Indochina

Escrito por: James Sullivan el 03 de Octubre de 2007 | 7:54 am
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Fotografía de Steve McCurry

Una cuestión de amor

Luego de dos meses de frecuentar a una chica que vivía junto a un foso defensivo dentro de los muros de una ciudad imperial, la dejé. Era 1993 y no me sentía seguro de lo que hacía. No sabía si me habían intoxicado los vapores del foso, así que volví a Estados Unidos para definir qué era verdad o fantasía. Sin embargo, la lucidez no llegaba y por ello regresé a Vietnam, donde me enamoré de una ciudad al mismo tiempo que de una de sus residentes.

La ciudad de Hue, una de las más legendarias del sureste asiático, es famosa por la grandiosidad de sus monumentos imperiales y pagodas budistas. El cortejo transcurrió entre palacios y pabellones; al explorar las ruinas de los mausoleos de los emperadores Nguyen; en un encantador restaurante dentro de las murallas de la Ciudad Púrpura Prohibida, donde nos sentamos bajo un baniano decorado con luces multicolores y comimos suculentos bocados de res envueltos en una hierba llamada la lot.

Por la noche, alojado en un centenario hotel colonial francés, aguardaba con emoción el trajín de los panaderos que circulaban en bicicleta por las silenciosas calles mientras pregonaban: ‘‘Mi, banh mi nong’’ (Pan, pan caliente). En esos momentos Hue me parecía una ciudad aislada del mundo, tan hermosa como una joya que brilla en el cieno.

Diez años después de casarme con Thuy y abandonar Hue para establecernos en Nueva Inglaterra, hemos regresado a la ciudad. Thuy esperaba con emoción los encuentros con parientes y amigos, aunque a mí me preocupaba el viaje. Me preguntaba si la ciudad habría perdido su esplendor a causa del ímpetu vietnamita hacia la prosperidad y la creciente perspectiva de convertirse en un Pequeño Dragón: una de las pequeñas economías importantes del sureste de Asia.

Llegamos en taxi a Hue, cruzamos el canal An Cuu y pasamos frente a una superestructura con vigas de metal. ‘‘¿Qué es eso?’’, le preguntó Thuy al conductor.

‘‘Hotel –respondió–. Cinco estrellas’’. Repitió la información en el siguiente semáforo.

‘‘¡Otro más! –exclamó Thuy–. Maravilloso’’.

Se asomó por la ventana del auto para contemplar los 16 pisos. El nuevo hotel Imperial duplicaba la altura del edificio más alto de Hue y volvía insignificante uno de los hitos vecinos, mi antiguo hotel de dos pisos, el Morin, que había experimentado su propio cambio radical. La sencilla fachada color ocre ahora era blanca y estaba decorada con filigrana arquitectónica, como un pastel gigante.

Hue se encuentra a varios kilómetros de la costa, a casi mil kilómetros de la Ciudad Ho Chi Minh y a unos 500 kilómetros al sur de Hanoi. Los 300 mil residentes viven en las riberas norte y sur del ancho río Perfume.

En los siglos XIX y XX, los emperadores Nguyen construyeron una ciudad amurallada de 2.5 kilómetros cuadrados en la ribera norte del río, e imitaron los diseños franceses del siglo XVII y aquellos dirigidos por los geománticos imperiales. Excavaron un foso alrededor de la ciudadela y en ella edificaron dos complejos amurallados más pequeños –la Ciudad Imperial exterior y la Ciudad Púrpura Prohibida en el interior, a la cual sólo podían acceder los monarcas o ‘‘Hijos del Cielo’’ con sus esposas, concubinas y séquitos de eunucos.

La comunidad colonial francesa, establecida en la ribera sur del río Perfume, construyó el gran palacio del gobernador francés, además de mansiones y villas para funcionarios del gobierno, hoteles, iglesias, bulevares y una explanada –mucho de lo cual sobrevivió a la Primera Guerra de Indochina (1946-1954) y la posterior Guerra de Vietnam.

El complejo de monumentos imperiales fue declarado Patrimonio Mundial en 1993 y, desde entonces, ha sido un importante atractivo para los turistas extranjeros. No obstante, para los vietnamitas, Hue sigue siendo una antigua y apacible ciudad cuyos residentes parecen vivir en otra dimensión temporal.

