Estonia

Escrito por: Pret Vesilind el 28 de Noviembre de 2007 | 6:54 am
Etiquetas: Ninguna

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Foto de Sisse Brimberg y Cotton Coulson

Estonia emerge de las ruinas

Es un día melancólico en el Golfo de Finlandia. Viajo en un ferry aerodeslizador de Helsinki a Tallin, capital de Estonia –recorrido que demora apenas 90 minutos y que las rápidas embarcaciones realizan varias veces al día durante el verano.

Al poco rato, los altos capiteles y torreones del perfil medieval de Tallin horadan la niebla. También es posible viajar en auto o avión, pero prefiero hacerlo por mar pues, confieso, es un viaje muy emotivo para mí ya que la Vieja Tallin no ha cambiado gran cosa desde 1944, año en que escapé de Estonia con mi familia cuando el Ejército Rojo de la Unión Soviética llegó para iniciar la ocupación del país durante 48 años.

Me acompaña Bill, mi hijo de 27 años quien, al salir de la universidad, viajó a Estonia para recibir la casa y las propiedades que nos fueron devueltas al concluir la ocupación soviética (en 1991) y también para encontrar sus raíces. Ahora vive en nuestro antiguo hogar en el resort de playa llamado Pirita, a seis millas de Tallin, por la costa.

Los estonios han resistido ocupaciones desde hace 800 años: caballeros teutones, conquistadores daneses y suecos, zares rusos, nazis alemanes y el Ejército Rojo. Todos dejaron majestuosas obras y escombros al partir. Durante siglos, los “barones bálticos” alemanes controlaron la economía mediante una red de mansiones feudales. En esos siglos los estonios fueron poco más que siervos, y sólo disfrutaron de su independencia en una ocasión, durante escasos 20 años entre las dos guerras mundiales. Hoy día, esta antigua república de la URSS en la costa oriental del mar Báltico, forma parte de OTAN y la Unión Europea, y se ha integrado a la corriente principal del Viejo Continente.

Para quienes la visitan por primera vez, Estonia es como una página en blanco, un fragmento anónimo de Europa Oriental. Sin embargo, descubren allí una nueva actitud, una extensión inmaculada de Escandinavia con escasos residuos rusos. En la década de 1990, Estonia fue virtualmente catapultada al mundo del capitalismo de mercado, las computadoras y la tecnología inalámbrica, lo que pasó por alto décadas de desarrollo. Deseoso de recuperar el tiempo perdido, el pueblo estonio creó nuevas empresas integrándolas a las ya existentes, de allí que transformaran antiguas fincas en casas de huéspedes; mansiones en spas, hoteles y centros de convenciones; viejas armerías en bares de cerveza; y fábricas soviéticas en galerías de arte.

Iniciamos el viaje de cuatro días con un paseo en auto: 10 minutos al centro de Tallin. Bill se detiene en un estacionamiento y yo busco la caseta de boletos. Entonces veo que mi hijo saca su teléfono celular y marca un número que, automáticamente, carga el costo del estacionamiento a su cuenta bancaria. Parece como si todo estuviera en línea; jamás he visto tanta gente que utiliza internet de manera rutinaria. Han levantado un deslumbrante distrito empresarial de vidrio y metal con nuevos hoteles, bancos y lujosas tiendas departamentales; docenas de cruceros visitan cada año el puerto de Tallin, que se ha vuelto uno de los más activos del norte de Europa.

De pronto, resulta fácil vivir en Estonia. El inglés ha desplazado al ruso como segunda lengua, aunque casi 30 % de la población es rusa y persisten algunas dificultades políticas para su asimilación. Sin embargo, percibo un racional pragmatismo luterano en las costumbres y la comida y, al menos, me resulta conocida.

Si uno sonríe mucho la gente piensa que es excesivamente confianzudo o un poco tonto. La tercera parte de la población, alrededor de 400 mil personas, vive en Tallin, la única ciudad grande del país cuyo centro es la Ciudad Vieja, fundada por los daneses en 1219 y hoy designada Patrimonio Mundial de la UNESCO. Durante siglos, las recias torres y gruesas paredes que rodean la mayor parte de la Ciudad Vieja protegieron a los comerciantes de la Liga Anseática, una especie de fraternidad medieval de ciudades europeas. Debido, en parte, a que los soviéticos no tuvieron dinero para invertir en desarrollo, la Ciudad Vieja conserva su aspecto medieval, con edificios minuciosamente restaurados, restaurantes donde sirven cerdo asado y tabernas casi ocultas entre las vetustas paredes de caliza, ambientadas con la luz de las velas.

