Los paisajes del frío

Escrito por: Barry Lopez el 29 de Noviembre de 2007 | 5:26 am
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Foto de Bernhard Edmaier

De belleza que parece alejada de este mundo, las regiones perpetuamente congeladas revelan los ritmos del planeta. Sin embargo, ¿el permafrost perdurará?

EL SATÉLITE DE LA TIERRA, LA LUNA, ES UN EXTRAÑO y remoto –aunque irresistible– paisaje que a todos nos resulta familiar. Desde las ventanas de nuestro apartamento, lo imaginamos como un lugar yermo. No hay viento ni habitantes. No tiene arroyos ni huellas de animales. Sin embargo, es sobrenatural y hermoso. En una noche clara, con unos binoculares de 10 aumentos, los cráteres y los valles montañosos lucen como un relieve vivaz; el dibujo de sus luces y sombras es tan cautivador que la geografía puede infundir una sensación de júbilo. Es como si la belleza no estuviera en el objeto en sí –la llanura de basalto, el cráter– sino en la capacidad del observador para apreciarlo. Cuando los prismas de los binoculares dejan ver con claridad una zona de la Luna, cuando el espectador advierte sus detalles, se experimenta una especie de euforia. Es, para algunos, la emoción de sentirse completamente vivo.

El mundo es bello, de maneras que ni siquiera pueden imaginarse. Sin embargo, en nuestro apresuramiento, a menudo pasamos por alto todo lo hermoso que nos rodea. Simplemente, para permanecer a flote en el mundo moderno, muchos optamos por mostrarnos insensibles al estímulo constante. Incluso renunciamos a la belleza, cual si fuera algo más de lo cual estuviéramos hartos. Al mirar estas imágenes, pienso en nuestros hábitos de indiferencia. Más que cualquier otra región del planeta, es evidente que el Ártico ha respondido de manera crítica al cambio climático mundial. Es como si escucháramos cómo se debilita el canto de un canario en una mina. Quiero suponer que, para capturar imágenes de estos sitios, el fotógrafo tuvo que pensar en nosotros de alguna manera, en cómo vamos a afrontar el cambio del clima mundial. Las fotos no son simplemente bellas sino una invitación a volver a unirnos a la Tierra.

Tal como la Luna, estos paisajes parecen extraños y remotos, exquisitos aunque vagamente amenazadores. Sin embargo, somos una pieza esencial de ellos. Los montículos de hielo cubiertos de tierra, los polígonos, los círculos de roca y los pequeños lagos o estanques forman parte de nosotros de una manera en que las tierras altas lunares no lo hacen. O bien, para ser otra vez preciso, lo que sucede en la cuenca del río Mackenzie, en Canadá, esta primavera tiene más repercusiones en el destino de nuestras familias que cualquier fenómeno que pudiera estar pasando en el valle lunar de Taurus-Littrow durante las mismas semanas.

Desconozco si usted alguna vez ha tenido la buena fortuna, incluso el deseo, de volar bajo sobre los paisajes congelados de la Tierra, o pasear en Svalbard, Islandia, el Ártico canadiense, Siberia o Alaska, algunos de los lugares donde el permafrost se desintegra lentamente, donde la cubierta de hielo del mar se adelgaza y se retrae. Tuve una vez ese anhelo insaciable, y cuando veo estas escenas, experimento una nostalgia semejante a la que se siente por los paisajes de la niñez. Recuerdo la euforia con la cual solía acampar en vastas extensiones de tundra húmeda, a pesar de los fastidiosos mosquitos, de la dificultad para encontrar un pedazo de terreno elevado donde armar la tienda. Dependiendo del sitio en el que estuviéramos mis acompañantes y yo, podían aparecer osos pardos de la tundra, caribúes o lobos. No había una perspectiva aérea, pero la vista desde el nivel del suelo era igual de impresionante: terrenos ondulantes en todos los puntos del horizonte, el brillo incesante de la luz solar sobre un río, coloridos parajes de plantas con frutos de color rojo brillante, interrumpidas por el verde de los claveles rastreros sin tallo y las flores moradas de saxífraga. En el cielo, una bandada de 7 000 patos golondrinos o 500 patos de cola larga volando rápidamente a algún lugar. O bien, quizá ningún ave en absoluto. Tal vez la mandíbula de un zorro, de pronto, justo donde había lanzado mi colchoneta.