La principal actividad era la poesía, no el comercio. La sofisticada cocina de la ciudad, con sus sabrosas salsas y artística presentación, se volvió célebre desde la cuenca del Mekong en el sur hasta la cuenca del río Rojo, en el norte. Thuy, consumada cocinera que jamás le ha encontrado el gusto a la comida estadounidense, comenzó a reanimar sus papilas gustativas pocas horas después de nuestro regreso. En un minúsculo restaurante de la calle Dien Bien Phu, preparó un rollo de arroz con cerdo, lechuga y albahaca tailandesa que remojó en una salsa de maní tostado sazonada con caldo de camarón y ajonjolí. ‘‘Hace mucho tiempo, en Hue, teníamos que cocinar para los emperadores –comentó Thuy–. Es por eso que nuestra cocina es más rica. Creo que nuestros estándares son superiores’’.

La primera vez que probé las especialidades de Thuy, cuando tenía poco más de 20 años, la cocina era lo que menos me interesaba. Pero en esta ocasión, Thuy decidió educar mi paladar obligándome a seguirla a todas partes, observando la menor vibración de su nariz que, como una vara para detectar metales, nos conduciría a un desconocido aunque prometedor establecimiento para deleitarnos con com hen, platillo de arroz plagado de pequeñas almejas y flores de banano, o banh okay, crujientes crepas ‘‘felices’’ rellenas de cerdo, camarón, cebollas y germinado de frijol.

Durante mucho tiempo recordé las villas francesas de Hue, con sus columnas acanaladas que flanquean las entradas, pero poco sabía de los nha ruong, tradicionales hogares vietnamitas edificados por mandarines y príncipes.

Un día, en el distrito de parques de Kim Long, Thuy y yo encontramos un conjunto de nha ruongs tan evocador como una pintura paisajista de Asia Oriental. Montadas en un patio de ladrillo rojo, las cuatro estructuras volvían el frente hacia un estanque de lotos con forma de media luna. Sus techos eran de tejas de barro, algunas de ellas afestonadas y otras planas, pero todas salpicadas de negro y verde a causa de los hongos tropicales. Pares de angostas puertas de madera se extendían por el amplio frente de tres estructuras y en su interior, las columnas de madera de yaca, ennegrecidas por el tiempo, y los tintes dividían el espacio en tres compartimentos.

En un nha ruong dedicado a la memoria de la princesa Ngoc Son, visitamos una casa decorada con antiguas maderas: en altares, pedestales y repisas, una de las cuales sostenía un tazón de porcelana de la dinastía Ming, del siglo XI mientras que, sobre el altar, yacía un documento firmado por el emperador en 1903. Y en medio de todo, el nieto político de Ngoc Son, Phan Thuan An, se desplazaba como un gran señor inglés muy consciente de la buena suerte de su familia. Explicó que el feng shui, antiguo arte de situar estructuras, era la causa de la armonía del ambiente, y de la conservación de su hogar y amplio jardín, a pesar de las décadas de privaciones y guerra.

Hue está repleto de estas antiguas viviendas: expresión de la más pura sensibilidad vietnamita para el espacio de vida. La ciudad vibra con ininterrumpidos proyectos de restauración. Además de la construcción de flamantes hoteles de cinco estrellas, recibí la impresión de que Hue mira hacia el futuro mientras resucita su pasado.

En la más grandiosa expresión de dicho pasado (la antigua Ciudad Imperial), Thuy y yo escuchamos una orquesta de músicos cortesanos que tocaban instrumentos originarios de la región, incluidos laúdes con cara de luna, cítaras, flautas de bambú y violines de dos cuerdas que parecían mazos de croquet. Dieciséis graciosas bailarinas, con delicados bombachos verdes y decoradas túnicas, sostenían en alto lámparas de papel y adoptaban las siluetas de capullos y torres.

Dos danzantes dragón interpretaron un apareamiento ritual que produjo un dragón más pequeño. En 2003, UNESCO hizo la proclamación oficial de que esta música cortesana era “una obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad”.

Las batallas desarrolladas en la ciudad en 1947, durante la Primera Guerra de Indochina, y luego en 1968, durante la Guerra de Vietnam, destruyeron gran parte de la Ciudad Imperial, aunque dos de sus magníficas estructuras han perdurado: el Palacio de la Suprema Armonía y la Puerta del Mediodía (Ngo Mon), donde el último emperador vietnamita, Bao Dai, abdicó ante el gobierno nacionalista de Ho Chih Minh en 1945.

