Las caras de lo divino
En los templos de 1 500 años de antigüedad, los pintores indios retrataban a sus dioses como símbolos de la perfección.
El encanto presenta diversas facetas, pero pocas comparadas con las pintadas hace 1 500 años dentro de una cueva en India. Para observarlas, los ojos primero deben adaptarse a la oscuridad. La imagen es la de un hombre desnudo del tórax, porta una corona cónica y sostiene una delicada flor de loto en su mano. Su torso se curva como si se balanceara al ritmo de una música inaudita para el visitante. Todo su rostro es serenidad, los ojos entreabiertos, los labios fruncidos en una casi imperceptible sonrisa; todo su ser está absorto en el sueño más dulce posible.
Desde el siglo v, este rostro ha irradiado tranquilidad a los monjes budistas cuando radicaban en una extraordinaria cueva sagrada esculpida a mano, construida para ellos en Ajanta, India central. El nombre de la figura beatífica es Bodhisattva Padmapani, una deidad budista que representa la compasión infinita. “La imagen es un espejo divino –susurró mi guía, el fotógrafo y cineasta indio Benoy Behl–. Es el reflejo de nuestra parte divina”.
Para verlo, Behl y yo manejamos hasta las afueras de Aurangabad, ciudad provinciana al este de Mumbai. Atravesamos campos de algodón barbechados, la tierra negra como tinta; viramos para rodear el ganado: sus cencerros tintinean, los cuernos del ganado
pintados de colores rojo y azul brillantes, y alrededor de una hora después dimos con lo alto de un desfiladero sobre el río Waghora.
Más de dos docenas de cuevas artificiales se abren camino por entre la superficie de la oscura roca; sus grandiosas fachadas inesperadas, con pilares y estatuas, evocan los templos y tumbas esculpidas de la antigua ciudad de Petra, en Jordania. La fastuosidad del complejo de Ajanta refleja su espléndido mecenazgo: la mayoría de las cuevas monásticas se construyeron durante el reinado del rey Harishena, quien gobernó una vasta extensión de India central a mediados del siglo v d. C. Varias centenas de monjes habitaron las cuevas de Ajanta.
Dentro de la mayoría de las cuevas, concebidas como santuarios (chaityas) y monasterios (viharas), una cámara central provista de columnas se comunica con un santuario, donde la estatua de Buda aguarda imperturbable. A lo largo de los corredores exteriores, los umbrales comunican con las celdas de los monjes, desnudas excepto por las camas de piedra. La disposición arquitectónica es solemne, reverenciable, hasta el momento en el que se observan las paredes.
De un vistazo, uno se adentra en una visión extraterrenal. Estas 30 cuevas de Ajanta –las más ornamentadas– fueron concebidas para la iluminación espiritual, muchos de sus muros están cubiertos con pinturas devotas, como aquellas de Padmapani. De lo que una vez fueron adornados murales, sólo unos fragmentos han sobrevivido a los siglos; aun así, continúan evocando la atmósfera sensual y espiritual que infundieron esos templos. Hay imágenes de Buda y de bodhisattvas –otros seres iluminados–, príncipes, princesas, comerciantes, mendigos, músicos, sirvientes, amantes, soldados y hombres religiosos; elefantes, monos, búfalos, gansos, caballos e incluso hormigas que se unen a la muchedumbre humana; árboles florecientes, flores de loto abiertas, vides enroscadas y extendidas.
La mayoría de los dibujos conviven amontonados, murales compuestos intrincadamente que narran historias, conocidas como jatakas, sobre las muchas vidas pasadas de Buda. Algunos representan incidentes de la vida de Siddhartha Gautama, un príncipe hindú que vivió unos mil años antes. Las pinturas se equiparan con los manuscritos ilustrados del siglo v, que buscaban despertar la devoción y elevar la conciencia espiritual mediante la vista. La sensación de observar las imágenes que emergen de lo incomprensible, con toda su gracia y belleza, han establecido un vínculo, entonces y ahora. Una visión del paraíso, la cual nunca se debilitó.
POCOS VISITANTES SE HAN CONMOVIDO tan profundamente como el propio Behl. Cuando fue por primera vez a las cuevas en el despeñadero, en 1991, se fijó una meta. ¿Sería posible fotografiar los murales de la cueva usando solamente la luz natural disponible? Para ese entonces Ajanta ya había cobrado fama internacional como Patrimonio de la Humanidad, proclamado por la UNESCO, pero decenios antes, algunos conservadores mal dirigidos habían aplicado laca a los murales, distorsionado sus colores, condición que han mejorado los recientes trabajos para limpiar las superficies. No obstante, al ser vistos o fotografiados con luces artificiales, los colores y las escenas en ocasiones parecen sin relieve y carentes de vitalidad.
Behl ya había tenido éxito al crear imágenes nocturnas de las catedrales de la época portuguesa, en Goa, localizadas en la costa occidental de India, usando sólo la luz de la Luna como fuente de iluminación. Instaló todo para intentar una técnica similar en Ajanta, empleando la débil luz natural de las cuevas para disipar la oscuridad. Durante dos años, Behl fotografió cada ser humano, animal, planta y deidad de las paredes y techos, ya en acercamientos, ya como detalles de grandes composiciones. Trabajaba con un tripié, a veces sostenido sobre una mesa de madera, dejando la lente abierta por unos minutos. Los resultados fueron sorprendentes.