Tallin a veces parece un enorme escenario. En el elegante hotel Schlossle, otrora sede centenaria de mercaderes y familias nobles, donde los detalles estructurales de la arquitectura barroca-gótica han recuperado su esplendor original, me dejo caer en un sillón bajo las enormes vigas de roble e imagino, sin la menor dificultad, un mundo iluminado sólo con llamas, donde las peleas de osos, los juglares itinerantes y los ocasionales latigazos en la plaza pública son el principal entretenimiento. Cenamos en el restaurante Olde Hansa, detrás del tribunal de justicia, donde puede ordenar “el jabalí favorito del barón von Uexkyll” o carne de oso marinada en exóticas especias “en honor de Valdemar II”, valeroso rey de Dinamarca y gobernante de Tallin.

Sin embargo, encajonados en sus estrechas calles, la ciudad también ofrece una mezcla de restaurantes étnicos que abarcan desde comida hindú hasta Tex-Mex. No obstante, todos esos negocios se apegan a un rígido código de conservación y, de tal suerte, una barra de sushi llamada Silk, establecida en una antigua bodega anseática, ha protegido los restos de la antigua entrada de piedra con una cubierta de plexiglás.

“No puedes juzgar Estonia sólo por Tallin –dice el cada vez más avezado Bill mientras volvemos a casa–. Tallin es un crisol, como Nueva York. Así que es mejor que salgamos de la ciudad”.

Los suburbios al sur de Tallin pronto dan paso a campos de amarilla mostaza, cotos de abedules y sembradíos de biznaga junto a la autopista: una campiña que se mantiene hermosamente subdesarrollada, donde no hay carteles espectaculares ni baratillos. Y no hace falta contratar los servicios de un chófer, pues el tráfico es fluido y las carreteras bastante buenas, en términos generales. Nos dirigimos hacia el suroeste. En pocas horas llegamos al extremo de la costa y abordamos el transbordador hasta Muhu, una de varias islas estonias en el mar Báltico.

En la juncosa costa de Muhu, Imre Sooaar y su compañero, el holandés Martin Breuer, han levantado el hotel resort y spa más pequeño y lujoso del país, para lo cual renovaron una antigua mansión alemana llamada Padaste. Convirtieron las cocheras de piedra y madera en elegantes habitaciones y restaurantes. El extenso prado se dilata hacia el mar bajo una umbrosa bóveda de árboles de saar. En Padaste cultivan sus propias verduras y hortalizas, preparan un platillo Muhu de patatas y pescado seco, y usan con mucha frecuencia las legumbres locales, como un nabo llamado must-juur o raíz negra.

Esa noche, nos sometemos a un vigoroso masaje en el spa y por la mañana enfilamos por una calzada a Saaremaa, la isla más grande de Estonia, donde todavía hay molinos de viento que se mueven en la constante brisa. En otros tiempos, una raza de marineros acosó a las ciudades vikingas de Suecia desde este lugar y en Kurassaare, capital de la isla, se levanta uno de los castillos medievales mejor conservados del norte de Europa. Antaño, Saaremaa subsistía de la pesca y la construcción de barcos, pero como se encontraba en el extremo más occidental del territorio soviético, se convirtió en área fronteriza con bases para misiles. Sin embargo, la naturaleza se ha restablecido gracias al aislamiento y, ahora, la isla tiene varias reservas naturales.

Esa noche nos registramos en Aadu Talu, granja turística en una península costera repleta de arbustos de enebro. Las habitaciones ocupan los pesebres de un viejo granero con techo de paja y el aromático humo de una sauna de madera nos invita a visitarlo. Caminamos entre campos calentados por el sol, aspiramos el perfume del heno y el lupino, y escuchamos sólo el canto de las aves y el zumbido de las alas de los insectos.

La campiña estonia posee una enorme belleza, pero está casi despoblada. Más tarde abordamos el transbordador para regresar al territorio continental y, mientras continuamos al sur, hacia Parnu, vislumbramos esqueletos de granjas colectivas soviéticas casi cubiertas de maleza. Generaciones de estonios y rusos han disfrutado de Parnu, resort de playa en el Golfo de Riga. “Parnu se ha convertido en un centro de veraneo para los jóvenes –musita Bill–. Buenas playas, festivales de música, tremendas fiestas. Club Tallin, un bar de la ciudad de Tartu, muda toda su operación a Parnu durante el verano”.

Por desgracia, sólo nos queda un día. Antes de regresar a Tallin, nos detenemos a explorar el Parque Nacional Lahemaa, en la agreste costa norte de Estonia. Al llegar a la población de Viinistu topamos con algo muy peculiar: un estacionamiento ocupado con una colección de unas cien maletas, todas blancas y con marbetes. ¡Es una obra de arte! Representa la Diáspora Estonia.

Hemos irrumpido justo en un momento de la infatigable inspiración de un hombre. Jaan Manitski, nacido en esta población, regresó hace tres años para transformar una planta soviética procesadora de pescados en un centro para las artes, el Museo de Arte de Viinistu. Manitski vivió en Suecia gran parte de su vida y ahora, según explica: “He vuelto a casa para hacer algo”. Su colección personal de arte estonio llena el edificio principal donde enlataban pescado. El complejo incluye una sala de conciertos con capacidad para 500 o 600 espectadores donde, este verano, presentarán 15 obras.

