Barcelona
Dos perspectivas
Él organiza sus viajes en torno a famosos hitos del arte y la arquitectura; ella prefiere la casualidad y los descubrimientos. ¿Será posible que Barcelona satisfaga a ambos?
(HUGH) “Por favor, basta de catalán –protestó mi esposa, Barbara–. Ya me duele la cabeza”.
Era nuestra primera mañana en Barcelona y el inicio era poco prometedor. Tan pronto como llegamos comprendí que mi muy defectuoso castellano de nada serviría en esa orgullosa ciudad donde el catalán es el idioma de rigor. Es un mal de familia. De niño, mi madre (maestra de escuela) convertía las vacaciones en lecciones de historia; pero Barbara no pertenece a esa clase de viajeros. Es una exploradora creativa que rechaza las guías turísticas y prefiere deambular sin rumbo esperando que ocurra algo mágico.
(BARBARA) Antes de emprender el viaje, Hugh devoró libros sobre España durante meses; incluso me despertó una madrugada con la noticia de que el rey Fernando y la reina Isabel estuvieron presentes para recibir a Colón cuando éste llegó al puerto de Barcelona en 1493. No me pareció gracioso. Por otra parte, tampoco abrigaba grandes expectativas. Mi investigación preparatoria se limitó a buscar el mejor hotel que pudiésemos pagar: el Neri, palacio restaurado del siglo XVIII en el Barri Gòtic (el barrio gótico de la ciudad vieja), que en la realidad resultó tan maravilloso como lo pareciera en línea.
A diferencia de Hugh, llegué a Barcelona sin una lista de lugares por visitar. Mi modus operandi es enfilar hacia cualquier barrio donde haya residentes de verdad o un restaurante popular. Y nada es más sencillo en Barcelona, con sus numerosos caminos peatonales como el famoso paseo de Las Ramblas. La ciudad es un paraíso para cualquier paseante.
(HUGH) Barcelona es una ciudad difícil de descifrar. Teresa Vilaros, barcelonesa de origen y profesora de estudios hispanos en la Universidad de Aberdeen, dice que para entenderla “hay que seducirla y hacer que revele sus secretos, pues Barcelona sólo se muestra a unos pocos privilegiados”. Fue evidente que íbamos a necesitar ayuda y, según Barbara, nadie mejor para ese trabajo que un joven estadounidense de nombre Jordan Susselman quien, cuando visitó Barcelona en el año 2000, se enamoró de tal manera de la ciudad que decidió quedarse en ella y desentrañar sus misterios. En el año 2006 estableció una compañía de recorridos turísticos llamada “Hi. This is Barcelona” (Hola. Esto es Barcelona).
Jordan nos llevó en una excursión por la ciudad vieja –muy al gusto de Barbara– y dirigió nuestra atención hacia lugares que la mayoría de los turistas pasan por alto; por ejemplo, las oficinas del club catalán de excursionistas en Carrer del Paradis, con sus cuatro columnas corintias del templo romano de Augusto y un estacionamiento repleto de motonetas (“Mi vista favorita en toda Barcelona”, proclamó Jordan). “Aquí se concentra la historia de la ciudad”, anunció nuestro acompañante, al señalar los restos de acueductos romanos, los derruidos muros de un palacio gótico, una iglesia del siglo XVIII, un recargado edificio modernista, y un club de jazz/restaurante orgánico llamado Living.
(BARBARA) Igual que Jordan, yo quería descubrir el alma de aquella ciudad tendida como una hamaca entre las montañas y el mar. ¿Y qué podría ser más revelador que el Mercat de la Boqueria, con su tumulto de verduras, frutas y relucientes pescados frescos? No obstante, Barcelona posee algo mucho más cautivador que sus mercados y tradiciones: una penetrante sensualidad que atrapará a todo el que se aproxime a su campo de energía. Barcelona supera a Venecia y París como la capital del beso. El propio Hugh, que evita cualquier manifestación pública de pasión, no pudo resistir besarme en plena calle –aunque no siempre con el ardor con que suelen hacerlo los nativos.
Jordan nos condujo entre la maraña de angostas calles que conforman El Raval, viejo barrio barcelonés de dudosa reputación que inspirara a Picasso y sirviera de marco al “Diario del ladrón” de Jean Genet. Todavía hay prostitutas que ofrecen sus servicios en las calles, le robarán la billetera si no tiene cuidado, y puede ordenar ajenjo en los bares más antiguos. Sin embargo, el aburguesamiento ya ha comenzado: vea una exhibición en el Museu d’Art Contemporani o disfrute de un relajante masaje en el restaurante y spa Mailuna. O haga como nosotros y deléitese con las tapas con toque nouvelle de El Jardi, café oculto entre los naranjos del patio de L’Antic Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, impresionante estructura gótica donde Gaudí, confundido con un limosnero, fue atendido tras ser arrollado por un tranvía y donde finalmente murió.