Más al sur, en los mausoleos de los emperadores, las naturalezas celestial y terrestre se expresan conjuntamente en sublimes patios, pabellones y preciosos estanques de lotos. La mayoría de los visitantes de Hue se dirige primero a las tumbas hermosamente restauradas de los emperadores Tu Duc y Minh Mang, pero yo prefiero los sepulcros más dilapidados y silenciosos de los emperadores Gia Long y Dong Khanh, donde la decadencia se encuentra en plena floración. Las fachadas de concreto se han desprendido de los muros de ladrillo; las voluminosas raíces de un gigantesco árbol bodhi levantan las losas de arcilla que cubren el patio. Allí pudimos apreciar la vida media de todas las cosas.

A medianoche del año nuevo lunar de Tet, Thuy y yo nos detuvimos en la ribera norte del río Perfume para observar los fuegos artificiales que estallaban en el cielo. Mientras pedaleábamos de vuelta a casa en las bicicletas, vimos pequeñas llamas que ardían en las alcantarillas de ambos lados de la calle, como luces en fuga: eran papeles que las familias encendían en representación de camisas, alimentos, flores e incluso motocicletas que ofrecían a las almas de sus parientes muertos. El aire nocturno se estremeció con el sonido de una campana de bronce. Dejé de pedalear un momento para disfrutar de la fragancia del incienso de jazmín que repentina y deliciosamente flotaba allí, como una caricia de agua fría en un estanque templado.

Aunque no había escuchado el pregón de un solo panadero desde mi regreso, la ciudad había vuelto a seducirme y conquistarme. La joya de Hue todavía relucía, sin duda un poco más ajada y mundana que antes, pero no por ello menos hermosa para nosotros.

La central de gangas de Hue

Hue es mucho más que un desfile de tumbas imperiales, palacios y pagodas. Es una floreciente metrópoli moderna, y el mercado Dong Ba es el corazón que le da vida. Situado cerca de la confluencia del canal Dong Ba y el río Perfume, este centenario mercado subsistió tras la Primera Guerra de Indochina y a la Guerra de Vietnam, para luego caer víctima de un tifón.

Reconstruido en 1986, todavía conserva las características del mercado vietnamita tradicional. Sus numerosos puestos, casi todos atendidos por mujeres, ofrecen infinidad de artículos: varillas de incienso, mariscos secos, relojes de imitación, telas, raíces de loto y una impresionante variedad de frutas tropicales, desde el redondo y peludo rambutan hasta la fotogénica pitahaya de cáscara carmesí.

Casi siempre saturado de amas de casa que regatean por comestibles, y turistas que compran pinturas en papel de arroz o degustan platillos locales, el mercado es el sueño de todo fotógrafo. Quienes quieran volver a casa con una auténtica artesanía de Hue deben buscar un non bai tho, tradicional sombrero elaborado con frondas de palma. Aunque se parece a los utilizados en otras zonas de Vietnam, la versión de Hue lleva un secreto entretejido: poemas líricos e imágenes tradicionales de Hue que sólo pueden apreciarse cuando el sombrero se coloca contra la luz. Este arte oculto es un sutil recordatorio de una nación que cuenta con un profundo pasado poético.

No importa si elige una pintura en papel de arroz, un sombrero de poemas, un paquete de fragante incienso o las tres cosas: recuerde que debe regatear. Todos esperan que lo haga y además, es divertido.

Lugares mencionados

Palacio An Dinh. Situado en el extremo sur de Hue, en la ribera norte del canal An Cuu.

Ciudadela de Hue. Complejo imperial en el centro de la ciudad; incluye la Ciudad Imperial y la Ciudad Púrpura Prohibida.

Tumbas imperiales. Siete ornamentadas tumbas dispersas en un espacio de varios kilómetros cuadrados al sur de Hue.

Hotel La Residence. #5 Calle Le Loi.

Hotel Saigon Morin. #30 Calle Le Loi.

Pagoda Thien Mu. Al oeste de Hue en el río Perfume.

Pagoda Tu Dam. Calles Dien Bien Phu y Tu Dam.

(James Sullivan es el autor de ‘‘Over the Moat’’, memorias del cortejo de su futura esposa en Hue. Kris LeBoutillier, colaborador frecuente de Traveler, reside en Singapur y suele cubrir reportajes sobre Asia).

Un comentario

  1. Escrito por Edmundo Hidalgo:

    Buen artículo

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