Siempre que estuve al aire libre en el Ártico fui acompañado. No sólo por seguridad, o por los beneficios ordinarios de la compañía, sino para poder compartir el entusiasmo por un paisaje que no necesita ser descrito con palabras para ser apreciado. Estrechar la relación personal con un lugar como este reforzaba al mismo tiempo la intensidad de las relaciones humanas. Para nosotros, la tierra, considerada monotonía absoluta para algunos, estaba tan llena de eternidad que resultaba atemorizante y sublime. Parecía repleta de paciencia. Transmitía una sensación de plenitud. Irradiaba perfección. Y durante algunas semanas éramos parte del permafrost, de los misteriosos círculos de roca, de la perfecta repetición de polígonos, de los laberintos de masas de agua tan continuamente discontinuos que sería imposible asignarles un nombre. Apenas podíamos encontrar el borde definido de cualquier cosa.

Extraño esos días. Desde entonces he pasado tiempo en lugares remotos de la Tierra –el Desierto de Tanami, en Australia; la Cordillera de la Reina Maud, en la Antártida; la parte alta del Río Boro, en Botswana– pero siento un afecto por los paisajes árticos que no experimento por otro lugar fuera de mi hogar, en el oeste de Oregon. A menudo me pregunto si se debe a que la brutalidad del invierno en esas regiones jamás se alejó de mis pensamientos mientras viajaba bajo el breve regalo de luz solar y aire caliente llamado “verano boreal”. ¿Podría haber sido que el contraste entre estas dos estaciones hacía surgir en mí algo que me permitía sentir ternura hacia una parte de la Tierra que de ninguna manera podría llegar a poseer?

DURANTE VARIOS DECENIOS DE VIAJES, a menudo he conocido a personas que experimentaban una profunda intimidad con los lugares donde vivían. Por lo general, eran cazadores, cazadores-recolectores, agricultores conservacionistas o pastores, individuos que, si querían mantener intacto el modo de vida que habían elegido, tenían que saber con precisión dónde estaban, físicamente, con todas sus particularidades. Cuando hablé con ellos, descubrí que esos pequeños elementos con los que estaban compenetrados eran fascinantes, y aún más el modelo de su conocimiento, su habilidad para acomodar innumerables detalles en un patrón que pudiera ser reconocido, recordado y puesto en uso. Es estimulante encontrar un conocimiento tan profundo como este. La mayoría de nosotros en el mundo moderno no tiene nada con qué compararlo, salvo con el conocimiento básico de la infraestructura de nuestra propia y sumamente técnica civilización. Ver y apreciar, estar rodeado por un mundo de modelos y ciclos de vida que los seres humanos no han creado es como vivir en un planeta diferente.

Supongo que, algún día, alguien descubrirá que la raíz de la soledad humana moderna está ligada a la pérdida de la intimidad con el lugar, a la cantidad de rompimientos que tenemos con la Tierra. Ya no salimos mucho, e incluso si lo hacemos, a menudo permanecemos poco tiempo como para asimilar cosas. El miembro del grupo que insiste en quedarse otro rato es acusado de “retrasar el programa”. A menudo pienso en esta clase de desinterés por el mundo físico, porque los seres humanos, en general, parecen anhelar un lugar específico, una cierta geografía que les dé la sensación de bienestar.