(HUGH) Después de despedirnos de Jordan, Barbara y yo negociamos una tregua. Ella accedió a dedicar más tiempo a los recorridos turísticos formales y nuestra primera escala fue Pinotxo, en el citado mercado de la Boqueria, renombrado por su clásica truita amb pataca (omelet con patatas), la cual devoramos. A continuación nos dirigimos hacia el distrito del Eixample, una especie de museo de arquitectura modernista al aire libre. Aunque todos visitan la Sagrada Familia, el obsesionante e inconcluso “templo expiatorio” en el que Gaudí trabajara durante 43 años (hasta su muerte, en 1926), me interesaban más sus obras menos ambiciosas, sobre todo la Casa Batlló, vivienda recién remozada en el Passeig de Gracia. El exterior es un mágico homenaje a Sant Jordi (San Jorge), matador de dragones y santo patrono de la ciudad, donde se funde una reluciente fachada evocativa de Monet con un ondulante tejado que recuerda las escamas de un dragón y columnas con forma de huesos. El interior es aun más seductor: un mundo irrestricto de ventanas y umbrales circulares, y mosaicos aguamarina que dan la sensación de flotar bajo el agua. De allí nos dirigimos a la Casa Milá de Gaudí, etéreo edificio de apartamentos con paredes que semejan cuevas, serpentinos balcones y un tejado surrealista coronado con chimeneas y respiraderos blancos (que, según dicen, sirvieron de modelo para crear a Darth Vader y los guardias de la Estrella de la Muerte en la serie de películas “La guerra de las galaxias”).
Luego de deambular por los curvilíneos pasillos de la Casa Milá (en el universo de Gaudí no existen las líneas rectas) sentí como si hubiera cruzado un espejo mágico pues, repentinamente, nos hallamos perdidos en los callejones de Gracia, laberíntico barrio cercano a la universidad de Barcelona. El rostro de Barbara se iluminó al aproximarnos a la Plaça de Rius i Taulet, hermosa plaza con una torre de reloj del siglo XIX y una parvada de niños que perseguía un perro alrededor de su base.
(BARBARA) Conseguimos una mesa en un concurrido café de otra de las encantadoras plazas, Plaça de la Virreina. Era el mágico intervalo entre el día de trabajo y la cena, cuando la vida de la cuidad alcanza su apogeo instigada por el alcohol y platos repletos de tapas. Me enamoré de Plaça de la Virreina por la misma razón que habría impedido que Hugh encontrase el camino para llegar a ella: pocas guías turísticas mencionan el lugar y no posee obras de arte extraordinarias. De hecho, la zona de Gracia surgió como una aldea de la clase obrera; con sus plazas, pequeñas tiendas y galerías, así como un crisol de cocinas internacionales, el barrio conserva el encanto de un rincón bohemio.
Al caer el sol nos encaminamos hacia Mesopotamia, atractivo restaurante iraquí en el corazón del barrio. Pius Alibek, el propietario de origen iraquí, nos preparó platillos que aprendiera de su madre, incluyendo la especialidad de la casa: bulgur con carne molida de res, verduras y nueve especias secretas. Fue entonces cuando descubrí otro misterio de Barcelona: nadie es, exactamente, lo que parece ser. Alibek no sólo tiene un doctorado en lingüística comparativa, sino que recibió la Medalla de Honor del alcalde de Barcelona por promover la paz mundial. Más aún, es anfitrión de un programa de Radio Catalunya en el que habla de los estilos culinarios de todo el mundo.
(HUGH) Al día siguiente era la fiesta de San Juan Bautista (Sant Joan), verbena del solsticio de verano que se celebra con fuegos artificiales y fogatas a orillas del mar. Robert Hughes, crítico de arte, afirma que la clave para entender la personalidad del catalán es la coexistencia de seny, que significa “sensatez” y rauxa o “arrebato”, y en la festividad de Sant Joan, los barceloneses dan rienda suelta a rauxa en toda su dionisíaca gloria.
