Dublín
Foto cortesía de The Clarence/ National Geographic
Ganancias inesperadas en Dublín
El famoso acento dublinés se ha vuelto más cantarín en los últimos tiempos. El ahora generalizado refrán: “Ahora que tenemos dinero…” es preámbulo medio tímido y medio jubiloso de muchas afirmaciones, casi siempre relacionadas con la moda y la diversión que ofrece Dublín.
Para los visitantes, representa infinidad de opciones hoteleras en toda la ciudad y, como los barrios más animados de Dublín están muy próximos entre sí, cualquier ubicación es ideal. En términos generales, los hoteles de lujo se encuentran cerca de St. Stephen’s Green, parque del siglo XIX que atrapa el corazón de quienes viajan a la capital irlandesa por primera vez. A pocos pasos se localiza el distrito comercial de Grafton Street, donde operan algunos otros hoteles. Y a cinco minutos de allí está Temple Bar, bronco aunque turístico barrio donde sin duda querrá invertir toda una noche recorriendo pubs.
Antiguo laberinto de callejas junto al río Liffey, Temple Bar fue rejuvenecido en 1992 cuando los roqueros británicos Bono y Edge (de U2) compraron el hotel The Clarence, cuyo interior sorprende con sutiles toques artísticos y artesanales como los revestimientos originales de la recepción, en roble blanco y muebles de estilo shaker en sus 48 habitaciones. Los lugares públicos son sitios de reunión muy populares (y sí, Bono aparece de vez en cuando), pero si busca tranquilidad, nada mejor que el Tea Room (Salón de Té) done, a pesar de su nombre, sirven desayunos, almuerzos y cenas. Las mesas muy separadas entre sí, ventanales de doble altura y cielos rasos de seis metros le convierten en un maravilloso refugio.
Justo al otro lado del Liffey, cruzando el puente peatonal Millennium, el recién ampliado Morrison lanza el desafío de la suntuosidad con un salón de recepción que ofrece deslumbrantes vistas del río y el recién remozado restaurante Halo, decorado con mesas antiguas y sillas de terciopelo en ricas tonalidades. En las habitaciones hay paredes recubiertas de madera oscura y pintadas en color crema, cuya severidad se rompe con una impresionante colección de arte original y mantas de seda roja decoradas a mano. Este lado del río es un punto de partida ideal para explorar la Antigua Destilería Jameson y el Centro James Joyce.
No lejos de allí, dominando la bulliciosa universidad de Trinity College, se yergue el Westin, emplazado en un renovado edificio bancario del siglo XIX. Aunque las habitaciones son muy agradables, el punto fuerte son los lugares públicos. Cene a luz de las estrellas (protegido de la llovizna irlandesa) en alguno de los cinco pisos de Atrium Lounge y aspire el aroma de la miel en las bóvedas bancarias que ahora albergan el bar Mint.
Camine y haga sus compras en la peatonal Grafton Street, enfilando siempre hacia St. Stephen’s Green y un trío de hoteles que destaca por diferir de los demás. El elegante y reposado Fitzwilliam, diseñado por sir Terence Conran, contrasta la piedra caliza y la teja con llamativos colores como verde manzana y púrpura. Desde sus baños con dimmers y espejos que no se empañan hasta los jarrones con flores junto a la cama, esta pequeña joya es un verdadero ejemplo del arte de mimar. Si a esto añadimos el restaurante Thornton’s (ampliamente recomendado por Michelin), jamás querrá salir de allí.
Sin embargo, tal vez prefiera el Brownes, con toda su belleza georgiana de amplias puertas rematadas con montantes de abanico, abundancia de chimeneas, magnífica escalinata y un comedor rojo especializado en alta cocina irlandesa moderna. Varias de las 11 habitaciones ofrecen vista al parque. A corta distancia se encuentra otro hotel georgiano bastante más amplio, el Shelbourne, hito dublinés fundado en 1824 y reinaugurado la primavera pasada luego de someterse a una renovación. Las paredes fueron cubiertas de hermoso enyesado pintado en intensos rojos y dorados, y si pudieran hablar… El hotel está repleto de historia. Ocupe una banca en el bar Horseshoe, decorado con grabados originales de Hogarth y se hallará sentado en el sitio donde los políticos se han dado cita desde hace décadas. Si el Salón Constitución está abierto, conozca el lugar donde Michael Collins y su hermandad redactaron la Constitución irlandesa de 1922.
El Merrion, otro clásico dublinés, seduce detrás de las fachadas de cuatro casas adosadas e interconectadas que datan del siglo XVIII, una de las cuales fue la cuna del primer duque de Wellington. En su interior se acentúa la impresión de estar visitando una elegante vivienda urbana, pues dos salones conducen a prados ajardinados, con rosas y asientos en terrazas. El Merrion es uno de los pocos hoteles dublineses que ofrece spa y sus opciones para comer son insuperables, incluido el restaurante Patrick Guilbaud, ganador de dos estrellas Michelin.
Su busca algo distinto, el Dylan es un hotel que se encuentra a menos de un kilómetro de St. Stephen’s Green y, en consecuencia, está muy apartado de la acción. Perfecta integración de un edificio nuevo con una construcción romanesca victoriana de 1901, el hotel cuenta con 44 habitaciones, todas diferentes entre sí aunque comparten un aire un tanto extravagante acentuado por muebles diseñados expresamente para cada una, platería y cristalería antigua, y fotografías en blanco y negro.
(Joann Greco es colaboradora de National Geographic Traveler).





¡Me encanta la foto! ¿Está retocada?, ¿cómo has conseguido esos colores del río?
Impresionante.