Cuando viajaba con regularidad por el Ártico, de manera rutinaria les preguntaba a los yupik, a los inupiat y a los inuit qué caracterizaba a las personas de la civilización de la cual yo era parte. “Solitarios” fue una respuesta que escuché con desconcertante frecuencia. He llegado a entender que la cura para la soledad no es más socialización, sino establecer y mantener amistades cercanas. La confianza que caracteriza a esa clase de amistad nos permite ser vulnerables, hablar de los problemas difíciles de resolver, por ejemplo, sin tener que correr el riesgo de ser juzgado o rechazado. Menciono esto porque el deseo que siento más intensamente al viajar por terrenos como los fotografiados para este relato es de intimidad. He aprendido que no experimentaré la alegría que la intimidad proporciona a menos que me vuelva susceptible al lugar, a menos que llegue sin juicios a un paisaje. Cuando viajo, lucho por conocer a la tierra como si fuera una persona. Reunirme con ella como si fuera tan profunda en su significado como la personalidad humana. Espero que hable. Y espero. Y espero.

LA LUNA ES BELLA, pero no vivo ahí. Se cree que la Tierra, por donde quiera, incluso en lugares deshabitados o rara vez poblados, es bella; y durante toda la historia de la humanidad, las personas de muy diferentes filiaciones se han comportado como si la Tierra en todas partes les estuviera hablando. Hasta ahora. Hoy en día, muchos prefieren creer que la tierra es muda, que no tiene valía intrínseca. Su valor, dicen, reside en su utilidad. O bien, en su belleza convencional, su paisaje.

Así, con ideas como estas, se comienza a arraigar una especie de desinterés en los seres humanos.

Cuando miro estas fotografías, me invade un dejo de temor. Este hábitat congelado ahora se está desintegrando en todo el mundo. Una advertencia silenciosa. Sin embargo, podemos familiarizarnos con los lugares que aparecen en las imágenes, incluso si nunca hemos tenido la experiencia de estar en el Ártico. Los fotógrafos dicen que la Tierra es profunda y reveladora, pero en estos primeros años del siglo xxi la naturaleza de la belleza de la Tierra está cambiando.
Las fotografías nos preguntan: Usted, ¿qué opina? En unos años, cuestionan, ¿qué significará vivir en la belleza terrenal?

Vea más fotografías aéreas de paisajes caracterizados por el permafrost. Haga click aquí.

16 comentarios

  1. Escrito por Omar:

    Para my la naturaleza y su velleza; es la hobra del Greador, Dios

  2. Escrito por Angel:

    la belleza dela tierra, eslo mas hermoso que dios nos ha dado

  3. Escrito por Jesús Negrete:

    Los seres humanos somos los único capaces de contemplar la belleza,un sentido místico nos provoca la creación natural, y siempre no obliga a hacernos las mismas preguntas que nuestros antecesores tiempo atrás.

  4. Escrito por DAVID MURILLO:

    Nosotros somos una especie inteligente, creativa, soñadora pero todavia somos jovenes, nos falta mucho, principalmente para entender que tenemos algo bello a nuestro alrededor, algo majestuoso como las montañas, mares, lagos y que si estamos aqui, es para cuidarlo que podemos perderlo, tenemos que reflexionar, hacer conciencia, estamos perdiendo especies de animales, insectos, tenemos que hacer un llamado urgente a la humanidad para cuidar nuestro planeta azul…

  5. Escrito por liliana:

    Somos humanos vulnerables a los cambios, mismos que hemos ocacionado nosotros, estamos aun a tiempo de poder hacer algo al respecto, con nuestra conciencia hacemos la diferencia, evitemos esta rabia de la naturaleza, evitemos los cambios climaticos que nos matan y destruyen poco a poco, ahora la naturaleza esta hablando mañana nosotros estaremos llorando. Has uso de conciencia, cambia tus malos habitos, evita el llanto de la tierra

  6. Escrito por Johan:

    Liliana, tremendo comentario, digamos NO al CALENTAMIENTO GLOBAL…
    AHORRA ENERGÍA, Y NO CONTAMINES

  7. Escrito por Carlos Sagastume:

    Felicitaciones por su artìculo. Espero que este llamado a la vida pueda hacer eco en los oìdos de todas las personas.