Nos metimos en Senyor Parellada, restaurante localizado en Carrer de la Argenteria, entre los distritos El Born y Barri Gòtic, sin imaginar que estábamos a punto de deleitarnos con una de las mejores experiencias gastronómicas de Barcelona. Todo fue exquisito. El xai de Montseny (cordero a las brasas con ajo asado y cremosas patatas) era tan suave que lo puse en el primer lugar de mi lista de mejores platillos, desbancando a la célebre pierna de cordero del restaurante parisino Chez L’Ami Louis.
Después de la cena nos extraviamos, pero gracias a ello topamos con una fiesta callejera donde tocaba una banda de salsa y una multitud de lugareños, jóvenes y viejos ocupaba largas mesas y consumía jarras de cerveza y platones de camarones a la parrilla. De pronto, el ritmo de la música se hizo más lento y la calle se llenó de cuerpos que se mecían. Tomé la mano de Barbara y empezamos a improvisar nuestra sensual versión de la samba, acariciados por la suave brisa que soplaba del Mediterráneo y bajo el resplandor de los fuegos artificiales que iluminaban el cielo.
(BARBARA) No podía olvidar que Barcelona no siempre fue una ciudad festiva. En el siglo XV sufrió el escarnio de la Inquisición y la expulsión de los judíos. Confieso que no soy una judía devota, pero cuando viajo tiendo a buscar ghettos y fantasmales rincones de comunidades antaño florecientes donde los escombros son crueles recordatorios de todo lo perdido. De modo que, el último día, Hugh enfiló hacia el Museu Nacional d’Art de Catalunya y la Fundació Joan Miró mientras yo me reunía con la arquitecta judía Dominique Tomasov Blinder, quien fundó Urban Cultours para ofrecer un vistazo íntimo del antiguo barrio judío de Barcelona, conocido como Call.
En un edificio medieval, me indicó las inscripciones hebreas de una pared. “Son lápidas que sacaron del cementerio judío para aprovecharlas en construcciones, luego que los judíos fueron obligados a convertirse al catolicismo o escapar del país”. Sin embargo, comencé a tener una idea más clara del pasado cuando Blinder me condujo a la antigua Sinagoga Mayor, hoy llamada Shlomo ben Adret en honor de un rabino del siglo XIII. Se dice que la minúscula sinagoga, restaurada en la década de 1990, data de la era romana.
Más tarde, cuando comparaba notas con Hugh, me enteré de que mientras yo visitaba el Call, mi esposo había tenido una experiencia espiritual propia en el Pabellón Barcelona (también conocido como Pabellón Alemán), diseñado por Mies van der Rohe para la Exhibición Internacional de 1929.
“Quisiera no haberme perdido el recorrido del Call –musitó–. Será la próxima vez”.
“¿Crees que habrá una próxima vez?”.
“Por supuesto. Bebimos del grifo en Las Ramblas, ¿recuerdas?”.
Y entonces me besó como un nativo, al tiempo que la noche nos envolvía como una aterciopelada cortina.
Información turística
Antiguo Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Hay dos entradas: Carrer del Carme 47 y Carrer Hospital 56.
Bar Pinotxo. 466 Mercat de la Boqueria.
Pabellón Barcelona. Av. Marquès de Comilles, Montjuic; 423-40-16; cuota.
Barceloneta L’Escar. 22, Molle des Pescadores; 932-212-111.
Mercat Boqueria, Rambla 85-89, Barceloneta.
Casa Batlló, Passeig de Gracia 43; 216-03-06.
Casa Milà (también llamada La Pedrera). Calle Provença 261-265; 484-59-00; cuota.
Fundació Joan Miró, Parc de Montjuic; 4-439-470; cuota.
Hotel Neri, Calle Sant Sever 5; 304-06-55.
Las Ramblas. Paseo que, en realidad, es una serie de calles comunicadas que se extienden de la Plaça de Catalunya a la estatua de Cristóbal Colón.
Museu d’Art Contemporani de Barcelona, Plaça dels Angels 1; 412-08-10.
Museu Nacional d’Art de Catalunya, Palau Nacional, Parc de Montjuic; 622-03-76; cuota.
Restaurante Mailuna, Valldonzella 48; 301-20-02.
Restaurante Mesopotamia, Verdi 65; 237-15-63.
La Sagrada Familia, Calle Mallorca 401; 207-30-31.
Senyor Parellada, Calle Argenteria 37; 933-105-094.
Sinagoga Mayor. Calle Marlet 5; 317-07-90.
Para más información
(Barbara Graham es colaboradora de O, The Oprah Magazine. Hugh Delehanty es escritor y editor. El fotógrafo Ken Kochey también realiza trabajos para Esquire y Town & Country).





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