Regresamos a Tallin para la víspera del solsticio de verano, el 23 de junio, noche que todo el país celebra con banquetes, bailes y fogatas. Bill y yo nos unimos a un grupo de turistas internacionales y viajamos en su autobús a un lugar llamado Granja Taberna Blackriver (Mustjoe). Antigua casa solariega y posada para viajeros invernales, hoy el negocio gira entorno del turismo y festivales de todo tipo. Al llegar nos recibe un paisaje de la Estonia rural del siglo XIX. En el centro de un complejo de edificios de madera reconstruidos, un grupo de acordeonistas interpreta música folclórica, mientras la carne de cerdo crepita sobre carbones, gansos y puercos merodean en los corrales y caballos de raza estonia pastan entre las flores silvestres.

El sol se pone finalmente y las fogatas chisporrotean bajo el profundo azul de la noche. Cantamos y gritamos en muchas lenguas –noruego, francés, inglés. Al avanzar la noche, nos sentamos a beber cervezas frías y contemplar las ascuas. Cada año, la víspera del solsticio de verano, los estonios solían quemar un barco viejo pues creían que las almas de los difuntos subían al cielo en el humo del navío y se dispersaban en la Vía Láctea.

Cuando uno hereda ruinas, hay que pedir permiso para construir sobre ellas. En nuestro sótano en Pirita, Bill cubrió un arco medieval que sobresalía del suelo con un domo de vidrio para proteger las vetustas piedras como una obra de arte. Ha aprendido mucho y se ha convertido en un verdadero estonio.

Lugares mencionados

Granja turística Aadu Talu, 452-95-50.

Granja Taberna Blackriver (Mustjoe), 060-472-55.

Parque Nacional Lahemaa, 32-95-555.

Centro Nocturno Mr. Robinson, 627-36-00.

Bar Nimeta, 641-15-15.

Restaurante Olde Hansa, 627-90-21.

Mansión Padaste, 45-48-800.

Ciudad resort Pruuli F.C.B., 564-50-421.

Hotel Scandic Ranna, 44-32-918.

Hotel Schlossle, 699-77-00.

Barra de sushi Silk, 648-46-25.

Museo de Arte de Viinistu, 608-64-22.

Para más información

Información turística sobre Estonia.

Lo que debe saber antes de viajar

¿Qué idiomas hablan además del estonio?

El inglés se ha convertido en la segunda lengua de la mayoría de los estonios de menos de 40 años. Las personas de más edad dominan el ruso y algunos ancianos incluso hablan alemán.

¿Vale la pena salir de Tallin?

Le aconsejo visitar las ciudades de Parnu y Tartu en verano. Parnu tiene amplias y tibias playas, así como un ambiente festivo continuo, mientras que Tartu es una ciudad universitaria con muchos jóvenes y enorme energía. Visite también las islas Muhu, Saaremaa y Hiiumaa: agradables sitios para pernoctar y experimentar un poco de la vida rural de Estonia en la preguerra.

Estonia se encuentra a gran altitud. ¿Hace frío todo el tiempo?

De octubre a mayo, el ambiente es lluvioso y nublado, pero la temporada de verano es maravillosa, con días muy largos y temperaturas de unos 25 grados centígrados. El otoño suele llegar anticipadamente, pero nieva hasta fines de noviembre. Si viaja en enero, no olvide llevar consigo guantes y gorro de lana. Y si no es un verdadero amante del invierno, mejor quédese en casa en febrero y marzo.

(Nacido en Estonia, Priit Vesilind es un antiguo reportero de National Geographic. Los fotógrafos Sisse Brimberg y Cotton Coulson han ido compañeros desde hace más de 30 años).

3 comentarios

  1. Escrito por Esther Patané:

    Soy argentina y tuve el inmenso placer de visitar Tallin en Agosto de este año , el Día en que commemoraban su 16º aniversario de la Independencia. Quedé fascinada por el lugar, por la belleza de sus mujeres , por el amor por su patria de nuestra guía y como remate de un día espectacular, escuché , en la Plaza Principal ( bellísima por cierto)el Himno Estonio , entonado por un tenor de aquellos. . . sentí como mi piel se ponía de gallina ante el amor por su Patria que demostraban las personas presentes. . . Fue un día inolvidable, dentro del tour espectacular que realicé .

  2. Escrito por maria lucia rodera:

    Siempre quise vivir en ese lugar.

  3. Escrito por Henry Che Leon P.:

    Soy de Peru. He empezado a leer sobre Estonia, y su historia y geografía es muy atractiva, y la convierten en la perla del mar Báltico.

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