Bamfield
En Columbia Británica, donde se puso el sol de un imperio
En los mapas de navegación, no es más que un punto en el extremo sur de una muesca de aguas profundas que todos pasan por alto; una entre decenas de escarpadas enseñadas bordeadas de árboles en la muy irregular costa del Pacífico de la isla de Vancouver. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo pasado, la diminuta aldea de pescadores, que representa ese punto, disfrutó de fama y reputación muy superiores a su tamaño: fue un sitio de vital importancia geoestratégica para casi todos los eslabones críticos que mantenían unido el vasto territorio del Imperio Británico.
Bamfield, Columbia Británica, era una repetidora clave en la frágil línea telegráfica que comunicaba Londres con sus avanzadas más distantes. En los años posteriores a la segunda Guerra Mundial, los escolares británicos de mi generación habían memorizado los nombres de todas las estaciones de telégrafos: sabían que las claves Morse imperiales (algunas reservadas a la emocionante tarea de enviar flotas y ejércitos, mientras que otras se usaban para anuncios más hogareños como bodas, bautizos y chismes) se transmitían de Whitehall a Cornualles y de allí a la punta suroeste de Inglaterra para continuar por el Atlántico a Halifax en Nueva Escocia y seguir por las praderas canadienses hasta aquella aldea desconocida e impensable llamada Bamfield, de donde proseguía por el cable submarino más largo jamás tendido (6 438 kilómetros de alambres de cobre forrados con la pegajosa goma aislante de la gutapercha) hasta el atolón de la isla Fanning en centro del Pacífico, luego a Suva, en Fidji, y por último a Southport, Australia y Auckland, Nueva Zelanda.
Pero el implacable paso del tiempo alcanzó a Bamfield y, en 1959, la repetidora cerró cuando la telegrafía cedió el terreno a la electrónica. El código Morse fue abandonado, los satélites tomaron el control y la aldea volvió a su apacible anonimato. En la actualidad, Bamfield sigue siendo un grupo de lindas casitas de madera (algunas transformadas en bed and breakfasts que atienden a los exploradores más curiosos) apiñadas en torno de una bahía formada por dos diminutas penínsulas de acantilados, un lugar oculto y protegido de los formidables vendavales invernales del Pacífico por enormes bosques de cedro y abeto.
Sus virginales playas arenosas y pozas marinas, antaño sagradas para los muy activos pueblos indígenas de la región, limitan con un océano repleto de ballenas jorobadas y grises, estrellas de mar, halibut, sardinas y escuadrones de salmones enormes y siempre combativos que hacen las delicias de los pescadores deportivos.
En años recientes, una franja de la costa del Pacífico de la isla de Vancouver se ha puesto tremendamente de moda. En menos de una década el antiguo puerto pesquero de Tofino, a unos 65 kilómetros al norte de Bamfield, se ha transformado de una parada estelar para autobuses cargados de bohemios conocedores en un lujoso destino de fin de semana para la capuccinocracia de Vancouver, Toronto o Seattle. En Tofino y el vecino puerto de Ucluelet, viejas chozas de pescadores han cedido el terreno a hoteles que cobran unos 600 dólares la noche y muy pronto inaugurarán un campo de golf de Jack Nicklaus. Grúas y sierras eléctricas resuenan todo el día en la incesante creación de estructuras generadoras de divisas; el verano pasado hubo tantos visitantes que los suministros de agua de la población quedaron agotados durante tres semanas.
No obstante, en una resistente y vieja lancha costera llamada Lady Rose, o en un flamante crucero con casco de acero, cualquiera puede escapar de la enloquecida avaricia de Tofino y Ucluelet para embarcarse al sur, cruzando el estrecho de Barkley, hasta Bamfield y su universo de paz y serena belleza.
A mediados de junio, treinta minutos luego de zarpar en el crucero del puerto de Ucluelet, los sonidos desaparecen. Una ligera brisa sopla del mar y el capitán detiene el barco para observar a las jorobadas de 30 toneladas que asoman entre las olas o nadan en círculos formando las llamadas “redes de burbujas” con que suelen atrapar bancos de pequeños peces. Ballenas grises resoplan en la distancia; salmones saltan en las serenas aguas; delfines de flancos blancos (Lagenorhynchus obliquidens) juguetean bajo la proa; y cormoranes se lanzan en picado para atrapar los despojos que sus majestuosos primos han ignorado. A causa de esta distracción, llegamos tarde al muelle: “Hora de Bamfield”, comenta alguien, quizá como recordatorio de los largos años en que toda la aldea debía regirse con minuciosa precisión, según las estrictas órdenes de Londres.
Aún se conserva el menos agraciado de los edificios del telégrafo, estructura de concreto de tres pisos construida para proteger las comunicaciones (durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo una fuerte guardia de enfaldados centinelas escoceses) y conocida entre los telegrafistas como Potala o Alcatraz. El antiguo y ornamentado edificio de cedro que cobijaba a los operadores fue derribado en los años sesenta; las construcciones restantes, así como un grupo de estructuras nuevas y bastante agradables, albergan un centro de ciencias marinas que dirigen cinco universidades de Columbia Británica y Alberta, destinadas sobretodo a estudiantes e investigadores profesionales, aunque también ofrecen unos cuantos programas públicos. El centro cuenta con especialistas en todas las formas de vida marina imaginables, desde algas y estrellas de mar hasta pulpos y percebes (Pollicipes cornucopia).
