Después de Funes
“Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en las mano […] lo recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador” (159).
Al leer sobre AJ en el reportaje de “Memoria”, quedé igual de sorprendida que Joshua Foer. Lo que no me sorprendió fue que Jorge Luis Borges ya hubiera escrito sobre ello en “Funes el memorioso”, en 1944. No es la primera vez que Borges tiene un entendimiento anterior sobre las cosas. En el cuento, el personaje de Ireneo Funes sufre un accidente a partir del cual gana una memoria, muy al estilo AJ, donde puede recordar todo con preciso detalle.
“[…] el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez […] Podía reconstruir todos los sueños, todos los ensueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había durado un día entero. Me dijo: ‘Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo’” (168).
El personaje pasa todos los días transitando por la serie de detalles de cada objeto que ha mirado, de cada conversación que ha tenido, de todo lo que ha leído, etc.
Una de las cosas que más me llaman la atención del cuento de Borges, es que Funes, al poder recordar absolutamente todo con perfecto detalle, no tiene la necesidad de “pensar”. Es decir, todo lo ve claro, como en un catálogo abierto y disponible de forma permanente. Por tanto, no tiene que acceder al pensamiento para traer al presente un recuerdo y actualizarlo. Que es, creo, lo que nosotros hacemos a través del tiempo. A mí, en lo personal, me maravilla la capacidad que tiene el ser humano de crear y de inventar y de imaginar. Traer a colación un recuerdo es volverlo a inventar, lo cual podría tener la misma riqueza que releer alguna obra literaria. Las palabras son las mismas, pero la lectura no. Si tuviéramos todo tan claro en la cabeza, ¿tendríamos necesidad de fantasear? ¿Podríamos distinguir detalles realmente importantes, que nos hicieron crecer y sentir, de aquellos más triviales? Al final del cuento, el narrador se preocupa de que él puede contribuir a los recuerdos “inútiles” con los que Funes luego tendrá que vivir. “Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles” (173). Porque de la misma forma en que el ser humano tiene el regalo de re-cordar (de re-crear, de re-inventar), también tiene el regalo de poder olvidar. En cambio Funes está “condenado” a recordar todo exactamente de la misma forma y a no poder dejar ir, a no poder olvidar.
Sin más, les recomiendo la lectura del cuento de Borges y espero aquí sus propias reflexiones.
Disfruten del fin de semana, María José.
Les recuerdo que, para cualquier duda, me pueden escribir a mariajose@toquedequeda.net.
Borges, Jorge Luis. “Funes el memorioso”. Ficciones. Buenos Aires: Emecé, 1996. pp. 159-173.





Adoro ese texto, María José. Gracias por mencionarlo.
Es que las personas como Funes el Memorioso existen. Se trata de un tipo de discapacitados psíquicos llamados “savants”.
Pero cómo ayudaría ser un poco “savant” de vez en cuando, especialmente cuando uno pierde las llaves del automóvil.
¡Qué bueno Ollin! Es de mis cuentos (y autores) favoritos. Es difícil pensar en alguien que se acuerde de todo con tanto detalle como un “discapacitado mental”…uno lo pensaría más como un “capacitado” mental, sobre todo cuando uno se quiere acordar dónde están las llaves. Savant viene del francés, que significa sabio, erudito. Si pensamos como dice Susana Rotker en que todo recuerdo es una representación (lo que se recuerda y se olvida es parte del tejido de la representación) y que ésta dice mucho sobre un individuo, ¿significaría que los Funeses del mundo tendrían más capacidad de representarse o sería ahí donde yace su discapacidad?
Gracias por compartir eses bello escrito…ah! y por la recomendación. Estoy completamente deacuerdo en que algunas veces es bueno olvidar; nos ayuda a encontrarle sentido a la vida…lo mismo que el recordar.
Gracias x ese comentario y solo puedo recordar lo que he aprendido en mis clases de psiquiatria los extremos siempre son lo malo o mejor dicho lo que nos hace sufrir como seres humanos…gracias
Gracias a ustedes por sus comentarios, su interés y permanecer cerca. Es verdad, los extremos suelen ser exagerados y muchas veces contraproducentes. Estoy de acuerdo en que un medio siempre es sano, sobretodo después de darnos cuenta de lo que somos capaces, de nuestra capacidad de ser magos (creadores) a la hora de decidir quiénes queremos ser y de qué manera. Es maravilloso poder olvidar en el sentido de desapegarnos de ciertas cosas, más no de bloquear o huir, que puede ser peligrosísimo. Pero estoy de acuerdo, saber recordar y olvidar en nuestra propia literatura vital da un sentido a la vida excepcional.
realmente existio Funes?? o simplemente fue una creacion de Borjes ?? por que la leí y me quede impresionado