Cuando el director del Centro de Investigaciones Arqueológicas de India vio las fotografías de Behl, exclamó: “Realmente has conquistado la oscuridad”. Lo que hizo Behl fue publicar sus fotografías y exhibirlas alrededor del mundo. El trabajo de Behl ha impulsado a los estudiantes a que vean la pintura primitiva india bajo una nueva luz, como parte de una tradición excelsa. La pintura de Ajanta alguna vez fue vista como “un fogonazo”, dice Behl, como una obra extraordinaria, pero aislada. Sus fotografías y películas dejan claro que los esplendores de Ajanta surgieron de inclinaciones artísticas tempranas y por todos lados extendieron su influencia.
Los sucesos en la imaginación sacra enriquecieron el florecimiento artístico en los templos de Ajanta. Esta fue la época en la cual la figura de Buda alcanzó una forma humana idealizada y perfeccionada. En un comienzo los artistas dependían de los símbolos –las pisadas, un árbol, un trono vacío– para representar a Siddhartha Gautama. Sin embargo, la devoción de los seguidores necesitaba de una imagen más personal. Creada en el subcontinente indio en los primeros siglos después de Cristo, la efigie fue ideada con un rostro de ojos entreabiertos y de expresión serena, la cual habría de convertirse en el prototipo de la imagen budista por toda Asia. Hoy en día el rostro de Buda permanece inmutable.
Mientras que Ajanta alcanzaba la cúspide de su gloria, proliferaron los templos de piedra, independientes, construidos con el propósito de honrar a las principales deidades hindúes, Shiva y Vishnú, representadas como seres poderosos y de múltiples brazos. Los sitios budistas e hinduistas rebosaron de la misma manera con imágenes de culto, cuyas formas elocuentes y de carácter expresivo rara vez han tenido rival, lo que estimuló a través de ellas un nuevo fervor entre los devotos.
De ahí que no sorprenda que este apogeo haya sido simultáneo en ambas religiones. Los principios fundamentales del budismo e hinduísmo nacieron de ideas similares, descritas con más claridad en las Upanishads, un conjunto de narraciones hindúes escritas en India entre los siglos viii y iv a. C. Estos textos sagrados imaginan al ser humano puro unido a la esencia divina, “lo real detrás de lo real”: entes abstractos, llamados brahamanes. La interconexión entre una y otra fe fue tal, que por cientos de años, la mayoría de los templos budistas, incluidos los de Ajanta, se cimentaron bajo la autoridad y mecenazgo de los reyes hindúes.
Una estética de intensa fe unió asimismo a ambas religiones. La belleza no significa nada por sí sola: una obra de arte, ya sea una estatua de bronce de Shiva ocupado en su baile cósmico de creación o destrucción del universo, o una pintura de Buda alcanzando la iluminación bajo el árbol Bodhi, no son otra cosa más que una base de metal o un pigmento seco, hasta que el espectador responde a ello. Observar una escultura o una pintura en un templo abrió las mentes de los creyentes, atentos para estrechar su comunión con lo divino. Ver es creer.
Los hindúes llaman a esta relación vehemente y participativa con el arte un acto de darshan, o “visión” de la deidad. “Así, ver no significa literalmente usar los ojos –dice la historiadora del arte Vidya Dehejia–, sino un elevado acto de conocimiento”. Para los monjes budistas y sus patronos del monasterio de Ajanta, las pinturas de Buda desempeñaron la misma función poderosa, suministrando la clave de la revelación.
CUANDO VISITÉ LAS CUEVAS DE AJANTA con Behl, me sorprendió cuán lóbregos parecían los murales sin las ventajas de la dilatada exposición de sus fotografías. Behl, con su voz apacible, comenzó a descubrir los detalles, como el de una bailarina rodeada de músicos, una princesa enamorada columpiándose, un par de antílopes escuchando el sermón de un asceta, el Buda futuro cabalgando a caballo, impasible ante el llanto de las mujeres, en su renuncia a todas las riquezas de la vida material. “Ve el afecto en las expresiones de aquellas doncellas, están colmadas de vida”, murmuró Benoy.
Estos efectos son posibles en parte por la habilidad técnica: sofisticados sombreados y claras perspectivas múltiples (algunas figuras son vistas al nivel del ojo, otras desde arriba o desde abajo), de pinceladas largas y expresivas. Los pintores anónimos probablemente fueron miembros de gremios artesanales, diestros para pintar deidades hindúes, así como los boddhisattvas budistas. Seguramente siguieron cánones en uso de los viejos tratados de pintura, un texto sánscrito llamado Chitrasutra.
El Chitrasutra es una colección de tradiciones orales, probablemente anteriores a la decoración de Ajanta, conocidas como “discursos sobre la pintura”; contiene miles de consejos, desde la técnica de pintar una flor de loto exactamente con sus 52 pétalos, hasta cómo debe lavarse y vestirse un pintor. Incluso especifica la apariencia ideal de las deidades, de sus personajes secundarios y de sus paisajes naturales.
A la muerte del rey Harishena, en el año 477, las excavaciones se detuvieron abruptamente, el monasterio se desocupó y las pinturas de Ajanta, llenas de luz, se tornaron oscuras. Para finales del siglo xiii, como consecuencia de las invasiones de las fuerzas militares musulmanas, el budismo se había apartado de India; sus lugares sagrados fueron abandonados o destruidos. Sólo los murciélagos y las tribus locales sabían de la existencia de Ajanta hasta que en 1819 un grupo de soldados británicos –probablemente durante una cacería de tigres– se topó con las cuevas y sus murales ocultos.
Desde ese momento, el mundo ha descubierto, de nuevo, el excelso poder de las pinturas, pero nadie como Behl: “Yo desfallezco entre aquella conmoción de rostros –dice–. Vi en ellos un mundo de apacibilidad”.
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