Unas 300 personas residen permanentemente en Bamfield, muchas de ellas en un grupo de viviendas junto al puerto. Los demás comparten una aldea de Primeras Naciones, a kilómetro y medio de distancia, con cerca de 100 integrantes de los huu-ay-aht (parte de las tribus nuu-chach-nulth) que mantienen vivos su arte, tradiciones y lenguaje. Las dos comunidades, separadas físicamente aunque unidas por las dificultades de tan aislada región y sus feroces tormentas invernales, han aprendido a convivir en paz, y el visitante puede descubrir la fascinación de la vida indígena por todas partes: en piraguas, el cementerio, celebraciones y ocasionales potlatch que recuerdan la antigüedad cultural de un pueblo que ha ocupado esta costa mucho más tiempo que cualquier europeo.
El mar (profundo, azul, rizado por el oleaje del Pacífico, de aterradoras tormentas invernales procedentes del sudeste, y merecidamente considerado el lugar de reposo de tres generaciones de embarcaciones cuyos restos se encuentran dispersos a lo largo de la cadena de islas que salpica la costa) domina la vida de la población.
La mayoría de los suministros (además del médico y el dentista) llegan en barco o bien por un sendero del bosque que conecta la aldea con Port Alberni, aunque los lugareños prefieren olvidar su existencia. Un par de taxis de agua transporta a los habitantes de un pueblo a otro; todos tienen un kayac, un esquife, una balsa o un pequeño yate; el pueblo conserva un paseo de tablones para que los amantes de tierra firme caminen por la costa.
El escabroso Sendero de la Costa Occidental se extiende hacia el sur desde Bamfield hasta la población de Port Renfrew: los excursionistas que aceptan el reto de sus rigores (imponentes acantilados, escaleras de 30 metros, puentes colgantes sobre abismos sin fondo) pronto se enteran de que, en sus inicios, fue una vía de rescate hecha por el gobierno para que los marineros que quedaran varados en la costa pudiesen salir caminando de allí. Los guardas de los faros locales (algunas luces de la costa oeste canadiense todavía requieren de operadores) son complacientes y amistosos; se dice que Norby, de Cabo Beale y Sylvia, de Pachena Point, cuentan historias de marinos perdidos y grandes tormentas que ponen los pelos de punta.
Las tormentas invernales son un atractivo tan poderoso como las solitarias playas de blanca arena; Brunhilde Niederacher, artista y cuyo minúsculo bed-and-breakfast (West Coast Magic) domina desde las alturas la playa de Brady –considerada la más hermosa ensenada secreta de la isla– tuvo que, por seguridad, pasar una hora parada fuera de su casa durante un torrencial aguacero, el invierno pasado, cuando una tormenta sin rival en cien años arrancó 30 enormes abetos y una pícea de sitka (Picea sitchensis) de tres metros de diámetro. Muchos valientes visitan Bamfield por la única razón de experimentar una tormenta así; y se dice que regresan horrorizados a casa, incapaces de olvidar la vibración del lecho rocoso bajo el titánico golpe de las olas.
Sin embargo, el mar de verano es sereno y el cielo de un intenso azul durante semanas. Cualquiera puede aventurarse en una pequeña embarcación a mar abierto, hasta donde hay largas y fuertes ondas. Japón es la única masa de tierra que se recorta en el horizonte occidental, pero las islas que parecen flotar entre Bamfield y ese profundo mar –Fleming, Helby, Diana, Edward King y un puñado de islotes innominados– guardan un rico tesoro de playas y grutas marinas. De éstas, quizá la más espectacular se encuentra en la isla Edward King: un túnel de casi 92 metros de largo con un extremo que resuena con el espumoso fragor del mar esmeraldino al chocar contra rocas cubiertas de estrellas de mar y percebes, mientras que el otro queda abierto hacia el interior del bosque lluvioso: lugar secreto de grandes árboles cargados de musgo y donde cuervos, halcones y águilas pescadoras parecen indiferentes a la cercanía del mar.
Una población tan cerrada y alejada de la sociedad está repleta de intrigas ocultas y excéntricos y, cuanto más permanece uno en ella, más cautivadoras resultan sus complejidades. Bamfield, con su historia extraordinaria, es el tema ideal para una novela, aunque el tiempo de estancia y los personajes que uno conozca en ese periodo determinarán si habrá de escribirla Stephen King, Carl Kiaasen o Patricia Cornwell.
No obstante, es también el sitio perfecto para leer una novela junto a la chimenea, en el silencio, con sólo el rumor del mar en el fondo y los vientos del Pacífico que mecen suavemente los árboles. Esa perenne paz es parte del encanto. En otra época, Bamfield fue muy conocida por los escolares de Gran Bretaña; hoy no es más que una diminuta aldea costera casi olvidada, nada más que un insignificante punto en el extremo sur de una minúscula muesca en un acantilado del Pacífico canadiense y, por eso mismo, deliciosa y memorable.
(Fuente: Way to Go, The New York Times)




