Misisipi

Escrito por: Elizabeth Berg el 24 de Octubre de 2007 | 8:45 am
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Foto de Theo Westenberger

Cómo hallar consuelo en la tierra del pan de maíz

Hace poco, mientras hacía una gira editorial por Misisipi, mi conductor durante dos días fue un hombre a quien llamaré James. Tenía poco más de 40 años, de carácter amable, personalidad acomodaticia y ágil sonrisa.

El primer día recorrimos la campiña durante varias horas con la radio sintonizada en una estación de música country y western. Al llegar la hora de comer, le pedí alguna sugerencia. “Cerca de aquí hay un Cracker Barrel”, me dijo.

“¿Cracker Barrel? –repuse–. Estamos en Misisipi, la tierra de la mejor comida sureña y ¿propone que vayamos a un Cracker Barrel?”.

Entonces sugirió un lugar al que solía ir, en una parada de camiones en Vaiden, donde se detenía cada vez que iba a visitar a su abuela de Clarksdale a Jackson. Se encontraba “saliendo de la interestatal 55 y al norte de la autopista 55, de camino a Kosciusko, donde nació Oprah”.

El restaurante seguía allí, junto a las bombas de gasolina en 35-55 Truck Plaza y sus mesas de formica, dispuestas con típicos platos de cafetería color oscuro, estaban envueltas en nubes de humo de tabaco. La camarera que había trabajado allí desde hacía más de 30 años todavía servía a los parroquianos las órdenes de una que carta aún ofrece pudín de banana, pollo frito, hojas de nabo, pan de maíz, frijoles pintos y tartas de melocotón fritas.

De vuelta en el camino, con los estómagos a punto de estallar, continuamos nuestra charla. James me contó que su cuidadora, una mujer de nombre Jeraldine y a quien él llamaba Nana, le había enseñado a preparar tarta de bayas y melocotones, y muchas otras cosas ricas. Pero más que nada, apuntó, le enseñó a respetar a sus mayores: cortesía de una hiriente vara.

El segundo día, James debía recogerme por la mañana en mi hotel de Oxford, así que me levanté temprano y fui a caminar por el cementerio local, conmovida como siempre por la experiencia. Cuando finalmente llegó a buscarme, le hablé de algunas inscripciones que leí en el lugar, incluida una alta lápida que se elevaba sobre la tumba de un hombre de 26 años que murió en 1846 y en la que habían labrado una verdadera sinopsis de su vida. Decía así: “Único hijo de padres con todas las comodidades que el afecto, los amigos y la riqueza podían asegurar, al llamado de su país renunció voluntariamente al bienestar doméstico por las dificultades y los peligros del campamento. Halló la muerte prematuramente al servicio de su patria”.

Concluí que los padres del muchacho, frenéticos y destrozados por el terrible desperdicio de la vida de su único hijo, habían redactado aquel mensaje. En una tumba cercana, dedicada a un niño de siete años, la lápida anunciaba: “Muchas esperanzas yacen enterradas aquí”.

Hablé con James sobre lo dura que debía ser la experiencia de enterrar a un hijo, lo difícil que sin duda era volver a sentir alegría. Reflexioné sobre la naturaleza de la esperanza, en que sin importar cuán devastadora sea la pérdida, ella siempre tiene la manera de volver a nosotros. Pero qué da esperanza a las personas, me pregunté. En cierta ocasión, un amigo me dijo que la esperanza era saber que podía pasar algo. No que ocurriría con toda certidumbre, sino que podía ocurrir; como si fuera preferible estar muy cerca de algo sin alcanzarlo realmente.

Pregunté a James qué daba esperanza a las personas. Se encogió de hombros. “A veces me pregunto por qué estoy aquí”, respondió. “He perdido a muchos amigos y no me he ido, y no sé por qué. A veces quisiera que Dios me diera una explicación”. Tuve que guardar silencio; no supe qué decir. Viajamos así por el camino, con una ligera lluvia que mojaba el parabrisas. Más tarde, mientras yo autografiaba libros en una tienda de Tupelo, James fue a comprar tomates verdes fritos. Hizo bien. La comida de consuelo es siempre lo mejor cuando se ha hablado de la fragilidad de la vida, cuando hemos tocado un punto sensible del alma donde reside una especie de lúgubre tranquilidad de saber que estamos aquí, vivos y caminando bajo el sol, mientras que otros no. Reconozco que es una observación peculiar, pero no puedo imaginar una mejor combinación que cementerios y tomates verdes fritos.

Después de la sesión en la librería, yo también fui a conseguir un poco de esos tomates. James no quiso comer más, pero los dos bebimos gran cantidad de té endulzado. En ninguna parte preparan el té endulzado como en Mississippi. Hay que comer langosta junto al mar en Maine; tortillas de maíz junto al río San Antonio; y beber té endulzado un sofocante día en las entrañas del sur, en un café y a la sombra de las persianas venecianas.

He vuelto a casa, en Illinois, enriquecida con los recuerdos de James; y en esos recuerdos ha llegado la respuesta a la pregunta que le hiciera. Me parece que no hay mayor esperanza que en los pequeños actos de bondad. Tiene que ver con la forma como cuidé a James y él a mí, la manera de compartir el pan de maíz y la conversación. Pudimos seguir siendo un par de desconocidos, pues es así como suelen terminar estos encuentros. Tomamos la bolsa de comestibles que nos entrega la cajera del supermercado sin jamás mirarla a los ojos; leemos en el avión ignorando a nuestro vecino de asiento; nos sentamos atrás en un auto de alquiler y, entre llamadas de celular, volvemos ciegamente los ojos hacia la ventana. Pero James y yo cruzamos esa distancia.

Hacen falta una persona especial y un lugar especial para que sucedan estas cosas. James es una de esas personas y Misisipi, con sus caminos de roja tierra que conducen a la comida que todos buscamos siempre y que casi nadie encuentra ya, es uno de esos lugares.

(Elizabeth Berg ha escrito más de 10 libros. Su novela más reciente es Dream When You’re Feeling Blue (Random House, 2006). El editor Theo Westenberger también realiza colaboraciones fotográficas para Smithsonian y Time).

Un comentario

  1. Escrito por Mónica Cuevas:

    Wow!!!!………..Me encanto la historia de ese viaje……..muy filosófica.

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