunista de los años sesenta. No obstante, en los últimos años la energía de Berlín ha derivado hacia el oriente y, de cierta manera, montar en bicicleta por esa zona resulta más interesante que en el oeste. Una importante operación de remozamiento ha conjuntado lo antiguo y moderno en dinámicas yuxtaposiciones. Por ejemplo, la exquisita embajada holandesa, diseñada por el arquitecto Rem Koolhaas (ganador del premio Pritzker) se eleva majestuosa sobre un callejón empedrado y una esclusa del Spree que se ha utilizado casi continuamente desde el siglo XVI. Río arriba, luego de esta Ámsterdam artificial, el camino continúa por la sección de muro más extensa que aún se conserva: más de kilómetro y medio de losas de concreto que corren en paralelo con el Spree y que hoy se encuentran cubiertas de graffiti y arte de cartel.
Durante el recorrido me sorprendió descubrir lo mucho que aún se conserva de la ciudad de la preguerra. Es indiscutible que los alrededores de Bundestag, Friedrichstrasse y Potsdamer Platz (antiguo corazón del régimen nazi y tierra de nadie entre Oriente y Occidente) están casi derruidos, pues la destrucción de las bombas Aliadas y los tanques y artillería soviéticos fue prácticamente total. Sin embargo, al continuar al oeste hacia los rincones residenciales de Berlín, uno tropieza cada vez con más vestigios de la grandiosa metrópolis centro-europea que alguna vez existió allí.
En ambos lados del Sudwestkorso, frondoso bulevar que cruza la ciudad en diagonal desde Schoneberg, hay más de un kilómetro y medio de elegantes edificios de apartamentos de la preguerra adornados con balcones de filigrana, torrecillas y cúpulas. Las estructuras, bien preservadas, se ven ocasionalmente interrumpidas por feos bloques de apartamentos de concreto erigidos por el gobierno berlinés en la década de 1950. Puede apostar a que cada uno de ellos marca el sitio donde cayó una bomba Aliada.
Asimismo, la ciudad está plagada de parques, pero si busca la naturaleza en su estado virginal, nada en Berlín puede compararse con Grunewald. Surgido como un coto de caza para los emperadores prusianos, Grunewald es una vasta extensión de tupidos bosques de roble y pino, incontables senderos para caminar y montar en bicicleta, y una sucesión de lagos que orla el límite occidental de la ciudad.
En mi opinión, la sección más hermosa es la que forman los lagos gemelos Schlachtensee y Krumme Lanke, cada uno circunscrito por un sendero para ciclistas y corredores, y separados por el idílico biergarten conocido como Fischerhutte. En las tardes y los fines de semana, si hay buen clima, el café al aire libre se abarrota y Fischerhutte se transforma en una versión moderna del Grande Jatte del siglo XIX: escena que plasma la prosperidad y confianza de Berlín.
También descubrí que algunas de las mejores rutas ciclistas de la ciudad son, paradójicamente, las más perturbadoras. En el límite más occidental de Berlín se encuentra Wannsee, popular centro recreativo de los reyes prusianos, y después de los berlineses ricos, incluidos numerosos judíos. Sin embargo, en los años treinta y principios de los cuarenta, Wannsee se convirtió en el patio de juegos de los nazis y desde entonces este nombre ha quedado permanentemente vinculado con el Holocausto. En enero de 1942, la villa de Wannsee fue escenario de una reunión de líderes nazis que duró todo el día, a la cual asistieron Adolph Eichmann y el director de la SS, Rudolf Heydrich. Fue allí donde los conspiradores nazis trazaron el plan para exterminar a los judíos de Europa. A principios de la década de 1990, la mansión fue convertida en memorial y museo, hoy llamado Casa de la Conferencia de Wannsee, cuyas exhibiciones (tanto temporales como permanentes) tienen que ver con la Solución Final.
Wannsee es ahora un destino popular de fin de semana entre marineros, remeros, nadadores y, por supuesto, ciclistas. Un paseo de tierra y asfalto que comienza justo al terminar la villa de Wannsee, perfila la orilla sur del lago y serpentea por distintos periodos de la historia alemana.
Pfaueninsel, boscosa isla accesible en transbordador, evoca la magnificencia y vanidad de los reyes prusianos. Federico Guillermo II se hizo construir un palacio en miniatura entre pinares y rosaledas –es un edificio que parece de juguete y recuerda el Castillo Mágico de Disney World. Más allá de Pfaueninsel, después de pasar jardines de cerveza y preciosas vistas del río Havel, que fluye hacia el Wannsee, se yergue un puente de acero conocido como Glienicker Brucke.
De cierta manera, esta última imagen de mi viaje a través de la ciudad cerró el círculo que abriera junto al Muro de Berlín. Durante un cuarto de siglo, este puente que cruza el Havel y se extiende entre Berlín Occidental y Postdam, fue el principal punto de intercambio de espías entre Oriente y Occidente y, como muchos sitios de mi recorrido berlinés en bicicleta, está imbuido de un aura de peligro y dramatismo. Es también un recordatorio de que, hasta 1989, Berlín Occidental era una ciudad amurallada, una isla en el Oriente comunista hoy convertida en punto de encuentro para turistas y ciclistas que desean pasar el fin de semana en Postdam, así como un poderoso símbolo del renacimiento de una capital.
Información turística
Call A Bike es un servicio de alquiler de bicicletas que proporciona la compañía de ferrocarriles Deutsche Bahn. Recoja la suya, o déjela sujeta a un señalamiento de tráfico o soporte para bicicletas en una estación de trenes o a unos 30 metros de una intersección vehicular importante.
Bikes & Jeans en Mitte (Friedrichstrasse 129; 49-30-447-6666) también alquila bicicletas. Fahrradstation (Estación de Bicicletas; Dorotheenstrasse 30; 49-30-2859-9661) está cerca de S-Bahnhoff Friedrichstrasse.
Otros establecimientos pequeños incluyen: Trek Pro-Shop (Leipziger Strasse 56; 49-30-6664-9180); Mitte (Augustrasse 29A; 49-30-5996-61), Kreuzberg (Bermannstrasse 9; 40-30-2151-566); Charlottenburg (Goethestrasse 46; 49-30-9395-2757).
(Fuente: Way to Go, The New York Times)





Yo he podido disfrutar de unas vacaciones intensas, intercambiando mi casa, pude permanecer en Berlin un mes completo y la información que dais en este artículo del NY Times me sirvió de mucha ayuda y de empujón!
LA familia que nos “prestó” su casa nos dejó un par de bicicletas…todo un placer.
Echadle un vistazo a esta web:
http://www.intercambiodecasa.es
como le puedo hacer para adquirir algunos documentales gracias
Yo estuve 2 veces y sin duda ME encanta Berlin es una ciudad bellisima llena de cultura… Y muy barato q eso nos intereza mucho a nosotros los viajeros jeje *)