    Para mì, resulta imposible creer que a pesar de que seamos la ùnica especie capaz de razonar y controlar nuestros instintos y emociones, ahora, paradògicamente, nos encontremos ante una situaciòn en que se conoce la raìz del problema y las posibles repercusiones a carto y a largo plazo en las condiciones del planeta, y se tenga claramente dilucidada la soluciòn, no obstante, continuemos sucumbiendo la vida del planeta debido a la falta de voluntad, ignorancia y avaricia de algunos.

    Espero que la reacciòn de los gobiernos y de todos los ciudadanos del mundo no sea tardìa.

    Muy atentamente,

    Carlos Sagastume
    Cuilapa, Guatemala

  8. Escrito por PEDRO:

    sin duda alguna, interesante y arrasador, en verdad considero que todos hacemos consiencia y tenemos un poco de corazón, pero en verdad esto no sirve, las buenas voluntades y la falta de tacto para lograr entender las necesidades de nuestra tierra estan muy alejadas de los ideales del hombre, el hombre por naturaleza es destructor y devastador, el hombre se convirtio en depredador de su propia vida…

    pocos recogen basura a su paso, muchos tiran basura a su alrededor…

  9. Escrito por José Luis:

    La humanidad vive tiempos difíciles. Es cierto que si algo caracteriza al planeta es un incesante ritmo de cambios climáticos, geológicos, cosmicos, etc. Estamos entrando a un período de cambio global generado a partir de una especie que se dice inteligente, pero que no ha sabido anticipar las consecuencias de sus actos que atentarán contra su propia persistencia en este paraiso terrenal. Es tiempo de tomar acciones, y estas deben partir de ejercer un estricto control al crecimiento demográfico, a la vez que debe surgir una nueva moral en el que nuestro nuevo Dios sea la naturaleza, con quien debemos convivir en armonia y dejar de atentar contra su equilibrio….

  10. Escrito por blanquis:

    hay muchos hombres que solo se interesan x dinero y nada dela naturaleza noles importa k se este muriendo todo no hacen nada x la naturaleza

  11. Escrito por Gina:

    Felicitaciones por el reportaje, muy interesante haber mencionado indirectamente la parte inconciencia humana, que es la que el hombre cada dia pierde, por la avaricia, que no es otra cosa que su autodestrucción.
    De los paisajes que hablas definitivamanete son hermosos,los he disfrutado no en el ártico, aún no he tenido la oportunidad de conocerlo, pero si en otros lugares de la tierra, y es una lástimas que no hagamos nada por conservarlos, por que son las únicas obras de artes vivientes y reales que el hombre tiene.

  12. Escrito por Henry Gabulle H:

    Es cierto cuando se dice que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Soy geólogo y he visto cosas naturales y bellas que poco a poco se van perdiendo, como es el caso de los glaciares en la Cordillera Blanca del Perú. Permanecer en ellos con su frio helado y rígido y en esas alturas,es simplemente hermoso.

  13. Escrito por ABEL ALEJANDRO:

    Quiero felicitar a Barry López, por el formidable trabajo que hizó en este artículo, soy estudiante de Geografía en la Universidad Nacional Autónoma de México y este artículo me permitio ver esa relacion invisible para mi.
    El artículo toca fibras muy íntimas en la relación hombre-espacio, estoy totalmente de acuerdo con el autor en que, los citadinos hemos perdido esa sensibilidad tan hermosa y mágica, hemos perdido esa percepcion que incluso nos lleva a una plenitud interna sublime…
    (Saludos a toda la banda adicta a National Geographic, como yo, jajaja)

  14. Escrito por Daniel Domínguez:

    No al calentamiento global, no quiern ver inundada la tierra, no acabemos con lo poco que nos queda en la tierra.

  15. Escrito por Cristian:

    Los seres humanos nos estamos acabando el planetam y no hacemos nada. Y no somos los únicos seres que podemos comtenplar la belleza de la Tierra.

  16. Escrito por ANDRES MARTINEZ:

    SOMOS LOS UNICOS QUE PODEMOS DETENER EL CALENTAMIENTO GLOBAL Y VER ESTOS PAISAJES TAN HERMOSAS DE NUESTRO PLANETA

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