Pakistán

Escrito por: Don Belt el 01 de Septiembre de 2007 | 6:40 am
Etiquetas: Ninguna

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Fotografía de Reza

La lucha por su alma

Si hubiera que dar un domicilio, un paradero exacto a la grieta que divide a Pakistán, y de cierto modo al mundo, sería un lugar a 27 kilómetros al oeste de Islamabad llamado Paso de Margalla. Ahí, en un risco de piedra caliza en medio de ese país, el montañoso oeste se encuentra con el valle del Indo, y dos civilizaciones antiguas y muy diferentes se enfrentan. Al sureste, extendiéndose hacia el horizonte, se localizan las tierras bajas del subcontinente indio, región de campesinos y cálidas parcelas que los pródigos dioses han bendecido con brillantes colores. Hacia el oeste y el norte se despliegan las escarpadas y ventosas montañas de Asia Central, tierra de pastores y salteadores a caballo donde el hombre teme a un dios y no toma prisioneros.

Es también aquí donde confluyen dos corrientes antagonistas del islam: el ala relativamente relajada y tolerante de India, frente al rígido fundamentalismo de la frontera afgana. Bajo la superficie de Pakistán, estas fuerzas opuestas chocan como dos placas geológicas que envían sus ondas de impacto desde Lahore hasta Londres y desde Karachi hasta Nueva York. El enfrentamiento entre moderados y extremistas en Pakistán se refleja en esta fisura, la cual puede considerarse la versión en miniatura de una lucha entre los musulmanes del mundo.

A 60 años de su fundación, Pakistán todavía se asienta sobre terrenos inestables. Sus 165 millones de habitantes se encuentran traumatizados por las múltiples guerras con India, una sucesión de caudillos militares (incluido el actual presidente, el general Pervez Musharraf) y las luchas intestinas entre grupos étnicos (penjabo, sindhi, balucho y pashtún).

Los pakistaníes realmente nunca han conformado una sola nación a pesar de que 97 % son musulmanes. Para mantener unido al país, los distintos gobiernos han gastado miles de millones de dólares en el ejército, lo que ha creado un monolito corrupto y autoindulgente, formado principalmente por generales penjabos, mientras que las necesidades básicas de la gente, aquellas relacionadas con la justicia, la salud, la educación, la seguridad y la esperanza, se han descuidado mucho. Recientemente, estos problemas han llegado a las calles, ya que abogados y otros opositores desafían al gobierno militar de Pakistán y exigen el retorno a un gobierno civil y democrático. Mientras tanto, a seis años del 11 de septiembre de 2001, las fuerzas del radicalismo islámico se fortalecen y se disputan, con la mayoría moderada de país, el alma del Pakistán.

No se trata sólo del resurgimiento de los talibanes locales, que en un lapso de dos semanas han arrasado y bañado en sangre las calles de seis ciudades con bombardeos suicidas. Tampoco son sólo los combatientes de Al Qaeda quienes recorren los montes occidentales de Waziristán asesinando a cualquier sospechoso de ser espía estadounidense. Igualmente aterradoras son las ‘‘misivas nocturnas’’, que se fijan en edificios públicos y advierten a todas las muchachas, bajo amenaza de muerte, que deben llevar burkas de pies a cabeza y dejar de asistir a la escuela. O, en medio de una creciente ola de amenazas, los asesinatos de maestros, médicos y activistas de los derechos humanos, acusados de ‘‘crímenes contra el islam’’. Sin embargo, tal vez la evidencia más fehaciente de todas sea mi encuentro con una mujer de 22 años llamada Umme Ayman, quien parecía estar más que dispuesta a morir. No puedo ver su rostro, “no somos terroristas –afirma–. Somos estudiantes. Deseamos difundir el islam por todo el mundo. Si Estados Unidos quiere acabar con el Islam, entonces estamos preparadas para morir defendiendo nuestra fe. Ya nos hemos despedido”. Ayman y las demás mujeres se sientan alrededor de mesas circulares en sillitas para niños. Entre libreros llenos de cuentos infantiles, colgaron carteles que dicen: ‘‘Alá es para los musulmanes, no para los infieles’’. Al otro lado de la calle, sus padres, angustiados, llevan varias semanas en vigilia.

Un comentario

  1. Escrito por Rodrigo Chabalgoity:

    Acá en Uruguay, la revista llega con tres o cuatro meses de atraso, por eso recién hago un comentario sobre este artículo.
    La verdad es que me encantó, porque me hizo entender muchas de las noticias que suceden en estos días, y porque tienen esa exelente forma de contar, propia de National Geographic.
    Gracias por la calidad de siempre.
    Abrazos

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